Todos los caminos llevan a Johnnies

 

(David) Dex

 

—HA ESTADO bien, ¿verdad?

David Worral no pudo evitar reírse. Nunca había visto a Dex Williams tan inseguro. Conducían por un solitario tramo de la autopista 87 a las afueras de Forsyth, Montana. Iban en la vieja camioneta Chevy del padre de Dex, una enorme batidora a la que habían apodado Shrek porque en su larga vida había sufrido de todo, y las manchas de base de pintura verde que tenía por todos lados, podían probarlo. El trasto tenía demasiados años como para tener aire acondicionado, así que llevaban las ventanillas bajadas y hablaban en voz alta porque el ruido del viento era ensordecedor a las setenta millas por hora a las que avanzaban.

—Sí —dijo David, sonriendo tímidamente—. No ha estado mal. —Hizo una pequeña mueca—. Inesperado —admitió, colocándose más cómodamente—, pero bueno. —Solo con hablar de ello, empezaba a notar los efectos en su entrepierna. Quizás diciéndole que «bueno» se quedaba corto.

Jugueteó con el anillo que llevaba puesto: un sencillo aro de titanio que se parecía al que había comprado al acabar el bachillerato y graduarse. Sin embargo, aquel anillo estaba ahora en el dedo de Dex y el que él tenía puesto… tenía escrito «Dex Williams» por dentro. Era un secreto, ¿verdad? Y pensarlo le hizo sentirse incómodo otra vez, así que luchó con el cinturón de seguridad para darle espacio a sus caderas y poder moverse un poco. La camioneta no había tenido cinturones hasta que el padre de Dex tuvo que ponérselos porque lo habían arrestado por conducir sin ellos por la carretera interestatal. Dex tampoco le veía el sentido a usarlos, pero bueno, él siempre había sido un temerario.

Aquel día, desde luego, fue atrevido. Había treinta millas desde Forsyth hasta la granja de David, que estaba a diez millas de la de Dex. Siempre iban a clase en autobús, y durante esos doce años se habían sentado juntos porque sus nombres eran correlativos en la lista. Pero aquel día… Aquel día había sido diferente…

Había una zona de descanso entre la granja de David y Forsyth bien provista de refrescos y patatas fritas. Contaba con la sombra de árboles, que recibían agua de un canal de riego abierto que pasaba por la parte de atrás. Cuando volvían de comprar provisiones para la madre de Dex en Forsyth, pararon allí, usaron el baño, compraron más patatas fritas e hicieron lo posible por ignorar que habían seleccionado a David para que en septiembre fuera a la Montana State, la Universidad Estatal de Montana. Dex, nunca había sido bueno con los estudios, así que en lugar de ir a la universidad se quedaría en casa ayudando a su padre a cultivar patatas y criar vacas.

No sabían qué iban a hacer ahora que no podrían estar juntos.

Así que allí estaban. David apoyado contra un árbol, bebiéndose un refresco mientras metía su mano bajo la camiseta pasándosela por su firme abdomen, como hacía normalmente, y Dex avanzando hacia él con semblante serio acercándose más de lo estrictamente necesario con la clara intención de asegurarse de que le dedicara toda su atención.

A David no le importó, porque desde que estaban en sexto de primaria, había querido tocarlo de una manera especial. Pero en Montana no se hablaba de eso, en el instituto él había empezado a salir con Sandra, y Dex con Alyssa, porque eso era lo que se tenía que hacer, ¿verdad? No te insinuabas a tu mejor amigo porque, si no, dejaría de serlo, ¿verdad?

Pero allí estaba Dex, tan cerca de él que podía oler su sudor. David estaba hechizado por sus ojos marrones y su pelo castaño claro.

—¿Me echarás de menos? —preguntó Dex en voz baja.

David intentó tragar: la garganta se le había secado.

—¡Qué remedio me queda!

