Capítulo 1

 

 

EN LA escuela primaria (en primero o segundo, no recordaba bien la fecha exacta), Tackett Austin había descubierto que era diferente. Salía tarde al patio durante el recreo y los grupos ya estaban formados. Algunos chicos jugaban a la pelota. Otros formaban pistolas imaginarias con el índice y el pulgar y corrían, se agachaban, rodaban y se disparaban unos a otros. Luego estaba el grupo de chicas que jugaba a la rayuela, un juego aburrido, mientras otro grupo se sentaba en las barras para observar las payasadas de los chicos. Tackett, sin la menor vacilación, se unía a las chicas de las barras y observaba a los chicos. Se ganó muchas burlas por esa elección; le llamaban cosas como afeminado y rarito, y los demás chicos se metían con él, pero nunca les prestó la menor atención y jamás se cuestionó haber tomado aquella decisión.

Durante los años de su adolescencia (mientras experimentaba y estudiaba «Protocolo de la mamada» y «Fundamentos del manoseo traseril»), descubrió que era propenso a la perversión. Tackett no se contentaba con que un chico se la chupara; le gustaba obligarle a hacerlo. Lo convencional no le iba demasiado, ni siquiera mientras fue una novedad. Sin preguntarse el motivo, buscó a otros con gustos similares a los suyos. Y el resto, como dicen, es historia.

Al no estar habituado a la introspección, raramente se cuestionaba sus decisiones o elecciones. Por ello, Tackett se sorprendió un tanto al descubrirse sentado en la barra de un bar, varias décadas más tarde, cuestionándose todas y cada una de las elecciones que había tomado. Si hasta estaba mirando fijamente un vaso vacío, por el amor de Dios, planteándose si debería mandarlo todo al diablo y pedir un bourbon doble o seguir con agua.

Tackett sabía en qué momento exacto había cambiado todo.

No había ido a los Guardianes de Folsom desde la noche de la ceremonia del collar de Ty Callahan, seis semanas atrás. Se quedó impresionado con los cambios que Blake y Ty habían hecho en el local. Bobby, el dueño anterior, no se había molestado mucho a lo largo de los años. Siempre había sido un gran sitio para jugar, si bien un poco pasado de moda.

Los reservados, que llevaban allí veinte años, habían sido reemplazados por sofás de cuero suave; las mesas gastadas y llenas de arañazos habían desaparecido, sustituidas por unas nuevas de color negro brillante. En lugar de la anterior atmósfera medieval, el club poseía ahora un ambiente cálido y confortable, incluso con su oscura combinación de colores y la tenue iluminación. El juego de poder entre Dominantes y sumisos, el permanente olor a cuero y sexo que flotaba en el aire… Todo eso seguía igual, pero ahora en un nuevo entorno moderno y elegante.

Tal vez fuera la parte moderna lo que le molestaba, pues le recordaba que, al igual que la anterior decoración, él también se había quedado anticuado. Sin embargo, sabía que era algo más que eso. La ceremonia del collar de Ty había sido preciosa y, durante su transcurso, Tackett supo que estaba siendo testigo de algo que nunca antes había experimentado, a pesar de haber estado presente en cientos de ceremonias. Esta, por alguna razón, le había llevado a examinar su vida, y no se había sentido muy satisfecho al descubrir el rumbo que había tomado.

Cuarenta y cinco años de edad y, ¿qué había conseguido en ese tiempo?

Sí, era el dueño de una exitosa compañía financiera, tenía más dinero del que nunca podría gastar, todos los juguetes que podía permitirse con su fortuna, buenos amigos y una dieta constante de deliciosos sumisos con los que deleitarse. ¿Quién no sería feliz con eso? Y él había sido feliz o, al menos, había creído serlo, hasta que fue testigo del amor entre Blake y Ty y comprendió qué era lo que faltaba en su vida. Lo vacía que realmente estaba. ¿Había sido la envidia lo que lo había mantenido alejado las últimas seis semanas? Tal vez, pero había algo más que los simples celos.

La vida se había convertido en una predecible serie de acontecimientos: despertar, comer, trabajar, follar, dormir, repetir. A su edad, ¿cuánto tiempo le quedaba antes de que sus devotos sumisos encontraran un nuevo Dominante al que adorar? Cuando ya no tuviera fuerzas ni energía para satisfacerlos, ¿qué pasaría? Puede que no ocurriera en una semana o en un año, pero sería como si solo hubiera pasado un instante y, un día, se despertaría viejo y solo.

