Capítulo 1

 

 

THIERRY SE sentó a la mesa de la cocina mientras observaba a Alain con el ceño fruncido. No habían pasado ni veinticuatro horas desde que Orlando había sido capturado y su amigo ya se veía demacrado y ojeroso. El cansancio, tanto físico como emocional, había dejado su huella en él y el mago se estaba temiendo lo que podría ocurrir si esas horas se convertían en días; aunque le preocupaba aún más que se transformaran en semanas, tiempo del que Orlando no disponía, pues solo podía alimentarse de Alain.

Su mente barajaba con rapidez distintas posibilidades para encontrar al vampiro desaparecido. Las patrullas nocturnas estaban registrando cada una de las direcciones que Monique Leclerc, la maga que acababa de desertar, identificaba como un lugar que Serrier hubiera utilizado en el pasado con la esperanza de que tuvieran suerte y encontraran a Orlando por ese medio. Sin embargo, la mujer había sido muy sincera sobre el hecho de que el líder oscuro mantenía divididas deliberadamente a sus fuerzas, de tal forma que, si alguien era capturado, solo podía desvelar una parte de sus planes, revelando únicamente algunos de sus escondrijos. Thierry no tenía muy claro qué pensar sobre darle tanta importancia a la información proporcionada por la maga, aunque sabía que era la mejor pista de la que disponían en ese momento. Los hechiceros capturados durante la batalla en la place Pigalle, o bien no sabían nada importante o temían más las represalias de Serrier si hablaban más de la cuenta que a ir a la cárcel. La verdad es que él no los culpaba, pues, a excepción de Raymond, cada mago que había hablado a cambio de reducir su condena se había encontrado en prisión con un final desagradable a pesar de los esfuerzos de los guardias.

Thierry observó impotente cómo Alain echaba la silla hacia atrás, haciendo chirriar de manera desagradable las patas sobre las baldosas blancas del suelo de la cocina. Con el semblante tenso, el mago comenzó a pasear de un lado a otro como un león enjaulado que no pudiera escapar de los confines de su celda.

—Vas a terminar agotado y entonces no le vas a servir de mucho a Orlando cuando lo encontremos —lo regañó Thierry, aunque sabía que el consejo sería desdeñado.

Y tenía razón.

—Como si tú fueras a quedarte ahí sentado tan tranquilo si fuese Sébastien el que estuviera en sus manos —gruñó Alain.

—No, no lo estaría —aceptó el mago—, pero tú sí estarías sentado donde yo estoy ahora recordándome que tengo que cuidarme.

—Debería estar ahí fuera buscándolo —protestó Alain—. ¡Si lo están ocultando, yo soy el que tiene mayores probabilidades de detectarlo y descubrir dónde está!

—Puede ser —concedió Thierry—, pero no puedes salir con todas y cada una de las patrullas. Eso nos llevaría demasiado tiempo. Es más rápido dejar que ellos hagan su trabajo mientras tú descansas. Después de todo, no estamos enviando a inexpertos a esos lugares: todos conocen los trucos de Serrier y saben de lo que es capaz. —Alain sacudió la cabeza, pero el mago lo ignoró—. Apenas has dormido desde que atraparon a Orlando, salvo esas pocas horas que te obligué a descansar. No puedes seguir así y esperar ser capaz de alimentarlo cuando lo rescatemos. —Puso énfasis en el “cuando”, negándose rotundamente a considerar lo que podría ocurrirles tanto a Alain como a Orlando si no lograban encontrar al vampiro a tiempo.

—No lo entiendes —insistió el mago con el semblante descompuesto—. No puede alimentarse de nadie más que de mí, así que va a tardar más tiempo en recuperarse de lo que quiera que le hagan. —Alain se esforzaba por explicar conceptos y sentimientos que desafiaban lo racional—. Orlando es mi otra mitad, Thierry, y yo siento como si mi alma se estuviera desgarrando por el simple hecho de estar separado de él. Y cuando siento que le hacen daño es incluso peor. No puedo descansar porque él no puede hacerlo.

Thierry no preguntó cómo era posible que hubiese ocurrido eso en menos de un mes. No era necesario. Él mismo tenía un compañero, aunque sin la intensidad añadida por la marca que su amigo llevaba en el cuello. No podía sentir las emociones de Sébastien de la misma manera que le ocurría a Alain con Orlando, pero sabía que estaría igual de frenético, más allá de toda razón, si su vampiro, en lugar de estar de camino al apartamento de Orlando para traer algo de ropa para Alain, hubiera desaparecido.

