Capítulo 1

 

 

DAVID CARMICHAEL gimió. La brillante luz del sol le daba en la cara mientras caminaba desde la redacción al garaje del Mirror. Tenía los ojos azul claro, sensibles, y justo el día que más necesitaba las gafas de sol, se las había dejado en la mesa de la cocina. Había empezado a tener fiebre y dolor de cabeza durante la reunión de redacción de la mañana, en la que se habían decidido las noticias y los artículos de fondo. David había acabado sin apenas poder fijar la vista. Llevaba casi un año sin tener una migraña, pero recordaba bien los síntomas. Tras decirle a su ayudante que estaría fuera el resto del día, había cogido las llaves y el maletín y se había marchado.

Cuando llegó a casa se detuvo en la entrada de vehículos, salió del coche y se quedó apoyado en la puerta hasta que se le pasó el mareo. Había parado y vomitado dos veces por el camino y lo único que quería era acostarse en una habitación oscura y fresca. Rezando para que todavía le quedaran en el botiquín pastillas de las que le habían recetado en otras ocasiones, entró a tientas en casa. No se había molestado en sacar ni el maletín, ni el teléfono móvil del coche. Estaba claro que no iba a conseguir hacer nada.

Antes de buscar la medicina, se quitó la ropa y se quedó en bóxers. Diez minutos más tarde, se sentía completamente frustrado. Se pasó una mano por el pelo, corto y rubio, y lo dejó despeinado y de punta. Abrió de un tirón el cajón de la mesilla y revolvió el contenido. Cayeron al suelo preservativos, cigarrillos y otras cosas que tenía guardadas. Pero las pastillas no aparecieron.

—¡Joder!—maldijo.

Podía llamar al médico, pero en el estado que estaba le sería imposible conducir después hasta la farmacia.

Se dejó caer en la cama, que resultaba demasiado tentadora como para ignorarla, y cogió el teléfono. Primero llamó a la consulta de su médico. La enfermera le prometió que avisaría para que pudiera recoger las pastillas que necesitaba. Luego, después de pensar un momento, telefoneó a Trace. Si no llamabas a tu mejor amigo para que te trajera las medicinas, ¿cuándo ibas a hacerlo?

Trace estaba circulando por Seaside Drive con la capota bajada cuando sonó el teléfono. Pulsó el botón del Bluetooth.

—Trace Jackson.

—Trace —dijo David con voz ronca. Rodó en la cama de manera que el teléfono quedara colocado entre la oreja y la almohada. Estaba tan cansado que no tenía fuerzas ni para sostenerlo—. Necesito que me ayudes.

—¿David? Por la voz diría que estás hecho polvo —comentó Trace, preocupado.

—Sí. —David cambió de posición y contuvo las nauseas que le habían entrado—. Tengo una migraña... de las malas.

—¡Caray! Hacía tiempo que no tenías una. ¿Tienes pastillas? ¿Dónde estás?

—No, no tengo. O no las puedo encontrar, o las tiré. Ha pasado mucho tiempo desde que tuve la última. La enfermera iba a llamar para que las tuvieran preparadas en la farmacia. En Walgreens, en la Octava. —David tuvo que hacer una pausa para recobrar el aliento. Incluso su propia voz le sonaba demasiado fuerte.

—¡David, hombre! Acuéstate. Ponte un paño húmedo sobre los ojos o algo. Iré a por ellas. ¿Algo más? ¿Te llevo Gatorade? —le preguntó Trace, que en aquel momento se metía en el coche y daba la vuelta en el aparcamiento para dirigirse hacia la farmacia.

—Ya estoy acostado, pero todo me da vueltas, incluida la jodida cama. Con que traigas la medicina es suficiente.

—Muy bien. No tardaré.

Trace pulsó el botón para acabar la llamada y se concentró en el tráfico. Quería llegar cuanto antes. David no había sufrido migrañas últimamente, aunque cuando tenía una era de órdago.