—¿Otra copa, señor? ¿Tal vez algo un poco más varonil esta vez?

Tackett levantó la mirada y se encontró con los risueños ojos azules de Micah. Menudo listillo estaba hecho. Micah no tendría más de veintiún años, veinticinco como mucho, y, aunque tenía la palabra «sumiso» escrita por toda la cara, también poseía un aire de confianza que rivalizaba con la mayoría de los Dominantes que Tackett conocía. Cómo diablos había conseguido aquel listillo un trabajo en un club de BDSM era un misterio.

—¿Varonil? ¿Y qué sabrá un crío como tú sobre lo que es varonil? ¿Te has empezado a afeitar ya siquiera?

—Solo los huevos, señor. —Con una risilla, retiró el vaso vacío de la barra—. ¿Otra tónica con un toque de lima? ¿O puedo tentarle con un cake-tini de malvavisco? Le encantará. Es rosa y tiene esos deliciosos y pequeños confites en el borde. —La sonrisa de Micah se volvió juguetona—. Incluso podría añadirle una sombrillita.

Diez años atrás —diablos, seis semanas atrás—, Tackett habría respondido al desafío de aquellos ojos azul cielo. Le habría borrado aquella sonrisa guasona y habría dejado en su lugar otro tipo de sonrisa completamente diferente, una de puro gozo y satisfacción. Sin embargo, aún seguía arrastrando el bajón melancólico en el que había estado sumido y, simplemente, no le apetecía jugar aquella noche.

—Tomaré solo otro vaso de agua.

La sonrisa de Micah vaciló, aunque se recuperó enseguida. Sin embargo, su mirada risueña se apagó un poco al ver que sus tácticas de provocación no daban resultado.

—Sí, señor. —Y puso otro vaso de agua (con una bonita sombrilla) delante de Tackett.

—Gracias.

Micah abrió la boca para decir algo, pero la cerró de golpe cuando Blake ocupó el taburete a la derecha de Tackett.

—Buenas tardes, Tackett. —Señaló el agua con un cabeceo—. Deduzco que has venido a jugar esta noche.

Fue consciente de la mirada de Micah sobre él, sintió cómo el joven se acercaba un poco más, sin duda preguntándose cuál sería la respuesta de Tackett. Si Micah esperaba jugar con él, iba a llevarse una amarga decepción.

—Buenas tardes, Blake. —Tackett tomó su vaso y lo saludó con él—. Nada de juegos esta noche… Solo tengo sed. —Tomó un sorbo y volvió a dejar el vaso, lanzándole una mirada furtiva a un ahora ceñudo Micah.

Siempre atento, Blake también notó el interés de Micah en su conversación.

—Micah, hay un cliente que requiere tu asistencia.

La sonrisa coqueta reapareció en el rostro del chico mientras daba un paso atrás.

—Sí, señor. —Le guiñó un ojo a Tackett y volvió al trabajo. La mirada de Tackett se quedó prendida en el exagerado contoneo de las caderas de Micah.

Blake soltó una risilla.

—Creo que tienes un admirador.

Micah plantó las manos sobre la barra frente al cliente sentado al final, separó las piernas y empinó su prieto trasero. Jesús, el chico estaba suplicando que le dieran unos azotes. Tackett sacudió la cabeza al verlo.

—Nah. Me parece que ese chico solo es un golfo sin remedio.

—Es un golfo, desde luego. Eso hace que sea un camarero muy popular, pero solo llega a estos extremos cuando tú estás cerca.

Apartando la mirada del trasero de Micah, Tackett se obligó a no mostrar ningún interés.

—¿Cuál es su historia, de todos modos?

—Empezó a trabajar aquí casi al mismo tiempo que contratamos a Ty. Venía del Látigo.

—Se hartaron de sus tonterías, imagino.

Blake sacudió la cabeza.

—No. De hecho, vino altamente recomendado.

Eso sorprendió a Tackett. Volvió la mirada al final de la barra, donde Micah estaba ahora preparando un cóctel, pero la apartó rápidamente cuando el chico lo pescó mirándolo y le dedicó otro guiño.

—¿Como camarero o como sumiso?

