Capítulo 1

 

 

EL AUTOBÚS se detuvo frente a Travis con un chirrido metálico. El agua del bordillo salpicó y empapó sus tejanos y sus deportivas mientras oía el rechinar de las puertas abriéndose. Travis vaciló, y la gente de detrás lo avanzó empujando para afanarse a subir los escalones y entrar al autobús. Agarrando su billete con una mano y su bastón con la otra, se hizo camino escalones arriba, su maleta colgando pesadamente de su brazo. No veía nada más que negro, sin embargo el resto de sus sentidos estaban agudizados y resultaban abrumadores. El más acusado era olor corporal, pero también había algún perfume floral que le llegaba desde la derecha. Alguien tenía un bebé, pues podía oler talco y reflujo. También podía oler cuero, y el caucho viejo con gasolina terminaba de rematar la lista de hedores acres. Su puma interior se rebelaba a estar tan cerca de semejantes criaturas, pero Travis sabía que no tenía alternativa.

La gente hacía ruido y se removía mientras buscaban su sitio, haciendo que el autobús se balanceara levemente. Sus pesados pasos arriba y abajo del pasillo le irritaban las orejas. Los humanos armaban tanto alboroto. No sabían cómo caminar con ligereza, cómo evitar perturbar su entorno. Travis sí sabía, sus padres lo habían enseñado bien.

Travis tendió su billete en la dirección que suponía estaba el conductor, y sintió como se lo tomaban de la mano.

—Hay un asiento libre cuatro filas más atrás y a su derecha —dijo el conductor. Travis determinó que se trataba de un hombre, si uno se regía por su voz suave y grave—. Es un asiento de pasillo.

Travis sonrió.

—Gracias.

Siguió las indicaciones del conductor y, como había dicho, había un asiento libre. Se sentó y colocó su maleta en el regazo y su bastón entre las piernas. El pasajero junto a él olía como una mujer —el olor a perfume, laca, y maquillaje aplicado en abundancia eran sus evidencias— y apartó su pierna lejos de la de él, probablemente abrazándose al panel exterior para asegurarse de no tocarlo. No le importaba; él tampoco quería que lo tocaran. El autobús se puso en movimiento al cabo de un momento.

Se había ido encontrando a gente amable como el conductor desde que le habían robado la visión. Robada por esos diablos desalmados, esa banda de asesinos racistas anticambiantes. No sabía cómo se hacían llamar o cuáles eran sus nombres individuales. Tampoco le habían robado solo la visión; le habían robado su familia. La última imagen grabada en su memoria eran sus cuerpos mutilados, rajados y abiertos en canal sobre lozas, como ranas en una clase de biología de instituto. Habían experimentado con ellos, los habían torturado, igual que a él. Su padre, su madre, sus hermanas y hermanos, todos tratados como ratas de laboratorio.

Travis tocó las gafas oscuras que escondían sus ojos de la vista de los extraños. No sabía qué aspecto tenían las cicatrices, claro, pero podía sentirlas en su piel, las quemaduras del ácido con el que esos diablos habían bañado sus ojos. Más tarde, los que se lo habían vertido le dijeron que querían aprender sobre la fisiología de los cambiantes, y que la única forma de hacerlo era experimentando. Le habían hablado con voces frías e indiferentes, y el dolor había sido indescriptible. Había suplicado la muerte, pero nunca llegó. En vez de eso, escapó, transformándose y clavando sus garras a todo aquel que se interpuso en su camino. Había mordido y desgarrado, y el pelo se le había llenado de sangre. Y lo había disfrutado.

Después de su huida había vivido como puma, escondiéndose durante el día y robando comida por la noche. Se había dado cuenta de que no tenía ningún sitio a donde ir ni a nadie que pudiera ayudarlo. No conocía a otros cambiantes, y temía ir en su búsqueda. Pero no podía vivir como puma en un sitio habitado por humanos. Podía olerlos por todas partes, y solo la vigilia constante había evitado que fuera descubierto. Ni siquiera sabía en qué ciudad o estado se encontraba.

