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Tomar la iniciativa by Johnny Díaz Spanish Translation

Description:

EL POPULAR profesor universitario Gabriel Galán tiene un trabajo en Boston que adora, un amante joven y candente y un amigo que va por igual a los bares y a las noches de Star Trek. Pero Gabriel quiere más.

Cuando su tozudo e independiente padre necesita ayuda para manejar su Parkinson, Gabriel carga con más de lo que esperaba, y su vida, que hasta ahora iba como la seda, está a punto de cambiar radicalmente cuando acaba colado por Adam, el instructor de danza terapéutica de su padre.

Gabriel siempre ha anhelado tener un copiloto en su travesía por la vida, pero primero necesita tomar la iniciativa y navegar por las aguas revueltas de su propio corazón.

ISBN-13978-1-61372-951-9
Pages238
Cover ArtistCatt Ford
TranslatorOlga
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Tomar la iniciativa by Johnny Díaz Spanish Translation
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Capítulo 1


 


 


«ME ESTOY haciendo muy viejo para esto. ¿Qué estoy haciendo aquí? Debería haber superado ya mi etapa de clubes en la veintena. ¿Existe algún grupo de apoyo para los maduritos que no pueden dejar de meterse en bares?». Esos pensamientos invaden mi mente mientras me muevo a la izquierda y empujo la pelvis a la derecha, persuadiendo mi cuerpo para que siga el ritmo. Muevo las manos en el aire y las giro en círculos. Las luces brillan como un relámpago en un espacio cerrado e iluminan brevemente las caras de todos. El bajo retumbante de la última canción hip-hop hace que todos (tíos alrededor de la veintena, más que nada) se empujen y se restrieguen en la pista de baile. Yo incluido, aunque yo soy miembro de la población VH1 , no de la generación YouTube.


Mis vaqueros azules se bajan de la cintura, y mi camiseta de Star Trek con una imagen de la Nave flotante Enterprise está empapada de sudor. Me quito la gorra negra de béisbol un momento, paso los dedos por mi pelo corto y castaño, y lo aplasto con la gorra. Me hace parecer un poco más joven y vivaz, o al menos eso me dice mi amigo Nick. Él está aquí, en algún lado, bailando a tope y pretendiendo que mañana por la mañana no tiene que enseñar gramática en su clase de segundo de secundaria en Somerville.


—¡Baila! —le grito a otro bailarín, un esculpido brasileño con la cabeza afeitada, cuerpo bronceado y unos penetrantes ojos avellana que parecen dos tacitas de miel alumbradas por un sol invisible.


—¡Sí, muévelo, justo así! —me anima el brasileño. Yo sonrío y lo abandono para continuar orbitando por la pista y encontrar a otro compañero de baile. Por el camino, les levanto la barbilla a los otros juerguistas. Me meneo con una chica de veintialguno que me acerca el trasero y después me lo restriega mientras se inclina hacia adelante. Travieso, le doy una palmada en el culo y me río tontamente. Vago hasta el otro lado del club, donde me uno a un tren de tres chicos asiáticos y una chica. Como si fuera un cien pies, nos movemos de adelante hacia atrás agitando las manos arriba y abajo.


—¡Muévete hacia adelante, y ahora hacia atrás! ¡Uf! —grito por encima de la música, dirigiendo a los bailarines mientras todos me chocan los cinco y agitan el trasero junto a mí. Sigo rodeando la pista de baile y pasando de una canción a otra. Las últimas melodías de la princesa del pop y de los reyes del hip-hop se dejan oír con sus ritmos adictivos y sus frases pegadizas. El club al completo es una explosión de música y movimiento, una fiesta coreográfica en Boston, y me alegro de ser uno de sus asiduos.


Mientras me dejo absorber por la frenética música, un chaval con la cara ligeramente aniñada viene meneándose hasta mí y enseña una gran sonrisa. Gira y se mueve como un muñeco de cuerda latino. Su pelo corto, negro y engominado, refleja las brillantes luces estroboscópicas. Aligero mi paso para igualar el suyo. ¿Es lo bastante mayor para estar aquí? No hay ni una arruga a la vista. Apenas tiene pelusilla facial. Con cada paso que igualo, el tío lo pone un poco más difícil. Hago lo mejor que puedo para mantener el ritmo. Por ahora todo bien. Sin señales de un ataque cardíaco. El dibujo de la bandera de Puerto Rico en su camiseta negra se emborrona a cada movimiento que hace.


—¿Cómo te llamas? —le grito por encima de la música del club.


—¡Pedro! Estás bueno... para ser un tío mayor —dice.


