Capítulo 1

 

 

RECOGER. LANZAR. Recoger. Lanzar. Tommy arrojó otra palada de estiércol en la carretilla con un feroz movimiento y volvió a empezar. El jornalero había estado limpiando el establo desde hacía una hora, pero era discutible que estuviera logrando gran cosa. El dolor de su labio inferior le hizo ser consciente del modo en que estaba mordisqueándoselo. Lo tenía en carne viva por el constante maltrato, y el sabor cobrizo de su boca sugería que, esta vez, incluso se había hecho sangre.

Su siguiente palada de estiércol se desvió, alcanzando a su jefe cuando este entraba en el establo. Tommy levantó la mirada al oír el gruñido y vio a Luke en la entrada, con paja y estiércol cubriendo su camisa de franela y sus vaqueros, y unos cuantos restos prendidos de la ligera sombra de barba de su mandíbula.

—Caramba, jefe, lo siento mucho —dijo Tommy mientras Luke se sacudía la ropa.

—Creo que necesitas afinar tu puntería —rezongó Luke, quitándose con una mirada de disgusto lo que definitivamente no parecía una brizna de paja.

Antes de que Tommy pudiera responder, Simon, el compañero de Luke y capataz del rancho La Vaca Perdida, apareció en la entrada bloqueando la luz con su alta figura.

—Luke, me voy ya. Te veo después. —Se detuvo al ver a su compañero cubierto de excrementos de caballo—. ¿Te has estado revolcando en el heno sin mí?

—Ha sido culpa mía —dijo Tommy con expresión culpable—. No sabía que el jefe estaba ahí.

—Obviamente —dijo Luke sarcástico—. ¿Te queda mucho? Venía a ver si querías que te acercaran donde Noah. Mamá tiene una reunión en la iglesia y se ha ofrecido a llevarte.

Tommy sintió que le ardía el rostro bajo las miradas perspicaces de sus jefes.

—No, gracias —dijo escuetamente y siguió limpiando estiércol, poniendo más cuidado esta vez de dónde lo lanzaba. Hubo una larga pausa y Tommy pudo imaginar la conversación tácita que se estaría manteniendo por encima de su cabeza.

—¿Va todo bien, Tommy? —le preguntó Simon con tono preocupado.

—Sí —murmuró sin levantar la mirada—. Solo quiero terminar mis tareas. —Sabía que para entonces todo él estaba ya del color de un tomate maduro. Maldiciendo su pelo rojo y su facilidad para sonrojarse, Tommy mantuvo la mirada fija en el suelo de tierra. Ojalá fuera tan simple.

Noah era… Noah era increíble. El pastor de St. Marks era un sueño húmedo con piernas, en opinión de Tommy: una fascinante piel tersa del color del chocolate y unos enormes ojos oscuros que parecían saber todo lo que había que saber sobre él. Diablos, el único otro hombre por el que Tommy se había sentido atraído era Luke, y aquella era una fantasía que nunca se haría realidad. Conocía a Luke de toda la vida; el hombre, mayor que él, había sido el protagonista de todas sus fantasías masturbatorias durante años hasta la llegada de Noah, pero Luke nunca había reparado en su interés. Presa de unos celos feroces, Tommy agarró el mango de la pala con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

—¿Tommy? —Una gran mano se posó sobre su hombro y le hizo dar un respingo—. Sabes que puedes contárnoslo si tienes algún problema.

Levantó la mirada hacia Simon, cuya expresión era equiparable al amable tono de su voz.

—Lo sé —murmuró—. Es solo que tengo trabajo que hacer.

—De acuerdo. Pero recuerda que estamos aquí si nos necesitas.
—Simon apretó su hombro y le dirigió a Luke un cabeceo. Con una mueca, este se quitó de encima algo más de estiércol.

—De acuerdo, entonces. Será mejor que me cambie antes de que mamá se queje por el olor.

—Lo siento, jefe —volvió a disculparse Tommy.

Luke le quitó importancia con un gesto.

—No te preocupes. Yo me puse en medio. Vamos, Simon, tengo que llevar a mamá a St. Marks antes de ir a ver a papá.