No había pasado siquiera una semana cuando olió un grupo de hombres zorro. Era de noche, y Travis se acercó a ellos sintiéndose hambriento y desgraciado. Al principio se habían asustado, pero una vez que Travis cambió y se quedó tendido indefenso en la acera, los hombres zorro lo ayudaron y lo cuidaron hasta sanar. Uno de ellos, la hembra dominante, Trixie, había hecho preguntas, pero Travis nunca las respondió. Se quedó durante un mes, pero Travis sabía que no podía quedarse permanentemente con ellos. La venganza nunca se apartaba de sus pensamientos y tenía la sensación de que ellos no irían a la guerra. Y necesitaba un ejército, no un grupo improvisado de cambiantes pacíficos, por muy amables que fueran.

Solo había un sitio en el que podría encontrar semejante ejército y en el que podría sentía una pizca de seguridad. Un sitio en el que quizás podría encontrar un hogar.

En Refugio. Un pueblo formado por cambiantes, su ubicación era secreta, incluso para la mayoría de cambiantes. Y aquellos que la conocían no se lo contaban a cualquiera. Pero sus padres lo sabían y se lo habían contado. Ahora tenía un largo viaje por delante. Solo. Un viaje a Montana.

Mientras que una parte de él se sentía como si fuera un cobarde y se odiaba a sí mismo porque sentía que estaba huyendo, la otra parte sabía que esta era la única acción lógica que podía emprender. No tenía ninguna ventaja por encima de los anticambiantes, y sin su visión era vulnerable. Antes de que pudiera ir a por ellos, tenía que aprender a vivir sin esa herramienta vital.

Sus padres también hubieran querido que fuera allí. Siempre les habían contado a sus hijos sobre el pueblo de Refugio y que si alguna vez les pasaba algo, deberían ir allí. Travis lo consideraba su última voluntad.

Se le cerró la garganta y clavó la uñas en la palma de la otra mano, tratando de detener las lágrimas quemándole sus dañados ojos. Ya había llorado por su familia, y por más que lo hiciera, eso no iba a devolvérselos. Las lágrimas eran un lujo que no se podía permitir; eran inútiles y lo hacían débil.

Travis estaba solo, y únicamente podía rezar para que, a lo mejor, algún día, consiguiera que se hiciera justicia para su familia.


 

Capítulo 2

 

 

Seis años después

 

EL SHERIFF Jack Ulger cerró la puerta de su oficina y se puso su gorra de béisbol antes de iniciar su paseo habitual por Refugio. Tenía un vehículo, desde luego, pero prefería ir a pie. Su vehículo oficial no le ofrecía la misma cercanía con los ciudadanos a los que había prometido proteger, mientras que sí lo hacía un buen paseo por el pueblo. Se abrochó la pesada chaqueta; aunque el sol brillaba, hacía frío, un frío capaz de cortar incluso el material más resistente con sus heladas garras. La noche anterior había nevado, pero la blancura inmaculada no duraba mucho, derritiéndose en una papilla sobre calles y aceras. Sabía que nevaría aún más en los días siguientes. Podía olerlo en el aire. Vivir en Refugio no era fácil, teniendo en cuenta cuán al norte se encontraba y su altitud. Pero el pueblo estaba aislado, era seguro. Era un hogar.

Jack se puso los guantes antes de cruzar la calle. Echó una ojeada dentro del Café de Stan y sonrió al ver a Eddie y a Tom sentados en sus sillas de costumbre, discutiendo sobre cuál era el mejor cambiante, la hiena o el león. Era una cuestión puramente retórica, pues ambos era hombres zorro.

Jack los saludó con la cabeza y ambos le devolvieron el saludo, sin perder el ritmo ni un instante. No importaba el tiempo o la hora del día, desde que Jack vivía en Refugio, que era toda su vida, los viejos Eddie y Tom habían sido fieles a su rutina. Honestamente no sabía lo mayores que eran. Ambos tenían arrugas y eran un poco anchos de cintura, pero tenían todo el pelo en la cabeza, y eran jóvenes en sus movimientos y actividades. Jack sabía que eran muy buenos esquiadores.

