DAN TENÍA problemas para concentrarse en el trabajo. Por un lado algo lógico, porque su trabajo era una potrilla de tres años, que también parecía tener problemas para concentrarse en él, que era el humano y el que estaba al mando.

Maldita sea. No debería haberse planteado ser el jefe. Puso de nuevo al animal al paso y soltó las riendas. Solo era la cuarta vez que alguien montaba la yegua y se merecía toda su atención; para ella, la experiencia de por sí ya era abrumadora como para que él se permitiera perder la concentración. Relajó el cuerpo y le acarició las crines castañas.

—Está bien, cariño, estás haciendo un buen trabajo —dijo. Movió los dedos, empujándolos como podría hacerlo con otro caballo y sintió que se empezaba a relajar.

Ese detalle no debería haberle hecho pensar en Evan, pero lo hizo. El modo en que el hombre se había rendido, cómo había dejado que su cuerpo se convirtiera en... ¿qué? No una herramienta, ni un juguete... Pensó en los dedos largos y artísticos de Jeff y sonrió. Un lienzo; Evan se había convertido en un lienzo que les permitía a él y a Jeff expresar su deseo, su amor, su alegría... todo lo que eran. Dejó que su mente vagara, se permitió recordar la mirada aturdida y perdida de Evan mientras lo penetraba y los suaves sonidos que emitía. Y Jeff, junto a ellos, paseando los dedos por sus cuerpos, los labios firmes y cálidos...

La potrilla bailoteó un poco y Dan trató de volver a enfocar su mente en el trabajo. La noche anterior no había tenido nada notable; bueno sí, había sido notable, aunque no inusual. Evan, Jeff y él ya tenían una relación estable y habían creado muchos recuerdos juntos. Recordó cómo Jeff había tensado el cuerpo incluso antes de que su boca le hubiera lamido el pene por primera vez y sonrió para sí mismo. Nada inusual. Pero eso lo hacía aún más dulce.

Estaba tratando de decidir si abandonar o continuar trabajando un poco más, cuando vio a Robyn, parte del personal de la cuadra, haciéndole señas desde la parte más alejada de la pista, con un teléfono en la mano. Qué extraño; las llamadas personales las recibía en su celular y le resultaba difícil imaginar que hubiera una llamada de trabajo tan importante como para interrumpirlo cuando estaba en la sesión de entrenamiento. Pero a lo mejor ella había visto que no estaba logrando mucho; solo esperaba que no se hubiera dado cuenta de por qué estaba siendo tan poco productivo.

Se planteó ir hacia allí encima de la potrilla, pero lo desechó y desmontó. Probablemente la yegua estaría bien, pero no valía la pena arriesgarse. No era justo, ni un buen entrenamiento, presionar demasiado a un caballo.

Pasó las riendas por encima del cuello del animal y atravesó la pista. Al acercarse pudo ver la expresión de Robyn y el estómago le dio un vuelco. No podía interpretarla muy bien, pero parecía tensa.

—¿Qué pasa? —preguntó, tratando de parecer casual. No creía que pudiera engañarla, pero valía la pena intentarlo.

Robyn siguió tapando el auricular con la mano mientras le tendía el teléfono.

—Es una mujer —frunció el ceño, como si quisiera descifrar el mensaje—. Dan, ha dicho que era tu hermana.

—¿Krista? —Como si tuviera otra. Dios, habían pasado, ¿cuántos, quince años? Miró el teléfono con recelo. Con sinceridad, no sabía lo que sentía. No sabía si quería que fuese su hermana o prefería que se tratara de una broma.

—Dan —le avisó Robyn—, deberías hablar con ella. Parecía bastante apurada.

Obedientemente agarró el teléfono y Robyn las riendas del caballo sin hacer preguntas. Se quedó allí, palmeando el cuello de la potrilla y mirándolo mientras él se alejaba unos pasos y acercaba el teléfono al oído.

—Dan Wheeler —dijo, tratando de parecer sereno y profesional.

Durante un rato no hubo respuesta, pero poco después oyó una voz femenina vacilante.

—¿Danny?

—Sí, soy Dan. ¿Quién llama, por favor?

Otra larga pausa.

—Danny, soy Krista.

¿Habría algún modo de pedir una prueba de identidad sin...bueno, sin preguntar? ¿O por lo menos sin ser un imbécil? Decidió ser evasivo y ver hacia dónde iba la conversación.

—Krista, hace mucho tiempo.

—Cierto.

De acuerdo, si ella lo había llamado, entonces ¿por qué se esperaba que fuera él quien llevara la conversación?

Hizo una mueca a la pared antes de hablar.

—¿Te resultó difícil encontrarme? Me mudé unas cuantas veces.

—Te busqué en Google. Recordé que te gustaba montar a caballo, así que cuando vi que había un Dan Wheeler entrenador de caballos, busqué una fotografía. Luego encontré información de dónde trabajabas y conseguí el número de teléfono en la guía.

