DESPUÉS DE que le pidieran el carné por enésima vez, el hombre deapariencia juvenil entró en el casino. Sus ojos turquesa brillaban con picardía mientras examinaban a la multitud. Se apartó del rostro un mechón de su cabello rubio y rizado, en ese momento buscaba a un cierto tipo de persona. Necesitaba que le llegase algo de inspiración para apuntar y tenía sus mejores flechas listas para la acción. Caminó entre la gente, observando a unos y a otros. Había tantos humanos solitarios donde elegir, tantos que necesitaban amor en sus vidas…

Se le conocía por muchos nombres, pero su preferido era Cupido, el nombre que su madre eligió. Mitología griega, mitología romana... Se encogió de hombros. Poco sabían los humanos lo equivocada que era su idea del panteón, aunque tampoco importaba. Él y los de su condición sabían la verdad.

Sus ojos volvieron a escanear el casino... Allí. Eso era lo que estaba buscando. A ese hombre. Con una sonrisa comenzó a caminar entre la multitud.

 

 

ABURRIDO, GARRETT escrutó perezosamente a la gente congregada en el casino Palms de Las Vegas, aunque sin mirar de verdad a nadie. Se sentía inquieto y ni siquiera le estaba prestando atención al juego. Distraído, lanzó los dados sin importarle la enorme cantidad de dinero que había apostado. La gente que lo rodeaba se quedó sin aliento cuando la suerte no le sonrió, perdiendo más de lo que algunas personas ganaban en un año. Pero ni siquiera eso consiguió sacarle de su actual estado de ánimo. Entonces, con el siguiente lanzamiento de dados, su suerte volvió a cambiar.

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, haciendo que el vello de su nuca se erizara. Algo, tal vez un cambio en el ambiente, llamó su atención. Volvió a examinar a la gente que estaba alrededor de la mesa de dados en busca de... algo. De repente, sus ojos se centraron en el hombre que estaba justo al otro lado de la mesa. El tiempo pareció ralentizarse y el molesto ruido del casino pasó a un segundo plano; lo único que podía ver era a aquel hombre.

Su corazón se aceleró violentamente, como si se estuviera preparando para despegar. Su mente evocó una serie de escenas en tecnicolor que requerían al hombre que estaba frente a él como protagonista, inclinado o estirado en un sin número de posturas eróticas y muy explícitas. Los ojos de Garrett viajaron hasta los sorprendidos ojos color plata fundida, y otro escalofrío recorrió su cuerpo.

Esos ojos brillaban con una dulce inocencia que Garrett rara vez había visto y dudaba que aún existiese. Su mente se llenó de incredulidad. Nadie era tan inocente, nadie. Pero una parte muy profunda de su ser le decía: ¿Y si…? ¿Y si ese hombre no era un impostor y de verdad era tan inocente como parecía? Sorprendido por las reacciones de su cuerpo, decidió averiguarlo. Fijó su fría mirada en él y, con una pequeña sonrisa en los labios, le hizo señas para que se acercara.

 

 

RANDY ESCUCHÓ a la gente vitorear a un jugador en la mesa de dados. Se esforzó por ver de quién se trataba, pero como no era excepcionalmente alto o fuerte, estaba en evidente desventaja. Entonces encontró un hueco entre la multitud y aprovechó para acercarse a la mesa. Justo en medio de toda la locura, la viva imagen de la perfección masculina lo estaba mirando fijamente.

Era bastante más alto que Randy y tenía el cabello castaño con algunos mechones plateados en las sienes. No lo tenía muy largo y la parte superior estaba casualmente despeinada. Tenía perilla, un par de hoyuelos y unas facciones marcadas que le otorgaban una apariencia seductora. Sus ojos eran de un sorprendente tono verde menta.

Era de hombros anchos y su pecho se marcaba debajo de la camisa de vestir verde salvia de la línea de Prada, que seguro hacía juego con lo que, oh sí, parecía ser un trasero bien firme dentro de unos vaqueros italianos hechos a mano de la firma Botticelli. Debía tener unos cuarenta y pocos, unos años mayor que Randy.

