Capítulo 1
… un poquito antes que todo lo demás…
CHIP ARNOLD, entrenador de fútbol americano de los Growlers de la Universidad de Verona, estaba sentado en una mesa de un pequeño bar con su segundo entrenador, Lenny. Decir que eran buenos amigos sería demasiado, pero se llevaban bastante bien. Y esto es indispensable cuando tienes que trabajar con alguien codo con codo, durante largos periodos de tiempo, ideando estrategias y jugadas perfectas para que luego los chicos las arruinen. Se necesita un cierto nivel de camaradería y de confianza. Tiene que haber cierta afinidad de ideas. Y, en general, Lenny era un buen tío para tener cerca, especialmente para salir de marcha. No era especialmente agraciado, haciendo que los que estaban con él se vieran aún mejor por extensión. Era una triste realidad, pero una realidad que todo el mundo aprendía de una forma u otra. No es que Chip Arnold necesitara la ayuda de Lenny a la hora de conseguir una chica. Chip siempre había sabido exactamente qué aspecto y nivel de encanto debía mostrar cuando iba a hacer una conquista. Esa noche, él era el semental del bar, luciendo bíceps a cada trago que tomaba. Si quisiera (y esto lo hizo ruborizar de orgullo) podría llevarse a cualquiera de las mujeres presentes al baño y tomarla allí mismo.
Así habían sido todas las noches para Chip de un tiempo para acá. Bebían con vasos desechables. En el centro de la mesa se erguía una gran jarra de cerveza como si de una fuente se tratara. Sonaba música de los Eagles. El sitio olía a tabaco y hamburguesas. Pura rutina.
Lenny miró a su alrededor buscando a alguien (cualquiera) con quien pudiera intentar algo. Cuanto más bebía, más se parecía a uno de esos personajes sospechosos y de mal augurio, como el típico pervertido de una vieja película de intriga hollywoodiense, con sus miradas furtivas y las manos entrelazadas.
—¿Cómo van las cosas con Lynn? —preguntó sin parecer demasiado interesado en oír la respuesta.
—Las cosas van perfectamente —dijo Chip—, todo va bien. Ella está bien.
—Eso no ha sonado demasiado convincente. ¿Es que te sientes atrapado?
Chip no estaba seguro de hasta qué punto quería discutir su vida privada con Lenny, pero el tipo se movía tanto en su silla, evaluando a todas las mujeres, que probablemente ni siquiera lo estaba escuchando.
—Quizá —dijo Chip en un susurro. Al levantar la mirada de la mesa, Lenny lo estaba mirando expectante, listo para escuchar toda la historia.
—Creo —dijo Chip—, creo que esto de tener una relación quizá no fue una buena idea para Lynn y para mí. Fue un experimento, y ha fallado.
—Pensé que habías dicho que te gustaba. Dijiste que el hecho de tener a alguien con quien pasar los viernes hacía de tu estancia en esta pequeña ciudad una experiencia tolerable.
—Ya sé lo que dije. Y no necesito que me lo repitas. Es sólo que… —Chip señaló a su alrededor. No es que la ciudad fuera la Meca de las tías buenas, pero pronto empezaría el curso, y ya estaban de vuelta algunas de las estudiantes más impresionantes.
—O sea, que te aburre, ¿no?
—Lynn es toda una dama. Es predecible, estable. Exactamente el tipo de mujer con quien debería estar. Me gustan mis rutinas, y ella encaja perfectamente en ellas. —Dejó el vaso vacío de un fuerte golpe sobre la mesa—. Pero soy un hombre, maldita sea. Tengo derecho a explorar mi virilidad, ¿sabes?
—Lo sé, amigo. Lo sé. —Lenny había posado la mirada en una rubita muy mona que estaba jugando a la Megatouch .
—No lo sé. Lo estoy sacando todo de quicio. Quizás es lo que sienten todo los tíos cuando empiezan a sentar cabeza. —Chip se sirvió más cerveza de la jarra a su vaso de plástico.
