Collin: Guárdate de la Conducción Temeraria

 

CUANDO COLLIN Waters tenía cinco años, iba sentado en el asiento trasero del Ford Taurus de sus padres mientras su padre conducía y cantaba en voz alta Losing My Religion de REM. Estaba jugando con sus camiones, cosa que disfrutaba mucho, incluso a pesar de que hubiese preferido desmontarlos y volverlos a montar en lugar de jugar a las autopistas. Papá le había pedido, con mucha educación, que no desmontara cosas en la parte de atrás del coche. Puesto que papá era un hombre grande con voz profunda que se esforzaba mucho por no gritar, incluso cuando Collin tiraba los cereales por el suelo, olvidaba hacer sus deberes, dejaba escapar completamente por accidente a la rata de su hermana, usaba el DVD favorito de su madre como plataforma de lanzamiento de sus cohetes o vestía al gato con su disfraz de ingeniero para tener a alguien con quien jugar, bueno, Collin intentaba hacer lo que decía.

Adoraba a su padre.

En ese momento el murmullo desafinado de Losing My Religion era reconfortante. Si papá estaba cantando es que estaba de buen humor, y puesto que era el día en que tocaba llevar un tentempié a la escuela y Collin estaba muy seguro de que las galletas que llevaba en la mochila iban a ser un éxito, podía respetar ese buen humor. Papá cantaría y después Collin iría la escuela y las fantásticas galletas con pepitas de chocolate de su madre harían que fuese un día genial.

Entonces su padre habló con voz insegura y desigual, dejando de cantar.

—Oh... Oh, Dios...

El coche viró una vez, y volvió a hacerlo casi al instante. Collin fue lanzado contra la puerta y empezó a llorar.

—¿Papi? ¿Papi? ¡Papi!

Pero su padre estaba desplomado sobre el volante, con los fornidos hombros inclinados hacia un lado y los ojos cerrados, y el coche estaba dando sacudidas, saltando por encima del bordillo que separaba los carriles, subiéndose a la acerca y ¡pum!, chocó contra un poste. A Collin le dolía la cabeza tras chocar contra el asiento, y le dolía el hombro por el cinturón de seguridad. Su papi no le respondía, su mochila estaba tirada en el suelo, todas sus galletas estarían aplastadas y...

Para cuando llegaron los paramédicos, él estaba de pie dentro del coche, sin demasiado equilibrio.

—¡Papi! ¡Papi, despierta! ¡Papi! ¡Papi, despierta! —gritaba con una regularidad irritante.

Pero tal y como averiguaría más tarde, cuando fuera mayor, Grayson Waters acababa de sufrir un fallo coronario masivo y jamás volvería a despertarse.

La madre de Collin lo hizo bien. Fue difícil; Collin y sus cuatro hermanas mayores jamás dudaron, ni siquiera una vez, de que Natalie Waters había encontrado al amor de su  vida en su marido, un mecánico grande y sincero, con su cabello rubio cortado a cepillo y con entradas, sus dedos callosos y una voz desafinada con la que podía cantar canciones infantiles con una entonación sorprendentemente cómica. Pero Natalie había abierto su propio negocio y todo el mundo echó una mano: servían mesas, manejaban la parrilla o ayudaban a limpiar. Siempre tuvieron suficiente para comer, un hogar (el mismo hogar, la casa demasiado pequeña para siete personas en Levee Oaks) y siempre supieron que les querían.

Pero algo en Collin parecía habérsele escapado por las orejas cuando el coche perdió el control y cruzó a saltos la carretera, se comió la curva y se estampó contra el poste telefónico. Definitivamente alguna pieza vital de la maquinaria humana que mantenía los impulsos peligrosos a raya y causaba un fuerte instinto de supervivencia se había perdido. Era como si Collin, incluso con cinco años, hubiese visto morir a su padre y hubiese decidido que, qué demonios, si cosas como esa iban a pasar de repente bien podría animarlas e incluso darles la bienvenida.

O esa fue la explicación de su madre durante los siguientes trece años.

Fue lo que dijo el día en que llegó a casa a tiempo de ver a Collin, de seis años y medio, saltar desde el tejado de la casa hasta el tejado del garaje del vecino porque, según dijo él, había visto a un superhéroe hacerlo en una película. Eso le hizo ganarse un viaje al hospital, una escayola y unas muletas, además de la prohibición de ver películas de superhéroes durante los siguientes tres años. Sus hermanas mayores jamás le perdonaron ese detalle.