Sus dedos largos y delgados jugueteaban distraídamente con demasiadas fichas. Randy se fijó sorprendido en la pequeña fortuna que ese hombre tenía delante. Sus ojos se agrandaron al ver tal cantidad de fichas, y al instante levantó la mirada para encontrarse con la del otro hombre. Randy comenzó a temblar, sintiendo como unos escalofríos recorrían toda su columna mientras mantenían el contacto visual. El hombre levantó la mano y le hizo un gesto para que se acercase. Randy miró a su alrededor y después se señaló a sí mismo inquisitivamente. El hombre asintió e hizo otro gesto para que Randy se reuniera con él.

—¿Yo? —preguntó Randy moviendo solo los labios.

—Tú —articuló él en respuesta.

Inseguro, Randy permaneció donde estaba. Seguramente no se refería a él, ¿verdad? El hombre levantó una ceja e, impaciente, agitó su mano una vez más, indicándole a Randy que se acercara a él. Nervioso, Randy dio la vuelta a la mesa y se paró a su lado.

—Al parecer, mi suerte cambió cuando te acercaste —dijo. Sus ojos viajaron desde el corto cabello de Randy, que era castaño con mechones dorados a consecuencia del sol, hasta la punta de sus zapatos, y volvió a subir, como si estuviese reteniendo cada detalle—. ¿Comprobamos esa teoría?

—Ah, claro —respondió, luchando por controlar el temblor de su cuerpo. Nunca nadie lo había mirado así en toda su vida—. Pero te lo advierto, no creo ser lo que llamarías un amuleto de buena suerte.

El Sr. Impecable, apodo con el que Randy decidió bautizarle, ensanchó su sonrisa —provocando que se le marcaran más los hoyuelos— cuando volvió a escrutarlo de pies a cabeza, esta vez deteniendo su mirada en la ingle de Randy. Este se sonrojó preguntándose qué veía. Incluso aunque todas las estrellas del universo se hubieran alineado a su favor, Randy dudaba de que un hombre tan sexi como aquel fuera a encontrar interesante a un tipo corriente como él. Además, las probabilidades de que el Sr. Impecable fuera gay eran de una entre un billón. ¿Quién apostaría teniendo esas probabilidades, incluso estando en Las Vegas?

—Bueno, ya decidiremos más tarde cómo llamarte. Por el momento, veamos si mi suerte se mantiene ahora que estás aquí.

Randy se quedó callado, incapaz de dar una respuesta ingeniosa. Odiaba que le sucediera eso. Su mente se quedaba en blanco y no se le ocurría nada que decir que no fuera a hacerlo quedar como un idiota. Y era imposible que pudiera estar a la altura ante un hombre como ese. El Sr. Impecable era un hombre seguro de sí mismo y sofisticado, pulido y refinado. Y Randy... bueno, él era un trabajador corriente, que poseía una casa corriente y conducía un coche corriente.

En pocas palabras, Randy era un hombre corriente.

Durante la siguiente hora, el Sr. Impecable jugó y duplicó la cantidad de dinero que tenía en frente. Randy estaba tan atónito ante todo el dinero que estaba apostando que se quedó con la boca abierta. No hablaron mucho; el ruido de la multitud era demasiado intenso. Pero de vez en cuando el hombre le lanzaba miradas sugerentes, lo rozaba con la cadera o jugueteaba con sus dedos. El calor de su mirada, llena de placenteras promesas sexuales, provocaba que el interior de Randy se estremeciera. Una sonrisa de satisfacción permaneció en los labios del Sr. Impecable al notar las reacciones que su toque causaba en Randy.

Entonces, ocurrió el desastre. El estómago de Randy gruñó exigiendo comida, y fue lo suficientemente alto como para que el Sr. Impecable y varias personas que se encontraban cerca lo escucharan. El hombre, sorprendido, miró hacia el vientre de Randy y después a su enrojecido rostro. Avergonzado, Randy se sonrojó aún más, hasta las orejas, mientras rogaba que la tierra se lo tragase.

El Sr. Impecable luchó por convertir su carcajada en un bufido ante la reacción de Randy, que sintiéndose un poco enfermo, bajó la mirada. Debería haber sabido que aquel hombre tan atractivo se burlaría de él. Randy dio un paso hacia atrás, decidido a salir con la mayor dignidad posible.