Media hora más tarde, Trace aparcó su Mustang descapotable azul cobalto detrás del sedán deportivo de David, tomó la bolsa de la farmacia del asiento del copiloto y se dirigió apresuradamente a la puerta trasera de la bien cuidada casa. Abrió con la llave que su amigo le había confiado en el pasado. Fue directo a la cocina, dejó la bolsa en la encimera y llenó un vaso con agua fría del dispensador de la nevera. Rompió la bolsa y abrió torpemente la botella de las medicinas, maldiciendo en voz baja por el tapón a prueba de niños. Con las pastillas y el vaso de agua, se dirigió hacia la habitación de David.

Las cortinas, que eran de color verde bosque a juego con la moqueta verde oscura del suelo, impedían el paso de casi toda la luz y la habitación estaba en penumbra. Trace apenas distinguió a su amigo acurrucado en la cama.

—¿David? —susurró.

Se acercó y se sentó en el borde. David gimió cuando notó el movimiento de la cama. Entreabrió un ojo y vio a un hombre alto, de anchas espaldas y pelo castaño oscuro que le miraba con expresión preocupada.

—No me estoy muriendo —dijo con voz ronca—, por mucho que pueda desearlo.

Trace hizo una mueca. Los ojos hundidos de David reflejaban claramente el dolor que sentía. Las líneas de expresión en los ojos y en la boca estaban muy marcadas.

—Toma —dijo Trace en voz baja—. Te he traído la medicina.

—Mi héroe.

David alargó la mano para que le diera las pastillas y se apoyó en el codo con la intención de tomar el vaso para tragárselas con el agua.

Trace asintió con la cabeza, le alcanzó todo y esperó para recoger el vaso. Después de dejarlo en la mesilla, le pasó la mano suavemente por la frente.

—También estás caliente.

Se puso de pie y fue al cuarto de baño. Humedeció un paño con agua fría y regresó con él. Lo puso suavemente sobre los ojos de David.

David dejó escapar un siseo cuando el paño frío entró en contacto con la piel sobrecalentada. Le tembló todo el cuerpo.

—Quiero taparme —dijo, e intentó incorporarse para poder meterse bien en la cama.

Trace frunció el ceño, le quitó el paño y separó las sabanas y la manta acolchada. David se acomodó con el cuerpo tenso. Trace tiró de las cubiertas y le arropó.

—Lo siento, amigo —murmuró.

David tenía un aspecto terrible.

—Gracias por hacer de recadero. Perdona por haberte interrumpido el día. Vuelve al trabajo. Sobreviviré. Soy demasiado terco como para morirme. —David dejó escapar una risita que se convirtió en una mueca de dolor cuando le asaltó un punzante dolor en la cabeza, que le dejó sin aliento—. ¡Joder! —jadeó, y quedó tendido sin fuerzas.

—Creo que me quedaré por si acaso. No te he visto con un dolor así en mucho tiempo —murmuró Trace al tiempo que colocaba de nuevo el paño sobre la frente de David—. Deja que esta vez me salga con la mía, ¿vale?

David le hubiera fulminado con la mirada si los músculos de la cara no le dolieran tanto. En lugar de eso se conformó con fruncir un poco el ceño a modo de queja. Luego alargó la mano y tiró suavemente de la coleta que llevaba.

—¿Cuándo fue la última vez que te cortaste el pelo, Jackson?

Era algo insignificante, pero hacer algo tan normal como meterse con la costumbre de su amigo de llevar el pelo tan largo que le llegaba por debajo de los hombros, hizo que David se sintiera un poco mejor. Hacía tiempo que se reía de él por eso y a Trace no le importaba. Se quedó dormido con media sonrisa en la boca.

Trace arqueó los labios al oír la broma de David. Mantuvo el paño frío en el rostro de su amigo un rato y luego lo dejó a un lado. Después de unos minutos, decidió que sería mejor si se ponía a trabajaren el proyecto que tenía entre manos, así que fue al coche y sacó el portátil y las notas. Al entrar otra vez en la casa, regresó al dormitorio para estar cerca de David por si acaso le necesitaba.