¡Jadeo! Pongo mala cara y abro los ojos como platos sin creer lo que oyen mis oídos. ¿Tío mayor? Ya que está puede pasarme un bastón o un andador con el que bailar.


—Eh, gracias, creo. Soy Gabriel, y mi enfermera está fuera esperándome con mi tanque de oxígeno portátil —le saludo. Me sonríe de oreja a oreja por la broma. Mientras estrechamos las manos, se me acerca más. Nuestras caras están asídecerca. Huelo el chicle de menta que está mascando. Fácilmente puede ser uno de mis alumnos, un estudiante de primer año de la universidad, y decido perdonarlo por su inmadurez—. ¿Eres puertorriqueño? —pregunto, mis manos se mueven de arriba a abajo mientras mis caderas se agitan de lado a lado como un estudiante de Zumba .


—Sí. ¡Viva la patria! —dice con un entusiasmo exagerado, levantando las manos con orgullo.


—Pues bien, yo soy cubano-americano, así que puedo mantener tu ritmo. Baila lo más rápido que puedas —lo incito—. De hecho, mi enfermera tiene dos tanques de oxígeno en espera, en caso de que necesites uno.


—¿Ah, sí? —dice él, considerando el desafío—. Ya lo veremos.


Vale, gran error por mi parte. Mi bocaza y mi ego sensible a veces pueden meterme en problemas. En cuestión de segundos, libera una energía inagotable. Salta en el sitio, sus manos vuelan en todas direcciones como si alguien activara su botón interno de avance rápido. Yo me quedo ahí y me pregunto: «¿En qué diablos me he metido?» Otra vez, hago mi mejor esfuerzo por estar a la altura de mi propio desafío. Ahora mismo me siento como si estuviera viendo una película sobre la vida de otra persona. Otra vez, mi mente se pregunta: «Una vez más, ¿qué estoy haciendo aquí?»


Cuanto más rápido mantengo el ritmo, más rápido se mueve Pedro, el frijol saltarín. Sonríe y se carcajea mientras mantengo su paso –bueno, apenas puedo con mis movimientos de los noventa, pero las luces me ayudan a parecer guay–. Unos minutos después, siento mi corazón como si fuera a salírseme del pecho y saltar en la pista cual pez de colores fuera del agua. Me imagino persiguiendo a mi corazón saltarín por el club. Necesito un descanso antes de que se me rompa alguna parte del cuerpo.


—Vale, tú ganas. Tengo que recuperar el aliento —digo trabajosamente mientras me coloco una mano sobre el corazón para asegurarme de que sigue ahí.


—Sin problemas. ¡Vuelve cuando recuperes la fuerza, viejales! —dice con una sonrisita pícara. Yo entrecierro los ojos y pretendo que están disparando rayos láser que lo destripan. Imagino también que la nave estelar de mi camiseta está disparando los torpedos de fotones de apoyo. Ofendido, me muevo a través de la abarrotada pista y me limpio el sudor de la frente. La palabra “viejales” se repite y me quema la mente. Pequeño bastardo. No soy viejo. ¿O sí? De hecho, creo que no me vendría mal usar una máscara de oxígeno justo ahora mismo.


Decido tranquilizarme (y recuperar el aliento) escabulléndome al bar, donde pido un Red Bull con vodka, el tercero en lo que va de noche. El tónico me imbuye del coraje líquido para seguir bailando, aunque tengo una clase que enseñar en pocas horas. La Universidad Thomas Jefferson está, literalmente, a la vuelta de la esquina y a cinco escaleras del Estate, este club-bar-discoteca.


Por cierto, mi nombre no es “viejales”. Es Gabriel Galán, aunque mis padres me llaman Gabrielito. Algunas personas de Boston reconocen mi cara por un gran artículo que apareció en el periódico Boston Daily. El artículo se centraba en la falta de profesores de universidad latinos en Boston. Ahí estaba yo, con mi cara sonriente en la primera página del periódico frente a mi clase de Siguiendo las Noticias. Mis alumnos todavía se burlan de mí por el artículo. Uno de ellos, Angie, hasta me pidió un autógrafo para enseñárselo a su madre en Texas. Me estaba haciendo la pelota para que pasara por alto que entregó un trabajo tarde. ¡Ni de coña!


