PRÓLOGO

 

 

LIAM MARSHALL y Alex Griffin habían sido mejores amigos desde que entraron en el instituto. Como en todas las historias de mejores amigos, Alex había estado siempre ahí para su amigo. Incluso cuando pillaron a Liam chupándosela al capitán del equipo de fútbol, lo cual hizo que sufriera una persecución por parte de todo el equipo y sus parásitos, Alex había estado al lado de Liam, que agradecía su apoyo. Fue mucho peor que lo que tuvo que soportar el otro individuo. Liam se cambió de instituto a mitad de curso, y el equipo de fútbol nunca se recuperó. De ello también culparon a Liam.

Alex era hetero, le encantaban las señoritas, y a menudo tenía citas. Liam era gay, le encantaban los chicos, pero siendo sinceros, no valía mucho la pena tener una cita durante el instituto, por todos los problemas que ello acarreaba. Tenía todas sus esperanzas puestas en que su suerte cambiara en la universidad. En cierto modo, así fue. No estaba con un chico diferente cada noche, pero Liam echó tantos polvos que consiguió que Alex dejara de intentar que se enrollara con cualquier tío que se cruzara. El gusto de Alex para los hombres era un asco.

El día en el que a Alex le diagnosticaron cáncer de colon, y debido al hecho de que era demasiado tarde para hacer nada al respecto, Liam se mudó al apartamento de Alex. Éste podría haber vuelto a casa de sus padres para que cuidaran de él, pero los dos estaban ya muy mayores. Para ellos ya era lo bastante duro asimilar que su único hijo se estuviera muriendo a los treinta y cinco años, como para tener que ocuparse de cuidar a un hombre al que el cáncer le estaba comiendo por dentro. Liam no lo dudó. Alex había estado ahí para él desde el principio. Ahora era su turno.

Cuidó de Alex durante seis meses. Para el mundo exterior, Alex era increíblemente estoico respecto a la sentencia de muerte que estaba afrontando. Para el único hombre en el que sabía que podía confiar y no le iba a engañar, Alex se enfurecía por la injusticia. Liam le permitía que gritara y vociferase, se ocupaba de los accidentes, y cuidaba de su amigo, en cuerpo y alma, mientras que el cáncer se iba apoderando de él por completo.

Liam era escritor técnico, por lo que trabajaba desde casa. Algunos días, Alex se drogaba para huir del dolor y se quedaba dormido sobre el regazo de Liam, buscando el consuelo de su amigo de forma inconsciente. A veces, Liam tenía a Alex a un lado y a la hija de Alex al otro. A Liam no le importaba. Podía trabajar de madrugada cuando Alex estaba durmiendo.

Alex había estado casado. Un matrimonio que duró cinco años, hasta que los dos se aburrieron el uno del otro. Lo único bueno del matrimonio fue una preciosa niñita que entonces tenía ocho años. Según Alex iba enfermando más, a la pequeña Kathy le permitían que pasara más tiempo con su padre, y solía acurrucarse junto a él en la cama leyéndole historias. Incluso cuando Alex entró en coma, Kathy se negó a dejar de leerle, ya que una de las enfermeras del hospital le había contado que su padre todavía podía oírle.

Liam estaba solo cuando Alex murió, tumbado en la cama y acariciándole su pelo rubio oscuro, de forma que no estuviera solo. Sabía que Alex ya no estaba allí. Su espíritu o su alma ya se había ido, dejando atrás lo que parecía más una cáscara marchita que un hombre. Liam tenía un nudo en la garganta, pero se esforzó en no mostrar toda la pena que sentía delante de su mejor amigo. Lo que quedaba de Alex no podía esfumarse por el sonido de las lágrimas de Liam. Cuando la respiración de Alex se alteró, volviéndose más prolongada y sonora, Liam empezó a susurrarle la historia de una noche cuando eran adolescentes. Alex había aparecido en la puerta de la casa de Liam, enfadado y alterado porque su novia le había dejado. Liam le llevó hacia su habitación, le secó las lágrimas, y le hizo un hueco en su cama mientras veían la primera entrega de las películas de La guerra de las galaxias. Al final de la noche acabaron besándose, con Alex inclinándose sobre Liam mientras exploraba su boca. Liam sabía que era algo que sólo pasaría una vez, y nunca volvieron a hablar sobre ello, pero Liam nunca lo había olvidado. Alex estaba en silencio, con su vida apagándose mientras Liam terminaba la historia, pero Liam juraba haber visto una sonrisa en su rostro.

