Capítulo 1

 

 

TODO EMPEZÓ por el Jeep de Lizzy. Si no hubiera sido por eso, no habría conocido nunca a Matt. Y quizás él no habría tenido esa necesidad de probarse a sí mismo. Y quizás nadie habría resultado herido.

Pero me estoy adelantando. Como he dicho, empezó con el Jeep de Lizzy. Ella es la esposa de mi hermano Brian, y esperaban su primer hijo en otoño. Ella decidió que su viejo Wrangler, que había tenido desde la universidad, sencillamente no iba a servir como vehículo familiar. Así que lo aparcó delante de la tienda, con un cartel a mano que ponía «En venta» en la ventanilla.

La tienda la abrió mi abuelo. Al principio era una tienda de herramientas, pero en algún momento, se empezaron a vender piezas de automóvil también. Cuando mi abuelo murió, mi padre tomó el mando, y cuando él murió, pasó a Brian, Lizzy y a mí.

Era un precioso día de primavera en Colorado, y estaba sentando con los pies sobre el mostrador, deseando estar fuera disfrutando del sol, cuando él entró. Claramente captó mi atención de inmediato, simplemente porque no era de los alrededores. He vivido en Coda toda mi vida, sin contar los cinco años que pasé en Fort Collins, en la universidad, así que conocía a todos en el pueblo. Él se encontraba visitando a alguien en la zona o simplemente estaba de paso. No somos un pueblo turístico, pero la gente sí que se tropieza ocasionalmente con nosotros, bien buscando un sendero forestal para vehículos de cuatro ruedas o de camino a uno a de los ranchos turísticos carretera abajo.

Desde luego, él no se parecía a uno de los simplones de mediana edad que frecuentaban los ranchos turísticos. Probablemente estaba en los primeros años de su treintena. Era cinco o seis centímetros más alto que yo, poniéndolo a más de metro ochenta y tres de alto, con el pelo negro con corte militar y una barba de unos cuantos días en sus mejillas. Llevaba puestos tejanos, una camiseta negra y lisa, y botas de cowboy. Anchos hombros y grandes brazos evidenciaban que hacía ejercicio. Era maravilloso.

—¿Ese Jeep anda? —Su voz era profunda y un poco lenta. No era el acento del sur profundo, pero arrastraba las vocales un poco más que los de Colorado.

—Puedes apostar. Va fenomenal.

—Mmmm. —Estaba mirándolo por la ventana—. ¿Por qué lo vendes?

—Yo no. Mi cuñada. Dice que sería muy difícil poner una sillita detrás. En su lugar ha comprado un Cherokee.

Eso pareció dejarle un poco confundido, lo que me decía que no tenía hijos.

—¿Así que se conduce bien?

—Perfecto. ¿Quieres probarlo? Tengo las llaves aquí mismo.

Levantó las cejas.

—¡Por supuesto! ¿Necesitas aval o algo así? Puedo dejarte mi carné de conducir.

Creo que en ese momento él podría haberme convencido de cualquier cosa. Me temblaban un poco las rodillas. Intentaba decidir si realmente veía un toque de color verde en esos ojos gris metálico. Esperaba parecer relajado cuando dije:

—Iré contigo. Conozco las carreteras de por aquí. Podemos ir por algún camino fácil para que veas cómo se maneja.

—¿Y la tienda? No me gusta dejarte sin ayuda en hora punta. —Echó un vistazo a la tienda vacía, y un lado de su boca musitó—: ¿Se enfadará tu jefe si te vas?

Me reí.

—Soy uno de los propietarios, así que puedo holgazanear si quiero. —Me volví hacia la trastienda y grité—: ¡Ringo!

Nuestro único empleado vino cautelosamente de atrás. Siempre se mostraba asustadizo conmigo, y si Lizzy no estaba, ponía mucho empeño en mantener la distancia. Creo que el chico esperaba que me le insinuase. Tenía diecisiete años, pelo negro y voluminoso, piel con acné y seguramente pesaba como un billete de cinco dólares empapado. No tenía corazón para decirle que no era mi tipo.

—¿Sí?

—Hazte cargo. Volveré en una hora o así. —Me volví a mi alto y moreno desconocido—. ¡Vámonos!

Ya en el Jeep, me tendió su mano derecha.

—Soy Matt Richards.

—Jared Thomas. —Su apretón era fuerte, pero no era uno de esos tíos que tenían que romperte la mano para demostrar lo machos que son.

—¿Por dónde?

—Gira a la izquierda. Conduciremos hacia la Roca.

—¿Qué es eso?

—Es lo que suena, una puta roca enorme. No es nada espectacular. La gente va allí para hacer picnic. Y por supuesto, los adolescentes a veces van para aparcar o colocarse.