Antes de llegar a esta capital académica, trabaje brevemente como reportero de un periódico en Fort Lauderdale, mi ciudad natal. Cubrí noticias gubernamentales sumamente locales en las ciudades de Pembroke Pines y Weston, donde la mayoría de jugadores de los Miami Dolphins son dueños de casas majestuosas con cercados altos e intimidantes que poseen fuentes decorativas y burbujeantes. Aunque coseché varias primeras páginas a la semana, sentí que le faltaba algo a mi vida profesional. Quería informar y educar a la gente a través de mis artículos sobre el gobierno y sobre problemas del día a día de los vecindarios, tales como la falta de fondos en las escuelas locales o el incremento de impuestos sobre la propiedad. Pero con los años, cuando mi viejo periódico redujo su personal y empequeñeció su volumen de páginas en un intento de reinventarse en internet, me di cuenta de que podría tener más impacto como profesor. Así que a la edad de veintiocho años, volví a la Universidad Internacional de Florida (FIU), mi alma mater, y luché por mi máster en educación centrado en la escritura creativa.


Me contrataron de profesor adjunto para escritura y periodismo a través de mis cursos de ingreso al profesorado. Desde el principio me gustó la mezcla, ya que soy capaz de discutir eventos de actualidad además de enseñar a una nueva generación de periodistas a cómo cubrir noticias y escribir relatos cortos. El combo me permite casarme con mis dos pasiones. Amo escribir sobre cultura, estilo, tendencias e historias de gran interés, pero también me encanta ponerme a escribir relatos cortos sobre familia y amigos. Solo dos de mis relatos se han publicado en antologías, pero no pasa nada. Escribo para mí, no para el gran público.


Con dos años cumplidos desde el comienzo de mi próspera carrera como profesor, conocí a una reclutadora de la Universidad Thomas Jefferson de Boston en una feria académica celebrada en Fort Lauderdale. Planeó un vuelo para mi entrevista y así fue como aterricé literalmente en Boston. Así que sí, estoy muy lejos de la radiante y soleada vida tropical del Bulevar Las Olas y de las playas A1A, y tampoco lo echo mucho de menos. Siempre anhelé conversaciones estimulantes con otros académicos, y Boston ofrecía mucho de eso. Además, ser el único profesor asociado de origen hispano en la Universidad Thomas Jefferson, a la que todo el mundo llama simplemente Jefferson, me ha otorgado algo de seguridad en mi puesto de trabajo. Mi presencia contribuye a su cuota de diversidad, pero también mejora mi currículum. Cuando me ofrecieron el trabajo, no pude negarme. Era una gran oportunidad para cortar mi cordón umbilical de Cubano-Sur de Florida y adoptar una nueva forma de vida. También fui capaz de acomodarme de una casa de mis padres a otra –algo a la que me he acostumbrado desde que se divorciaron en mi último año de secundaria.


Mi padre, Guillermo Galán, es un exterminador muy trabajador a pesar de padecer Parkinson, que ha conseguido mantener a raya durante estos años. El asalto de la enfermedad en su cuerpo ha sido lento pero persistente, según puedo notar. Mi madre, Gladys, también está sana y fuerte, gracias a los productos Shaklee que vende y por los que tiene una fe ciega. Cada vez que me llama, me recuerda tomar mis vitaminas diarias, que ella me envía a Boston en grandes paquetes. Adoro a mis padres, aunque a veces siento como si fuera un tira y afloja eterno en sus vidas. Esa es una de las razones por las que decidí irme y apañármelas solo en Nueva Inglaterra. Quería mi propio hogar. Me cansé de estar atrapado entre dos de ellos.


A pesar de que trabajar en la metrópolis cosmopolita de estudiantes universitarios, profesores e instituciones médicas de Boston ha sido una bella bendición –un regalo– también me ha alejado de mi familia, pero para eso existe el programa del viajero frecuente. Y hay algo que disfruto tanto en Boston como leer y escribir: bailar, una de las razones por las que vengo cada semana a este club. Por mucho que ame bailar, mi padre nunca se interesó por el arte. No era lo más masculino, diría a menudo. Esa era una de nuestras grandes diferencias, y tenemos muchas, aunque soy un clon genético suyo pero con cuarenta años menos. Tengo el pelo castaño oscuro y corto peinado a un lado, las gruesas cejas negras, una gran sonrisa, e incluso un apetito aún más grande por los cafés helados con caramelo del Dunkin' Donuts. (Café negro y una espiral de caramelo, por favor). Con setenta y cinco años, Papi es más delgado que yo, aunque algunos (como mi madre, por ejemplo) dirían que soy ligero como una hoja de cocotero esperando a que una tormenta de Boston me derribe. La falta de platos caseros y de buena comida cubana en Beantown haría que cualquier nativo del sur de Florida perdiera algunos kilos. Es más, a veces me olvido de comer porque pierdo la noción del tiempo cuando puntúo los trabajos de mis alumnos. Quemo las calorías y el estrés con mis carreras diarias por la playa en Quincy, la ciudad costera de los presidentes americanos en la que vivo y que bordea Boston.