En ese momento sí se podía permitir que las lágrimas fluyeran libremente. Liam puso la cabeza en la almohada junto a Alex y lloró mientras se despedía de su amigo.

 

 

Alex le había dejado una última voluntad a Liam, y se aseguró de que hubiera suficiente dinero para llevarla a cabo. Era algo típico de Alex mandar a Liam a la otra punta del mundo con parte de sus cenizas, sólo para montarse en un tren. Y ni siquiera era un tren cómodo. Era una chatarra de tren, y viajaba rodeado de familias, con padres acosados por unos niños que disfrutaban de los últimos días de sus vacaciones estivales. Alex había comprado un billete hacia Ryde.

 


 

CAPÍTULO UNO

 

 

LA CONVERSACIÓN había sido algo así:

Alex: Necesitas unas vacaciones después de haber estado encerrado conmigo tanto tiempo.

Liam: En algún sitio cálido. Playas arenosas, un mar azul y chicos atractivos.

Alex: Te prometo que las playas son arenosas.

Liam: ¿Qué quieres decir? ¿Qué estás planeando, Alex? Reconozco esa mirada. Creía que estábamos hablando de unas vacaciones.

Alex: Te estoy ofreciendo unas vacaciones, capullo.

Liam: ¿Dónde?

Alex: En la Isla de Wight.

Liam: ¿Dónde carajo está eso?

Alex: En el Reino Unido.

Liam: Allí llueve y los hombres no son atractivos.

Alex: Ewan McGregor, tío, Ewan McGregor.

Liam: Eso es un golpe bajo, hasta para ti.

La visión de Liam de unas vacaciones tropicales con cócteles y rodeado de chicos bronceados se esfumó, y en cambio tenía esto, una especie de infierno, rodeado por niños gritones y madres con sobrepeso. Realmente, Alex sabía cómo hacer que su amigo se lo pasara bien.

Liam apoyó la cabeza sobre la ventanilla y suspiró. Ahí arriba, Alex estaría riéndose de él. El cabrón le podría haber dado un billete de tren a cualquier parte; para el Expreso de Oriente, por ejemplo. La letra de la canción decía “Ticket to Ride”, no decía nada de la maldita Ryde. Pero no, a Alex le encantaba la Isla de Wight desde unas vacaciones de verano de cuando estaba en la universidad, y no era posible hacerle cambiar de opinión. Era un viaje hacia el culo del mundo. Quizás Alex le había odiado en secreto durante todos estos años.

Era obvio que la Isla de Wight era un destino popular para las familias, ya que desde el momento en el que Liam se subió al ferry hacia la isla no había sido capaz de alejarse de los mocosos lloricas. Liam no era uno de esos hombres cuya vida fuera a estar incompleta si no tenía descendencia. Le gustaba mucho Kathy, a pesar de que lo negara si le insistieran, pero era la hija de Alex, así que por supuesto que a Liam le gustaba. Pero los niños en masa le parecían un infierno. Especialmente el pequeño hijo de puta que tenía detrás.

El tren finalmente llegó a Ryde. ¿Habría algún tren que fuera más lento? La isla tenía el tamaño de un pañuelo. La mayor parte de la gente se bajó, para alivio de Liam. Le agradó especialmente librarse del malvado niño que había estado dándole patadas en el respaldo de su asiento durante la mayor parte del viaje. Después de estar montado varios días en ese tren infernal, no tenía paciencia para un mocoso aburrido. Se quedó mirando al monstruo cuando empezó a dar patadas, y después probó a quedarse mirando a la madre. Ésta le devolvió la mirada con total indiferencia. Liam pensó en cambiarse al asiento de detrás del niño y darle patadas a su asiento para ver si le gustaba. Se hacía una idea de lo que podría pasar si hiciera eso. ‹‹¡Pervertido ataca a un niño pequeño en un tren!›› Liam dejó su imaginación volar mientras visualizaba los titulares. Incluso podría llegar a YouTube. Alguien podría grabarlo con un teléfono móvil y subirlo. Liam se estremeció al imaginarse que el video se convertía en viral. Su madre nunca volvería a hablarle. Esa pesadilla le mantuvo ocupado hasta que el tren escupió al niño repelente y su igualmente repelente madre en el paseo marítimo de Ryde.