Se quitó los zapatos de vestir negros que llevaba, la chaqueta del traje y la corbata; lo dejó todo sobre el tocador. Luego le dio al interruptor de la lamparita con pantalla de la mesilla; se encendió con un ruido seco. Se subió a la enorme cama en el lado contrario a David y conectó el portátil. Se puso entonces las gafas, que eran de montura de carey, y empezó a trabajar.

 

 

DAVID estaba recostado medio dormido en su silla tapizada de la redacción con los pies apoyados en la mesa. Oía a su ayudante teclear afanosamente. Decidió que más valía que se levantara antes de que le doliera la espalda y, al intentar incorporarse, se encontró con que tenía los pies liados con el enredado cordón del teléfono. Empezó a caer...

Se despertó sobresaltado. Hizo un movimiento brusco con la cabeza y abrió los ojos de golpe. Se le escapó un grito de dolor. No dejaba de mover las piernas intentando desembarazarse de la ropa de cama que le envolvía.

Tan pronto como David empezó a moverse, Trace dejó caer el bolígrafo y la libreta e intentó calmarle.

—¡Eh, David! No pasa nada —le dijo, tirando al mismo tiempo de la manta para evitar que quedara más liado en la ropa. Con la otra mano sujetaba el portátil para que no se resbalara y se le cayera de las piernas.

«¿Trace? ¿Qué coño está haciendo Trace en mi despacho?», pensó David. Eran amigos desde hacía mucho tiempo, pero dado que trabajaban para periódicos rivales, nunca quedaban para verse en la redacción del otro.

—¿Trace? ¿Qué...? ¿Por qué?

—David —dijo Trace pacientemente—. Vamos, despierta. Tienes alucinaciones por las pastillas, hombre. —Le apretó el hombro con suavidad.

David parpadeó y poco a poco se aclaró su mirada en la tenue luz de la habitación. Trace estaba inclinado hacia él.

—¡Oh! Al Mirror le encantaría conseguir una foto de esto: “Corresponsales de periódicos rivales hallados juntos en la cama”. Ya puedo ver los titulares. Katherine se pondría histérica —dijo David, que hablaba de forma un poco confusa—. Joder, tengo sed. Parece que me haya pasado el tren del circo por la boca.

Movió la cabeza hacia un lado y se dio contra el firme muslo de Trace en lugar de contra la almohada gruesa y suave que normalmente tenía allí. Tiró de ella para recolocarla y eso le produjo una punzada de dolor y un mareo.

—¡Cuidado! —advirtió Trace al tiempo que le sujetaba—. Aún tienes muy mala cara. Espera. Te traeré algo de beber. —Dejó el portátil en la cama y se puso de pie con cuidado intentando no mover mucho el colchón—. Quédate ahí —le ordenó señalándole con el dedo antes de salir de la habitación.

—¡Cómo si tuviera elección! —protestó David entre dientes, y se recostó con cuidado en las almohadas.

Miró el despertador que tenía en el extremo del tocador, a los pies de la cama, e hizo un cálculo mental. Se suponía que en aquel momento estaba bajo el efecto máximo de la medicina y aún le dolía la cabeza. No tanto como antes, pero todavía lo notaba. Y mucho. Aquello no tenía buena pinta. El fármaco era efectivo, pero no durante las seis horas que tenían que pasar antes de que pudiera tomar otra dosis. Y si dos horas y media más tarde aún tenía síntomas tan agudos, tras dos horas más el dolor sería mucho peor. Necesitaba comer algo mientras pudiera hacerlo sin vomitar y, aunque seguramente era una locura intentar algo que requiriera una mínima cantidad de equilibrio, también quería ducharse.