—Eh —dijo el Sr. Impecable en voz baja mientras tomaba a Randy del brazo—. No me reía de ti, lo juro. Francamente, estoy sorprendido de que te quedaras ahí parado tanto tiempo sin decir nada. Créeme, no estoy acostumbrado a esa clase de comportamiento.

Randy lo miró y se encogió de hombros.

—Me ha entrado hambre de repente.

—Entonces, tenemos que arreglarlo. Por cierto, te ves adorable cuando te sonrojas.

Randy puso los ojos en blanco.

—No dirías eso si te sonrojaras tan fácilmente como yo.

El Sr. Impecable examinó la mirada de Randy como si estuviera buscando algo y, aparentemente lo encontró. Sacudió la cabeza y se giró hacia el crupier.

—Estoy aburrido, deme mis ganancias —solicitó girándose después hacia Randy mientras le sonreía.

Las rodillas de Randy temblaron. No sabía si la debilidad era a causa del hambre o por la fuerza sobrenatural de esa sonrisa. Parecía que su corazón hubiera dejado de bombear sangre al cerebro, dejándolo medio aturdido. Debería dar algún tipo de advertencia antes poner esas arrolladoras sonrisas.

Desde el principio el Sr. Impecable fue impresionantemente atractivo, pero esa sonrisa —en la que no había ni un atisbo de cinismo— lo hacía parecer más joven, despreocupado y menos frío. Porque eso era lo que Randy veía en él: un hombre realmente guapo, y con mucho poder, que estaba acostumbrado a usarlo para salirse siempre con la suya.

El Sr. Impecable tomó una de las fichas de la enorme pila y se la dio a Randy, que negó con la cabeza con asombro, mientras el Sr. Impecable le ponía una ficha en la mano. La observó, incapaz de creer lo que estaban viendo sus ojos. Era una ficha de color naranja y, a menos que se equivocara, esas valían mil dólares. ¿Por qué se la daba?

—Oye, no puedo aceptar esto —dijo Randy, queriendo devolvérsela.

El Sr. Impecable se metió las manos en los bolsillos.

—¿Por qué no? —cuestionó decepcionado.

—Bueno, porque es una ficha naranja. Y esas fichas valen mil dólares, ¿verdad? ¿Por qué diablos la ibas regalar? Además, no puedo aceptar tanto dinero.

—Bien, me llamo Garrett. Y quiero que tengas esa ficha; te la mereces, acéptala como pago por los servicios prestados.

Estaban en medio de las máquinas tragaperras con sus parpadeantes luces y característicos sonidos. Mil dólares por estar de pie junto a él durante una hora le parecía inconcebible. Garrett regalaba el dinero como si creciera en los árboles.

En cambio, Randy era todo lo contrario. Decir que era tacaño sería quedarse corto. Siempre dudaba infinitamente antes de hacer una compra, hasta el punto de marcharse si un artículo era demasiado caro, para volver más tarde a comerse con los ojos aquello que quería mientras intentaba encontrar una buena razón para justificar el gasto de un par de cientos de dólares.

—Normalmente, cuando alguien se presenta, la otra persona también hace lo mismo —comentó Garrett mientras Randy lo miraba con desesperación—, en lugar de quedarse boquiabierto y mirando desconcertado.

Randy cerró la boca bruscamente y resistió el impulso de taparse los ojos con las manos. Aquel hombre lo hacía actuar como un niño.

—Mi nombre es Randal —contestó, aún intentando hallar una forma de devolverle la ficha a Garrett—, pero prefiero que me llamen Randy.

—Ah, entonces, ¿lo eres?[1]

—¿Si soy qué?

Randy se centró en la ficha, decidiendo ignorar la insinuación sobre su sexualidad. Una vocecita en su cabeza le dijo que Garrett solamente le traería problemas, grandes y serios problemas; además, él estaba fuera de su alcance. Esa misma voz también le advirtió que Garrett lo masticaría y escupiría antes de que pudiera pensar en qué día estaban.

—No importa. —Sonrió Garrett, y Randy se estremeció por la abrasadora mirada que le dirigió—.¿Por qué no dejas que te invite a cenar en el N9NE? Preparan unos filetes exquisitos. Y para de buscar una manera de devolverme esa ficha. Muchos dirían que te he pagado muy poco por pasar una hora en mi compañía.

¿Qué se suponía que significaba eso? No tenía problemas en aceptar su invitación para cenar, pero ¿qué haría con aquella estúpida ficha?