Durante el par de minutos que tardó en llegar a la estación del muelle de Ryde, Liam se recostó sobre el respaldo del asiento y cerró los ojos. Para olvidar los días que había pasado en ese tren dejado de la mano de Dios. Ese era el día en el que iba a cumplir con la voluntad de Alex. Después podría volver a casa y continuar con su vida.

Su vacía vida.

Mezclándose con los pocos pasajeros que estaban esperando al catamarán que salía del muelle, Liam pidió un café con leche en la cafetería de la estación, y se fue hacia el exterior con él para sentarse en uno de los bancos. Lo sorbía con cuidado, ya que había aprendido por experiencias anteriores que los camareros sirven el café extremadamente caliente. El labio inferior de Liam todavía se estaba recuperando de la última vez.

El tiempo estaba tempestuoso en el exterior, pero Liam agradecía sentir el viento y el sol en la cara. Alex tenía razón. Había pasado demasiado tiempo sin salir, por no querer dejar solo al enfermo durante mucho tiempo. Tras rebuscar en su mochila, Liam sacó un pequeño recipiente de palisandro y lo puso en su regazo. Acarició suavemente la caja. La madera era cálida al tacto, como si contuviera el espíritu del hombre de su interior. Alex quería que una pequeña cantidad de sus cenizas se esparcieran sobre el mar en Ryde, una vez que Liam se bajara del tren. Era una voluntad muy simple, la cual Liam pretendía respetar.

Apuró el café, tomándose su tiempo para saborear su rico sabor. En el cielo, las gaviotas volaban en círculos, buscando restos de comida. Al contrario de lo que Liam esperaba, no estaba lloviendo. De hecho, no había llovido en todo el tiempo que llevaba en Inglaterra, algo que parecía predominar en los titulares de las noticias. En serio, ¿dos semanas sin llover y ya hay sequía?

Era el momento apropiado. El sol se reflejaba en el agua y había una ligera brisa que esparciría el espíritu de Alex por encima de las olas. Liam respiró profundamente y se acercó a la barandilla, con la intención de abrir la caja y esparcir los restos de su amigo a los cuatro vientos.

Era simple. Podría abrir la caja y después podría volver a su casa en Michigan. Intentó abrir a trompicones el cierre, sintiéndose incapaz de completar semejante tarea tan simple. Los ojos se le llenaron de lágrimas: por la frustración y el odio hacia sí mismo por ser tan inútil, y por la tristeza por la pérdida de su amigo.

La pérdida de Alex había sido dolorosa. Durante más de veinte años, Alex había sido su principal soporte; no su amante, sino su amigo, su hermano, su cómplice. Al deshacerse de las cenizas, Liam se quedaría sin nada de Alex. Volvería a perderle de nuevo.

Las lágrimas se derramaron por las mejillas de Liam, quien se las secó de forma impaciente. Torpemente, volvió a intentar abrir el cerrojo de la caja, cuando una gran mano le impidió abrirlo, poniéndose sobre el cierre.

—Yo no haría eso aquí si fuera tú.

Liam estaba molesto por haberse visto interrumpido cuando finalmente había conseguido reunir las fuerzas necesarias para abrir la caja. Levantó la mirada para mirar al hombre, cruzándose con unos preciosos ojos marrones, rodeados por una pestañas largas y oscuras.

—¿Por qué no? ¿Hay alguna ley que lo prohíba? —replicó Liam.

El hombre sonrió.

—Probablemente no, pero si viertes esas cenizas aquí, acabarás con ellas en la cara. El viento está soplando en la dirección equivocada. Tienes que irte hacia aquel lado hoy.

—Ah.