 

 

TRACE volvió a la habitación con un vaso alto de té helado descafeinado del que David tenía en la nevera.

—Intenta tomarte esto —sugirió, y se sentó en el borde de la cama cerca de él.

David le miró con atención. En algún momento durante las últimas dos horas, Trace se había quitado el coletero con el que mantenía el pelo recogido y además se había puesto las gafas, algo que odiaba cuando estaba con otras personas aunque él ya le había visto con ellas otras veces. David esbozó una sonrisita divertida.

Trace sabía que era otra manera de meterse con él por su aspecto desaliñado; en aquel momento no estaba a la altura de la reputación que se había labrado como persona elegante y a la última moda. El que a Trace no le importara que David le viera así era una de esas cosas que hacía que su amistad fuera tan genuina.

David tomó el vaso y se bebió medio de una vez antes de que el estomago le protestara. Lo dejó con cuidado en la mesilla.

—Gracias.

Trace hizo un gesto con la cabeza y se apoyó con una mano en la cama.

—Las pastillas no están ayudando, ¿verdad?

Trace siguió los ojos de David, que en ese momento se estaba mirando en el espejo de enfrente de la cama. En lugar de su aspecto habitual sano y vivaz, tenía la tez grisácea y los ojos apagados. Había una gran diferencia. David cerró los ojos.

—Oh, están haciendo efecto. Pero cuando tengo una migraña tan fuerte, disminuyen el dolor pero no lo eliminan.

—¿Hay algo más que ayude? —preguntó Trace, que desvió la mirada al suelo cuando notó que había resbalado en algo; iba sólo con calcetines. Con gesto distraído, se subió las gafas y se fijó en el desastre que había alrededor de la mesilla—. Veo que estuviste revolviendo los cajones para buscar las pastillas —observó, y se agachó para recoger la revista que había pisado.

—¿Dejarás algún día de sacarlo a relucir si te pido que me des un masaje en los hombros y quizás en la cabeza?

Antes de darle la vuelta a la revista para ver la portada, Trace le miró y frunció un poco el ceño.

—Te duele, David. Si puede ayudarte, no me importa hacerlo.

David giró sobre sí mismo y apartó la almohada para quedar completamente tumbado en la cama.

—Gracias, Trace. A estas alturas hasta aguantaría que me tomaras el pelo por esto. Te debo una.

Trace dejó el American Journalism Review en el cajón y se puso a recoger el resto, un poco sorprendido por algunas de las cosas que iba encontrando. Había, por supuesto, bolígrafos y libretas; preservativos y lubricante... lo cual tampoco le extrañaba; una bolsa medio vacía de caramelos de gaulteria ; un encendedor y un paquete estrujado de cigarrillos. Trace frunció el ceño; creía que David ya no fumaba. Lo echó todo en el cajón y luego se fijó en que quedaba algo asomando bajo la cama. Se agachó un poco más para sacarlo.

Cogió el objeto que se notaba frío al tacto y que parecía de goma suave, aunque era cilíndrico y... No pudo evitar parpadear por la sorpresa cuando vio que lo que había sacado de debajo de la cama era un vibrador. Le dirigió una mirada rápida a David, pero su amigo estaba tumbado con los ojos cerrados y no se había dado cuenta. Trace estuvo tentado, pero que muy tentado, de empezar a tomarle el pelo en aquel mismo momento. Miró otra vez el vibrador, que era pesado, grueso y de unos veinte centímetros de largo. Luego lo metió en el cajón.

Cambió un poco de posición para poder apoyar una rodilla en la cama. Deslizó una mano por el pelo de David y empezó a frotarle suavemente con ella. Después, con las dos manos, se puso a darle un masaje relajante. Mientras lo hacía, pensaba sobre lo que había encontrado. Claro que había explicaciones lógicas, pero también había algunas que eran más… interesantes, sabiendo lo que sabía sobre David. Así que decidió que seguramente no era algo sobre lo que pudiera bromear con él, por lo menos no en aquel momento, y que sería mejor no compartir sus reflexiones, que estaban completamente fuera de lugar. Sonrió al darse cuenta de la dirección que habían tomado sus pensamientos.