—Lo entiendo —contestó en voz baja. Un ligero sonrojo se extendió por sus mejillas al pensar en todo lo que había sucedido entre él y Sébastien desde el momento en que se conocieron, y que había culminado en el acto de amor de la noche anterior.

La expresión de su cara era tan diferente a su semblante habitual que logró sacar a Alain de su ensimismamiento. No es que el sonrojo del mago fuese suficiente para remplazar a Orlando en sus pensamientos, pero Thierry era su mejor amigo desde hacía treinta años. Y él no se comportaría como tal si no reconociera los cambios que habían tenido lugar en la vida del hechicero, por muy agitada que estuviera la suya propia en esos momentos.

—Parece que te sienta bien estar con Sébastien. Se te vuelve a ver feliz como no se te veía en mucho tiempo.

—Sabía, por haberos visto a Orlando y a ti juntos —empezó a decir Thierry al mismo tiempo que su sonrojo se hacía más pronunciado—, que hacer el amor con un vampiro iba a ser algo aún más maravilloso que cuando solo se alimenta de ti, pero nunca me hubiera imaginado lo que es tener sus colmillos hundidos en el cuello cuando... Perdona —se detuvo al ver la extraña expresión del otro hombre—, estoy hablando de más.

—No es eso —contestó Alain con la voz tensa por la emoción reprimida—. Es solo que nosotros nunca... Orlando nunca se alimentó de mí mientras hacíamos el amor. Tenía miedo de hacerme daño.

Merde —maldijo Thierry en voz baja—. Lo siento, Alain, parece que esta noche no digo nada a derechas.

—Es que no hay nada que decir —dijo Alain con voz ronca—. Él tenía sus razones y yo tenía que respetarlas. —Se dio la vuelta, pues no quería que Thierry viera lo profundo que era su dolor incrementado por el comentario fortuito del mago. Sin embargo, debería haber sabido que no podía esconderse de su amigo. Enseguida sintió una mano consoladora que se apoyaba en su hombro.

—Vamos a traerlo de vuelta —le prometió Thierry—. Y, cuando lo hagamos, podrás hacerlo cambiar de opinión.

—Eso es lo peor —dijo Alain con voz áspera—. Creo que él ya había cambiado de opinión, pero no hubo tiempo. Recibimos la noticia del ataque en la place Pigalle y pasamos toda la tarde centrados en eso. Y después fue capturado.

—Entonces, en la oficina antes de marchar, ¿no estabais...? —comenzó Thierry.

—Me masturbó mientras se alimentaba, pero eso apenas se puede considerar como hacer el amor —explicó el mago—. Vosotros llegasteis justo al final.

—Lo siento. Si lo hubiera sabido, no os habría interrumpido —se disculpó Thierry.

—Era imposible que lo supieras —respondió Alain con indiferencia, aunque su voz estaba cargada de emoción—, y, aunque así fuera, no disponíamos de tiempo. Además, yo tampoco querría compartir por primera vez algo tan íntimo en la oficina. Ahora solo deseo que hubiéramos tenido más tiempo.

—Tendréis tiempo —prometió Thierry—. Lo traeremos de vuelta y terminaremos esta guerra, entonces tendréis el resto de vuestras vidas para aprender todo el uno del otro. Tienes que tener fe en ello.

—¡Y aun después de decirme eso, no me dejas hacer nada para encontrarlo! —gritó Alain.

—¿Y qué quieres hacer que no estén haciendo ya ellos? —preguntó su amigo—. Dime algo que puedas hacer tú en este momento que nadie más pueda realizar, entonces dejaré de molestarte para que descanses y podrás hacerlo. Una única cosa, Alain.

El mago abrió la boca para contestar, pero volvió a cerrarla de nuevo. En su rostro se percibía claramente su frustración.

—¡Maldita sea, Thierry, no puedo quedarme aquí sentado sin hacer nada!

—Pues no te vas a sentar en ningún otro sitio —respondió con firmeza el aludido—. En cuanto vuelva Sébastien, vas a darte una ducha, cambiarte de ropa y a la cama, así tenga que dejarte fuera de combate yo mismo. Pensándolo mejor, la ducha puede esperar. Tienes que dormir o mañana tampoco serás capaz de tomar parte en las labores de búsqueda. Orlando necesita que estés fuerte, no al borde del colapso.

—¡Que te den! —gruñó Alain enfadado, apartándose de su amigo y encaminándose hacia la puerta—. No sé por qué te imaginas que sabes lo que es mejor para mí, pero no es así. Esta vez no. No voy a quedarme aquí a escuchar siempre lo mismo y a aguantar tu actitud condescendiente. Si no quieres ayudarme a buscar a Orlando, entonces lo haré yo solo.