La hostilidad de Liam desapareció ante semejante explicación razonable. Se sentía como un completo idiota, mientras buscaba otro lugar donde no tragara un puñado de cenizas. ‹‹A Alex le habría encantado eso››.

—¿Quieres ir allí? Yo vigilaré tus maletas —dijo el hombre tratando de ayudar y señalando hacia el otro lado del muelle.

Tenía una cara agradable, se percató Liam. Probablemente tendría cerca de treinta años, aunque Liam era malísimo averiguando edades, y tenía el pelo rubio y ondulado y recogido en una coleta. No era despampanante, pero sí amable y educado, con esos impresionantes ojos de color marrón dorado que eran tan expresivos. En ese momento, estaban totalmente fijados sobre Liam.

—Prometo que no te robaré nada —le aseguró el hombre.

Liam empezó a caminar hacia el lugar donde podría lanzar las cenizas y entonces se paró, como si los pies se le hubieran quedado pegados al suelo. No podía hacerlo, no podía arrojar a Alex. Era muy pronto todavía. Liam necesitaba más tiempo. Necesitaba una eternidad.

—Eh.

Un brazo se posó sobre los hombros de Liam, y le llevó de vuelta al banco.

—Siéntate aquí. ¿Quieres beber otra cosa?

Liam asintió y se dejó caer sobre el banco. No le apetecía, pero eso le daría una oportunidad para recomponerse mientras el hombre no estuviera. Respiró profundamente y se reprimió las lágrimas, inspirando y tratando de quitarse el nudo de la garganta.

Unos minutos más tarde, el hombre estaba de vuelta, le dio un café con leche y se sentó al lado de Liam.

—Aquí estamos.

—Gracias —le dijo Liam.

Liam esperó antes de beber para dejar que se enfriara un poco, pero se le olvidó darle ese consejo a su acompañante.

—¡Dios! —exclamó el hombre, casi escupiendo el café.

A Liam se le escapó una pequeña sonrisa.

—Lo siento —le dijo—. Debería haberte dicho que aquí les gusta abrasarte la boca. El café es bueno, pero hay que esperar un momento.

—Gracias por no advertirme —dijo el hombre, secándose la barbilla.

—Lo siento —se disculpó Liam—. Gracias a ti por el café… y por cuidar de mí.

—De nada. Soy Sam Owens, por cierto —dijo, tendiéndole la mano.

Liam se cambió de mano el café y también le tendió la mano. Sam le estrechó la mano de forma firme y afectuosa.

—Liam. Liam Marshall.

—Encantado de conocerte, Liam.

—Y gracias por el café.

—De nada. Podrás devolver el favor en otro momento.

Liam se quedó mirándole con gesto serio.

—¿En otro momento?

Sam le miró con un gesto pícaro que le restó diez años a su edad.

—Siempre queda la esperanza. Eh, eres gay, ¿verdad?

—¿Te preocupa haberte fijado en un hetero?

—Bueno, no me has dado un puñetazo todavía, así que es buena señal.

—Puede que sea extremadamente tolerante —remarcó Liam.

—Tío, eres gay. No tendríamos esta conversación si fueras hetero.

—Tío, ¿no podrías ser más estereotípico? Puede que sea americano, pero no soy cowboy —dijo Liam sonriéndole al hombre.

Sam sorbió el café, con más cuidado esta vez.

—Estarías atractivo con un sombrero de cowboy.

—¿No te parezco atractivo ahora?

Liam no tenía ni idea de qué le había pasado. Había pasado de llorar a ligar en lo que el hombre tardó en dar un sorbo al café.

—Pues sí —dijo Sam—. Pero mejor con una sonrisa.

El buen humor se le escabulló a Liam.

—No puedo sonreír mucho ahora mismo.

—Ya lo veo —dijo Sam con voz suave, para después alargar el brazo y tocar la caja con un dedo.

Liam resistió el impulso de apartárselo.

—¿Quién es este? —preguntó Sam.

—Un amigo —respondió Liam.

—¿Sólo un amigo? —le inquirió Sam.

Liam suspiró. En realidad no había nada que ocultar.

—Mi mejor amigo, Alex. Murió el mes pasado.

—¿Era británico? —dijo Sam con aspecto confuso.