David gimió con un sonido de sublime placer en lugar de dolor por primera vez desde que le había empezado la migraña.

—¡Dios, qué bien! Hazlo un poco más fuerte.

Como tenía la cabeza en cosas eróticas, Trace no pudo evitar interpretar el tono de voz de David en ese contexto. Intensificó el masaje y ahogó una risa. Se figuraba que su amigo tenía una vida sexual sana aunque era una de esas cosas de las que no habían hablado mucho durante los años que se conocían, especialmente porque sus gustos no coincidían. La vida social de Trace estaba constantemente sujeta a cotilleos en la ciudad así que no sería de extrañar que David estuviera familiarizado con sus continuos cambios de pareja. Trace, por su parte, había asumido que David mantenía en privado sus aventuras amorosas. No había nada de malo en eso.

Los ruidos que provenían de David le sonaban bastante bien a Trace, aunque nunca había oído a otro hombre teniendo sexo a excepción de en las películas.

Siguió deslizando una mano por la dorada cabeza de su amigo y bajó la otra por la base del cuello masajeando con firmeza.

David subió los hombros buscando el contacto y ronroneó. Entre la medicina y el masaje, se sentía mejor de lo que se había sentido en horas.

—Tienes unas manos de puta madre.

—Eso me han dicho —dijo Trace lentamente, y siguió masajeando su cuello.

David respiró profundamente y se relajó por las atenciones físicas y el silencio que le envolvía. A medida que disminuía el dolor, empezó a reaccionar de forma distinta, y su pene se movió atrapado entre su cuerpo y la cama. David se puso tenso y el dolor aumento un poco, lo que disuadió a su miembro de perseguir su interés. Sabía que era para bien. Un buen amigo era un tesoro y Trace era el mejor. Trace y él llevaban años juntos sin que entre ellos hubiera habido ni un atisbo de atracción sexual. Su relación era simplemente de amistad y David tenía la certeza de que Trace era completamente hetero. Hablaban de política y deporte, pero no de sexo, y su amigo tenía una reputación que hablaba por sí misma. De todas maneras, David no tenía interés en perder a su mejor amigo por darse un revolcón.

—Creo que quizás sea mejor que intente ducharme mientras aún me siento medio bien —farfulló, aún tumbado boca abajo.

Trace detuvo el movimiento de las manos.

—¿Qué quieres decir “aún”? —preguntó frunciendo el ceño—. ¿Te vas a poner peor? —añadió preocupado, y siguió masajeando con suavidad. Le inquietaba ver a su amigo sufriendo tanto.

—Sí. Normalmente, cuando las atajo durante la primera hora, una dosis las hace desaparecer, pero cuando me tomo las pastillas más tarde, como ha pasado hoy, me suele durar más de un día. El problema es que sólo puedo tomarme una dosis cada seis horas y los efectos del analgésico duran como mucho cuatro.

David sabía que debía ponerse en acción, pero la sensación de los dedos de Trace era tan agradable que no se decidía a decirle que parara.

—¿Qué mierda de medicina es ésa? —soltó Trace exasperado—. Muy bien. Dúchate. ¿Quieres que te prepare algo de comer? —Poco a poco separó las manos de la cabeza de su amigo; no quería provocarle más daño tirándole inadvertidamente del pelo.

—Sí, debería intentar tomar algo. Mira si en la despensa hay alguna sopa. Que sea con caldo, no en crema. —David hizo una mueca al incorporarse—. Voy a dejar la puerta abierta. Entre el dolor de cabeza y las pastillas, estoy un poco grogui.

—Ten cuidado, David. Lo único que te falta es que acabes con un brazo roto o algo de eso —dijo Trace, que se puso de pie y le siguió con la mirada para asegurarse de que por lo menos salía de la habitación sin novedad.

