Benny: La vida con piojos de chica

 

 

CUANDO BERNICE Angela Coats tenía tres años, su hermanastro mayor, Carrick James Francis, se saltó un día la iglesia y no volvió a ir durante el resto de su vida.

No, aquel cabrón con suerte consiguió pasar sus fines de semana en El Púlpito, un rancho de caballos llevado por Deacon Winters y su padre, Parrish, y si los nuevos mejores amigos de Crick no se hubiesen pasado el rato llevando a Benny y a sus hermanas al parque o al cine a medida que se hacían mayores, es posible que hubiese llegado a odiar a Crick por ello.

Lo que hizo en su lugar fue enamorarse de Deacon.

Benny era una chica lista: no le era posible odiar a Crick. Él le hacía la cena y le lavaba la ropa y metía a Crystal y a Missy en la cama cuando iban con ellos. Cuando Benny tenía seis años, Crystal tres y Missy uno, las dos pequeñas tuvieron algún tipo de diarrea explosiva, lo que significaba que su madre seguro cocinó aquel día. De cualquier modo, Bob (que era como Benny llamaba a su padre en sus pensamientos, puesto que eso era lo que le llamaba Crick) llegó a casa y ambas niñas estaban llorando y la cena se estaba quemando sobre el fogón. Crick tenía a Missy apoyada en la cadera y la pobre se había cagado sobre los dos mientras él apagaba el fuego de los macarrones con queso que nunca estuvieron predestinados a ser.

Bob golpeó al chico con el revés de la mano allí mismo, y el agua hirviendo del cazo salpicó y quemó a Missy, así que Crick tuvo que atenderla tanto a ella como a su labio partido al mismo tiempo.

No era nada nuevo —Bob golpeaba a Crick todo el tiempo— pero fue, quizás, la primera vez que a Benny realmente le entró en la cabeza que no era justo. Había sido la primera vez que alguna de las chicas había terminado herida, y Benny se dio cuenta de que mucho de lo que su hermano hacía era recibir en su lugar el castigo que Bob acostumbraba a repartir indiscriminadamente.

A medida que se hizo mayor y vio ejemplos del temperamento irritable y boca mordaz de su hermano, empezó a comprender que todos eran afortunados. Crick contaba con algunos rasgos que le hacían muy parecido a Bob, pero estaba pasando los fines de semana en El Púlpito, así que también tenía a Deacon y a Parrish como ejemplos, y por lo tanto aquellas cosas malas no se llegaron a revelar del todo y Crick continuó siendo su hermano mayor.

Y fue por eso por lo que, cuando Crick salió del armario en mitad de un funeral, no le guardó rencor a Deacon por llevárselo.

Fue Deacon el que fue a recogerle del patio delantero. Benny le había visto recogiendo un rato antes toda la porquería del cuarto de Crick, como si fuera algo dado por hecho. Había visto lo mucho Crick había ansiado estar con Deacon, incluso entonces, cuando ella no tenía más que diez años. Benny todavía tenía un hogar, y Bob todavía no la golpeaba, así que podía entregarle su hermano a Deacon. No sabía de verdad lo que significaba gay, ni por qué Bob pensaba que era algo tan malo, pero sabía que Crick se merecía la amabilidad que había en los ojos de Deacon más que cualquier otra persona que conociera.

A medida que el tiempo pasó y tuvo que empezar a esquivar más a menudo a Bob una vez que este empezó a darse cuenta de que era ella la que estaba a cargo de los pequeños, y que toda la mierda que hacían los niños pequeños (cagar, llorar, necesitar comida) cargaba todo sobre sus hombros, empezó a soñar que algún día tendría a un Deacon que aparecería y le salvaría de lo que era su vida cuando Deacon, Crick y Parrish no estaban alrededor.

Cuando Crick se alistó en el ejército y salió huyendo como un asqueroso cobarde (de acuerdo, puede que estuviera un poco enfadada con él), miró desde lejos y llena de impotencia como Deacon caía roto a pedazos.

Cuando este empezó a rondar la tienda de licores como el fantasma de los vinos pasados, sufrió una profunda decepción. Benny se había levantado embarazada después de una noche que no recordaba con un chaval por el que no había estado tan loca antes de que él le drogara la bebida, y Deacon era su última y única esperanza. Para aquel entonces él tenía un delirium tremens tan grave después de tan solo un día que a Benny le sorprendió que no echara la primera papilla allí mismo, delante de la tienda de licores. ¿Y cuando fue a buscarla? ¿Cuando dejó de beber de golpe y sufrió el síndrome de abstinencia? ¿Cuando apareció en su puerta junto con sus amigos, recogió todas sus cosas del patio delantero y entonces (y Deacon no sabía que ella lo sabía) tumbó de un golpe a Bob como represalia por el ojo morado que ese cabrón le había dejado a ella?