—A veces pienso que sería más fácil ser gay —dijo Lenny—. Pero yo sería un gay horrible. Mira como visto; seguro que no pillaría nada.
—Eso es solo un tópico. Conozco a algunos gays que visten tan mal como tú.
—Que te jodan, entrenador. —Lenny rió—. No me gustan los gays que actúan como yo. Yo quiero a mis gays con más pluma.
—Eres idiota. Lo digo con conocimiento de causa. Y créeme; ningún hombre va a sentirse nunca atraído por ti.
—Podría ligarme a un gay. —Lenny parecía ofendido. Su plan para que el entrenador le confirmara que tenía un mínimo poder de atracción sexual no había funcionado.
—No. En realidad no podrías.
—Por cierto, el amigo de Lynn, el nuevo reverendo, es gay, ¿no?
—Creo que sí, aún no lo conozco. Lynn me ha pedido que lo ayude a colocar unos nuevos bancos en la capilla, supongo que lo conoceré entonces. —A Chip le gustaba pensar que era una persona de mente abierta. Había crecido en un pueblo pequeño y muy conservador, pero le gustaban los gays. Siempre dejaba que lo ayudaran cuando se iba a comprar ropa. Incluso dejaba que tocaran sus bíceps. Los gays sabían apreciar lo duro que era mantenerse en forma.
—¿Tú?, ¿en una capilla? Esto suena como una pesadilla surrealista. —Lenny saludó con la cabeza a una de las camareras de detrás de la barra que tenía pinta de estar aún más desesperada que él—. ¿Crees que tengo alguna oportunidad con ella?
—Tantas como cualquier otro. —Chip tomó un trago—. Me voy a casa. Ya me contarás como han ido las cosas.
—Pero no estoy seguro de si ella…
—Simplemente hazlo. Éste es mi lema. Sólo hazlo. Así sabes desde un principio cómo están las cosas y no tienes cabos sueltos por ahí. Los cabos sueltos provocan úlceras y noches en blanco. Y con estas sabias palabras, amigo mío, me despido. —Chip se levantó y dejó algunos dólares en la mesa para pagar su cerveza—. Puedes conseguir lo que necesitas ahora, o una úlcera más adelante.
Lenny aún seguía en su sitio cuando Chip se marchó. Chip no podía entender a la gente que dejaba pasar las cosas sin hacer un mínimo esfuerzo en buscar respuestas. Él siempre había odiado el suspense y los cabos sueltos de cualquier tipo. Era por eso que nunca veía ninguna serie de televisión hasta que podía verla toda entera y a «su» ritmo. ¿Y las trilogías cinematográficas? Ni hablar de ello. La única opción era esperar hasta que las tres películas estuvieran disponibles en DVD o para descargar. La vida era mucho más sencilla cuando uno podía controlar todo lo controlable. Preguntas cortas y respuestas simples. De eso se trataba.
…todo lo demás…
UNIVERSIDAD DE VERONA.
El nombre era tan poético como lo era el lugar. Foster Lewis estaba encantado de que le hubieran ofrecido la posición de reverendo de la universidad. Era una universidad pequeña, una de esas instituciones privadas donde estudiantes y profesores se tutean e incluso quedan durante los fines de semana. Había arquitectura georgiana, setos podados asemejando esculturas (topiaria, suponía que lo llamaban), y prácticamente un zoológico de amistosos animalitos salvajes. Uno podía pasar junto a una ardilla sin que el hermoso bicho se inmutara siquiera.
La Universidad de Verona era un lugar aún más tranquilo que el seminario. Claro que éste estaba en medio de la ciudad. No había ninguna esperanza de que hubiera paz allí. Pero aún así, el ambiente del seminario transmitía paz. Aunque eso tenía que ver con la naturaleza del lugar. El sentimiento de paz en Verona… bueno, parecía ser algo mucho más global. El lugar no era tranquilo sólo porque fuera lo que se esperaba de él. La Universidad de Verona era tranquila simplemente porque lo era. Estudiantes y profesorado habían establecido una armonía con el entorno natural que los rodeaba, y esta se difundía por todas partes. No sólo dentro de los edificios, cómo pasaba en el seminario, sino también en los paseos y los caminos de madera, en cada colina y en cada hondonada.