Aun así, eso no solucionó el problema.

Tampoco lo hizo el estrellar su bicicleta al usar la puerta del garaje como rampa (obteniendo trece puntos y una noche de ingreso hospitalario por sospecha de daños internos) cuando tenía diez años.

Ni el volver a estrellarla contra el garaje del vecino porque, según sus palabras: «Habíamos salido a por helado y Joanna no iba a comprarme uno».

Ni las varias “casi expulsiones” por pelear en la escuela y en el instituto.

Ni que alguien pintara en su coche con aerosol, ese coche comprado con la paga que ganaba por servir mesas en el restaurante de su madre, las palabras «jodido maricón peleón» en su tercer y penúltimo año en el instituto, después de salir del armario al ponerse una camiseta de portero con el arco iris en el campo de fútbol. Su entrenador estuvo especialmente cabreado; era el mejor portero que el equipo había tenido nunca, y ni un alud de homofobia en la historia de la ciudad le haría echar a Collin del equipo.

No. Collin no era la clase de persona que permitía que la experiencia se entrometiera en una buena idea o en una aventura aterradora. Su madre le decía a menudo, en ocasiones con los ojos bañados en lágrimas y con toda la fuerza de sus pulmones, que terminaría enterrándolo antes de que cumpliese los veinticinco, a lo que él respondía con aire despreocupado y sin parecer lamentarlo en absoluto: «Sabes que te quiero. Despídeme a lo grande».

Pero no actuó con tanta indiferencia cuando su madre y sus hermanas llegaron temprano del cine y le encontraron hundido hasta los testículos en el culo de Tommy Kennedy, con este inclinado sobre la secadora, en el garaje. De hecho, estuvo bastante mortificado... mientras que Tommy se puso directamente histérico, y no de risa precisamente.

Pero Tommy era el mejor follamigo en el Instituto Levee Oaks, y después de que Crick Francis saliera del armario y se graduase dos años antes, Collin tenía solo algunas personas estables entre las que escoger. Oyó como se abría la puerta del garaje, vio el resplandor de los faros y siguió moviendo las caderas mientras decía «¡Cierra la boca, Tommy, y córrete de una puta vez!». Siendo el caballero que era, dio justo en la próstata de Tommy y llevó la mano entre sus piernas. Tommy graznó y se corrió en su mano, y Collin gruñó y terminó dentro de él.

El motor del coche se apagó y Collin abrazó a Tommy contra su pecho por un momento.

—Ve corriendo dentro, límpiate y sal por la puerta de delante
—murmuró—. Va a estar cabreada conmigo, pero no irá a por ti.

Tommy salió corriendo, cosa que fue mucho mejor en vivo y en directo que en el millón y medio de veces en que se contaría la historia durante los meses siguientes, y Collin se giró y afrontó a su madre.

Las chicas habían chillado con aversión y habían ido corriendo al interior, sin encontrarse a Tommy por cuestión de segundos, y dejando a Natalie negando con la cabeza con dolorida resignación.

—Ay, Señor... —suspiró Natalie, y le dio una patada al neumático del coche.

Collin, sintiéndose por una vez un poco cohibido, cogió una toalla de la cesta de la colada y se envolvió con ella la cintura.

—Ay, Señor, Collin —repitió Natalie—. Dime que al menos has usado condón.

Collin parpadeó.

—¿Condón?

—¡Maldita sea, te han dado clases de educación sexual! Ya sabes, ¿condón? ¿Sífilis, clamidia, VIH?

Había recibido clases de educación sexual, era verdad. Se había dormido mientras las daban, había copiado en los exámenes y se había burlado de la cultura del miedo y del «Simplemente di no» que enseñaban las escuelas públicas americanas. Pero en ellas no le había atrapado su madre, desnudo, probando el culo del follamigo del vecindario. Quizás fue porque estaba delante de su madre, o quizás fue porque solo faltaba medio mes para su decimoctavo cumpleaños y la madurez se estaba infiltrando en su cerebro como una hormiga en una oreja, pero por alguna razón una pieza perdida de la maquinaria humana de Collin volvió a ajustarse en los engranajes de su mente.

En ese momento sintió miedo.