—Bueno, está bien, supongo. Ir a cenar me parece bien. ¿Crees que podremos conseguir una mesa?

—Sí podremos, créeme.

Y vaya si pudieron. Pero las sorpresas no habían acabado: el lugar estaba lleno de famosos. Algunas de sus estrellas favoritas eran clientes regulares del restaurante y saludaron a Garrett al verlo entrar. La cabeza de Randy iba de un lado a otro como si estuviera viendo un partido de tenis.

—Vamos —dijo Garrett, sonriendo al ver lo maravillado que estaba Randy—. ¿A quién quieres conocer primero?

—¿Lo dices en serio? Solo estar en la misma habitación que ellos es todo un lujo.

Garrett se echó a reír y lo llevó a la mesa más cercana. Veinte minutos después, Randy estaba mareado de excitación: entre sus manos tenía varios autógrafos de algunos de los actores mejor pagados de Hollywood y de las bandas más populares. Por su parte, Garrett parecía disfrutar del entusiasmo infantil de Randy, y se mantuvo siempre cerca, posando su mano en la parte baja de su espalda cada vez que lo presentaba.

Cuando las presentaciones terminaron, Garrett agarró la mano de Randy y lo llevó hasta una mesa. Una vez sentados lo soltó, aunque con renuencia. A Randy le impresionó la falta de preocupación de Garrett por lo que los demás pudieran pensar. Parecía que no le importaba lo más mínimo que los vieran agarrados de la mano. Lo trataba como si estuvieran en una... Randy frunció el ceño. Ese pensamiento apareció de golpe en su cabeza, y no podría estar tranquilo hasta que aclarara el asunto.

—¿Estamos teniendo una cita? —soltó, temiendo la respuesta. Entonces se regañó mentalmente. ¿Por qué le había preguntado eso? ¿No podía dejar las cosas tal y como estaban?

—Te tomó un buen rato darte cuenta —respondió Garrett mientras reía suavemente por la mirada de consternación que puso Randy.

—¿Por qué? —preguntó, aun cuando consideró seriamente cortarse la lengua.

—¿Por qué? —La mirada de asombro de Garrett confirmó algo que Randy había pensado: pocas personas conseguían sorprender a ese hombre—. ¿Por qué, qué?

—¿Por qué estamos...? No nos conocemos, así que, ¿por qué quieres…?

—Ah, creo que ya entiendo tu pregunta. Quiero pasar tiempo contigo porque me pareces alguien honesto. No sé cómo explicarlo, pero eres tan espontáneo…Creo que eres alguien genuino, y no puedo expresar en palabras lo extraordinario que es eso para mí. —Levantó su copa de agua—. Eres como este agua... refrescante y puro.

—Vaya, eso es... dulce.

Garrett se atragantó con el agua.

—¿Dulce? Oh, demonios. —Se secó los ojos—. Puedo jurarte, Randy, que nunca me habían catalogado de ser alguien dulce. Bastardo, tal vez, incluso cabrón, pero ¿dulce? Dulce no está en la lista. Pero eso solo demuestra mi teoría.

—¿Qué teoría es esa?

—Que eres alguien muy interesante.

Mientras el camarero tomaba sus pedidos, Randy empezó a jugar con la servilleta, nervioso. Repitió mentalmente las palabras de Garrett. Él no quería ser interesante. Esa es la palabra que utiliza la gente cuando no se les ocurre ningún adjetivo positivo para describir algo un poco extraño y raro. No quería ser eso, quería ser sexi, tentador o fascinante. Eso era lo que quería, y no podía creer que estuviera pensando de esa manera, quería que Garrett lo follara hasta que olvidara quién era. Esos pensamientos lo aturdieron. Él no era de los de tener aventuras de una noche.

En los tiempos que corrían había demasiados riesgos por los que preocuparse, y además para él, el sexo era mejor si existía una conexión emocional. Ni siquiera sabía el apellido de Garrett, y él tampoco había preguntado el suyo. Randy solo iba a pasar dos noches en Las Vegas y después regresaría a casa el lunes, por lo que eso no podría llegar a más que una relación casual. Pero la deseaba, aunque fuera a arrepentirse de ello más tarde. Así que ignoró ese presentimiento que le gritaba que Garrett podría romperle el corazón.