Desde luego, este hilo de pensamiento se debía al embriagador aire fresco y a las nuevas sensaciones que Foster estaba experimentando. La atracción de lo nuevo se pasaría con el tiempo, y Foster lo sabía todo sobre novedades. Hasta cierto punto él mismo era una. Al menos, así es como lo había visto Barry.
«¡Qué malo soy! ¡Estoy saliendo con un sacerdote! ¡Qué osadía!».
Los sentimientos de Foster hacia Barry habían sido más profundos que eso, pero al final eso no importó. Barry siguió con su vida. La siguió justo hasta el piso de al lado. Se había trasladado al bloque de apartamentos un nuevo vecino que estaba muy bueno, alguien que era aún más novedoso que el mismo Foster: un chico Amish de diecinueve años. Foster se había mudado del edificio tan pronto como le había sido posible. ¿Cómo iba él a poder competir con Jacob o Jebediah o como fuera que se llamara el chico? El chico era Amish. Hacía muebles asombrosos y construía graneros. Foster ni siquiera era capaz de elegir mobiliario a juego para la sala de estar.
Se había convencido a sí mismo de que había sido para mejor. Además, aunque Barry tenía su encanto, también podía ser algo egoísta. Foster no podía recordar haber sentido nunca auténtico placer cuando estaban juntos de manera íntima. Sí, hubo orgasmos, pero se habían hecho y olvidado tan rápido que luego Foster se había sentido algo usado. Una relación, para él, significaba desarrollar un crecimiento emocional y espiritual. Sólo después de romper se había dado cuenta de que Barry sólo se había interesado en un área muy concreta de crecimiento. Muy concreta. La idea de Foster de tener un «Y fueron felices para siempre» había sido destruida. Ahora acarreaba sus restos donde fuera que fuese.
Éste era otro punto a favor de la Universidad de Verona: no había ningún hombre. Al menos, ningún hombre en quien pudiera estar interesado. Desde luego, aún no había conocido a todo el profesorado, pero mientras Gerard Butler no hubiera conseguido una plaza en la universidad, Foster estaba bastante seguro de no tener ninguna fuente de distracción. Su vida ya había tenido suficientes distracciones hasta entonces.
La capilla estaba cerca del río. Desde la ventana de su despacho, podía ver las barcazas y pequeñas embarcaciones que pasaban por delante de la universidad. La capilla era pequeña y agradable. En verano se alquilaba para bodas, y también para otros tipos de celebraciones durante todo el año. Imaginaba que le pedirían que oficiara algunos de estos actos. Al acercarse, vio los nuevos bancos alienados en el césped del exterior; los que había antes estaban totalmente deteriorados. La mayoría de los que asistían a los oficios lo hacían de pie, según le habían dicho, por miedo a clavarse alguna astilla en el trasero. Pero al menos así no se quedaban dormidos.
Se cruzó con un grupo de estudiantes, la mayoría con sonrisas amistosas, otros con expresiones culpables y abatidas al verle (esto le pasaba muy a menudo cuando llevaba el alzacuellos). La población universitaria femenina era la que se mostraba más amable. Foster era un “bomboncito de Dios”, según dijo una chica no muy brillante. Sus miradas, a veces rayando el descaro, lo hacían sentir algo incómodo, así que se tocó la montura negra de sus gafas como si se le estuvieran resbalando, se apartó el cabello oscuro de las orejas, y se marchó hacia el porche de columnas de la pequeña capilla, intentado evitar cualquier contacto visual con ninguna de ellas. Desde allí miró hacia fuera, hacia el gran rectángulo de césped que constituía la explanada central, el corazón de la universidad. Tanto la hierba como los paseos laterales estaban salpicados de estudiantes de camino a clase. Era un día nublado; Foster quería entrar los bancos a la capilla antes de que empezara a llover. Le habían prometido ayuda y, con suerte, pronto estaría allí.