—Las dos cosas. Simplemente, aún no ha encontrado un Dominante al que quiera obedecer. Ese cachorro necesita un Dominante avezado con mano dura y mucha paciencia. —La expresión de Blake se volvió socarrona al añadir—: Alguien como tú.

—No me interesa —respondió Tackett sin vacilar. En su actual estado de ánimo, no estaba preparado para el desafío de meter en cintura a un cachorro insolente.

—Es una pena. Creo que haríais buena pareja.

—¡Micah! —La profunda voz de barítono de Bobby bramó detrás de Tackett, haciéndole dar un respingo—. Una botella de nuestro mejor bourbon y tres vasos.

El viejo amigo de Tackett ocupó el taburete libre al otro lado y le soltó una palmada en la espalda.

—Felicidades, anciano. —Señaló el vaso con un grueso dedo—. No podemos brindar por tu cumpleaños con agua.

Tackett se encogió mentalmente. «¡Mierda! Debería haberme quedado en casa». Había esperado evitar el tema de su avanzada edad; pero, por otro lado, había ido a los Guardianes de Folsom, así que, probablemente, sí esperaba que alguien lo recordara. Lo que estaba claro es que su familia, aparte de sus padres, no se había acordado.

—Gracias, Bobby. No hay nada como mantenerlo en secreto
—murmuró.

—¿Por qué iba a hacer eso? El día de tu nacimiento es para ser honrado y tu vida celebrada. No me digas que te preocupa tu edad. Tú, amigo mío, estás en la flor de la vida.

Tackett arqueó una ceja.

—Lo recordaré cuando llegue tu cumpleaños. Medio siglo, si no me equivoco.

Bobby se echó a reír de buena gana, y su amplio estómago se sacudió con las carcajadas.

—Estoy seguro de que lo harás, viejo amigo. Estoy seguro.

Micah puso tres vasos sobre la barra y vertió dos dedos de un George T. Stagg de la bodega privada de Bobby en cada uno. No dijo nada y Tackett no buscó su mirada, pero fue consciente de que los ojos de Micah estaban puestos en él.

Los tres tomaron un vaso y Bobby alzó el suyo.

—Como el buen bourbon, mejoras más y más con la edad. Feliz cumpleaños, Tackett.

—Feliz cumpleaños —coreó Blake, y los tres brindaron.

Tackett tomó un largo sorbo. El oscuro líquido ambarino era suave y le dejó una sensación cálida de camino a su estómago.

—Feliz cumpleaños, señor Austin —dijo Micah.

—Gracias. —Tackett se fijó en cómo se curvaban ligeramente los labios del chico en una sonrisa guasona y volvía la risa a sus ojos azul cielo.

Siguieron mirándose fijamente.

Desde la primera vez que Tackett había visto a Micah Slayde, el joven se había dejado crecer el pelo castaño y los rizos ahora cubrían su ojo izquierdo. Aquella noche llevaba una camisa de vestir blanca, pantalones de pinzas negros y gafas de montura negra. Parecía inocente, pero Tackett no se dejó engañar. Había visto a Micah con tan solo un par de tejanos de cintura baja y un arnés de cuero, y sabía que, bajo aquel atuendo de empollón que ahora lucía, había un cuerpo esbelto y musculoso con piercings en ambos pezones y en el ombligo. También tenía varios tatuajes en los brazos y, en la cadera izquierda, uno de una pistola con el cañón apuntando hacia su impresionante paquete.

—Chico, ¿no tienes otros clientes? —le regañó Bobby.

—Sí, señor —respondió Micah sin apartar la mirada de Tackett—. Solo esperaba por si el chico del cumpleaños quería algo más de mí. Cualquier cosa.

Blake se rió por lo bajo ante la insinuación de Micah y el énfasis que le dio a la palabra «cualquier». Era una clara invitación, como evidenciaba la esperanza que brillaba en los ojos del chico. Tackett sería un idiota de no sentirse tentado, y nunca le habían acusado de ser un idiota. Sin embargo, eso no significaba que tuviera que ceder a la tentación, y se negó a morder el anzuelo.

Tras apurar el resto del bourbon, Tackett dejó el vaso en la barra y lo empujó hacia Micah.

—Claro. Puedes servirme otra copa antes de irte. —Los dos podían jugar a hacerse el gallito.

Micah vaciló, pero cuando Tackett se limitó a seguir sonriéndole, resopló y le sirvió otros dos dedos de bourbon.