El padre de Luke había sido hospitalizado tras un infarto, pero por fin su estado había dejado de ser crítico y, por primera vez en semanas, no había un miembro de su familia sentado junto a su cama a todas horas. Tras sufrir un accidente de coche, a Mamá Murray le costaba conducir a pesar de la rehabilitación intensiva, así que uno de los chicos de La Vaca Perdida le servía de chófer cuando era posible.

Tommy vio cómo Simon depositaba un beso en los labios de Luke esquivando la suciedad de su cara. Tras dirigirle una sonrisa a Tommy, ambos se marcharon, sus hombros y caderas rozándose al caminar. Era difícil odiar a Simon por poseer lo que Tommy deseaba. Luke estaba perdidamente enamorado de Simon, y que Dios ayudara al que tratara de meterse entre ambos. Con un suspiro, Tommy regresó a la limpieza de los establos intentando no pensar en Luke y Noah: tan diferentes, tan hermosos y tan absolutamente inalcanzables.

La iglesia era un asunto delicado. Sus padres insistían en que fuera a misa cada domingo por la mañana a menos que hubiera una crisis en La Vaca Perdida. Para su sorpresa, la beata de su madre se había cambiado sin decir palabra a la iglesia de St. Marks, lo que suponía ver a Noah cada domingo, contemplar al joven pastor mientras hablaba de amor y perdón, de inclusión y comprensión. El pastor era un sodomita y expresaba abiertamente su sexualidad. Tommy sabía que la mitad de la congregación estaba formada por personas que no eran bienvenidas en ninguna otra parte: gais, jóvenes madres solteras y, ahora, el rancho La Vaca Perdida, que incrementaba la congregación cada domingo encantados de tener un lugar para el culto. Sus padres no eran las personas más tolerantes del mundo, y Tommy no alcanzaba a comprender por qué demonios se habían cambiado a la iglesia de Noah en lugar de quedarse con aquel fanático del pastor Jackson. Tommy nunca decía palabrotas —al haber sido educado a golpes de cuchara de madera en los nudillos cada vez que soltaba una palabra malsonante, había aprendido pronto a dominar su lengua—, pero cada vez que pensaba en los problemas que los Jackson habían causado a Luke y a Simon, se habría ganado unos nudillos hinchados por la ristra de ellas que hubieran salido de su boca.

Entonces, ¿por qué estaba evitando a Noah? Mordiéndose de nuevo su maltratado labio inferior, Tommy volvió a llenar la casilla de Lulu con heno fresco y agua. A pesar de su inexperiencia, Tommy sabía que Noah se sentía atraído por él. Cada vez que el pastor veía su rostro entre la congregación, sus ojos se iluminaban y la calidez que había en ellos al posarse en Tommy se volvía más intensa. Por su parte, Tommy sentía arder sus mejillas cada vez que pillaba a Noah mirándolo. Pero Noah era gay y Tommy hetero, al menos en lo que a sus padres y al resto del mundo respectaba. Solo había una persona con la que Tommy hubiera sido totalmente honesto en cuanto a sus sentimientos hacia otros hombres. Asustado y frustrado por tener que ocultar su sexualidad, y con la necesidad de hablar con alguien, se había confiado a Luke cuando empezó a trabajar en el rancho. Su jefe había guardado su secreto durante cinco años, tan solo admitiendo habérselo contado a Simon después de que Tommy dijera que se marchaba. No obstante, Tommy podía fiarse de los dos. Eran discretos y ninguno de los demás jornaleros sospechaba que fuera nada aparte de tímido. Tommy quería mudarse al otro lado del estado, quizás encontrar algún sitio donde pudiera conocer a otros hombres lejos de la desaprobación de sus padres. Sin embargo, ahora acudían de buena gana a una iglesia concurrida por homosexuales y otros caídos, y él era el objeto de atención del hombre más hermoso que había pisado la tierra. El mundo se había inclinado sobre su eje y Tommy estaba precipitándose por el borde.