Foster Lewis era un hombre optimista. Ésta, pensó, sería una buena elección para su vida. Sí. Una de las pocas.
EL FÚTBOL americano es un deporte de exterior. Jason Jordan odiaba que el entrenamiento se hiciera en el gimnasio sólo porque “quizá” iba a llover. Todos los chicos lo odiaban. A nadie le importaba mojarse; al fin y al cabo, eran jugadores de fútbol americano. Aún así, había un aspecto positivo de entrenar dentro: el entrenador Arnold llevaba sus shorts ajustados. Cualquier otro entrenador quedaría ridículo con ellos, pero el entrenador Arnold… ¡el hombre los lucía como nadie más podría! Cuando entrenaban fuera, el entrenador solía llevar pantalones de chándal o de vestir. Pero en los días de tonificación, tocaban los shorts. Eran de malla, brillaban bajo la luz de los fluorescentes y se abrazaban a las fuertes piernas del entrenador cómo si se tratara de solomillos atados para un banquete.
«Mmm. Solomillo» Jason se dio cuenta entonces de que estaba hambriento.
El equipo estaba sentado en el suelo del gimnasio formando filas. Acababan de terminar con los estiramientos, la parte más aburrida de las sesiones de tonificación muscular, y el entrenador les estaba contando algo. La verdad era que Jason no le estaba prestando demasiada atención. Estaba demasiado distraído con los muslos del entrenador. Se inclinó hacia atrás apoyándose sobre las manos, con las piernas separadas, haciéndosele la boca agua con sus fantasías eróticas. Estaba seguro de que no debía ser el único. Nadie podía ignorar el bulto que el entrenador marcaba en sus mallas.
A su lado se sentaba su mejor amigo, Brad Park. Brad era un liante. De hecho, ambos lo eran, pero Brad lo aparentaba más. Tenía una sonrisa pícara y un aire de estar siempre planeando alguna. Jason tenía una actitud más astuta a la hora de crear jaleos. Y era su aspecto el que lo sacaba de la mayoría de líos: su mirada dulce y las greñas que le daban un aspecto aniñado. La mirada siempre atenta de Brad estaba peligrosamente cerca de ser sospechosa, y llevaba el pelo rapado. Ambos habían sido los mejores amigos desde que empezaron en la universidad, habiendo conectado inmediatamente por su amor a las películas de serie B y la música country. No eran los más populares de clase, pero estaban bien considerados. En cualquier caso, parecía que le caían bien al entrenador Arnold y esto era lo que contaba. «Llévate bien con el entrenador y lo demás vendrá rodado». Es lo que le habían dicho el padre de Brad y la media docena de hermanos.
Brad había salido con algunas chicas, pero ninguna parecía dispuesta a aguantar su actitud por mucho tiempo. No se sorprendía y ni siquiera le sentaba especialmente mal cuando una relación terminaba. Después de todo, tras una cita desastrosa aún regresaría a la residencia donde su colega, Jason, lo estaría esperando, probablemente con alguna oscura película de argumento retorcido y malos efectos especiales a punto, y con un paquete de Chips Ahoy! recién abierto.
Jason era de los que invitaban a todas las fiestas y eventos. Sabía arreglarse, pero no estaba interesado en nada más que esto. Tenía muchas amigas, pero ninguna novia. No había tenido ninguna durante todo el tiempo que llevaba en la universidad, aunque Brad sabía que había estado al menos con una antes. No es que esto importara para nada. Cuando Jason y Brad estaban solos en su habitación, se lo pasaban en grande mirando pelis y devorando comida basura. («Disfrutadlo mientras podáis» les decían. «El metabolismo te traiciona a medida que te haces mayor. Y esto es sólo el principio».)