Y en aquel momento silencioso sin viento bajo los robles, le mostró sus deseos. Que las manos de Dex estuvieran en sus caderas era algo habitual en ellos, el sol iluminaba el oscuro y largo pelo de Dex, haciendo brillar sus pestañas tremendamente largas y oscuras. Estaban frente a frente, por lo que David podía reparar en la nariz recta, la barbilla cuadrada y los carnosos labios de su amigo sin esfuerzo. Dex tenía una incipiente barba, un pecho ancho y unos firmes y tensos abdominales; era imposible confundirlo con Sandra. David tragó saliva y se arriesgó, dejando caer el refresco al suelo, poniéndole las manos en las caderas a Dex.

La mirada de Dex nunca flaqueó, ni siquiera cuando empujó hacia delante su pelvis haciéndola chocar con la de su amigo. David ahogó un grito. Oh, maldita sea. Era… Le hacía sentir tan bien… La erección de Dex apretada contra la suya… era dura, agresiva y…

Dex alargó la mano aferrándose al rubio pelo de David. Inclinó la cabeza de este y se acercó para besarle.

Con el contacto de aquellos suaves labios moviéndose firme y posesivamente sobre los suyos, David se derritió y explotó al mismo tiempo.

Fue como si sus huesos se ablandaran, y se volviera maleable, estaba dispuesto a hacer todo lo que Dex quisiera de la manera que quisiera. Su piel cobró vida: ansiosa, exigente, necesitada. David deslizó sus temblorosas manos por debajo de la camiseta de Dex, hambriento por sentir aquella suave piel bajo sus manos.

Debió dejar escapar un sonido, un suspiro o algo parecido, porque los dedos de Dex lo apretaron apartándolo.

—He soñando tantas veces con esto —confesó Dex. Su rostro, normalmente de expresión dulce cuando sonreía, de repente era firme, resuelto y dominante—. Hay un buen sitio entre esos árboles. —Sus oscuros ojos eran apremiantes—. Ve allí y quítate la ropa en lo que yo busco una manta de la camioneta y vuelvo.

David abrió la boca, cuando el súbito miedo a ser descubierto en los árboles completamente desnudo ensombreció su rostro.

—Oye —dijo Dex con suavidad—, soy yo. Confía en mí. Nunca te he decepcionado.

David asintió sonriendo tímidamente.

—De acuerdo, Dex. Confiaré en ti.

Así que fue hacia el pequeño claro rodeado de zarzamoras y robles junto al canal de riego y se quitó las botas, los vaqueros, la ropa interior y la camiseta. Dobló bien las prendas y las colocó formando un pequeño montón. Hacía calor y la humedad era muy alta, algo habitual en Montana, ya que era agosto, así que se sentía cómodo estando de pie y desnudo, mientras lo esperaba. La anticipación hacía vibrar su piel. Cerró los ojos un momento, se rodeó el pene con la mano y la movió lentamente de arriba abajo, lubricando su prepucio con el escaso fluido que escapaba de él. Se llevó la otra mano a los pezones y les dio un pellizco experimental, gruñendo cuando supo que allí era donde quería que lo tocaran en ese momento.

Oyó movimiento en los matorrales y abrió los ojos. Dex estaba en el claro con una manta debajo del brazo y la mirada firme y hambrienta que había visto antes, en su rostro.

—¡No pares!

David asintió y siguió moviendo su mano, apretando, lubricando y acariciando su pene, al mismo tiempo que el pequeño claro se llenaba con la respiración irregular de Dex, que extendió la manta a los pies de David y se empezó a quitar las botas y la ropa.

El pene de David estaba hinchado, más sensibilizado por su mano y por la brisa que soplaba, que por cualquier cosa que Sandra hubiera hecho nunca. Su respiración era irregular, dejó escapar un gemido y tensó los músculos del abdomen.

—Dex, voy a…

—¡Para! —ordenó Dex. David obedeció y se quedó parado temblando, mientras Dex se acercaba a él ya desnudo, y pasaba sus manos por el pecho de David—. Todavía no —susurró.

David gimoteó, y Dex se inclinó un poco mordiéndole uno de los pezones y jugando con el otro. David colocó sus manos en la cabeza de Dex, pasándolas por sus abundantes cabellos mientras intentaba que no se le doblaran las rodillas. Dios. Solo con sus pezones… ¡Iba a correrse simplemente porque le estaba chupando los pezones!