Una vez dentro del relajante cuarto de baño, decorado en verde pálido y con arenisca, David se quitó los bóxers y se sentó en el borde de la bañera con lo que no tuvo que inclinarse para abrir los grifos. Se puso de pie y se metió bajo el cálido chorro. Apoyó las manos en la fría pared de piedra y dejó que el agua cayera sobre su cuerpo. Entre la medicina, las manos de Trace y la ducha, se sentía casi normal.

Cuando empezó a sentirse un poco tembloroso, cerró el agua, salió de la bañera y se secó la parte superior del cuerpo con una toalla. Incluso el más ligero tirón en el pelo rizado que cubría su pecho y vientre le dolía. Era sorprendente lo sensible que era su cuerpo cuando tenía una migraña.

Al inclinarse para secarse las piernas, la habitación le empezó a dar vueltas.

—¡Joder! —fue todo lo que dijo antes de que el mundo se diera la vuelta y se sumiera en la oscuridad.

Trace estaba en la cocina removiendo la sopa cuando oyó un fuerte ruido. Abrió los ojos de par en par y soltó la cuchara. Salió corriendo, dobló con brusquedad para salir de la cocina y avanzó como un bólido por el pasillo hasta el cuarto de baño de la habitación de David.

—¡Mierda! —soltó cuando vio a David tendido en el suelo en una posición poco elegante.

Se arrodilló y colocó a David sentado. Se sintió aliviado cuando le tocó la parte de atrás de la cabeza y comprobó que no estaba sangrando. El corazón aún le latía con fuerza. Maldijo por lo bajo y apoyó a David contra su pecho.

—¡David! ¿David? —Le dio unos golpecitos suavemente en la mejilla no muy seguro de qué hacer; lo único que se le ocurría era llamar a emergencias.

—¿Trace? —farfulló David.

Con los ojos cerrados, sobre el telón de fondo que constituían sus párpados, veía destellos de luz, como las chispas de las bengalas que los niños encienden en las celebraciones del 4 de julio. Sentía otra vez punzadas en la cabeza y además le dolía el hombro. Aunque oía la voz de Trace, sonaba como si estuviera muy lejos.

—¿Trace? —repitió.

—¿David? Vamos, abre los ojos. ¡Por favor! Me estás dando un susto de muerte.

Cuando David habló, lo hizo con voz bronca.

—Estoy bien. La cabeza me duele una barbaridad. Lo último que recuerdo es que estaba en la ducha.

—Sí, bueno, ahora estás en el suelo. ¿Te has hecho daño? ¿Te has golpeado la cabeza? —Trace le miró con preocupación.

—No lo sé. —David abrió los ojos, hizo un gesto de dolor y los cerró de nuevo inmediatamente—. También me duele el hombro.

El parpadeo fugaz de David no era suficiente para que Trace juzgara su estado.

—¿Cuál? ¿El que tenías apoyado?

Trace deslizó el brazo hasta el hombro derecho de David y apretó la articulación con suavidad.

—¡Ay! ¡Joder! Sí, ése. Apaga la luz, ¿quieres? Ya me las arreglaré para llegar a la cama.

—Esta vez te ayudo. ¡Mierda, David! Podías haberte roto algo o peor. —La voz de Trace sonaba cascada por la preocupación.

Ayudó a David a levantarse del suelo y a mantenerse en pie. El hecho de que fuera unos cinco centímetros más alto que David, que medía un poco más de metro ochenta, le facilitaba la labor. No fue hasta que le pasó el brazo por la cintura y apoyó la mano en la cadera desnuda de David que fue consciente de que su amigo no llevaba ropa alguna. «Bueno, no importará una vez que esté entre las sábanas».

Agradecido, David se apoyó en Trace. La fricción contra la ropa de su amigo hacía más patente su desnudez.