—Eso es todo, chico. Deja la botella —le indicó Bobby. Cuando Micah se quedó allí de pie con una mirada fija, Bobby añadió—: Chico, no me obligues azotarte el trasero con una correa de cuero.

La amenaza de Bobby hizo que la sonrisa volviera al rostro de Micah. Finalmente, se apartó de Tackett, le dio la espalda a Bobby y meneó el trasero con aire juguetón.

—Sí, señor. Ya voy, señor.

Bobby agarró la botella y se sirvió un trago antes de pasársela a Blake.

—¿Qué diablos le has hecho a nuestro encantador chaval, Tackett?

—¿Yo? —Tackett le clavó a su amigo una mirada ceñuda—. Solo vine a por un vaso de agua y he terminado con un cachorrito insolente tocándome la moral.

—Nuestro joven Micah está enamorado. —Blake dejó la botella sin añadir nada más a su vaso—. Creo que ha sido a ti, y no a Bobby, a quien ha dedicado ese descarado meneo de culo.

No parecía que Blake hubiera tomado un solo trago de su copa. Pensándolo bien, Tackett no recordaba haber visto nunca a Blake bebiendo alcohol cuando estaba en el club; otra cosa por lo que Tackett lo respetaba. Él tampoco era un gran bebedor, pero esa noche no tenía intención de jugar con ninguno de los chicos, así que, ¿por qué no disfrutar de algún licor de cumpleaños?

Le dio otro sorbo a su copa.

—Pues se equivoca. Encontraría más acción en el viejo Bobby.
—Le dio un codazo al susodicho.

—Oh, diablos, no. Rig me mataría si llevara a casa a otro cachorro extraviado. Él prefiere ir a la perrera y echar un vistazo a los chuchos primero. Además, tengo la sensación de que ese chico no va a parar hasta estar al otro extremo de tu látigo.

—Tu reputación es legendaria —añadió Blake con un júbilo exagerado—. Has arruinado al pobre chico para todos los demás Dominantes.

—Debería haberme quedado en casa —masculló Tackett.

—Tonterías. Toma tu copa —dijo Bobby, poniéndose en pie y agarrando su vaso y la botella de bourbon—. Terminaremos de beber en el despacho. Tengo una nueva selección de puros. Vamos, vamos. —Se alejó sin esperar respuesta.

Tackett se volvió hacia Blake, quien se encogió de hombros, dejó su copa intacta en la barra y echó a andar en pos de Bobby.

—Es el jefe.

Eso no era cierto. Blake había comprado el club hacía un tiempo. Blake y su chico y amante, Ty Callahan, eran socios igualitarios en Guardianes de Folsom, pero Bobby, al haber estado siempre allí, se había quedado mientras averiguaba qué hacer con su recién hallada libertad. Él y Rig habían hablado de viajar, tal vez encontrar a su próximo sumiso, pero aún no habían hecho nada al respecto.

Propietario o no, quizás Bobby siguiera siendo el jefe a cierto nivel, porque Tackett también lo siguió al despacho sin la menor protesta.

 

 

MICAH OBSERVÓ a Tackett mientras este seguía a Blake y a Bobby hacia a los despachos. Cada paso era deliberado, lleno de confianza; parecía más un elegante bailarín que un Dominante alto y musculoso. Diablos, qué sexy era. La forma en que Tackett se conducía, su aire de autoridad y, santo Dios, la perfección de aquella cara y aquel cuerpo.

«¿Qué diablos tengo que hacer para llamar tu atención?», pensó Micah antes de perder a Tackett de vista.

Desde el primer momento en que había puesto los ojos en el atractivo Dominante, Micah había estado tonteando y provocándolo. Había hecho todo lo que se le había ocurrido: desde actuar como un tímido sumiso hasta comportarse como un cachorro malcriado. Lo único que no había probado era a ponerse de rodillas, lamer las botas del hombre y suplicar. No tenía nada contra lamer botas, pero Micah no iba a suplicar por una cita. Si un hombre era lo bastante bueno, podía conseguir que Micah suplicara por un montón de cosas, cosas placenteras o dolorosas, pero las citas no estaban entre ellas. Tal vez eso era lo que le intrigaba tanto de Tackett Austin.