El camarero por fin les trajo la cena, y la conversación fluyó con facilidad mientras discutían sobre sus diferentes aficiones. Randy descubrió que a Garrett le gustaba la escalada y el paracaidismo, algo que él nunca había practicado y que no estaba seguro de querer practicar. Garrett era adicto a la adrenalina: cuanta más, mejor. Randy le contó su pasión por el billar, el fútbol americano y la jardinería.

A ambos les gustaba el mismo equipo de fútbol americano, los Cowboys de Dallas, y los mismos escritores. Del único tema del que no hablaron fue de sus respectivos trabajos. Randy sabía que Garrett era rico. No sabía cómo se ganaba la vida, pero no le importaba. La cena fue excelente, la conversación amena, y el tiempo pasó volando, demasiado rápido.

—Entonces, ¿qué quieres hacer ahora? —inquirió Garrett—. Hay unos clubes nocturnos muy buenos en el casino, por si estás interesado.

Randy bostezó, tapándose la boca con la mano.

—¿Qué tal si caminamos un poco? Aún no he visto todo el casino, y me gustaría dar una vuelta, si te parece bien.

—Te diré lo que haremos. Iremos a caminar un rato para bajar la cena y para que te despereces un poco. Y dejaremos lo del club para mañana por la noche.

Randy sonrió, absurdamente feliz.

—¿Esa es tu manera de pedirme que salga contigo mañana?

—No —contestó mientras a Randy se le salían los ojos de las órbitas—. Rara vez pido lo que quiero. Cuando quiero algo, centro toda mi atención en ello y no me detengo hasta obtenerlo.

—Bueno, santo cielo. —La abrumadora arrogancia de Garrett le resultaba alucinante—. Las personas no son objetos que puedas poseer, Garrett. Ya veo por qué la gente te llama bastardo y cabrón tan a menudo. ¿Alguien te ha dicho que no alguna vez y ha logrado salirse con la suya?

—Muy pocas personas, pero tengo el presentimiento de que tú no tendrás ningún problema en decirme que no cuando así lo sientas. —Después de decir eso se encogió de hombros, y un leve brillo de incertidumbre cruzó su mirada—. He aprendido que es mejor tomar lo que quiero sin pedirlo, y a ver quién se atreve a interponerse en mi camino. Así es como soy.

—Podrías dar clases de arrogancia, ¿lo sabías?

A Randy no le sorprendieron esas palabras. Es más, intuía que Garrett tenía un carácter fuerte y poderoso, así como el dinero suficiente para respaldarlo en hacer lo que le viniera en gana. Estaba acostumbrado a conseguir todo lo que quería, y Randy supo, en ese momento, que estaba jugando con fuego.

—En la vida y en los negocios, todo es una carrera de codazos —contestó Garrett, encogiéndose de hombros otra vez y tomando la mano de Randy mientras caminaban por el casino. Aquella atmósfera eléctrica era embriagadora. Garrett señaló una mesa de blackjack e invitó a Randy a jugar.

—¿Alguna vez has jugado? —quiso saber Garrett.

—Sí, pero solo por diversión. Una vez a la semana nos reunimos unos compañeros del trabajo y jugamos a todo tipo de juegos. Mi favorito es el blackjack.

—¿Entonces quieres sentarte y jugar algunas manos?

—No. Jugar a las tragaperras es divertido, pero con esto podría perder mucho dinero.

—Te propongo algo: abriré una línea de crédito para ti y así puedes jugar…

—Mm, va a ser que no.

—Solo tengo que llamar la atención del encargado de la banca y...

—¿Acaso no me escuchas? —replicó, elevando un poco la voz—. De ninguna manera, Garrett.

—No hay problema, yo...

—¡Garrett!—Randy lo agarró del brazo antes de que llamara al encargado—. Cuando digo que no, es no. Quiero dejar esto bien claro: si das un solo paso más hacia esa mesa, me iré. Ahora mismo.

—¿Lo dices en serio?

—Muy en serio. Si quisiera jugar, jugaría usando mi propio dinero. No permitiré que abras una línea de crédito a mi nombre. No insistas más.

 

 



[1]N. de T.: En inglés, randy también significa ‘libidinoso’, ‘lascivo’ o ‘lujurioso’.