Eso había sido suficientemente directo. Dan había prestado más atención a la voz que a las palabras y creyó que empezaba a reconocerla. Estaba seguro de poder escuchar un acento levemente tejano. Y también algo más. Un tono incierto y tenso, el mismo que utilizaba a menudo cuando eran pequeños. Maldita sea, no quería entrar en ese juego, no quería entusiasmarse para que después resultara ser una broma.

—¿Krista? ¿Te acuerdas de la casa de la calle Forest? ¿Recuerdas cómo era la puerta de mi habitación?

Otra pausa y por un momento, pensó que había descubierto el engaño de la extraña, que ella iba a abandonar; pero entonces la mujer contestó:

—No tenías puerta. El cretino la arrancó después de que intentaras mantenerla cerrada con llave.

Dios, era cierto, era Krista. Después de tantos años, estaba hablando con su hermana. Su mente empezó a trabajar a toda velocidad. Lo último que había sabido era que Krista era una fugitiva de la ley, que la buscaban por una serie de robos a mano armada y otros delitos. Se apoyó contra la pared y empezó a dejarse caer hasta quedar sentado en el suelo arenoso.

—Krista —dijo—. Krista, ¿dónde estás? ¿Estás bien?

En ese momento ella empezó a llorar.

 

 

EVAN ESTABA aburrido. Ni siquiera Chris, con sus constantes mensajes de texto insultándolo, podía hacer que la reunión fuera menos aburrida. Por eso, cuando sonó su teléfono y vio el nombre de Dan en la pantalla, no lo dudó.

 —Lo lamento, chicos —dijo poniéndose de pie—. Es una llamada importante y tengo que contestar.

La reunión era interna y él era el de mayor rango, podía tomarse un descanso cuando quisiera. Por un momento pensó quedarse sentado allí y esperar que los demás se levantaran y lo dejaran solo, se lo había visto hacer a otros. Pero recordó que siempre le habían parecido unos imbéciles y fue hacia la puerta.

Cuando salió ya le habían dejado un breve mensaje.

—Evan, llámame, es importante.

Apenas había visto el nombre de Dan, había sabido que lo era. Dan solía mandarle algún que otro mensaje de texto, pero en los dos años que llevaban juntos, solo lo había llamado unas tres veces. Si había considerado que valía la pena llamar, entonces merecía su tiempo.

Chris asomó la cabeza por la puerta de la sala.

—¿Me necesitas?

—Es posible. Es Danny —empezó a caminar hacia su despacho al mismo tiempo que presionaba el botón de devolución de llamada. Giró la cabeza para ver si Chris lo seguía—. Parecía bastante estresado.

—Bueno, eso no es nada raro —Chris se encogió de hombros.

—Últimamente está tranquilo —protestó Evan. Chris y Dan eran íntimos amigos, pero era una amistad extraña y vagamente combativa. Pasaba mucho tiempo tratando de evitar que se mataran el uno al otro. Aunque Chris decía que eran Evan y Dan los que se peleaban continuamente y él quien los calmaba. Evidentemente estaba loco, pensó justo antes de que Dan contestara.

—Evan, ¿estás en la oficina?

—Sí, pero puedo ir a casa si me necesitas. ¿Qué sucede?

Dan parecía un poco aturdido.

—Acabo de recibir una llamada de Krista. Mi hermana.

Chris lo miraba de cerca, tratando de averiguar si su presencia era necesaria.

—Dan —dijo Evan—, Chris está aquí. ¿Puedo poner la llamada en altavoz?

Le hizo una seña a Chris para que cerrara la puerta.

—Sí, de acuerdo —contestó Dan.

—Ha llamado su hermana —le informó Evan a Chris antes de apretar el botón—. Dan, ¿te dijo dónde estaba? ¿Está bien?

—Está huyendo, Evan. No está bien.

—¿Qué es lo que quiere, Danny? —habló Chris con voz tranquila y Evan agradeció que se ocupara del asunto. Chris era abogado, pero también un especialista semiprofesional en Dan, con un historial más largo en el trabajo que el suyo—. ¿Te lo dijo?

—Está embarazada. Creo que quiere entregarse, o por lo menos quiere hablar de ello. Estaba bastante disgustada. —Su voz era tensa y a Evan le hubiera gustado estar en la misma habitación que él para abrazarlo y darle un poco de apoyo.

—Dame tu teléfono —le dijo en voz baja a Chris, quien asintió y se lo pasó.

—Podemos ayudarla, Danny —dijo Chris—, si ella nos deja. Pero tenemos que hacerlo bien, debemos tener cuidado, o podemos terminar teniendo problemas por dar asilo a una fugitiva. Vamos a tener que contar con un abogado criminalista, eso seguro. ¿Te dijo dónde estaba?