Comenzó a limpiar la casilla de James, consciente de su interminable monólogo interior. Tommy estaba esquivando la cuestión: ¿Por qué evitaba a Noah? Simple. Estaba muerto de miedo. Y era virgen. Veintitrés años y nunca lo habían besado. Confiaba en poder ir a la universidad lejos de casa y echar una cana al aire allí, pero sus padres habían dejado claro que no había dinero para la universidad y que esperaban que comenzara a trabajar en un rancho en cuanto saliera del instituto. Tommy no era un estudiante destacado ni un deportista, no había becas para los alumnos como él, y no le quedó más opción que acceder a los deseos de sus padres. No les había hecho gracia que entrara a trabajar en La Vaca Perdida, pero, al ser viejos amigos de Greg y Pamela, se cuidaron de hacerle reproches delante de la madre de Luke.

Hubo un ruido en el exterior del establo y Tommy se detuvo, pues no quería cubrir de excrementos a nadie más. Levantó la mirada y vio que Luke había vuelto y traía el ceño fruncido.

—¿Ocurre algo, jefe? —preguntó.

—Tengo que ir a los pastos de atrás. Chuck quiere que le eche un vistazo a unas plantas que ha encontrado. ¿Puedes llevar a mamá a la iglesia? Jack puede cubrirte aquí.

¡Iba a ver a Noah! Maldiciéndose por el modo en que su corazón saltó en su pecho, Tommy murmuró:

—Claro. Dame diez minutos para ducharme y cambiarme. Dile a Mamá que llegaré en media hora.

—Lo haré —convino Luke—. Y, Tommy…

Tommy levantó la mirada para ver una sonrisa traviesa bailando en el rostro de Luke.

—Relájate, ¿de acuerdo? Tú le gustas. Él te gusta. No te preocupes por eso.

Sabiendo que su rostro estaba rojo como la grana, Tommy quiso saltar al heno y esconderse debajo, lejos de aquellos ojos tan perspicaces. Luke no iba a dejarlo en paz con eso.

—No es tan simple.

La mirada de Luke se volvió comprensiva.

—En realidad sí lo es, Tommy. Noah no va a hacerte daño. No es de esa clase de hombres.

—Pero mis padres… —empezó Tommy, aún aferrando la pala frente a él. ¿Cuántas veces había defendido su lugar en el armario con esas tres palabras?

—No digo que no vaya a ser difícil, pero tus padres no pueden vivir tu vida por ti. Se cambiaron de iglesia sabiendo que Noah es gay. Veamos primero cómo reaccionan al ver que has hecho un amigo. —Luke le sonrió—. Ahora, muévete, o mamá me arrancará la piel a tiras. Ya sabes cómo se pone cuando es tarde de cartas.

Sorprendido, Tommy casi dejó caer la pala.

—¿Tu madre va a jugar a las cartas? Pensé que iba a reunirse con las Damas.

—Así es. Salvo que las Damas tienen una interesante manera de estudiar la Biblia. Pero no le digas que te lo he dicho yo —le advirtió Luke.

Sonaron unos pasos en el exterior y Jack apareció con una sonrisa en la cara.

—¿Listo para irte, Tommy?

—Sí. Solo he terminado con Lulu. No dejan de interrumpirme. —Le lanzó una mirada a Luke, que se echó a reír y le dio una palmada en la espalda.

—Saluda al pastor. Liz y yo estaremos allí el domingo. Tiene el día libre. —Jack y su mujer vivían fuera del rancho e iban a la iglesia tanto como se lo permitían los turnos de ella en el hospital local.

Tommy no pudo evitar el rubor que se extendió por sus mejillas al pensar en hablar con Noah.

—Se lo diré —murmuró mientras pasaba entre los dos hombres.

—Llamaré a mamá. No tardes mucho en ponerte guapo —le dijo Luke.

Tropezando con sus pies, Tommy estuvo a punto de darse media vuelta, horrorizado ante la obvia insinuación de Luke, pero entonces escuchó a Jack decir:

—¿Estás seguro de que quieres mandarlo a él? Es una presa fácil para todas esas mujeres.

—¿Por qué crees que no quiero ir yo? —replicó Luke y los dos se echaron a reír.

Sacándoles el dedo a ambos, Tommy se encaminó al barracón. Estaba desierto, así que, tras agarrar unos vaqueros y una camisa limpios, se dirigió al baño. Pasara lo que pasara, no podía ir apestando a estiércol de caballo. La madre de Luke no lo aprobaría.