Siempre había sabido que tanto las chicas como los chicos lo encontraban deseable, y él era lo bastante vanidoso como para usarlo en su favor, al menos en lo relativo a los chicos. Eso no había cambiado, solo que ahora le gustaban los hombres dominantes más que los chicos. Sabía que era atractivo —cuidaba de su cuerpo, era meticuloso con su apariencia y su ropa— y había visto a Tackett mirándolo con interés, así que, ¿dónde estaba el problema?

Tackett no estaba en el club solo por las bebidas. Tampoco jugaba mucho: Micah solo lo había visto llevarse a un chico a los cuartos traseros, un chico al que Micah aún planeaba abofetear cuando tuviera la oportunidad. Lo abofetearía por triplicado: una vez porque Vincent sabía que Micah estaba interesado en el atractivo Dominante y, aun así, había ido a por él; otra, por la sonrisa que el pequeño bastardo le había dirigido antes de dejarse conducir a la parte de atrás; y la última solo porque el muy perro había conseguido estar con Tackett antes que él.

—Chico, ¿quieres bajar de las nubes y ponernos algo de beber?

Micah se giró hacia los dos recién llegados que se habían sentado en la barra sin que él se percatara. Parpadeó un par de veces tratando de volver a la realidad, con la encantadora sonrisa que usaba con los clientes curvando ya las comisuras de sus labios.

—¿Qué le sirvo, señor?

Micah reconoció al Dominante. No conocía a Max a un nivel personal, ni había hecho ninguna escena con él, pero sabía que era muy respetado y estaba muy solicitado. Max tenía la reputación de ser uno de los Dominantes más retorcidos; le iba aquella mierda del hardcore, superando incluso a Bobby y a Rig. El poni solía ser una de sus perversiones favoritas, una que, obviamente, compartía con unos cuantos en aquel mundillo, ya que en sus actuaciones en vivo siempre se agotaban las entradas. No era algo que le gustara a Micah. La idea de ir por ahí brincando con una cola sobresaliendo de su trasero y un bocado entre los dientes no le seducía. Ahora bien, la parte del sexo salvaje, la fusta azotando sus nalgas y las botas de cowboy con las espuelas… oh, sí, eso sí que lo ponía a cien.

Micah no reconoció al hombre que iba con Max, pero tenía un aire sumiso muy obvio. Micah incluso apostaría que el desconocido era nuevo en el mundillo o no salía mucho en público. Tenía los ojos muy abiertos y parecía tan aterrado que podrían haberlo tumbado de un plumazo.

—Dos botellas de agua —replicó Max. Se volvió hacia el otro hombre—. Regla uno, chico. Nunca, jamás, juegues con nadie que haya estado bebiendo alcohol. La mayoría de los clubes, al menos los respetables, lo vigilan y no lo permiten, pero si ves a un Dominante bebiendo o lo hueles en su aliento, no juegues con él. ¿Entendido?

«Lo sabía. Bienvenido al mundo de la perversión», pensó Micah. Diablos, aquel chico tan tierno iba a ser muy popular como sumiso. A los Dominantes les encantaba doblegar a los novatos e introducirlos en aquel estilo de vida, especialmente cuando eran tan sexys como aquel desconocido de pelo castaño.

Dejando los pensamientos sobre Tackett en un segundo plano de momento, Micah tomó un par de botellas de agua y las dejó sobre la barra.

—¿Quiere que se las abra, señor?

Max arrojó unos billetes sobre la barra.

—Gracias, chico. Yo me ocupo.

—Sí, señor.

Micah se alejó para atender a otros clientes, ya que el club comenzaba a estar muy concurrido. Oyó cómo Max le decía al chico que nunca aceptara una copa o una botella de agua abierta de nadie. Max era, sin duda, el tipo de Dominante que Blake buscaba como miembro de su club. Blake no era un propietario corriente. Sí, atendían a Dominantes, como la mayoría de los clubes, pero la diferencia con los Guardianes de Folsom era que ellos se centraban en los sumisos y en proporcionarles un entorno seguro, no como los dueños del Látigo.

Ty Callahan era un afortunado hijo de perra por tener a alguien que no solo lo dominaba, lo amaba y cuidaba de él, sino que también lo veía como la cosa más valiosa en su mundo de dominación. Vaya. No era algo que se viera muy a menudo.

«Me pregunto si Tackett me consideraría a mí valioso».

Micah desechó la idea. Tenía bebidas que servir y clientes que complacer, pero estaba decidido a descubrir, de primera mano, qué clase de Dominante era Tackett Austin.