—No, sólo era fan de los Beatles.

—Ah —dijo Sam, con la expresión de confusión despejándose—. ¿Y te mandó aquí en las vacaciones de verano? Tío, debería odiarte de veras.

—Eso es lo que yo decía —refunfuñó Liam—. Me prometió unas vacaciones con playas arenosas y… —Liam se detuvo antes de soltarlo.

—¿Playas arenosas y…? —dijo Sam arqueando una ceja.

—Aquí la playa ni siquiera es arenosa.

—Buena forma de desviar la conversación, pero no me sirve. Te puedo enseñar sitios donde hay arena. Venga, ¿qué más te prometió?

—Hombres atractivos —dijo Liam, agachando la cabeza—. Alex me prometió hombres atractivos. En cambio, lo que hay son niños, cientos y cientos de niños —añadió Liam, sobrecogiéndose.

—Ah sí, el demonio del tren —dijo Sam, que parecía estar entretenido.

—¿Me viste en el tren?

Liam levantó la mirada, y para su sorpresa pudo observar que las mejillas de Sam estaban empezando a enrojecerse.

—Te vi en el tren —admitió Sam.

—¿Y qué estás haciendo tú aquí? —preguntó Liam.

—Visitar a mi abuela. No está muy bien últimamente.

—¿Vive en el muelle?

Liam estaba confundido, y para su regocijo, Sam estaba colorado.

—Vive varias paradas atrás.

—¿Entonces por qué te…? ¡Ah! ¿Me estabas acechando?

—Acechar es una palabra horrible —se quejó Sam.

—¿Cómo lo llamarías tú? —le preguntó Liam, consciente de que le ponía el hecho de que Sam le hubiera seguido.

—¿No puede un chico fijarse en otro chico sin que eso sea acecharle? —refunfuñó Sam.

—Puede —admitió Liam, poniendo su mano sobre la de Sam—, especialmente si invita a la presa a un café y después cuida de él.

Sam se quedó mirando la mano de Liam sobre la suya.

—¿Entonces no te has asustado?

—¿Por qué iba a asustarme? Un chico guapo me invita a un café, cuida de mí cuando me pongo a llorar en público, y después admite que me estaba acechando. Eso ocurre cada día.

—Me alegro. No me gustaría pensar que soy el único loco del planeta.

Los dos se rieron, disipando los últimos atisbos que quedaban de tensión entre ellos.

Liam cambió de postura en el banco. Después de beber dos cafés tan rápido, ahora era consciente de otra necesidad.

—Necesito ir al baño. ¿Te importaría cuidar de Alex?

Quizás era algo demasiado espeluznante, ya que el gesto de Sam cambió, pero después le sonrió a Liam con amabilidad.

—Por supuesto, dámelo —dijo tendiendo la mano para recoger la pequeña caja.

A Liam le resultó muy duro tener que entregar la caja. Desde que los padres de Alex le habían entregado las cenizas, no habían estado fuera de su alcance.

—Conmigo estará bien —le aseguró Sam.

Liam tragó saliva y le entregó la caja. Sam la puso sobre su rodilla, agarrándola con los dedos.

—Ve a echar un chorro. Deja la mochila. Estaré aquí cuando vuelvas.

Quizás estaba siendo estúpido, confiando en un completo extraño. Liam no estaba seguro. Aunque confiaba en Sam para que cuidara de Alex.

Tras mirar una última vez por encima del hombro, Liam se adentró en la estación y regresó todo lo rápido que pudo. Sam estaba donde le había dejado, con la caja todavía en la rodilla.

—¿Mejor? —dijo Sam, levantando la mirada al ver a Liam acercarse.

—Sí, gracias. ¿Te apetece otro café? —le dijo Liam.

—No me importaría. ¿Y a ti?

—Ya me he tomado dos —dijo Liam negando con la cabeza—. Ya es suficiente. Supongo que será mejor que haga lo que venía a hacer.

Tendió la mano para que Sam le devolviera las cenizas, pero el hombre no le entregó la caja de inmediato.

—Cuando hayas acabado con esto, ¿te irás a casa? —le preguntó Sam.

Liam dudó antes de responder.