Jack saludó a un pequeño grupo de hombres coyote al otro lado de la calle que acababan de salir del supermercado de Jenkin. A pesar de ser jóvenes e inquietos, le devolvieron el saludo con respeto y él siguió su camino. Jack sabía por experiencia que grandes grupos de jóvenes a menudo significaban problemas si se los dejaba solos demasiado tiempo. Tendría que vigilarlos.

Refugio normalmente era un pueblo pacífico, una comunidad en que unos cuidaban de otros. Pero recordaba lo que era ser joven. También recordaba cuán a menudo su padre y su hermano mayor lo había arrestado cuando era joven y estúpido, cuando cada uno de ellos había sido el sheriff. Así que sabía en qué debía fijarse.

Jack se estaba acercando a una tienda de libros y DVDs para adultos, la única de ese tipo en el pueblo, cuando un gran gato atigrado salió por la puerta. Levantando una ceja, Jack caminó silenciosamente tras el gato. Justo cuando el gato se dio cuenta de que había alguien tras él, Jack lo agarró por el cogote y lo levantó. El gato soltó un maullido asustado y forcejeó unos segundos antes de girar la cabeza para ver quien lo tenía agarrado. Entonces el gato se calmó.

Jack colocó el gato junto a su costado, pasando un brazo por debajo del felino, con un agarre firme pero cuidadoso.

—Buenos días, Todd —dijo Jack, bajándose sus gafas de sol con la mano libre y dirigiendo una mirada severa al gato—. Dado que esta es la tercera vez que te pillo, imaginaba que a estas alturas ya habrías captado el mensaje. Los menores no pueden entrar ahí.

Todd, un hombre gato de dieciséis años, bufó y erizó todo su pelo, doblando su tamaño.

Jack entornó los ojos.

—Todd, por favor, he aplastado arañas que me daban más miedo que tú ahora.

Todd se dio por vencido, relajando todo su cuerpo.

—Bueno —dijo Jack, adoptando un tono razonable—, la última vez te dije que si esto volvía a pasar, se lo diría a tus padres. —Volvió a subirse las gafas por la nariz—. Así que, ahora es el momento.

Todd volvió a forcejear, pero Jack simplemente lo mantuvo atrapado y con su mano firmemente en el cuello del gato. Todd se guardaría bien de morder o arañar al sheriff, pero siguió forcejeando. Jack no podía culparlo. Pero habían hecho un trato y Todd no había cumplido con su parte, así que desde el punto de vista de Jack, eso era lo justo.

Como era de esperar, los padres de Todd no estaban muy contentos con el comportamiento de su hijo, y Jack tuvo que aguantarse una sonrisa cuando metieron a Todd en una pequeña jaula. El joven cambiante soltó un maullido largo y apenado.

—Sheriff Ulger, lo lamento tanto. No sé qué voy a hacer con él
—empezó la madre de Todd.

Jack levantó una mano para detenerla.

—No es necesario dar explicaciones, Marian. No estaba robando, no estaba vendiendo o comprando drogas. Debes estar agradecida de que solo se estuviera comportando cómo un chico normal de dieciséis años.

Marian no parecía muy contenta, pero asintió, y Jack estaba seguro de que se sentía aliviada de que no fuera a acusar de nada a su hijo. Se fue unos minutos más tarde y vio al joven Jamie Johansson al otro lado de la calle, jugando solo al baloncesto. Era un chico larguirucho de catorce años, e incluso en un pueblo como Refugio, en el que cambiantes de todo tipo vivían como vecinos junto a sus aliados humanos, el caso de Jamie era único. Era un cambiante con padres humanos. Los Johansson lo habían encontrado siendo un bebé y se lo habían quedado. Deb y Patrick, una pareja mayor y sin hijos, habían visto a Jamie como una bendición. Eso es, hasta que a los trece años se transformó por primera vez en un castor.

