Parte I

Te seguiré

 

Antes:

 

Brian Cooper se encontraba en el enorme autobús de camino a su primer encuentro de atletismo, cuando conoció a Tate Walker. Estaba sentado por su cuenta porque no conocía a nadie y sentía que era la única persona en esta tierra sin un iPod o un móvil que podía doblarse como un origami y que hasta  podía defecar por ti. Tate llegó tarde y cielos, sí que era llamativo. 

Tenía cubierta la mitad del rostro por un bello tatuaje tribal que se extendía hasta el cuello de su camisa de manga larga y sobre su mano enguantada. Más tarde, Tate se tatuaría todo el brazo y dejaría de usar camisas de manga larga. Sin embargo el tatuaje no era lo más sorprendente de su apariencia.

La oreja derecha, la del lado del tatuaje, estaba perforada una docena de veces, también la nariz, cejas y labio (aunque al final ese fue el primero en desaparecer). Tenía el pelo oscuro cortado al estilo mohicano y terminaba en una cola de caballo en la parte de atrás. Brian había visto a Tate alrededor de la escuela y por lo general usaba el cabello en picos de diez centímetros de alto, cortesía del gel Elmer y mucho arreglo. O eso era lo que Brian asumía. 

La apariencia de Tate era intimidante, Brian no era tan ingenuo como para no notar que los chicos del autobús lo criticaban… y no le importaba, porque éste se había acercado al asiento contiguo al suyo sonriéndole con timidez antes de sentarse. Tenía un audífono en una oreja y casi iba bailando al ritmo de la música que parecía estar dedicada a él y solamente a él. A veces, cuando no estaba en la pista de atletismo, tendía a estremecerse y saltar, pero no lo miraba como si se tratase de un fenómeno y por primera vez desde que comenzó la Universidad hacía más de un mes, algo en el interior de Brian se derritió.

Oh, gracias al cielo que Brian no estaba solo en ese asqueroso autobús.

Como estaba sentado en el lado izquierdo, no miraba el tatuaje de Tate y tenía que admitir que sentía curiosidad. Aunque no importaba, porque alguien estaba sentado a su lado, le hablaba y… oh cielos, era ese chico el que lo hacía. 

—Oye… espero que no te moleste que me haya sentado aquí. Sé que los otros dicen que soy gay y todo eso. —Así era, no decían cosas agradables de é. —Pero juro que no es contagioso ni nada. Mira… estoy escuchando a esta banda que se llama The Doves… ¿quieres oírla? Kingdom of Rust es una canción increíble… triste, pero ya sabes, asombrosa. Pero si no estás de humor para algo triste, tengo algo realmente animado… y eso ayuda a motivarte antes de un encuentro. Aunque no sé… —Titubeó—. Tú tiendes a hacer los lanzamientos. ¿Necesitas algo zen o algo que te motive?

Finalmente se detuvo y volvió a mirar a Brian como si esperara una respuesta. Este parpadeó y trató de pensar en una —No conozco la música, —dijo avergonzado— pero me encantaría escuchar lo que tengas.

El chico con el tatuaje y el peinado mohicano esbozó una amplia sonrisa, se le iluminó el rostro y parecía puro (un poco sobrecargado porque al parecer nunca se había hecho un trabajo dental); le entregó a Brian su audífono. 

—Te he visto lanzar ¿sabes? Y también correr. ¡Ahora comprendo porque obtuviste la beca! 

Brian enrojeció. —Tuve que hacer una especie de prueba —murmuró—. Estudié en casa… era la única forma de poder entrar en la universidad. —Sintió unas punzadas en el hombro. Había comenzado a pensar cómo haría para pagarse las clases cuando éste dejara de funcionar.

Tate asintió como si eso ocurriera a diario. —Ya veo; yo solía patinar, ¿sabes? Pero la segunda, tercera y sexta vez que me rompí la muñeca, uno de los entrenadores del Instituto me obligó a entrar en el  equipo y me dijo que mantuviera los pies sobre la tierra. Me ayudó a conseguir una beca, así que somos similares, ¿sabes?.

Brian miró la expresión vulnerable, una especie de “por favor, seamos iguales” y se preguntó si alguien que se tatúa la mitad de la cara, se rasura la cabeza, usa pantalones de mezclilla ajustados y desteñidos y camisetas brillantes con lentejuelas necesitaba ser “igual” a alguien. Sin embargo, eso solo fue porque acababa de conocer a Tate y el chico estaba sentado a su izquierda. 

Aunque, dicho chico parecía estar esperando una respuesta y Brian sólo pudo decir lo único en lo que podía pensar.

—¿Entonces te fracturaste la muñeca seis veces? 

 

Ahora:

 

TATE estaba atándose los cordones de los zapatos cuando le comentó a Brian su pasatiempo más reciente. 

Brian pensó muy seriamente en vomitar, luego cambió de opinión y pensó en atravesar la pared con el puño. Sin embargo, Tate continuó hablando, tan ciego como una bacteria, sin prestar atención al conflicto emocional de Brian y cuando terminó, su pregunta inocente del porqué Brian parecía haberse tragado una rata envenenada y las cinco palabras de la respuesta provocaron el arrepentimiento de Tate. 

Vete a la mierda, imbécil. 

Hubo un silencio pesado y Tate dejó que su aura de “chico malo tatuado” desapareciera.  —¿Qué tiene de malo? —preguntó genuinamente herido. Era difícil verlo así. En primer lugar, porque los tatuajes tendían a cubrir sus emociones, cosa que Brian pensaba eran la principal razón. No obstante, era particularmente duro verlo así, porque Tate parecía una bola arrugada de papel celofán, transparente y rota. 

Brian había aprendido a ignorar los tatuajes, las perforaciones, el cabello y había comenzado a amar la forma en la que Tate se balanceaba sobre sus talones o se estremecía incluso cuando estaba parado sin hacer nada.

Ese era Tate… el que siempre escuchaba notas de música desconocida y se rendía al impulso de bailar.

Aunque mirarlo fuera un claro ejemplo del caos, debido a ese cabello desarreglado, cuerpo, —finalmente se había tatuado todo el brazo—, su llamativa ropa y rostro… la intención de esa apariencia era llamar la atención y alejarla de las cosas que no quería que las personas vieran. Brian había analizado más allá de lo externo.

Y por esa razón, ese “pasatiempo” lo asustaba sobremanera.