Benny había sentido, incluso entonces, que iba a querer a Deacon sin remedio, como a un hermano, un mentor y un héroe, durante el resto de su vida.

Deacon jamás sabría —jamás— lo mucho que tuvo que esforzarse para no enamorarse de él además de quererle. El inútil, cobarde y con una mierda por cerebro de su hermano tenía todo el corazón de Deacon, era evidente. Eso no la frenó de soñar despierta, solo un poco, con él después de que la abrazara y la ayudara a tener a su bebé. El despertarse en mitad de la noche durante aquellos primeros meses y encontrarle meciendo a Parry Angel en sus brazos hacía que sintiera revoloteos en el estómago, pero no iba a pensar en eso, ni hablar.

Eso no significaba que no tuviera grabada en la memoria, para siempre jamás, la imagen de Deacon, con el atractivo rostro relajado y dulce, los ojos verde avellana cerrados, tumbado boca arriba en el viejo sillón a cuadros con Parry, que llevaba un body rosa, acurrucada contra su pecho, los dos profundamente dormidos. Deacon era ese chico, el chico que se despertaría por el bebé y le daría a la madre del mismo una habitación para ella sola, una educación y seguridad cuando Benny no podía recordar haber tenido ninguna de esas cosas desde que Crick se había marchado.

Cuando Andrew Carpenter apareció una buena mañana en su puerta con la dudosa afirmación de que el inútil de su hermano Crick le había salvado realmente la vida, Benny estuvo dispuesta a mirar más allá de aquella evidente mentira y ver que Andrew era un buen chico. (Deacon se la creyó de cabo a rabo, y solo el profundo y duradero amor de Benny hacia él evitó que perdiera muchos puntos de aprecio a sus ojos.) Drew era más que bueno, de hecho. Drew era leal: se quedó en El Púlpito aun cuando todo lo que Deacon podía pagarle era alojamiento y pensión completa. No protestaba si de repente estaba haciendo de niñera en lugar de domando caballos, y nunca, ni siquiera una vez, le preguntó quién era el padre de Parry Angel. Y cuando supo quién era, le dio un puñetazo directo a la mandíbula al susodicho, aunque eso no era lo importante. Lo importante era que cuando su sonrisa blanca y lenta le ensanchaba el rostro moreno, la manera en que miraba a Benny le hacía saber que aquella sonrisa era solo para ella.

Aquello hacía que le aleteara el estómago y le sudaran las manos. Le hacía sentir como si tuviera una cintura de avispa y un escote de talla cien en lugar de su cuerpo delgado y sencillo de pecho plano, y el cabello largo, rubio, sedoso y perfectamente peinado en lugar de lacio, de un marrón ratón y al que era necesario llevar por los hombros o sino se quebraba.

Desde que Benny tenía dieciséis años, cuando Drew empezó a trabajar en El Púlpito, hasta el momento en que cumplió los dieciocho, alrededor de la época de su erróneo intento de dejar Levee Oaks para ir a la universidad, la sonrisa de Drew pareció hacerse más profunda y más eléctrica, y más y más dedicada tan solo a ella.

Benny empezó a amar que fuese de ese modo.

Cuando volvió de la universidad, asustada (¡aterrorizada!) porque la salud de Deacon era pésima y todo el mundo en la familia estaba asustado por él, Drew había sido quien había ido a recibirla. Ella le había besado delante de todo el mundo, a pesar del hecho de que por lo que ella recordaba, no había besado a nadie de ese modo, y si no fuera porque su cuerpo recordaba todo el embarazo y el dar a luz que había soportado con Parry Angel, habría jurado directamente que todavía era virgen.

No importaba.

Estaba asustada por Deacon, y echaba de menos a su hija, pero Drew estaba allí, y era sólido y amable y leal y divertido de una manera astuta que te agarraba por sorpresa cuando no estabas prestando atención (¡eso le gustaba!), y Benny decidió que si un hombre tan joven como Deacon, que ni siquiera llegaba a los treinta, podía enfermar tanto tan rápido, ella no tenía tiempo para titubear ni holgazanear.

Además. Llevaba dos años muriéndose de ganas de besar a Drew.

