NO RECORDABA exactamente cuándo había visto al hombre por primera vez. Cuando se arrastraba de vuelta a casa después de su trabajo como operario de maquinaria especializada, Travis solía mantener la mirada en sus agotados pies, observando cómo medían a pasos su recorrido a través del sureste de Portland. Levantaba la mirada sólo lo justo para no chocar con otros peatones o para evitar ser atropellado al cruzar una calle. Pero un día —tal vez un viernes, cuando había algo más de ligereza en sus pasos— levantó la mirada lo suficiente como para ver al hombre sentado en los peldaños de una casa, rasgueando una guitarra quedamente.

En algún momento, Travis se percató de que el hombre estaba ahí prácticamente cada día. A veces tocando la guitarra —jamás cantando— y a veces, simplemente se sentaba allí, mirando a la gente pasar, su atractivo rostro libre de emociones. Era algo mayor que Travis, probablemente entorno a los treinta y cinco. Suficientemente mayor como para que se le hubieran formado arruguitas en las comisuras de los ojos. Travis se había fijado en ello después de una serie de miradas furtivas, y lo encontraba atractivo.

Empezó a hacerse preguntas sobre el tipo. ¿Quién era? ¿Compartía casa con alguien a quien no le gustaba escuchar su música? ¿Estaba esperando a que alguien regresara a casa? ¿Su amante, quizás? Eso estaría bien, pensó Travis, regresar cada día a casa y encontrarte a tu amante sentado allí, esperándote. Nunca nadie había esperando a Travis, excepto su gato, Elwood, y había días en los que Travis estaba bastante seguro de que lo hacía sólo por su pienso Meow Mix.

Pero el hombre misterioso estaba allí. No todos los días. Por ejemplo, no cuando llovía. Pero sí la mayoría, y casi cada día cuando hacía buen tiempo. Travis nunca lo había visto interaccionar con nadie, ni hacer otra cosa que tocar su guitarra o mirar a los transeúntes.

Había algo intrigante en él, aunque Travis no sabía decir el qué. Tal vez la turbación en sus ojos azules, o la tensión en la posición de sus hombros. Fuera lo que fuese, Travis se dio cuenta de que pensaba mucho en el hombre. En el trabajo, cuando se suponía que debía de estar dándole forma al metal en su torno. En casa, cuando se estaba relajando frente al televisor, con Elwood en su regazo y una cerveza Pabst en la mano. Y más tarde, solo en la cama.

Sumido en sus pensamientos, una tarde casi se cortó una mano en el trabajo, y entonces fue cuando decidió tomar una ruta diferente para regresar a casa. Y así lo hizo, desviándose una manzana. Pero no le gustaba esa manzana. Había menos transeúntes, y había perros que le ladraban desde patios vallados. Y esa ruta no lo llevaba al Mini-Mart de Rick, donde a le gustaba pararse y pillar un par de cervezas, o tal vez unas patatas, o un burrito congelado, o un trozo de pizza. Y a pesar del cambio de escenario, aún seguía pensando en el hombre.

Así que decidió tomar el toro por los cuernos, y un hermoso viernes de setiembre, Travis se detuvo al llegar junto al hombre, le sonrió y dijo:

—Es una hermosa canción. ¿Cuál es?

El hombre paró de tocar y le dirigió a Travis una mirada que no era ni amistosa ni hostil. Luego metió una mano en el bolsillo de su camisa y sacó lo que parecía una tarjeta de visita. Se la entregó a Travis, quien la tomó con perplejidad. ¿Se creía el tipo que Travis quería contratarlo para un bolo o algo así?

Pero entonces leyó las líneas impresas en la tarjeta.

«Mi nombre es Andrew “Drew” Cliford. Tengo afasia, lo que significa que no puedo hablar ni escribir. Pero puedo comprenderte perfectamente y no soy un condenado idiota, o sea que no me trates como tal».

Travis levantó la mirada hacia el hombre —Drew, se corrigió— quien tenía una ceja levantada en expectación.

—Oh —dijo Travis.

Drew hizo una mueca y volvió a bajar la mirada hacia su guitarra.

Travis no tenía ni idea de cómo reaccionar. ¿Disculparse? Eso sería patético. ¿Largarse? Muy grosero. Finalmente, se decidió por decir:

—Bueno, era una canción realmente hermosa.

Drew levantó la mirada sorprendido. Quizás había esperado que Travis simplemente se largara.

—Sabes —continuó Travis—, paso por aquí cada día de camino a casa después del trabajo.

Drew asintió con cautela.

—He vivido aquí por lo menos ocho meses y no conozco a nadie. Y tengo esta mierda de trabajo y una vida que también es básicamente una mierda…, pero paso por aquí y a veces estás tocando la guitarra, y es agradable. Me hace sonreír. Y sólo quería decirte esto.

Ahora Drew parecía atónito.

De repente Travis se sintió avergonzado, lo que probablemente se debía a sus nada ingeniosas últimas palabras.

—Bueno, mm, ahora te dejo en paz. ¡Hasta luego! —Y entonces saludó patéticamente, como un auténtico pardillo, y se alejó. Deseando, por un instante, haber tenido afasia también.