—No tengo ningún motivo real para quedarme —dijo lentamente.

—Alex quería que tuvieras unas vacaciones.

Parecía que Sam estaba intentando decir algo, pero Liam no estaba seguro de qué se trataba.

—Sí. Ya he estado aquí muchos días.

—¿Ah sí? —dijo Sam con el ceño fruncido—. ¿Has explorado la isla?

Ahora era el turno de enrojecerse para Liam.

—He estado yendo de un lado a otro en ese maldito tren durante toda la semana —dijo Liam—. No me veo capaz de esparcir las cenizas. Una vez que se vayan, eso es todo. He perdido a mi amigo para siempre.

Se le hizo un nudo en la garganta y cerró los ojos rápidamente, decidido a no dejar que se le volvieran a escapar las lágrimas en público. Con una humillación pública al día ya tenía suficiente.

Sam asintió mostrando su comprensión y le tiró a Liam de la manga para que se sentara junto a él. Durante unos minutos, se quedó sentado en el banco junto a Liam, a quien el calor corporal de Sam le resultaba reconfortante. Sam no parecía ser el tipo de persona que necesitaba hablar a cada momento para evitar que se hiciera el silencio. Liam lo agradecía.

—¿Tienes que volver a casa de inmediato? —preguntó Sam.

Liam suspiró.

—No. Puedo trabajar desde aquí si hay algo urgente. Soy escritor técnico. Trabajo por libre.

—Yo también —dijo Sam—. Trabajo de contable. Normalmente esta es la época más ajetreada del año, pero como mi abuela estaba enferma, he tratado de adelantar trabajo.

—¿Qué le pasa?

—Sólo es la gripe. Mi madre se preocupa porque vivimos todos muy lejos.

—¿Entonces no vives en esta isla?

Sam soltó una carcajada.

—Por favor, no, me volvería loco si viviera aquí. Es muy pequeña. Vivo cerca de Londres. Mi madre me pidió que viniera a ver cómo estaba mi abuela.

—Muy generoso de tu parte —dijo Sam, fijándose en el modo en que a Sam se le iluminaba la cara cuando se reía.

—Adoro a mi abuela. Es una viejecita divertida, y siempre ha tenido tiempo para mí y mis hermanos.

—¿Cuántos hermanos tienes? —preguntó con curiosidad Liam.

Liam era hijo único, y siempre había sentido una cierta envidia hacia la gente que tenía familias numerosas.

—Seis —dijo Sam, que al ver la cara de asombro de Liam empezó a reírse—. Mi madre quería tener una hija, así que siguieron intentándolo. Mi padre sólo podía producir el cromosoma Y, al parecer. Después de Paul, el pequeño, dejaron de intentarlo. Era tan malo que no querían ni por asomo pensar en tener otro hijo.

—¿Tienes buena relación con tu familia?

—Sí, nos llevamos muy bien. Ni siquiera les importó que fuera gay. Salir del armario fue el mayor anticlímax de mi vida. Cuando volví del instituto me encontré condones, lubricante y un libro sobre sexo homosexual en mi cama.

—Oh, vaya.

Liam no se podía imaginar haber tenido algo así. Reconocer ante sus padres que era gay había sido algo doloroso, y lo hizo después del incidente con el capitán del equipo de fútbol. Era algo difícil de pasar por alto, ya que llegaba a casa lleno de magulladuras cada día. Si no hubiera sido porque Alex perdió los nervios con el padre de Liam, ni él ni su madre se habrían percatado de lo que estaba sufriendo en el instituto. Alex lo llevó a rastras hacia su casa después de otra paliza por parte del equipo de fútbol, e hizo que sus padres se fijaran en las magulladuras que tenía en la espalda y los costados. La madre de Liam rompió a llorar cuando vio las marcas moradas y verdes en la espalda de su hijo, pero sus primeras palabras no fueron de empatía hacia su hijo.

—¿Por qué tuviste que ser tan jodidamente estúpido? —le gritó.

Alex se quedó mirándolos con desprecio y se llevó a Liam a su casa. Liam no fue a su casa durante tres semanas, y cuando volvió sólo lo hizo para recoger más ropa. Sus padres se negaban a hablarle. Ya hacía veinte años que no los veía. Ni siquiera estaba seguro de que siguieran vivos.