Mi padre y yo diferimos en otras cosas. Yo soy más abierto y liberal. Me presenté en el Boston Common para luchar por el matrimonio gay local y por la igualdad. Papi es un conservador acérrimo atrapado en las viejas costumbres de su Cuba natal, que está atrapada en el tiempo y en el espacio. Otra diferencia entre los dos: yo nunca engañaría a mi compañero si consiguiera uno, que es un tema completamente distinto. Papi engañó a mi madre cuando yo estaba en secundaria. Eso desembocó en divorcio y en el estado actual de mi familia rota. La traición de papi todavía me afecta emocionalmente, pero es mi único padre. No puedo estar enfadado con él para siempre, sobre todo teniendo Parkinson. A veces, tienes que ignorar los defectos de tus seres queridos y amarlos incondicionalmente.


Y también variamos en nuestras opiniones sobre la danza. Papi no tiene interés alguno en la expresión artística, mientras que yo siempre lo he visto como una forma de escapismo recreativo. Siempre sentí el bailar como natural y liberador, una extensión de mi creatividad. Mi cuerpo transformaba los golpes y ritmos en movimientos y pasos coordinados. Cobraba vida cada vez que iba a bailes de secundaria en Fort Lauderdale a mis tiernos dieciséis años, y también cuando fui a la fiesta de quinceañera de mi prima en Miami Lakes. Más tarde, en la universidad, bailaba salvajemente en los clubes de South Beach, que se volvieron otro hogar fuera del hogar; hacía girar mi camiseta sudada en el aire mientras me divertía entre un mar de otros juerguistas jóvenes, morenos y esculpidos.


Mi padre, por otro lado, haría lo que fuera para evitar la pista de baile tradicional. Si mi madre empezaba a girar y a moverse por la cocina al son de Celia Cruz o Shakira mientras preparaba nuestros almuerzos o cenas tempranas –cuando aún éramos una familia–, papi desaparecía poniendo la excusa de ir a hacer algún recado para evitar que mi madre lo arrastrara a la pista improvisada en la cocina. Yo siempre era su compañero de baile en reuniones familiares y recepciones nupciales mientras mi padre se quedaba pegado a la silla, observándonos con una botella de Corona fría apretada entre las manos. No importaba el empeño que pusiéramos mi madre y yo en levantar a mi padre de su silla, no tenía intención de salir a la pista. Era el modelo de padre que puede hacerlo todo, pero no pensaba que bailar fuera masculino, aunque a su esposa le gustara tanto como hacer su tarta favorita para nosotros. Echo de menos esos ratos en los que éramos un trío, la familia Galán.


Mientras espero a mi bebida en el bar, mis pensamientos se interrumpen de sopetón cuando un dedo me toca la parte trasera del lóbulo de la oreja derecha. Esto me molesta igual que lo haría un mosquito, que invade tu espacio personal y quieres apartarlo de un manotazo.


Me doy la vuelta y veo que el molesto dedo pertenece a un amigo con una enorme y sucia sonrisa de oreja a oreja.


—¡Sabes que odio cuando haces eso, Nickers ! —digo, llamando a Nick por su mote.


—Oh, por favor, GG. Si lo hubiera hecho cualquier otro tío bueno, estarías riéndote, flirteando y actuando como una niñita... ¡No! Eres el profesor travieso de Boston.


—¡Ojalá! Soy más bien el profesor chiflado —bromeo.


—¡O un fulto! —musita. Ya estamos con nuestro juego de llamarnos cosas.


—¿Fulto? ¿Eso qué es? —Me froto la barbilla con un dedo, curioso, como si tratara de descifrar alguna pista de una de las novelas de Dan Brown.


—Fulano y puto. Fulto. ¿Lo pillas? —dice Nick, orgulloso.


—¿Lo has aprendido de alguno de tus alumnos de secundaria?


—No, me lo inventé. Pensé que apreciarías el juego de palabras.


—La verdad es que no, pero sí que aprecio tu esfuerzo, Nickers. Te pondré un notable alto por eso —dije, dándole una palmadita en el hombro.


—¿Qué voy a hacer contigo, GG? —dice Nick poniendo los ojos en blanco.


—Más bien deberías preguntar qué harías en Boston sin mí.


Algunos datos sobre Nick. Ha sido mi colega desde que me mudé aquí. Personifica a los espléndidos hombres irlando-portugueses de Rhode Island. Vale, es uno de los pocos, pero orgullosos, que están de buen ver por allí. También viene incorporado con un acento denso y machote de Providence que encuentro intrigante, y sí, algo sexy. Congeniamos y nos hicimos amigos la primera noche que nos conocimos aquí en el club mientras esperábamos de pie en una larga cola de hombres, mujeres y Drag Queens que querían mear. Me choqué accidentalmente con Nick y me disculpé. Él notó mi camiseta de la FIU y sacó conversación. Había salido, de acuerdo, más bien se había liado, con un estudiante universitario de mi alma mater durante un viaje a Fort Lauderdale en las vacaciones de primavera. De inmediato, Nick y yo empezamos a comparar mi ciudad natal con Boston, Providence y con los hombres que cada ciudad parecía atraer.