—Dex, voy a…

—¡No! —Dex se separó de él y lo miró con severidad—. He estado leyendo, Davy, y hay cosas que quiero hacerte… cosas que te gustarán, te lo juro. Pero si te corres ya, dolerá… Tienes que aguantar.

David cerró los ojos y sintió un estremecimiento de deseo. Se agarró a los hombros de Dex y dejó que aquella oleada recorriera su cuerpo. Se quedó temblando, al límite, pero contento por dejar que Dex tomara el control.

—¿Has hecho los deberes? —preguntó, y Dex le sonrió tan cerca que sentir de repente el calor de su boca no fue una sorpresa.

—Sí —susurró Dex—. Llevo muchísimo tiempo pensando en esto. —Cuando David le devolvió la sonrisa, Dex le dijo al oído—: Esa sonrisa que tienes…

—¿Sí?

—Te conozco desde que éramos pequeños. Solo sonríes así por mí.

Sus cuerpos estaban desnudos y cuando se tocaban, se sentían suaves. Dex pasó los brazos por los hombros de David, que estaba tan desesperado por conseguir que el contacto se intensificara que empezó a mover rítmicamente las caderas, rozándose contra el muslo de Dex, necesitándolo tanto que casi sollozaba.

Dex lo amaba.

—Shhh… —susurró Dex—. Toma —añadió agarrando a David otra vez por el pelo y bajándole la cabeza—. Chupa. Ten cuidado con los dientes. Hazlo con suavidad.

¡Oh, Dios, sí!

David se puso de rodillas en la pequeña manta y, antes de hacer nada, miró el miembro de Dex, lo tomó con la mano y apretó. El de Dex seguramente era como el de muchos hombres: de seis pulgadas , quizás un poco más; pero la forma y las proporciones eran perfectas. Era el típico pene que aparecía dibujado en una libreta o un cómic. Sí, David los había visto, había hecho sus propias investigaciones furtivamente, las noches en las que Sandra no había podido quedar con él. David lamió la cabeza y casi se sorprendió cuando notó que sabía a piel sudorosa.

¿No tendría que saber a algo más espectacular? ¿A caramelos, a bourbon o incluso como su propio semen, salado y amargo, que había probado en su propia mano? Dex gimió agarrándole el pelo al tiempo que emitía un poco de fluido seminal. David tembló, porque ahora el sabor sí le resultó espectacular, y quería más.

Los dedos de Dex tiraron de su cabeza hacia atrás haciendo que David se separara a regañadientes, chupando hasta que el glande escapó de su boca sonoramente. Dex inclinó la cabeza y lo miró, cubriéndole la mejilla con la otra mano.

—Quiero correrme en tu boca —musitó—. Pero eso quiere decir que no podremos hacer lo otro a no ser que lleguemos tarde a casa. ¿Te parece bien?

David gimió.

—Sí —dijo de forma mecánica—. Podemos llegar tarde. —Nadie, nunca, se sentaba tarde a la mesa con su madre—. Dios… Por favor, Dex, ¿puedo yo también? —rogó.

Dex se arrodilló y lo besó, empujándolo para que se tumbara de espaldas, mientras continuaba el húmedo asalto de boca y lengua, hasta que David empezó a mover las caderas frenéticamente contra el muslo de Dex, por lo que este se movió rápidamente. Los dos habían estado en el equipo de fútbol americano del instituto: David había jugado de receptor y Dex de quarterback, era musculoso, aunque no demasiado grande, y aterradoramente rápido. De repente, su pene se encontró colgando delante de la cara de David como un fruto, y David gimió buscando la forma de abarcarlo. Llenó su boca y casi dejó escapar un grito cuando Dex hizo lo mismo con el suyo.

Quería aullar, farfullar, suplicar; pero no podía hacer nada porque Dex empujaba con su miembro mientras acariciaba y le chupaba el suyo. David se sentía indefenso, frenético…

Apartó la cara y suplicó:

—Me corro… Oh, Dios… Dex, por favor…

—Dejaré que lo hagas —prometió Dex, jadeando contra el pene de David—, pero no pares de chupar.