 

 

ST. MARKS estaba como a una hora del rancho, y Pamela pasó la mayor parte del trayecto sosteniendo su brazo lesionado contra su cuerpo, su boca marcada por finas líneas de dolor. No parecía tener ganas de charlar. Estaría demasiado preocupada por su marido, supuso Tommy. El aparcamiento estaba ocupado en sus dos terceras partes cuando llegaron. Mientras estacionaba la camioneta, Tommy miró a Pamela.

—¿Quiere que la recoja más tarde, Mamá?

Ella lo miró con el ceño fruncido.

—Luke dijo que ibas a quedarte. Creo que Noah está deseando tener algo de compañía masculina. Lo usa como excusa para fingir que no sabe que vamos a jugar al póquer.

Tommy se quedó boquiabierto. ¿Las Damas de la iglesia jugaban al póquer?

—Por favor, dígame que mi madre no está ahí.

Pamela soltó un bufido mientras sujetaba la manija de la puerta.

—Ella es una de nuestras mejores jugadoras. Esa mujer es una fullera. Las demás dicen que hemos ganado más dinero desde que llegó que en los seis meses anteriores.

Tommy se sintió ligeramente mareado.

—Pero si solo lleva aquí tres semanas.

—Sí —dijo Pamela con gravedad—. Como he dicho, es una fullera. —Echó un vistazo al rostro de Tommy—. No te sorprendas tanto, hijo. Es como bordar, pero con cartas.

—Pero están jugando en la casa de Dios —dijo él débilmente.

—Con dinero del Monopoly —le aseguró ella—. Además, hemos acordado igualarlo con donaciones para reparar el tejado de la iglesia. Lo tenemos todo muy controlado. A los hombres no les gusta que te gastes demasiado de su dinero para cerveza.

Sacudiendo la cabeza con incredulidad, Tommy rodeó la camioneta para ayudar a salir a Pamela y esperó a que ella recuperara el equilibrio. Pamela le sonrió y las líneas de su rostro se suavizaron mientras echaban a andar hacia la puerta lateral de la iglesia.

—Es mucho más divertido que pinchar un trapo con una aguja. Ojalá hubiera encontrado esta iglesia hace años.

—No me extraña que a mi madre le guste tanto venir aquí
—reflexionó, más para sí mismo que para Pamela—. Siempre ha odiado las sesiones de costura y repostería.

—Los padres siempre sorprenden a sus hijos —dijo Pamela sabiamente—. Ahora, deja que vaya a buscar a las Damas y tú puedes hacerle compañía al pastor.

Tommy le lanzó una mirada a Pamela, pero ella ya iba camino adelante. Sin embargo, Tommy no se dejó engañar. A aquella mujer nunca se le escapaba nada. Abrió la puerta para ella y la siguió hasta una habitación donde ya había media docena de mujeres en torno a una mesa. Su madre era una de ellas. Tommy sonrió al ver el dinero del Monopoly. Evelyn reparó en su hijo y agachó la cabeza, sonrojándose intensamente. Él contuvo una sonrisa. Era la primera vez desde que tenía memoria que recordaba haber visto a su madre incómoda. Pillada a punto de ponerse a apostar en la iglesia. Tommy no pensaba dejar de recordárselo nunca.

—¿Tommy?

Una mano se posó en su hombro, sobresaltándolo. Tommy fue plenamente consciente del especiado perfume de Noah y de la cálida presencia de su cuerpo a su espalda. Se quedó paralizado como un conejo asustado, atrapado entre el objeto de sus fantasías y su madre. El único atisbo de consuelo fue que su madre parecía incluso más incómoda ahora que los ojos del pastor estaban posados sobre ella.

Pamela se volvió para mirar al pastor por encima del hombro de Tommy.

—Buenos días, Noah —saludó alegremente—. Estamos a punto de ponernos a bordar; así que, si quieres escaparte ahora…

El pastor suspiró y su aliento cosquilleó en la oreja de Tommy.

—No estoy seguro de qué es peor. Que estéis apostando o que me mientas descaradamente, Mamá.