Las palabras del mago dolieron, aun sabiendo lo absurda que era la idea que las motivaba. Tanto que Thierry no reaccionó ante ellas de forma inmediata, sino que echó las riendas a su propio temperamento para evitar que el duelo verbal fuera a más. Sin embargo, Alain, al parecer, no necesitaba la participación de su amigo para mantener la discusión.

—¿Estás celoso? —espetó Alain girándose hacia él al alcanzar la puerta—. ¿Es por eso por lo que no quieres ayudarme? ¿O es que tienes tantas ganas de arrastrar a Sébastien de vuelta a tu cama en cuanto llegue que te importa una mierda lo que le estén haciendo a Orlando?

—No digas eso ni en broma —respondió Thierry con un gruñido, totalmente dominado ya por su temperamento—. Sabes que tanto anoche como hoy durante todo el día me he partido el culo tratando de encontrarlo, pero estoy agotado; tú lo estás también, y la única razón por la que Sébastien no lo está es porque es un vampiro. No hay nada más que podamos hacer esta noche.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sébastien al entrar y percibir la tensión entre ambos magos.

Alain giró la cabeza y dirigió una mirada fulminante al vampiro. Fuera lo que fuese lo que iba a decir, las palabras nunca llegaron a salir de sus labios, pues Thierry le lanzó un hechizo para dormir antes de que pudiera abrir la boca. Los rápidos reflejos de Sébastien impidieron que el cuerpo inconsciente del mago llegara al suelo.

—Deberías haberlo dejado caer —murmuró el hechicero—. Cabrón desagradecido.

—¿Pero qué ocurre? —volvió a preguntar el vampiro totalmente sorprendido antes de alzar al mago sobre un hombro y dirigirse hacia el dormitorio—. Nunca te había visto actuar de esa manera con Alain.

—Déjalo en la cama y te lo contaré —contestó su compañero, aún dolido por las acusaciones del otro mago.

Sébastien llevó a Alain a la habitación de invitados, lo colocó sobre la cama y le quitó los zapatos para que pudiera dormir más cómodo. Después dejó la bolsa que llevaba con sus cosas donde pudiera verla cuando despertara y volvió a la cocina.

—Ya está, ¿qué ocurre?

—No tengo ni la más remota idea —dijo Thierry tras lanzar un suspiro—. Estábamos hablando... Por supuesto, él quiere seguir buscando a Orlando aunque está totalmente al límite, y entonces comentó algo sobre ti, sobre nosotros. Respondí a su pregunta de manera totalmente franca, pues nunca he tenido ningún secreto con él. Y parece que toqué una fibra sensible, porque lo siguiente que recuerdo es que empezó a gritarme, acusándome de impedirle ir a buscar a Orlando. Según él, porque estoy celoso del vínculo que comparten o porque lo único que me interesa es acostarme contigo. ¿Cómo puede pensar eso?

—No lo piensa —aclaró Sébastien—, porque no está pensando en absoluto. En estos momentos, está fuera de sí debido a la preocupación y al miedo que siente. Imagínate qué sentirías si te obligaran a mirar cómo Serrier tortura a Alain. Estás en la misma habitación, pero no puedes decir ni hacer nada para detenerlo. Lo único que puedes hacer es sufrir con él. Eso es lo que le está ocurriendo a Alain con Orlando: no puede verlo, pero puede sentir su dolor y se siente impotente. Y eso le lleva a decir y a hacer cosas que no siente y que no haría normalmente. Pero no puede detenerse porque está sufriendo y por eso se vuelve contra las personas que están a su alrededor. Es consciente, en cierta medida, de que nada de lo que haga será capaz de romper vuestra amistad, así que dirige todo lo malo que hay en su interior hacia ti.

—Ni siquiera se trata de las cosas que me dijo —comentó Thierry en voz baja, calmado ahora por la presencia del vampiro—, sino de la forma de decirlas: lleno de odio, como si quisiera hacerme daño.

