Capítulo 1

 

 

MI NOMBRE es Sebastian Sumner, y no es que me levante todas las mañanas cantando “Las colinas están vivas”[1].

Personalmente, no habría conseguido salvar mi vida tarareando esa canción pues nunca la he oído. Y no es que oiga mucho de nada puesto que soy sordo. He sido sordo desde que era niño, perdiendo la audición primero en un oído y después en el otro a causa de una enfermedad infantil. Todavía puedo recordar algunos sonidos, pero, en realidad, recordarlos apenas es lo mismo que experimentarlos aquí y ahora.

He sentido las vibraciones del “Amanecer” de Vivaldi con los altavoces a tope, pero, honestamente, esa pieza, como todas las de “Sonrisas y Lágrimas”, parece ser la primera de la lista de aquellas que causan irritación a la mayoría de las personas. A mí me parecían bien, pero eran demasiado energéticas para Jordan y los de su clase.

Y además, poner algo que sabes de antemano que le va a fastidiar un sábado a las siete de la mañana, no es la mejor manera de comportarse si quieres seguir respirando.

Sin embargo, me encanta pinchar a mi chico.

Jordan Waters, detective de la unidad para el fraude y delitos financieros del departamento de policía metropolitana del distrito de Columbia en Washington D.C. Ése era mi chico. Era un tipo alto, musculoso y bronceado, con tatuajes, cicatrices y piercings, el pelo ondulado rubio platino con mechas color lavanda, y unos ojos verdes como preciosas esmeraldas. Sí, en el trabajo tenía que dar una imagen más conservadora, disfrazando la imagen de chico malo ocultando sus tatuajes y cicatrices bajo un traje y una corbata, por no mencionar que se quitaba los piercings, que de todos modos sólo llevaba fuera del horario de trabajo. Pero yo tenía una ventaja: conocía su verdadero yo oculto bajo el atuendo formal del trabajo. Jordan era el hombre de mis sueños.

De acuerdo, lo admito. Al principio no lo había sido, ni mucho menos. Pero en algún momento durante el año que llevábamos juntos habíamos crecido el uno en el otro.

Jordan no era persona por las mañanas; no sin una cafetera llena de café negro y fuerte, preferiblemente de mezcla hawaiana, con toneladas de azúcar. Los fines de semanas era lo peor. Le encantaba dormir hasta tarde y a mí no, así que jugueteaba con él para despertarle.

Me inclinaba sobre él mientras permanecía tendido boca abajo sobre las sábanas de un color azul intenso, su rostro continuaba relajado sobre la almohada.

—Jordan —le susurraba al oído—, levanta, levanta, que los pajarillos cantan. —Sí, era completamente consciente de que lo estaba pinchando, pero estábamos desperdiciando el día.

Movió sus hombros solo una pulgada. Le di un suave toque con mi mano entre sus hombros.

—Vamos, dormilón. Tenemos planes. He hecho el desayuno.

Sacudió su espalda como si quisiera desplazar mi mano, y pude sentir la vibración de algo que murmuró, a aquella hora probablemente serían blasfemias, especialmente alguna palabrota que hiciera referencia a mi ascendencia, si me entiendes. La última vez, me llamó hijo de puta y jodido sádico justo después de que tirara de la manta y le dejara temblando desnudo en la cama. Ah, nuestros sábados divertidos eran justo eso, diversión para toda la familia. Bueno, principalmente para mí.

Esta vez lo empujé con más fuerza.

—Jordan, no me hagas entrar en el cuarto de baño. Volveré con algo frío y mojado, y te lo tiraré encima. Y te prometo que no será lubricante.

La respuesta de Jordan fue clara y contundente. Torció el brazo que estaba debajo de la almohada, sacó la mano y me empujó. Bueno, eso no fue muy agradable.

Con cuidado tiré un poco más de la manta para dejar al descubierto su culo, más bien la dejé caer en la parte baja de su espalda. Me detuve a acariciarle, colmándole de besos húmedos y luego soplando ligeramente sobre esa piel hasta que se le puso el vello de punta.

Gruñó algo desde lo más profundo de su pecho, pero sabía que yo no podía saber lo que había dicho, así que decidí que aquel comentario no estaba dirigido a mí. Si hubiese querido apartarme de él, lo hubiese podido hacer fácilmente pues era más grande y corpulento que yo. Me encantaba su piel. Lo que él consideraba a veces como defectos e imperfecciones eran para mí una prueba de vida, de una vida vivida. Sabía que tenía un pasado, y que no todo era bueno.

Pero tampoco lo era el mío, lo cual era algo que teníamos en común.