Me enteré inmediatamente de que Nick se había especializado en educación en Boston y trabaja como profesor de secundaria. Todavía se queja de que sus alumnos son un grano en el culo, aunque sé que los echa de menos todos los veranos. Hemos sido colegas desde esa noche. Nick incluso me consiente y ve conmigo viejos episodios de la serie original de Star Trek, mi favorita (y eso es el distintivo de un verdadero amigo). Sé que Nick no es el mejor fan de la serie de ciencia ficción, pero sabe que yo sí lo soy, y por eso se atreve a ir a donde ningún amigo mío de Fort Lauderdale quiso: a una noche de reemisiones en mi piso, y al menos dos veces al mes. A Nick no le importa mientras que a cambio le sirva su bebida favorita y que me aventure a cazar hombres en bares con él, o a cazar chavales, más bien. Él cree en las seducciones sin sentimientos de por medio, y normalmente tiene un pene en el cerebro. Supongo que se puede decir que soy el Spock cubano, el más lógico y sensible, en contraste del Kirk gay de Nick, que siempre está merodeando y buscando nuevas aventuras en la cama. Él coloca su phaser en “echar un polvo”.


Debo admitir que disfruto observando cómo Nick persigue a tíos diez años más joven que él. Tiene treinta y dos, pero su complexión delgada, fuerte y musculosa (tamaño niñato) y algo de maquillaje lo ayudan a pasar por veinticinco, y lo sabe. Esta noche viste una camiseta verde oscuro que dice: “¡Lígatelo!”


—¿Vas a invitarme a un trago, señor profesor? Sabes que los profesores de escuelas públicas no ganamos una mierda —dice Nick, mirando con esos preciosos orbes verdes suyos como si fuera un vampiro seductor, para así poder persuadirme de pagarle un trago. Suele funcionar. No puedo resistirme a unos ojos verdes, sobre todo si pertenecen a buenos amigos.


—Sí, sí, sí, pero solo si dejas el acto del profesor pobre. Enseñas desde hace diez años. Deberías tener algo de dinero ahorrado. No te lo gastes en alcohol.


—No podría estar más de acuerdo. Por eso te estoy pidiendo que me la compres —dice, dándome un puñetazo en el brazo. Rápidamente me hace una llave de cabeza, me quita la gorra y empieza a frotarme el pelo con los nudillos. Hace algo de cosquillas. Dejo escapar una carcajada profunda. Una vez que Nick me suelta, me enderezo la camiseta de Star Trek y le hago una señal al barman para que apunte la cerveza de Nick en mi cuenta. Nick me lo agradece dándome un cachete en el culo, lo que me hace saltar.


—Oye, deja eso. Van a pensar que estamos juntos o algo, aunque creo que ya lo hacen.


—No te ofendas, Gabriel, pero no eres mi tipo. Me gustan los niñatos... ¡Viejales!


Jadeo y finjo ofenderme. Esta es la segunda vez durante la noche que alguien me ha llamado... Ni siquiera puedo decirlo.


—Ah, ¿quieres ir por ahí, eh? Yo no soy el que se tiñe el pelo con Miss Clairol número 130 negro medianoche todos los meses para esconder las canas.


—Shh, Gabriel. No lo digas tan alto. Puede que alguien te oiga —susurra Nick mientras mira a nuestro alrededor.


—¡Y hablando de niñatos, señor “Atrapa a un Depredador” ! Ten cuidado con esas cámaras ocultas de la NBC cuando te enrolles con uno de esos jovencitos. Cada vez que pongo Dateline pienso en que voy a verte ahí con los pantalones bajados y tratando de salir de una situación “pegajosa” —lo provoco.


—Puedes estar seguro. Me apunto mientras sean monos y adorables. Me gusta estar soltero. Así evitas dramas —bromea—. Yo no soy como tú, Gabriel, un oso amoroso cubano y sensible. Algún día, cuando menos lo esperes, encontrarás a ese tío especial. Pero hasta entonces diviértete, ten un lío o dos. Sé feliz, ¡echa un polvo! Recuerda, el que deja las cosas para después, masturbarse tiene que.