Él besaba... a la perfección. Abrió la boca y dejó que la lengua de ella entrase, y era cálido y oscuro y seguro. Sus manos grandes eran delicadas en sus caderas delgadas y pequeñas, la atrajo contra su amplio pecho y Benny supo que estaba en casa. Cuando la familia (toda la pequeña familia unida de Deacon) se puso de pie en el porche y aplaudieron, Benny les enseñó el dedo no porque estuviera enfadada, sino porque quería que supieran que aquel momento era solo para ella y para Drew, y por mucho que todo el mundo lo hubiese visto venir y lo hubiese deseado, ella lo había hecho llegar, y lo deseaba más aún.

Por supuesto, después fue dentro y vio a Deacon, con el rostro pálido, la mandíbula apretada por el dolor, tan inmerso en su sufrimiento por el fallo cardíaco congestivo que a duras penas estaba ahí para su familia.

Llegados a ese punto, Jon, el mejor amigo de Deacon desde que llevaban pañales o casi, llevó a Deacon al dormitorio que compartía con Crick y llamó a una ambulancia. Jon era abogado, y puede que tuviera el aspecto de un surfista o de un chico de la piscina de Hollywood, pero la verdad era que era más inteligente e implacable que seguramente ninguna otra persona en El Púlpito, y Benny era una de los pocos que no olvidaba ese hecho.

Jon estaba hecho para llevar a cabo cosas como aquella. Podía decirle a alguien que se fuera a la mierda, que estaba siendo estúpido, y no sonar ofensivo. Benny decía esas cosas, pero siempre parecía mala persona. Jon sencillamente tenía toda esa autoridad a su alrededor. Era la razón por la que su pequeña esposa le adoraba, aunque ella misma era una cabronceta mandona, razón por la que Amy y Benny se llevaban muy bien.

Esa razón era el porqué, pensó Benny en aquel dolorosamente caluroso día de agosto, alrededor de dos años y medio después del ataque al corazón de Deacon, Jon era un oficiante tan espléndido en todas las bodas que no paraban de celebrar en Roca Promesa.

Las víctimas nupciales de aquel día estaban de pie sufriendo el calor. El cómo Jeff y Collin creían que agosto era una buena época para una boda se le escapaba a Benny. Pero la habían celebrado lo bastante temprano como para suprimir el calor sádico, y la etiqueta de rigor eran pantalones cargo y camisetas hawaianas para los hombres y vestidos veraniegos para las mujeres. Benny creía que debía de haber sido idea de Collin, y no le importaba. Cualquier excusa para comprar un vestido de verano nuevo era una oportunidad de la que se aprovecharía, incluso si ya lo estaba empapando de sudor. Que la boda estuviera celebrándose fuera de temporada o que para las dos de la tarde haría tanto calor que la tarta se fundiría en su rústico pedestal de madera no importaba. Jeff debía de estar todavía perdido en el romance de toda su historia de amor, porque estaba llorando tal riachuelo de lágrimas silenciosas que Benny había tenido que acercarse un par de veces para cambiarle los clínex.

Jeff iba impecablemente vestido: un acicalado traje crudo de lino, cruzado y de cintura entallada, junto con unos pantalones lo bastante ajustados como para hacerle rebotar monedas del culo. Por supuesto, bajo la chaqueta llevaba una camiseta en tono pastel, al estilo de Miami Vice, pero eso tan solo lo mejoraba. Sus rasgos angulosos y huesudos con la nariz ligeramente aguileña se veían hermosos y, bueno, más gais que un teatro de variedades de los locos años veinte. Consiguió parecer un dandi salido de un libro de F. Scott Fitzgerald mientras daba la bienvenida a sus invitados en lo que equivalía a una poza para nadar privada en mitad de ninguna parte.

Collin, su prometido, no se parecía en nada a él. Tenía el pelo largo y rubio, secado para que cayese liso y recogido en una coleta; tenía la mandíbula cuadrada, y la nariz se arqueaba hacia arriba al final. Collin había sido el que había insistido en poner «vestir de manera cómoda» en las invitaciones de la boda, y llevaba unos caquis, una camisa de manga corta, tirantes rosas y una pajarita a juego. Era (y la gente molestaba a Jeff por ello todo el tiempo únicamente para hacerle enrojecer y que bajara la cabeza) casi diez años más joven que el que pronto sería su esposo. Pero era divertido; Benny había echado un vistazo a los dos cuando había vuelto de la universidad y le había dicho a Drew: «¡Oh sí, pero puedes apostar a que ese chico es el que manda!».