—Vaya, pastor Taylor, ¿cómo puede decir semejante cosa?
—exclamó ella con fingida indignación—. Ahora, largo. Llévate a este jovencito tan agradable e idos a charlar de cosas de hombres mientras estas buenas señoras y yo hablamos… de cosas que no necesitáis oír.

—Vamos, Tommy. —La mano de Noah se deslizó hasta la cintura de Tommy para guiarlo fuera de la habitación—. Huyamos antes de que nos corrompan aún más.

—A callar. —Pamela sonrió ampliamente y, prácticamente, los sacó a empujones de la habitación—. Hasta luego. Portaos bien.

Ahí había ido demasiado lejos delante de su madre. Tommy se giró para clavarle una mirada fulminante, pero ella le cerró la puerta en las narices. Cuando volvió a girarse, Noah le estaba sonriendo abiertamente.

—No esperaba verte hoy —dijo, guiando a Tommy hasta el pasillo para conducirlo después hasta una pequeña cocina—. ¿Quieres una Coca-Cola o un té?

—Ah… Una Coca-Cola estaría genial —tartamudeó Tommy. «¡Jesús!». Se disculpó mentalmente por tomar el nombre del Señor en vano. Realmente tenía que aprender a conservar la calma frente a aquel hombre.

Noah abrió la puerta de la nevera e inspeccionó el interior.

—Te puedo ofrecer Coca-Cola o Dr Pepper —anunció.

—Coca-Cola, por favor. —Tommy alargó la mano para tomar la lata, conteniendo un escalofrío cuando los dedos de ambos se rozaron, y tomó asiento frente a la mesa de la cocina. Era una diminuta habitación de paredes encaladas, con espacio apenas suficiente para albergar la mesa y unas sillas. Había tazas y platillos colocados en una bandeja, presumiblemente dispuestos para cuando las Damas terminaran de «bordar». Era mucho más fácil pensar en ello así. La idea de su madre jugando por dinero era demasiado.

—¿Cómo está Greg? —preguntó Noah—. Hace unos días que no voy a verlo. Tenía buen aspecto la última vez que lo vi.

—El Jefe está estupendamente. —Tommy sonrió al pensar en el padre de Luke la última vez que lo había visto. Su situación había sido precaria durante mucho tiempo, pero, contra todo pronóstico, Greg Murray estaba empezando a recuperarse, aunque aún no se hallaba lo suficientemente estable para el triple baipás.

—¿Y Luke y Simon? ¿Qué tal están? —inquirió Noah.

Tommy frunció ligeramente el ceño. Noah sabía cómo estaban Luke y Simon, los había visto hacía un par de días.

—Están bien, y Chuck también —dijo bruscamente—. ¿Quieres preguntar por los caballos?

Noah lo miró sorprendido y soltó una risa de disculpa.

—Probablemente Chuck fuera el siguiente en mi lista —admitió con aire avergonzado.

—Nunca creí que tendrías problemas a la hora de encontrar un tema de conversación —dijo Tommy con una sonrisa irónica.

—No creo que hayamos conversado a solas nunca antes —señaló Noah, y sus dedos retiraron inconscientemente las gotas de condensación de la lata de refresco.

Incapaz de apartar la mirada de los largos dedos de Noah acariciando la lata, Tommy se lamió los labios.

—¡No hagas eso!

Tommy levantó la mirada.

—¿Eh? —dijo, desconcertado.

Los oscuros ojos de Noah estaban clavados en su boca.

—No te lamas así los labios. Me distraes.

—Yo no… yo… —Tommy se detuvo, incapaz de completar la frase, y volvió a lamerse los labios en un gesto nervioso.

Noah emitió un sonido bajo y gutural.

—Tommy Bradley, eres un provocador.

—No pretendo serlo —dijo Tommy con sinceridad, desconcertado por la reacción de Noah.

—Ya lo sé, y eso es lo que hace que sea tan seductor.

Tommy se quedó de piedra cuando Noah se acercó y le cubrió la mano con la suya. Trató de apartarla. ¿Y si su madre los veía tomados de la mano? ¿Y si los veía cualquiera? Pero Noah se negó a soltarlo.