—Y probablemente fuera así —admitió el vampiro—. De una forma un tanto retorcida, saber que tú también estabas sufriendo seguramente le hacía sentirse menos solo. —Respiró hondo y se obligó a recordar los días más tristes de su vida—. Cuando murió Thibaut, yo me enfadé con el universo entero. La cruel ironía de un Aveu de Sang es que el Avoué nunca puede ser convertido, ya que su compañero no puede beber de él hasta “dejarlo seco”. En ese primer arrebato de amor, yo no lo tuve en cuenta. Él era joven y yo nunca pensé en lo que ocurriría cuando envejeciera. Así que allí estaba yo, abrazando el cuerpo de mi Avoué, solo por primera vez en casi sesenta años. Los vampiros acudieron para acompañarme en el velatorio, pero yo no deseaba compañía. Quería estar solo para llorar su muerte. La ira me carcomía por dentro, así que me volví contra todos ellos intentando que se marcharan. Algunos así lo hicieron, pero hubo una mujer que se quedó allí y dejó que echara fuera de mí todo ese odio hasta que quedé agotado y sin nada más en mi interior. Al final le pregunté por qué había aguantado todo aquello, y me respondió que necesitaba expulsarlo fuera de mí porque, si no, me volvería loco; y ella se negaba a ver cómo otro vampiro era destruido por mantener reprimida su pena. Nunca volví a verla después de aquella noche: vino a confortarme y se marchó, llevándose con ella mi dolor.

—Entonces, ¿qué va a pasar ahora?

—No lo sé —reconoció Sébastien—. Alain es la parte humana del Aveu de Sang, no la vampira, y yo no conozco ningún caso en que el humano pierda al vampiro en vez de a la inversa. Estoy seguro de que ha ocurrido, solo que no conozco ninguno. Y Orlando no está perdido. Desaparecido sí, pero no perdido, al menos no todavía, por lo que Alain aún tiene alguna esperanza a la que agarrarse. Por supuesto que eso puede complicar las cosas, incluso empeorarlas, a medida que su dolor entre en conflicto con esa esperanza. Así que no lo sé.

—¿Se te ocurre alguna forma de encontrarlo que aún no hayamos utilizado? —preguntó entonces el mago—. Alain puede sentirlo, ¿podemos utilizar eso?

—Tal vez —contestó Sébastien—. Cuando llegaba a casa después de haber estado fuera por la noche, yo siempre sabía si Thibaut estaba allí; y también sabía cuándo llegaba él, antes siquiera de oírlo. Alain dice que no percibe ninguna dirección, pero tal vez sea capaz de delimitar un área donde poder buscar por la intensidad de sus sensaciones. Tendremos que hacer la prueba y ver qué pasa.

—Sería muy fácil dividir la ciudad en cuadrículas y comprobar si la sensación es más o menos fuerte en cada una de ellas —reflexionó el mago en voz alta—. Cuantas más áreas descartemos, más capaces seremos de concentrar nuestros esfuerzos.

—Y ya que Alain tendría que participar en ello, también ayudaría a aliviar parte de la frustración que siente por no estar haciendo nada.

—Por no mencionar que le proporcionaría una razón para no bloquear el vínculo con Orlando, como Marcel quiere que haga cuando está de servicio —añadió Thierry—. Si eso ayuda a aliviar parte de su sentimiento de culpa, tal vez entonces sea capaz de centrarse con más claridad en utilizar ese lazo para proporcionarnos alguna información útil para la búsqueda.

Sébastien asintió mostrando su acuerdo.

—Tú también deberías dormir algo mientras él está fuera de combate. Si lo ocurrido esta mañana sirve de ejemplo, una vez que los efectos de tu hechizo desaparezcan, Alain volverá a enfrentarse a nosotros para salir en busca de Orlando.

—Esta vez utilicé un hechizo más potente. —El mago sonrió con tristeza—. Con suerte, eso nos proporcionará un poco más de tiempo, pero tienes razón. —Alargó la mano hacia su compañero—. No puedo ni imaginarme por lo que está pasando. —Se estremeció—. No siento celos del vínculo que comparten ni puedo saber cuánto está sufriendo; pero si me hubiera acusado de alegrarme de que no fueras tú, habría tenido razón.

Sébastien aceptó la mano ofrecida y caminó a su lado hacia el dormitorio que ambos compartían.

—Esa es una reacción totalmente normal. Yo sentí lo mismo cuando mataron a Laurent. No le desearía a nadie semejante sufrimiento, pero me sentí enormemente agradecido de que no fueras tú.

Al cruzar el umbral del cuarto, Thierry atrajo hacia sí el delgado cuerpo del vampiro, sosteniéndolo entre sus brazos. Sébastien le devolvió el abrazo. Permanecieron así unidos, cada uno obteniendo fortaleza y consuelo de la presencia del otro. De común acuerdo y sin necesidad de palabras, se desnudaron mutuamente y se acostaron en la cama cara a cara, rodeándose con los brazos en una silenciosa muestra de apoyo, hasta que los ojos del mago finalmente se rindieron al sueño.