De acuerdo, Nick no siempre es la persona más apropiada, socialmente hablando, pero en su clase es el profesional consumado que lleva camisa, corbata, pantalones, un buen par de zapatos de vestir y unas gafas de armazón negro tipo Clark Kent. Lo visité en su escuela para almorzar en una ocasión y noté que tenía el grupo de alumnos mejor disciplinados del mundo. Las chicas –y al menos dos chicos– parecían estar colados por él. Quedé impresionado.


Cada vez que necesito alguien con quién hablar de mis padres o de problemas sobre citas (o sobre la falta de ellas) en Boston, Nick está ahí para escucharme. Así que puedo disculpar su, en ocasiones, extraña conducta y que sea malhablado. (¿He mencionado su fetiche con la ropa interior? Lo explicaré más tarde). Conseguir buenos amigos en esta ciudad de pandillas impenetrables en donde los gays actúan como si los rodearan campos de fuerza invisibles que solo se desactivan para unos pocos selectos, es difícil. Boston puede ser una fiesta del té en sí misma: solo se admite la entrada con invitación especial.


Una vez que el barman del pecho peludo me entrega mi bebida de valor excesivo (10 dólares) y la de Nick (una cerveza de 7 dólares), le entrego un billete de veinte y le dejo el cambio como propina. Si el bar cobra el doble por las bebidas, yo doy menos propina. Lo que es justo, es justo. Además, tienes que pagar diez dólares solo por entrar en este sitio.


—Gracias, Profesor Galán —dice Nick, bebiendo de su cerveza—. Eres mi... ¡héroe! —finge admiración y se pone la mano en su suave pecho.


—Sí, sí, sí, lo que tú digas. Me hace gracia ser tu héroe cada vez que quieres algo de beber. Sé cómo va, Nickers. —Pero Nick no está prestando ninguna atención a lo que digo.


Tiene los ojos fijos en el semental brasileño con el que bailé antes. Debería simplemente dejar que fuera a por él, porque yo no estoy a la altura del aspecto irlandés y aniñado de Nick. Una vez que el sujeto lo vea, querrá irse a casa con él en lugar de conmigo. No puedo competir con el fuerte cuerpo de Nick o con sus ojos verdes. Aunque sí que tengo algunas buenas cualidades a mi favor. Mi mejor rasgo es la honestidad, después mi currículum, seguido de mi sentido del humor fácil y de una cabeza llena de pelo castaño corto y espeso. Algún día, un hombre pensará que esas cualidades son atractivas, quien quiera que sea. «Cupido, si estás ahí, yo estoy aquí esperando a que me dispares una de tus flechas. ¡Mándame un mensaje a Facebook!»


Entonces Nick se vuelve hacia mí.


—¡Que Dios bendiga a Brasil! Mira el culo de ese tío. Voy a darme una vuelta.


—Sí, ¡una vuelta afrutada ! Te veo después, Nick.


Y con eso, vuelve a su puesto en la pista y se presenta al chico. Yo sonrío y lo saludo con mi vaso desde lejos. No les toma mucho tiempo empezar a besarse. Nick ya ha encontrado a su –bueno, ya sabes que– de esta noche.


Estoy de pie a lo largo del límite acanalado del bar y observo a este circo de juerguistas en Boston. Una vez más, ¿qué hago aquí? Es algo que me pregunto cada semana, y las respuestas no llegan tan fácilmente. Y además, ¿qué hace aquí toda esta gente? Ah, sí, se debe a que son jóvenes y esto es lo que haces cuando vas a la universidad y estás en los veinte. Un rito de iniciación. Uno que yo he vivido repetidamente desde que me mudé a la capital universitaria del mundo, donde la mediana edad son los treinta, de acuerdo a un artículo reciente que leí en el Boston Daily. Esta es una ciudad en la que cuanto más frío hace, más gente colma los bares y clubes. Cada semana, manifiesto que no voy a salir tanto, y cada semana Nick me llama y termino bailando y bebiendo como solía hacer cuando era un estudiante universitario.


Esta noche, estoy rodeado de muchísimos chicos jóvenes, la mayoría son importados de la universidad, alumnos que estudian aquí durante dos o cuatro años y entonces vuelven como un bumerán a donde quiera que salieran. Boston es conocida por su eterna fuga de cerebros, pero cada año llega una nueva tanda de recién llegados, y eso me incluyó a mí hace tres años. Como profesor, los conozco de primera mano en clase, lo que puede crear algunas complicaciones en mi vida profesional. Es difícil tener citas cuando veo a algunos de mis alumnos ir de un lado para el otro y observarme en los pasillos de Jefferson. Cualquiera de estos chicos podría ser un futuro alumno mío, así que ando con cautela.