Algunas veces hacían combates de lucha… bueno, muchas. Al fin y al cabo, formaban parte del equipo de lucha libre cuando no era temporada de fútbol americano. Aunque algunos de los chicos de la residencia, sobre todo los del piso inferior, encontraban sus peleas nocturnas algo molestas.
La mente de Jason se desvió hacia uno de estos enfrentamientos nocturnos, mientras el entrenador seguía hablando. Ya no era el entrenador el que le hacía la boca agua mientras estaba sentado en el suelo del gimnasio, sino Brad. El entrenador le provocaba sólo cierta salivación puntual; Brad había estado invadiendo sus pensamientos desde hacía casi un año. Por cómo había sentido la polla de Brad la noche anterior mientras se rozaban uno contra el otro durante su improvisado enfrenamiento (frottage, había oído que lo llamaban) Brad sentía lo mismo. Aunque a la mañana siguiente ninguno había hablado de ello. Pero en cualquier caso, Jason era un hombre de pocas palabras; ¿por qué derrocharlas en balbuceos embarazosos?
Jasón oyó a Brad reírse por lo bajo. Apoyándose en el hombro de Jason apuntó hacia su entrepierna.
—¡Tío! —le dijo—. Mira como la tienes.
Efectivamente, el pene de Jason había levantado la cabeza, marcándose claramente en sus propias mallas. Reaccionando como si nada, se encogió de hombros con una sonrisa.
—¿Celoso?
—Ya te gustaría. Te gano de sobras, y lo sabes. —Acercó las manos hacia sus shorts como si fuera a sacarla. A Jason le encantaba esa sonrisa arrogante. Brad era como un bulldog, pero un bulldog con buen corazón. Aunque no mostraba este aspecto de sí mismo a mucha gente.
—¡Chicos! —los llamó el entrenador desde enfrente—. ¿Hay algún problema? ¿Os estoy estorbando? —Tenía una de esas voces potentes que podrían acallar un estadio.
—¡A Jason se le ha empinado, entrenador! —soltó Brad.
Risitas y carcajadas de los jugadores reunidos acompañaron las palabras de Brad.
—Chicos, estad alerta —ordenó el entrenador Arnold a los dos alborotadores.
—Lo estoy, señor —respondió Jason con una sonrisa. Con la cabeza señaló hacia su erección. Ésta estaba empezando a bajársele.
El entrenador les dirigió una mirada de «Vosotros dos nunca vais a madurar».
—Muy bien, todo el mundo, id a las duchas. Recordad que mañana hay entrenamiento a las cuatro en el campo… siempre y cuando no llueva.
El gimnasio se llenó de suspiros de alivio y de chirridos de las suelas de las zapatillas. La mayoría de chicos estaban hambrientos.
—Vosotros dos —dijo, señalando a Jason y Brad con la revista de preparación física que siempre parecía llevar enrollada en la mano. Los chicos se preguntaban si realmente llegaba a leerla alguna vez—. Tengo que hablar con vosotros.
—Oiga, entrenador —dijo Jason—. Lo siento. Es solo que a veces me distraigo. Ya sabe cómo funciona. Tiene vida propia. Pero si quiere empezaré a usar un suspensorio.
—No os he llamado para hablar sobre tu pito, Jason. Tengo que pediros un favor.
—Lo que quiera, entrenador —respondió Brad—. ¿En qué podemos ayudarlo?
—El nuevo reverendo necesita ayuda para colocar unos bancos nuevos en la capilla. Me preguntaba si os importaría ir allí con un par de los chicos y arrimar el hombro.
—Ah. ¿Es un favor para su mujercita? —Brad le guiñó un ojo a la vez que le daba un codazo de complicidad al entrenador.
El entrenador Arnold le dio un manotazo amistoso en el brazo.
—Lynn no es mi mujer. El reverendo es amigo de ella y me ha pedido un favor, eso es todo.
—Entrenador, me estoy muriendo de hambre —se quejó Jason mientras se frotaba el estómago para ganar más simpatía—. ¿No podemos esperar hasta después de haber comido?