Sam soltó una carcajada.

—Sí, la mayor decepción de mi vida fue no tener la oportunidad de rebelarme.

—No es para partirse de la risa —dijo Liam de forma brusca.

Estrictamente hablando, él no se había rebelado. Ni siquiera le habían echado de su casa. Alex le había llevado a su casa y le había dicho a sus padres que Liam se iba a quedar a vivir con ellos. La señora Griffin simplemente asintió y eso fue todo. Lo más fácil era hacer lo que Alex quería hacer. Todos lo sabían.

—¿Lo saben tus padres? —le preguntó Sam.

—Sí.

—Parece como si… —empezó a decir Sam.

—No los he visto en mucho tiempo. Viví con Alex desde que salí del armario.

—Creía que sólo eráis amigos —dijo Sam, con el ceño fruncido.

—Y lo éramos. Éramos mejores amigos. Alex era hetero. Estuvo casado un tiempo. Incluso tiene una hija.

—¿Entonces nunca…?

Liam resopló.

—No. Bueno, nos liamos una vez, pero no era su rollo. Aunque era el mejor amigo que podría haber tenido.

—¿Qué le pasó?

—Cáncer de colon. Cuando descubrió que lo tenía, era demasiado tarde para hacer nada. Estuve con él hasta el final.

Liam se sorprendió cuando Sam le puso un brazo sobre el hombro, y entonces fue consciente de que estaba llorando de nuevo.

—Lo siento.

Empezó a buscar un pañuelo por todos sus bolsillos, pero Sam le puso una servilleta de papel en la mano.

—Gracias —dijo Liam, antes de secarse los ojos y sonarse la nariz.

Sam no le soltó al instante, por lo que Liam miró alrededor para ver si alguien estaba mirando con gesto hostil. Estaban solos, aunque había un hombre mayor en un banco cercano ensimismado con un periódico.

—No pasa nada —dijo Sam con voz tranquila—. Nadie nos prestó atención.

Liam se quedó mirándole con rostro dubitativo.

—Bueno, sí que prestaron atención, pero para mirar con lujuria a dos tíos atractivos.

Liam dio un resoplido, el cual se convirtió en una pequeña tos, que de alguna manera acabó convirtiéndose en un ataque de tos. Eso hizo que el hombre mayor levantara la mirada preocupado.

—Está bien —dijo en voz alta Sam, y el hombre volvió al periódico.

—¡Dios! —jadeó Liam, incapaz de parar de toser y asfixiarse.

—¿Estás bien ya? —le preguntó Sam, frotándole con suavidad la espalda.

—Pregúntamelo dentro de un rato.

—¿Quieres beber algo?

—Un poco de agua me vendría bien.

Sam fue a buscar agua, y por segunda vez aquel día, Liam trató de recuperar la compostura.

—Bebe lentamente —le sugirió Sam al entregarle el agua.

Liam hizo lo que le habían dicho, y bebió el agua fresca lentamente. Durante unos segundos, su cuerpo estuvo amenazando con volver a tener un ataque de tos, pero respiró profundamente.

—Lo siento —dijo cuando consiguió volver a estar en calma—. Seguro que no creías que el chico del tren fuera a ser semejante caso perdido.

Sam le dio un golpecito con el hombro.

—No, pero tampoco había pensado que el atractivo chico fuera a hablar conmigo. Venga. Te invito a comer. Fish and chips en la playa.

—¿Qué playa? —murmuró Liam con un tono agrio—. ¿Y qué pasa con tu abuela?

—La llamaré y le diré que iré para cenar.

Liam se quedó mirando a la caja que tenía en las manos.

—Yo debería…

—Lo harás —le prometió Sam—, pero no tiene por qué ser hoy, ¿verdad? Cuando lo hagas, yo también estaré ahí —dijo Sam, tendiéndole la mano.

Liam sonrió tímidamente y puso su mano en la de Sam. No tenía por qué ser ese día. A Alex no le importaría esperar un día más. Liam podría volver a tomar el tren al día siguiente, y esta vez no estaría solo.