A Jack aún le sorprendía que los Johansson no hubieran llevado a Jamie a algún sitio donde los científicos pudieran hurgar en él con un palo. En vez de eso, habían investigado, excavado a fondo, y habían encontrado el camino a Refugio junto a su hijo. Eso era amor de verdad. Consideraba que Refugio era un lugar afortunado por tener a una pareja tan decente y de mente abierta.

Sin querer molestar al chico, Jack se dio la vuelta y empezó a deambular relajadamente hacia el área residencial del pueblo. Unos pocos minutos más tarde, sonrió de oreja a oreja cuando reconoció la alta figura caminando delante de él. Jack se afanó para alcanzar a su amigo. Travis se detuvo y se giró, con una sonrisa en su ancha cara. El sol se reflejaba en sus gafas de sol, y Jack tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás, dado que Travis era al menos diez centímetros más alto.

—Bueno días, sheriff —dijo Travis.

—Y realmente es un buen día —dijo Jack. Al menos, él lo consideraba un buen día, ahora que estaba en compañía de Travis. Jack se percató de las dos bolsas de la compra colgando del codo izquierdo de Travis mientras que éste sostenía su bastón delante suyo con la derecha.

—¿Cómo lo haces para saber siempre que soy yo? —preguntó Jack—. Tu sentido del olfato no puede ser tan bueno en forma humana.

Travis se rio por lo bajo.

—Bueno, dado que dependo básicamente de mis sentidos del oído y del olfato para moverme por el mundo, incluso en forma humana deben ser fuertes. Y, además, ¿quién más estaría tan loco como para estar dando un paseo con este frío?

Jack rio.

—Déjame que las lleve —dijo, y agarró las bolsas de Travis antes que su amigo pudiera protestar. Continuó por la acera, con Travis a su lado. Algunos ciudadanos estaban fuera, poniendo sus coches en marcha y limpiando la nieve de sus entradas con una pala.

—Podrías haber tomado solo una —dijo Travis. Pero no trató de recuperarlas.

—Lo sé —dijo Jack. Aún se acordaba de la primera vez que había ayudado a Travis cuando el cambiante había llegado al pueblo. Travis se había sentido insultado, insistiendo en que podía hacerlo absolutamente todo sin la ayuda de nadie. Jack se había echado atrás al principio, pero sus continuas ofertas de ayuda hicieron que Travis finalmente se diera cuenta de que, aunque pudiera hacer las cosas él mismo, no siempre tenía que ser así. Jack no sentía pena por Travis, ni en lo más mínimo; simplemente le gustaba ayudar siempre que podía.

Además, cuando un hombre puma escuálido, helado y con aspecto a estar muriéndose de hambre apareció en Refugio a primera hora de la mañana, ¿cómo no iba a querer ayudarlo Jack? El hecho de que Travis hubiera sido capaz de encontrar Refugio era sorprendente; a la mayoría de cambiantes y de humanos videntes les costaba lo suyo.

—¿Has vuelto a pillar a Todd en la tienda para adultos? —preguntó Travis conversacionalmente.

Jack sonrió, sacudiendo la cabeza.

—¿Cómo has sabido que esta era la razón por la que estaba aquí?

—Venías más o menos de la dirección de su casa. Pura suerte.

Jack sabía que era más que suerte. A pesar de ser ciego, Travis «veía» mejor que cualquier otra persona que Jack conociera.

—Sí, esta vez tuve que decírselo a sus padres. Gato insolente.

Travis soltó una risita.

—No me digas que tú nunca hiciste algo así cuando eras un lobo joven.

Jack resopló.

—Claro que lo hice. Pero nunca me pillaron.