—¿Te gusto? —preguntó el pastor sin tapujos.

—Yo… ah… tú eres… mi pastor —dijo Tommy débilmente.

Eso hizo que Noah pusiera los ojos en blanco.

—Mira —empezó este—. No voy a mentirte. Me siento atraído por ti, Tommy. Y sé que tú te sientes atraído por mí.

Tommy miró hacia a la puerta de la cocina, tirando de su mano para recuperarla. ¿Y si entraba alguien?

Noah le dirigió una mirada comprensiva y lo soltó.

—Sé que no estás fuera del armario —dijo, bajando la voz—. Luke lo sabe, ¿no?

—Y ahora Simon también. —Tommy tragó con dificultad—. Son los únicos. ¿Cómo supiste que yo era…? —Hizo una pausa, incapaz de decir la palabra allí. Se quedó fascinado por la mirada perversa que Noah le dirigió.

—My gaydar nunca falla.

La seguridad de Noah era irritante. Tommy se sintió tentado a decirle que era hetero solamente para pinchar aquella burbuja de arrogancia.

—Mis padres… —murmuró Tommy, resistiendo la tentación de volver a sacar la lengua.

—No lo saben. —Noah asintió—. Lo sé.

—Creen que soy hetero. Quiero irme lejos. Encontrar algún lugar donde pueda… —Dejó la frase a medias.

—¿Ser tú mismo? —sugirió Noah, observando el rostro de Tommy con una mirada amable.

—Me echarían de casa si se enteraran.

—¿Alguna vez has tenido una relación con un hombre, Tommy?

Tommy negó con la cabeza.

—Nunca he besado a un hombre. Nunca he besado a nadie, en realidad.

Noah pareció sorprenderse.

—¿A nadie?

—No he tenido ocasión. No estoy fuera del armario en ninguna parte y no conozco a ningún gay, excepto Luke y Simon, y no es como si… Bueno, son completamente exclusivos.

—Sí que lo son. Nunca he conocido a una pareja tan unida. Aunque ya conoces a algunos gais más, ahora que vienes a mi iglesia.

—Y también mis padres. —Tommy se encogió de hombros—. Nunca pensé que vería ese día. ¿Por qué vienen aquí?

Sacudiendo la cabeza, Noah dijo:

—Sabes que no puedo decírtelo. —Su mirada se suavizó—. Lo que puedo decirte es que, tal vez, deberías hablar con ellos.

Tommy lo miró con incredulidad.

—¿Has intentado hablar con mi madre? Aplaudió cuando el pastor Tony dijo que todos los maricas arderían en el infierno.

—¿Aplaudió?

Ante la ceja enarcada de Noah, Tommy se agitó incómodo.

—Estuvo de acuerdo, al menos.

—Tú habla con ellos, Tommy. Se sienten realmente mal por lo que les pasó a Greg y a Pamela.

—Pero no por lo que les pasó a Luke y a Simon —señaló Tommy.

Noah exhaló.

—Creo que la gente necesita tiempo. No puedes esperar a que cambien de la noche a la mañana.

—No espero nada de la gente de por aquí. Ya no. —Tommy no pudo contener la amargura de su voz. Por lo que a él respectaba, no podía esperar a dejar atrás el hogar de su infancia. Tommy solo había pasado buenos momentos en La Vaca Perdida, aparte de la frustración de sus sentimientos por Luke, pero, en lo que atañía a la gente del pueblo, no les daría ni la hora.

—Han sido tiempos difíciles —coincidió Noah.

Tommy tuvo que morderse la lengua para no expresar su furia en palabras. Noah no sabía de qué hablaba, realmente. Pero cuando miró a Noah, cuando lo miró de verdad, vio la comprensión en sus ojos. Noah era un homosexual negro y orgulloso viviendo fuera del armario en Texas.

—¿Fue malo? —preguntó Tommy con torpeza.

—Más bien horrible —respondió Noah sin problemas, en absoluto incomodado por la pregunta.

Tommy abrió y cerró la boca, sin saber muy bien qué decir.

—Puede que te lo cuente algún día —dijo Noah, dándole unas palmaditas en la mano—. ¿Te gustaría tomar algo más? También tengo brioches.