David chupó con fuerza e intensidad, y Dex le apretó con la otra mano los testículos una última vez. Oh, caray. Oh, caray. ¡Oh, caray! David hizo un sonido de desesperación con la boca alrededor del pene de Dex.

Dex gimió y empezó a derramar su esencia en la garganta de David separándose lo suficiente para decir:

—¡Ahora, David!

El mundo de David explotó de placer, un placer maravilloso: de dar y recibir, de fuegos artificiales, luces brillantes y semen.

Dex se movió una y otra vez en su boca, llenándolo tanto que David apenas pudo tragárselo todo, aunque lo intentó, y David permaneció allí, convulsionándose, sujetando las caderas de Dex, hasta que este lo apartó. Se dio la vuelta con un gruñido y con una sonrisa satisfecha apoyó la cabeza en el hombro de David como si de una almohada se tratara.

David lo miró con adoración y Dex le limpió con el pulgar la mejilla de forma despreocupada. David giró la cabeza y chupó el resto de semen del dedo de Dex con una sonrisa. Dex sonrió también.

—Ha estado bien, ¿eh? —preguntó, y cuando David movió la cabeza asintiendo, aún sin aliento, Dex se puso serio y añadió pensativo—: ¿Vale la pena volver por esto?

David asintió y sonrió de nuevo. En silencio, Dex se quitó el anillo de graduación. Tenían anillos iguales porque habían sido inseparables en el instituto y, a pesar de la tradición, ninguno de los dos le había dado el anillo a su novia. Dex cogió la mano de David e intercambió los anillos, David deslizó el anillo de Dex en su propio dedo, donde encajaba como debía. No hubo entre ellos ni una palabra de «para siempre», ni sobre dejar a sus novias, ni sobre salir del armario con sus padres con una gran y aterradora escena y la palabra que empezaba por la letra «g». Era solo la sencilla promesa de que David volvería y repetirían aquello.

Al final, decidieron que de todas maneras tendrían que volver para hacerlo otra vez. Era demasiado tarde como para intentar aquella otra cosa que Dex quería hacer, así que se limpiaron en los aseos y se subieron a la camioneta.

Cuando Dex le preguntó si había estado bien, David no consideró otra cosa más que asentir.

Oh, sí. Oh, sí. Había estado más que bien, es algo con lo que había estado soñando durante años.

—Ha estado muy bien —puntualizó David en voz baja, intentando encontrar las palabras adecuadas.

Dex giró la cabeza.

—¿Qué dices? ¡Habla más fuerte!

David apartó la mirada de aquellos intensos ojos marrones y vio un ciervo cruzando la carretera.

—¡Cuidado! —gritó.

Pero era demasiado tarde.

 

 

DAVID SE despertó en el hospital al día siguiente con una conmoción por el golpe que se había dado en la cabeza contra el salpicadero, así como un brazo roto y toda una colección de moratones, puntos y cortes. Al principio se sentía desorientado, pero entonces vio a su padre y su madre sentados en una de las esquinas de la habitación hablando en susurros.

—¿Dex? —balbuceó, queriendo que lo tranquilizaran, porque lo que podía recordar había sido horroroso, había mucha sangre y no podía oír la voz de Dex en su cabeza, como la había oído desde párvulos, o incluso antes.

Sus padres se pusieron de pie y se miraron, con esa comunicación sin palabras que las personas tienen cuando han estado juntos durante muchos buenos años.

—¿David? —dijo su madre.

David cerró los ojos huyendo de lo que venía.

—Siento que llegáramos tarde para la cena, mamá —se disculpó un poco desesperadamente—. Lo siento, toda la compra debió acabar por la calzada…

—David.

David levantó los ojos y la miró. Todo su cuerpo empezó a temblar.

—No.

Entonces su padre habló con aquella voz que nunca nadie desafiaba.

—Hijo.

—No —repitió David, esta vez más fuerte.

—Hijo, él no…

—¡No! —gritó David—. ¡No, no, no, no, no, no, no…!

Y debió estar gritando mucho rato porque lo sedaron, lo que estuvo bien, porque dormir era lo mejor que le podía pasar en aquellos momentos.