Tenía que alargar sus pasos para seguir a Travis. El tipo era elegantemente alto y fornido, y aun así era el cambiante más considerado que hubiera conocido. Travis tenía una voz grave, pero afable. Jack había visto a Travis relacionarse con los niños de la barriada. Era tan tierno y dulce que lo llamaban osito de peluche, a pesar de ser un hombre puma. Jack siempre se preguntaba de donde salía tanta ternura, pues los hombres puma, más que cualquier otro felino, no eran precisamente conocidos por ser cálidos y suaves. Los pumas eran máquinas de matar exquisitamente eficientes, creados para acercarse furtivamente a sus presas con envidiable sigilo y elegancia, y abatirlas de manera que se minimizara cualquier probabilidad de recibir ellos alguna herida. Jack era un hombre lobo, así que era un experto en acechar y depredar, pero aun así podía admirar la belleza de un depredador felino.

Pelo rubio y suave como plumas enmarcaba el rostro de Travis y unos pelillos sexys le cubrían la barbilla. El color de sus ojos era aún un misterio, pues Travis nunca se quitaba sus opacas gafas de oscuras; al menos no lo hacía nunca en presencia de Jack. Travis nunca hablaba de su ceguera pero Jack sabía que no había nacido ciego, ya que su amigo a veces hablaba de cosas que había visto o hacía alusión a haber tenido que adaptarse a ser invidente.

Comprendiendo que era un tema doloroso, Jack no preguntaba, pero se moría de curiosidad.

Travis giró a la izquierda exactamente delante de su casa. Jack estaba maravillado de cuan fácilmente conseguía moverse su amigo por el mundo.

—¿Cómo lo haces para recordar el número de pasos hasta cada sitio? —preguntó Jack—. ¿Alguna vez te has equivocado? —Subieron los peldaños hasta el porche de la casa de Travis.

—La práctica lleva a la perfección —dijo Travis, y se quitó el guante para sacar la llave del bolsillo.

Jack le observó palpar las distintas llaves hasta encontrar la correcta.

—Así, ¿no te has olvidado nunca del número de pasos hasta tu casa?

—Una vez —dijo Travis—. El segundo día después de comprarla. Pero mi memoria es todo lo que tengo, ¿verdad?

Su tono era ligero, pero Jack podía oír el oscuro matiz en las palabras de Travis. Entraron dentro, y Jack cerró la puerta con su bota. Se dirigió a la cocina y dejó las bolsas en la encimera. La casa de Travis era pequeña y acogedora. La puerta de entrada daba a una sala de estar modesta que contenía un sofá, dos sillas y una tele poco utilizada. En el rincón había unas grandes estanterías llenas no solo de libros en braille, sino que también pequeñas figuras de pumas. No había fotografías, por razones obvias. A la derecha de la sala de estar estaba la cocina. Probablemente era la habitación más grande de la casa, y Travis la mantenía excepcionalmente limpia. La habitación estaba justo al otro lado de la puerta de entrada, y en esos momentos tenía la puerta cerrada. Jack nunca había estado allí.

—Gracias, Jack —dijo Travis, entrando detrás de él. Empezó a vaciar las bolsas de inmediato, moviéndose hábilmente entorno a las sillas, la encimera y la mesa con la facilidad de alguien que pudiera ver exactamente donde estaba todo. Los botes y los paquetes de comida en los armarios estaban marcados con etiquetas en braille para indicar qué contenían.

Jack volvió a asombrarse de lo sorprendente que era el hombre. Entonces Jack se dio cuenta de que los paquetes de comida que Travis estaba sacando de las bolsas ya traían etiquetas en braille.

Jack levantó una ceja.

—¿Los de la tienda te dan esas etiquetas?

Travis sonrió.

—No, las compré yo. Ahora siempre las llevo. Hace que todo sea más fácil cuando llego a casa.

—¿Las pones tú mismo en la tienda?

—No, Billy, el hijo del señor Allocott, lo hace por mí.

—¡Estoy anonadado! —bromeó Jack—. ¿Dejas que te ayuden?

—Oh, cállate. —Travis se echó a reír.