Dejando a un lado estos sentimientos deprimentes, que desde hacía tiempo estaban obsoletos en mi vida actual, centré mi atención en el hermoso cuerpo masculino situado debajo de mí. Y era todo mío. Mantuve las caricias suaves, deslicé mis dedos sobre las líneas y curvas de su espalda, desde el valle de la parte baja de su espalda hasta las fuertes crestas de sus músculos en la parte alta de la misma, y hasta los bordes de sus hombros, dibujando su expansión como si fuera tierra salvaje que yo tenía que explorar.

Sí hubiese amado más a Jordan, creo que mi corazón habría reventado.

Retorciéndose bajo mis cosquillosas caricias, podía asegurar que Jordan se estaba riendo. Posé mi mejilla sobre su espalda y sentí el sonido a través de sus articulaciones, músculos, y huesos, resonando dentro de mí también. Adoraba su espalda fuerte y delgada, y la amplia extensión de piel suave, a simple vista marcada por algunas peleas y cicatrices relacionadas con el trabajo, que se acentuaban con tatuajes de estilo tribal, de curvas, líneas y círculos; para mí, el no tenía defectos.

Le di un beso en la parte más profunda de la espalda y me deslicé hacía el pliegue de sus nalgas, gozaba con la cercanía de su cuerpo bajo el mío, en nuestra cama, en nuestro hogar y vida juntos. Dibujé, lamiendo con mi boca húmeda, una pequeña línea con aroma almizclado hacia el suave y firme montículo de su nalga derecha, y le mordí.

Jordan temblaba debajo de mí. Él era el que tenía fetiche con mi culo, pero yo disfrutaba jugando con él de vez en cuando.

Jordan miró hacia abajo, buscándome, mientras yo me retorcía y me giraba para tumbarme de nuevo sobre su espalda. Esta posición me daba la posibilidad de lamer la zona en la que su muslo alcanzaba la ingle, y recordé lo deliciosa que era esa parte de su anatomía. Ese olor suyo natural, masculino y almizclado, era más fuerte en esa zona, y respiré profundamente, disfrutando de las sensaciones que despertaba en mí. Sabía por experiencia que era muy sensible en esta zona donde se unían las extremidades con el cuerpo, y podía hacerle cosquillas llevando mi lengua hacia abajo, a la parte interna de su ingle, y luego hacia arriba hasta la suave zona del perineo. Vigorosamente, chupé sus pelotas con mi lengua, y él arqueó su espalda hacia atrás en la cama agarrando las sábanas con fuerza. No podía oírle, pero sabía con seguridad que estaba gimiendo.

Bien, mi Jordan por fin estaba despierto.

Rozó mi nariz con su mano, y miré hacia arriba, al mirarle me dijo por signos.

«Café».

Dejé escapar sus pelotas y vi como suspiraba al vaciar su pecho de aire. Jordan nunca había rechazado el sexo matutino, y por supuesto nunca los fines de semana cuando no tenía que correr a la ducha para alcanzar unas preciadas gotas de agua caliente. Nuestro hogar era un loft donde vivían cuatro tíos: Jordan, yo, su hermano Jack, y mi hermano Bro, así que casi nunca quedaba agua caliente cuando uno realmente la necesitaba.

De todas formas, no me hubiese importado secarle a chupetones y limpiar con mi lengua minuciosamente cualquier desastre que mi baño de lengua pudiera ocasionarle.

«Necesito café», gesticuló Jordan, flexionando su cuerpo con una elegancia y facilidad similar a un gato relajado.

«Te has convertido en un protestón mañanero», gesticulé, con la voluntad dividida entre querer complacer a mi hombre haciéndole café, y querer complacerme a mí mismo continuando con mis cuidados, y quizá yendo un poco más lejos para nuestra mutua satisfacción.

Jordan sonrió abiertamente y me miró de una forma divertida, a través de sus ojos soñolientos y entreabiertos.

—No. En una erección mañanera —dijo aquellas palabras bostezando ampliamente, rascándose el pecho cubierto de un fino vello—. Ahora vamos a ello, conejito.

Ya me había levantado, pero leí en sus labios la pullita que me había lanzado.

—Lo he oído. —Siempre le decía lo mismo, porque solía tomarme el pelo de una manera u otra todos los días.

—Mentiroso. —Siempre me contestaba eso, normalmente gesticulando también para asegurarse. Aunque no esta mañana, ya que se volvió de lado buscándose un hueco bajo las cálidas y suaves mantas, como un oso que busca refugio para hibernar.

Riéndome de mi tierno osito, que odiaba que le despertaran por la mañana, me dirigí hacia la cocina en la primera planta y comencé a preparar café. Como era habitual, Jack apareció en mi campo de visión poco después, bajando tranquilamente las escaleras, despeinado, con camiseta y bóxers azules, bostezando y rascándose la barriga.