—¡Profesor Galán! ¿Es usted? —señala una voz hacia mi derecha mientras le doy un sorbo a mi bebida. Me vuelvo y encuentro a Craig, un antiguo alumno. Un aspirante a periodista televisivo que fue a mi clase de Siguiendo las Noticias el año pasado. Suele vestir una chaqueta americana y una corbata como si fuera a comenzar la retransmisión sin previo aviso. Es un asiduo en Jefferson Today, el noticiario mañanero de la escuela. Esta noche viste una camiseta estrecha de color azul que se moldea a su delgada figura. La camisa complementa a sus ojos marrón claro y a su crespo pelo castaño con corte militar, que parece la pelusa suave de un melocotón. «¡Qué lindo!»


—¡Hombre, Craig! ¿Cómo estás? —digo, levantando mi bebida. Se me acerca y me abraza con fuerza, lo que casi hace que se me caiga el vaso de la mano. Derramo algo en la moqueta del club. Le doy unas torpes palmaditas en la espalda e inhalo su colonia almizclada y con esencia de vainilla. Todavía no sé cómo actuar apropiadamente a la hora de tocar a alumnos actuales y antiguos en el campus y fuera de él, sean gay, heterosexuales, monos o super monos. En el último día de clases, algunos alumnos, incluso los heteros, me abrazan, algo que encuentro muy conmovedor. Dicen: «¡Lo amo, Profesor Galán! ¡Es lo máximo, tío!» No puedo recordar haber abrazado nunca a uno de mis profesores de Miami, así que siempre estoy gratamente sorprendido cuando un alumno quiere despedirse de mí con un abrazo de oso al acabar el semestre. A mis alumnas femeninas les gusta abrazarme la cintura, ya que las supero en altura. Pero cada vez que veo a Craig, que se vuelve más adorable cada año, quiero apretarlo con fuerza como si fuera un muñeco de felpa. Pero, una vez más, sería inapropiado aún siendo un alumno de último año. Puede no ser mi alumno, pero sigue siendo estudiante de la universidad. Esa es una de las zonas grises, es un límite oscuro y una distancia que mantengo.


—Añoro su clase. Era el mejor, y todavía es mi profesor favorito. Uso sus consejos de escritura en mis otras clases y para escribir mis guiones para el show de la mañana. —Sonríe y baja la mirada. En clase, era el primero en levantar la mano y comentar sobre los trabajos de otros alumnos. Su entusiasmo ayudó a sacar a otros alumnos de sus cascarones. Esta noche, Craig está más animado y sentimental. ¿Puede ser el alcohol? Tiene una Bud Light en la mano. Cada cierto tiempo, deja los labios en la boquilla de la botella unos segundos más de lo necesario mientras habla conmigo. Yo aparto la mirada cuando lo hace porque mis mejillas se calientan de repente.


—Gracias, Craig. Me alegro de que sacaras algo de esa clase. Creo que las 8 de la mañana era demasiado temprano —digo, conteniendo un bostezo—. Fuiste uno de mis mejores alumnos. Estaba contento de que tú y el resto de la clase consiguierais manteneos despiertos por todo el semestre. Hasta a mí me costó algo no dormirme —digo, sintiéndome algo insinuante, pero no puedo pasarme de la raya, aunque en realidad no me importaría mucho. ¿Quizás cuando se gradúe en primavera? No. Para entonces ya habrá conseguido un trabajo en la televisión o en un mercado mediano en algún lugar de USA con un apuesto reportero como novio a su lado.


«¿Qué estoy pensando?» Debo estar borracho. Este chaval tiene veintiuno. Yo tengo treinta y cinco y visto como alguien tratando de pasar por la edad de Craig. (El portero me pidió el carné de identidad, así que me alegró la noche. Debe ser mi gorra de béisbol o la mala iluminación por culpa de las farolas de gas de la ciudad.)


Cada año me avergüenzo un poco más de salir a la vida nocturna de Boston a bailar y a beber. Me incomoda y me siento fuera de lugar cuando la muchedumbre es joven, y yo no. Necesito encontrar otras aficiones en lugar de ser un viejo quiero y no puedo.


Craig se inclina más hacia mí y me ofrece un brindis. Quizás me ha leído el pensamiento.


—¡Por los profesores guapos y buenorros de Boston! —Libera su sonrisa matadora enseña dientes, me recuerda al actor James Franco. De hecho, Craig se parece a él pero con un corte militar. Esa atractiva sonrisa le servirá de mucho en futuras entrevistas de trabajo, sobre todo con las cadenas de televisión.


—Eh, sí, ¡sean quienes sean! —me burlo—. ¡Por el próximo Brian Williams!