Jack sonrió y observó a Travis silenciosamente durante unos segundos antes de volver a hablar.

—Oye, Travis, hace días que quiero preguntártelo: ¿quieres quedar para cenar conmigo algún día de esta semana?

Su amigo se volvió hacia él frunciendo el ceño.

—No lo sé.

Jack levantó una ceja.

—¿Qué quieres decir con que «no lo sabes»?

Travis se encogió de hombros. De repente Jack sintió el deseó de hincar sus dientes en los anchos hombros de su amigo. Siempre había sentido debilidad por los hombres con hombros anchos.

—¿Qué significaría? ¿Sería una cena entre amigos…? —Travis bajó la cabeza y jugueteó con el bote que tenía en la mano.

—Mira, puede ser como amigos si es con lo que te sientes cómodo. —Jack rogaba a Dios que no lo fuera—. Pero me gusta pasar tiempo contigo, y por eso te invito a cenar. ¿Vale?

Travis asintió.

—Vale. Siento sonar… No tengo demasiados amigos, Jack. Y no he estado con nadie en un tiempo. No sé si quiero estar con alguien.

Jack hizo lo que pudo para ignorar el dolor en su corazón y se le acercó.

—Vamos, Travis. Todo el mundo aquí es amigo tuyo. Lo sabes, ¿verdad?

Travis asintió ligeramente.

—Bueno. —Jack empezó a removerse nervioso y se alegró de que Travis no pudiera verlo—. Mira, sin presiones, ¿vale? Me gustas. Te respeto. Y también me gusta mirarte.

Travis sonrió.

—Ojalá pudiera decir lo mismo.

Jack puso su mano en el hombro de Travis y lo notó encogerse ligeramente. Pero no lo soltó.

—Creo que sí puedes. A veces, Travis, creo que sí que me ves, y a todos los demás, incluso mejor que cualquier otro.

Travis levantó la cabeza, y Jack vio su propio reflejo en las gafas.

—¿Por qué siempre eres tan agradable conmigo? —preguntó quedamente.

—Soy un tipo agradable. ¿Qué más puedo decir?

Travis sonrió y Jack le dio un apretón en el hombro antes de soltarlo.

—Sé que lo eres. Gracias por la ayuda.

Jack estaba impresionado. No hacía tanto, esas palabras no habrían salido nunca de la boca de Travis. Era alentador ver lo que se podía conseguir con persistencia. Su persistencia lo había llevado a la amistad con este introvertido puma; a lo mejor lo podría llevar a más.

—No hay de qué —dijo Jack—. Así, ¿qué hay de la cena?

Ojalá Travis no dudara. Eso lo irritaba. Puede que hubieran sido amigos durante años, pero Travis siempre lo había mantenido a distancia. Al principio, Jack estaba dispuesto a darle toda la distancia que necesitara, pues Jack siempre había sospechado que Travis tenía una pasado oscuro, y no quería asustarlo. Pero tenía la sensación que había llegado la hora de llevar su relación al siguiente nivel.

—Bueno. —Travis acabó de guardar su compra y procedió a doblar las bolsas de papel—. Voy a tener que mirar calendario. Tengo algunas fechas de entrega y una reunión con mi transcriptor en un par de días.

Jack asintió. Travis era una celebridad local. Había escrito algunas exitosas novelas de intriga, con pseudónimo claro, y Jack sospechaba secretamente que él era la inspiración para uno de los protagonistas de las novelas.

—De acuerdo entonces —dijo Jack jovialmente, sabiendo que tenía que continuar con su patrulla—. ¿Otro día? No lo olvides.

Travis sonrió.

—No lo olvidaré. Lo prometo.

Jack se marchó a regañadientes. Cuando ya estaba fuera, parado en la acera, supo que había más contra lo que tendría que luchar además de la resistencia de Travis. El estómago de Jack se revolvió incómodamente cuando una súbita ráfaga del frío viento le dio en la cara. A su manada no les iba a gustar que estuviera yendo detrás de un puma como a posible pareja.