Jack era el hermano pequeño de Jordan, y el más sexy, al que más partido se le podía sacar de los dos, sin duda. Más alto y delgado que su hermano mayor, Jack tenía unos rizos largos y rubios, que había dejado crecer alocadamente desde la primera vez que nos conocimos, y un cuerpo en forma que trabajaba hasta rozar la perfección a diario en el gimnasio que había a la vuelta de la esquina de casa. Tenía un aire de plena sexualidad, aunque tenía una relación con el compañero de Jordan, Kevin Thompson, de a veces sí y a veces no. Jack era auxiliar sanitario, y yo sabía que Jordan se preocupaba mucho de él, sobre todo por su trabajo. El estilo de vida coqueto de Jack le llevaba de una preocupación a otra, y Jordan era muy protector con todo el mundo, no sólo con su hermano pequeño. Puede que mi hombre no mostrara su verdadero yo a otros, pues era muy reservado a menos que estuviese flirteando, pero sentía las cosas profundamente.

Y a veces, Jordan pensaba demasiado para su propio bien.

—Hola, Jack —dije en voz alta. Me habían dicho muchos que yo pronunciaba las palabras bien y hablaba de manera clara a pesar de mi sordera. Yo no sé cómo suena mi voz, me han dicho que mi voz suena hueca y profunda, y a veces como un bebe que balbucea, pero todos parecen entenderme, así que con eso es suficiente, creo. Jack había aprendido un poco de lenguaje de signos durante el último año desde que yo lo había conocido y compartía hogar con él.

«Hola, Sebastian», dijo Jack mediante signos y con una feliz sonrisa. Al igual que yo, era un hombre enérgico, y una persona tempranera, hecho que casaba conmigo perfectamente. Juntos los dos podíamos convertir el hábito de Jordan de no levantarse temprano de buena gana en un juego peligroso.

—¿Es café para todos? —dijo señalando la mezcla hawaiana que acababa de preparar para Jordan, pero como mi chico estaba en modo cascarrabias, se estaba echado otra cabezada, él se lo perdía. Con una sonrisa asentí con la cabeza, y Jack hizo un gesto con la barbilla en señal de codiciosa gratitud. Alzó la cafetera como si fuese las joyas de la corona, se sirvió una taza, y prácticamente se la bebió de un sólo sorbo, e inmediatamente se sirvió una segunda.

—Apártate de esa taza, pequeño hermano, o atente a las consecuencias.

Jack se sobresaltó con la presencia de Jordan, que se había colado por la escalera de caracol que había junto a la cocina. Desde donde yo estaba, le había visto acercarse y, aunque el sordo era yo, había leído los labios de Jordan y vi el susto que le dio. Jack le dio un puñetazo a su hermano en la tripa como represalia, pero no lo suficientemente fuerte como para hacerle daño.

Jordan le arrebató a su hermano la taza de café medio llena y tragó lo que quedaba mientras Jack protestaba, aunque demasiado enfadado para dejar escapar algo distinto a «Maldito cabrón» o «Te arrepentirás de esto», y después se cogieron por el cuello tambaleándose por la parte trasera del sofá.

Sonreí. Estos dos tipos eran mi familia. La familia que nosotros mismos habíamos construido.

—Puedo hacer más —dije con una cautivadora sonrisa y un tono conciliador.

Después de soltarse de su hermano, Jordan se puso en pie y, en un gesto de esnobismo teatral, se bajó el dobladillo arrugado de su camiseta color crema y se colocó los pantalones de chándal de color marrón oscuro. Ya más presentable, se dirigió hacia mí que estaba apoyado sobre el mostrador isla y rodeó mi cintura con su brazo izquierdo.

Con su mano derecha, apartó el pelo de mis ojos y me sonrió.

—Oye, Blanca Nieves —dijo. Por las vibraciones de su voz en su pecho, supe que había murmurado aquellas palabras de una manera seductora, con un toque de excitación en sus ojos verdes hacia mí. A veces me llamaba así por mi apariencia, pelo negro como el plumaje de un cuervo, ojos azul cielo, piel blanca como la porcelana, y labios sorprendentemente rojos. Y aunque siempre hacía un mohín cuando usaba ese término cariñoso, en el fondo me encantaba—, me despierto y me levanto de la cama como me pedías, y aquí estás, dándole mi café a otro hombre. Puta.

Me encogí de hombros fingiendo indiferencia.

—Sí, pero todavía soy tu puta.

Jordan me besó, y como siempre, mi corazón dio un vuelco, o una docena de ellos.



[1] N. del T.: referencia al tema musical principal de la película “Sonrisas y Lágrimas” de 1965 dirigida por Robert Wise. En sus primeros minutos, la actriz protagonista canta el tema “The sound of music”, cuyo comienzo es precisamente “Las colinas están vivas con el sonido de la música”.