Vuelve a bajar la mirada y sonríe. Parece avergonzado por mi cumplido. Tomamos unos tragos de nuestras bebidas, nuestros ojos se posan en los del otro y sonreímos. Rompo el hechizo para mirar mi reloj. Noto que son casi las dos de la mañana, la hora de cierre en Boston, que todavía es bastante puritana. Me prometí que me iría temprano por mi clase de mañana. Me resulta difícil estar completamente concentrado si no duermo ocho horas completas. Ser profesor es parecido a actuar. Si no estás centrado, la clase lo notará, y estos niños (¿acabo de llamarlos niños?), pagan cuarenta mil dólares al año para asistir a esta escuela de artes liberales y comunicaciones. Les debo el estar preparado, alerta y a tiempo. Pero también les gusta cuando me desvío del programa de estudios y ahondo en las noticias del día y en los cotilleos de los famosos. Los atrapa después de soportar largas lecciones sobre pistas para la escritura, herramientas online para reportajes, y de cómo hacer que tus palabras brillen.


—¿Tiene hambre, Profesor Galán? ¿Podemos encargar una pizza en la esquina o algo en Tremont? —ofrece Craig con sus ojos de cachorrito. Sonríe y mira hacia otro lado mientras toma otro sorbo de su cerveza. La idea es tentadora, igual que darle un cigarro a un fumador que trata de dejarlo, pero la invitación también me hace poner los pies en el suelo.


—Gracias, Craig, ¿pero no tienes clase mañana temprano o algo así? Yo debo irme ya. Enseño la misma clase a la que atendiste el año pasado.


—Ah, ¿la clase de noticias criminalmente temprana?


—¡Bingo!


—De acuerdo, puedo entender una indirecta. Le veré en la universidad —dice Craig, tiene una expresión ligeramente decepcionada.


Le doy una palmada en el hombro.


—Bebe algo de agua. Te ayudará a eliminar la cerveza del cuerpo. Y ten cuidado al conducir.


—¿Conducir? Vivo en el dormitorio que está al final de la calle.


—Ah, de acuerdo. Entonces ten cuidado al andar. Yo tengo un trayecto de veinte minutos en coche hacia Quincy junto al resto de los conductores trasnochados de Nueva Inglaterra.


Me guiña un ojo. Me doy la vuelta y empiezo a navegar por la marabunta de hombres que están de pie como ganado perdido que espera a que lo dirijan a otra parte. Noto que Nick y su rollo de esta noche se están metiendo en un taxi en Boylston Street. Supongo que mañana tendré noticias suyas, si es que se despierta a tiempo para ir a la escuela de Somerville. Aunque lo consigue continuamente. Siempre he admirado la ética de trabajo de Nick. No importa con quién está o lo tarde que esté despierto la noche anterior, sigue siendo un profesional refinado en lo que concierne a sus chicos de segundo de secundaria.


Voy a toda prisa hacia una tienda de conveniencia y compro una bolsa de esos deliciosos M&Ms con mantequilla de cacahuete y una botella de agua para el viaje a casa. Estoy de pie fuera de la tienda, comiendo y bebiendo mientras observo a la muchedumbre disiparse a lo largo de Boston Common al mismo tiempo que las tapas de alcantarilla sueltan vapor por las calles. Una brisa fría me cosquillea la cara mientras miro hacia el cielo, y tiemblo al pensar que dentro de seis horas tengo que estar fresco y animado para mi clase. Empiezo a dirigirme hacia mi coche, un modelo nuevo del Nissan Sentra, y encuentro un papel removiéndose con el viento bajo el limpia cristales del parabrisas. Genial, un ticket de parking. ¡Maldita sea! Pero cuando quito el papel del cristal, descubro que no es un ticket, sino una nota de Craig.


«Ha sido genial verlo esta noche, Profesor Galán. Estaba tan apuesto como siempre. Que tenga dulces sueños, le veré en el Jefferson», rezaba la nota.


Sonrió y doblo la nota para meterla en mi bolsillo trasero. Es solo otro enamoramiento estudiantil. Una vez que Craig se gradué seguramente se olvidará de mí. Con los enamoramientos de los jóvenes siempre es así, pero conmigo no. A veces sé de ellos cuando necesitan una recomendación para unas prácticas, o cuando consiguen trabajos en estaciones de televisión o en grandes periódicos del país. Cuando visitan Boston para ver a sus familias o amigos, me topo con ellos en clubes, como esta noche. Parecen un poco más mayores y maduros, pero no como yo, el viejales del bar con las piernas doloridas de intentar bailar con un puertorriqueño. Pero aún así, ver a Craig esta noche ha sido una sorpresa agradable. Pensamientos de él llenan mi cabeza, y no sé por qué.

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