Frunció un poco el ceño. Estaba empezando a pensar que no sonreía demasiado. Yo, por otra parte, sabía que estaba sonriendo de oreja a oreja. Haber salido de la tienda durante algunos minutos, especialmente para dirigirme a las montañas, era suficiente para iluminarme el día considerablemente. Hacerlo en compañía del tío con la mejor pinta que había visto desde hacía una eternidad seguro que tampoco hacía daño.

—¿Entonces, qué te trae a la ciudad? —le pregunté.

—Me acabo de mudar aquí.

—¿En serio?¿Por qué querrías mudarte aquí?

—¿Por qué no? —Su tono era de broma, aunque su cara seguía seria—. Tú vives aquí, ¿no? ¿Tan malo es?

—Bueno, no. Me encanta esto. Es por lo que no me he ido nunca. Pero bueno ya sabes, el pueblo está muriéndose. Es más gente la que se marcha que la que se muda aquí. Los pueblos de alrededor están en auge, pero nadie quiere vivir aquí arriba y viajar a diario.

—Me acaban de contratar en el Departamento de Policía de Coda.

—¿Eres poli?

Levantó la ceja mirándome y me dijo, algo divertido:

—¿Es eso un problema?

—Bueno no, pero desearía no haberte dicho que los chicos vienen aquí arriba a colocarse.

Volvió a levantar la ceja mirándome y me dijo suavemente:

—No te preocupes. No les diré que eres el chivato. —El buen oficial tenía algo de sentido del humor—. ¿Así que has vivido aquí toda tu vida? —No sonó tan curioso como intentando tener una conversación informal.

—Sí, excepto los años que pasé en la universidad.

—¿Y eres el propietario de la tienda?

—Mi hermano, su mujer y yo. No nos da mucho dinero, pero algo conseguimos. Brian es el contable y tiene otros clientes, así que principalmente hace la contabilidad. Lizzy y yo llevamos la tienda.

—¿Pero no fuiste a la universidad? —Ahora sí sonó genuinamente curioso.

—Sí, fui a la universidad estatal de Colorado. Tengo la carrera de Física y mi certificado de enseñanza.

—¿Y por qué no eres profesor?

—No quería decepcionar a Brian y a Lizzy. —Eso no era del todo cierto, pero no quería decirle la verdadera razón: no quería enfrentarme a las repercusiones de ser un profesor de instituto gay en un pequeño pueblo—. En realidad, no hay nadie más que se haga cargo de la tienda. No nos podemos permitir un empleado a jornada completa. Bueno, podríamos si no quisieran beneficios, pero quieren. En lugar de eso, tenemos a Ringo a media jornada. Recuperamos la mitad de su sueldo, porque se gasta su paga en cosas para su coche, por lo que funciona bien. —Me reí—. ¡Ringo! Ese no puede ser su verdadero nombre. —Me di cuenta de que estaba balbuceando—. Lo siento, estoy hablando demasiado. Estoy seguro de que te estoy aburriendo.

Me miró fijamente y me dijo con seriedad:

—Para nada.

Habíamos llegado al final del camino.

—Tendrás que dar la vuelta aquí.

Paró el Jeep y miró alrededor con suspicacia. No había más coches.

—No veo ninguna roca.

—Está subiendo un poco el camino. ¿Quieres subir?

Se le iluminó un poco la cara al oírlo.

—Claro que sí.

Así que seguimos el camino, atravesando los pinos Ponderosa, los abetos Douglas y los álamos que empezaban a brotar por uno de los promontorios rocosos que habían contribuido a dar a las Rocosas su nombre. Las montañas de Colorado están llenas de gigantescos montones de rocas inmóviles, rodeadas y cubiertas de savia seca y liquen color óxido. Esta estaba a unos seis metros de alto en la ladera de la colina. Subiendo por la colina, prácticamente acababas encima de ella. ¿Pero qué tiene eso de divertido? Esas rocas pedían a gritos ser escaladas.

Una vez alcanzamos la cima, nos sentamos. En realidad, la vista no era diferente desde allí. Podíamos ver el camino hasta el Jeep, pero aparte de eso, sólo veíamos más árboles, más rocas y más montañas. Me encanta Colorado, pero este tipo de vista puede encontrarse en cientos de sitios. Me sorprendió escuchar un suspiro satisfecho de Matt. Cuando lo miré, su rostro mostraba asombro.

—Tío, me encanta Colorado. Soy de Oklahoma. Esto es mejor, créeme.

Se volvió para mirarme, y casi dejé de respirar. Tenía los ojos un poco entornados a causa del sol. Su piel estaba bronceada, y sus ojos brillaban. Definitivamente había un toque de verde en ellos.

—Gracias por traerme aquí arriba.

—Cuando quieras. —Y lo decía de verdad.