—¡Mierda! —masculló, y recitó una silenciosa oración pidiendo que su amistad sobreviviera aquel día.

—¿Qué? —preguntó Trace bruscamente por la preocupación que sentía por lo que había pasado y que se veía agravada por la manera torpe en la que avanzaban hacia la cama—. ¿Estás bien? ¿Te duele algo más?

—No, es sólo que me acabo de dar cuenta de que estoy en cueros. Deberías de recibir un plus de peligrosidad por esta visita. —David se sentó en el borde de la cama e hizo un gesto cuidadoso con la cabeza señalando el tocador—. ¿Quieres darme unos calzoncillos para no ofender tu delicada sensibilidad?

Trace soltó un resoplido.

—Ahora sí que estoy seguro de que estás flipando en colores. ¿Yo? ¿Delicada sensibilidad? Tengo lo mismos atributos que tú. Creo que sobreviviré a la vergüenza.

Apartó las sábanas y esperó a que David se metiera en la cama. Luego cogió tres de las cuatro almohadas que había en la cama y acomodó a su amigo en ellas. Se sintió bastante satisfecho de haberlo instalado sin novedad.

—Voy a traer la sopa, si es que no se ha quemado. Cuando oí el ruido, solté la cuchara y salí corriendo.

—Vale —dijo David débilmente. Trace estaba ya en la puerta.

La sopa se había estropeado así que Trace tuvo que ocuparse de los restos y ponerse a preparar otra. Le costó sólo diez minutos tenerla a punto y volvió entonces al dormitorio con dos tazas y un paquete de crackers.

—Aquí tienes. Servicio de primera —dijo con aire jocoso, y le dejó la taza en la mesilla que tenía más cerca.

Nunca había pensado en representar el papel de Florence Nightingale, pero imaginaba que como enfermero no lo estaba haciendo nada mal. «Sin contar la parte de dejar que se cayera en el cuarto de baño», pensó después de un momento.

Fue a la otra parte de la cama, se sentó en el borde y con cuidado abrió el paquete de galletas. Lo dejó en la cama al alcance de los dos.

—No me puedo creer que tus amantes te dejen comer de esto en la cama —exclamó David, y luego sopló un poco en la taza para enfriar la sopa.

Trace se encogió de hombros y siguió masticando la crujiente galleta salada.

—Normalmente estoy en mi cama, así que hago lo que quiero, ¿sabes? —Bebió un poco de sopa con cuidado y luego cogió una cracker del paquete y se la dio a David—. Además, tú no eres mi amante así que eso lo cambia todo. No hace falta que intente causarte buena impresión con mis modales si no estoy pensando en conquistarte.

Por un momento Trace tuvo en su mente una imagen fugaz en la que estaba sentado desnudo en la cama con David por una razón distinta a la enfermedad, en la que la cómoda camaradería que compartían se había convertido en una relación más íntima. Trace casi escupió la sopa con un resoplido ante esa imagen y discretamente se rió de sí mismo.

David sintió una punzada pero le quitó importancia pensando que era un efecto secundario de la migraña. Iba a contestar a Trace de forma desenfadada, pero en el último momento cambió de parecer.

—No... No, no soy tu amante, y teniendo en cuenta el tipo que te gusta, no es probable que eso cambie —le dijo con voz un poco entrecortada.

Trace le miró de soslayo y mordió otra cracker.

—Entonces, si quedan tres horas para que te puedas tomar más pastillas, deberías intentar dormir. Te despertaré cuando sea la hora —sugirió cambiando de tema. Al mismo tiempo estaba pensando en cómo, mientras tanto, podía avanzar con el informe sobre el impacto del centro cultural que tenía pendiente.

David dejó la taza, que estaba casi llena, y se metió más en la cama, arropándose con las frías sábanas.

—Sí, creo que voy a intentarlo. Seas o no mi amante, no llenes la cama de migas, Jackson.

Trace miró cómo David se acomodaba y luego siguió tomándose la sopa sin ha