—No exactamente. Le di mi número de teléfono y me llamará más tarde.

Evan revisó el mensaje que le había escrito a Jeff. «Soy Evan. ¿Puedes ir al establo? Dan te necesita, yo voy para allá». Apretó el botón de enviar. A veces resultaba extraño estar involucrado en una relación de tres, en lugar de la tradicional de pareja. Pero a veces ayudaba mucho tener un equipo.

 

 

JEFF LLEGÓ al aparcamiento del establo y vio a Dan de pie, apoyado en una valla mirando pastar a un grupo de caballos. Parecía bastante calmado, aunque no creía que así fuera. Cuando Evan lo había llamado, él ya iba de camino al establo, lo que significaba que la llamada la había recibido hacía poco. No era un tiempo suficientemente largo como para que tuviera una perspectiva total del tema. Imaginó que el asunto iba a ser enrevesado. Dan siempre se había sentido culpable por haber abandonado a su familia y por lo que le había sucedido a su hermana y la situación actual debía haber echado más leña al fuego.

—Hola, Dan —dijo mientras caminaba sobre la hierba cuidadosamente cortada. Había hablado en voz baja, asegurándose de hacerlo desde una cierta distancia, pero aún así Dan giró la cabeza con brusquedad, con los ojos muy abiertos y sobresaltados. No era una buena señal. Siguió caminando despacio, al mismo paso y cuando llegó a la altura de Dan, se apoyó en la valla a su lado y se quedó mirando los caballos—. ¿Ese es Winston? ¿Está fuera de su cubículo? —Hablar de caballos siempre era una buena forma de calmar a Dan.

—Uh…sí. —Jeff podía notar los esfuerzos que hacía para meterse en la conversación. Miró el caballo—. El veterinario ayer no estaba, se supone que no debemos entrenarlo hasta la próxima revisión, pero está bien para salir.

—Esas son buenas noticias. —Se acercó un poco más y lo rozó con sus caderas y brazos—. ¿Estás bien? ¿Con lo de tu hermana?

—Colega, no soy yo el que huye de la policía. Estoy bien.

Jeff asintió despacio y con ligereza, ignorando la nota de tensión en la voz de Dan.

—Muy bien. ¿Evan sigue de camino?

Dan bufó.

—Sí. Le dije que no viniera, pero dijo que si no venía a casa, iba a tener que volver a la reunión más aburrida del mundo. —Lo miró con los ojos en blanco. Le alucinaba que Evan tuviera reuniones tan agobiantes todas las semanas. Pero burlarse de él lo ayudó a relajarse.

—¿No viene Chris? —Jeff no sabía cómo sentirse al respecto. A veces lo envidiaba, por la facilidad con que se comunicaba con Dan en cualquier parte, excepto en el dormitorio. Él sentía que tenía que luchar por cada confidencia, por cada sonrisa. Chris llenaba a Dan de insultos y este le respondía contándole todos sus secretos y sonriendo como un loco. Pero Chris no podía llevárselo a la cama, así que a lo mejor no estaba del todo descontento con su rol.

—Tengo que reunirme con otro abogado, un criminalista. Ha dicho que debemos tener cuidado y estar preparados —parecía estar repitiendo las palabras de memoria.

Otra cosa de la que sentía celos; Chris era útil. Todo lo que él podía hacer era quedarse ahí de pie y mirar cómo pastaban los caballos.

—¿Estabas ocupado? —le preguntó Dan—. No tenías que haber venido. Estoy bien, esto es…extraño, pero no malo. De hecho es bueno, siempre y cuando logremos traerla… No sé. Será bueno si logramos ayudarla.

—Y Chris ya se está ocupando de ello —dijo Jeff. Bueno, a lo mejor no tenía que haber venido, quizá no era para nada necesario; pero había hecho el trayecto y se quedaría—. De cualquier modo ya estaba de camino. Pensé que podía salir a cabalgar, quitarme las telarañas antes de empezar un nuevo proyecto. —A pesar de sentirse como un tonto, de todos modos se inclinó y besó ese lugar debajo de la oreja de Dan—. Te echaba de menos.

—Me viste esta mañana —contestó Dan, aunque no parecía estar quejándose.

—Sí, —contestó Jeff con ligereza, sonriente—, y te estoy viendo de nuevo. Y ahora veremos a Evan.

—Sí. Es… una situación extraña, pero la estamos llevando bien, ¿verdad? —Su tono era casi seguro, como si supiera que sus compañeros iban a estar allí para él. Pero, como siempre, había un ligero deje de inseguridad que amenazaba con romper el corazón de Jeff.

—Definitivamente —contestó con firmeza. Volvió a su sitio no lejos de Dan, lo suficiente como para poder rodearlo con los brazos—. Lo hemos llevado bien.