—Moved el culo hacia allí y echad una mano.
—¡Creí que esto era un favor! —dijo Brad.
—Lo era. Ahora es una orden. ¡Largo, gamberros! Yo iré tan pronto como haya cerrado mi despacho.
Los chicos se marcharon, con Brad empujando a Jason todo el camino, ambos riéndose y bromeando. El entrenador Arnold (Chip para los amigos) aún recordaba esa época. La época en que todo era una broma o podía hacer una de cualquier cosa. Jason y Brad eran especialmente hábiles en hacer de cualquier situación una broma. Los chicos le agradaban. Siempre podía contar con ellos si necesitaba ayuda para algo. De hecho, era con los primeros con los que hablaba. Se les daba muy bien convencer, negociar o engañar a sus compañeros de equipo para que se pusieran manos a la obra.
A los chicos les gustaba Lynn. El entrenador pensaba que incluso podía ser que Lynn les gustase más a ellos que a él mismo. Era hermosa y amable. Muy amistosa. Era parte del profesorado de literatura de la universidad. ¿“Su mujercita”? No. No era capaz de imaginarse a sí mismo con ella a largo plazo. Ellos tan sólo tenían “algo”. No era más que un experimento, una prueba. Al menos, así era para él. Sospechaba que ella lo veía igual. Estaba seguro de que notaba cierta incomodidad de su parte cuando se besaban, como si le molestara. ¿Pero cómo iba a molestarle? Él sabía besar muy bien. Y estaba muy bueno… ¿no? De esto ya no estaba tan seguro. Llevaba ya unos años en la Universidad de Verona y, en su mayor parte, sus noches habían pasado sin incidentes. Había salido con otras mujeres aparte de Lynn, pero nunca había sido nada más que sexo. A veces, ni siquiera sexo apasionado. Tacha esto: la mayoría de las veces no había sido sexo apasionado. Era sexo de pueblo, falto de oxigeno. Se sentía en un punto muerto, pero no sabía por qué ni cómo salir de él.
Su despacho era un caos. Entrenar no daba mucho tiempo para ponerse a ordenar. Había libros y papeles en las sillas, y la mesa parecía una zona catastrófica. Dejó la revista de preparación física en la mesa junto a todo lo demás.
Uno podría pensar que con el montón de trastos que acumulaba, el caos absoluto que reinaba a su alrededor significaría que vivía una vida llena y excitante. Estarían equivocados. Algunas veces no podía distinguir el lunes del viernes. Algunos días parecía como si todo se mezclara. Se daba cuenta de su propia contradicción. Le gustaba el orden y la rutina. Pero demasiado de lo mismo, día sí día también, estaba empezando a hacerle sentir viejo. Sólo el equipo hacía que todo valiera la pena. Con el equipo, tenía algo en qué centrarse. Así no se daba cuenta de cómo se le iban pasando las horas.
Lynn estaba bien. Pero eso era todo. «Bien» era sólo otra palabra para «Bueeeno, ¿por qué no?». No había pasión en su relación, y ambos lo sabían. ¿Qué habían hecho la noche anterior? La habían pasado en su apartamento de fuera del campus viendo una película… sentados cada uno en un extremo del sofá. Eran como un matrimonio que había acabado por aburrirse el uno del otro. Aunque Chip tenía que admitir que la culpa no era de ella. Él se aburría fácilmente. Toda su vida se había aburrido fácilmente de todo. Había sido como una gran carrera para alcanzar el siguiente objetivo, porque lo siguiente tenía que ser, sin duda, mejor que lo presente.
—Buenas, Entrenador Culo Sexy. —Las palabras provenían de la puerta donde estaba apoyada Katie Hammond, la entrenadora del equipo de atletismo femenino. Llevaba, como de costumbre, su chándal de correr. (Una de las razones por las que le gustaba Chip era que vestía sin pretensiones. Él mismo traía un aspecto tan desaliñado como ella algunas veces.) Llevaba su cabello rubio atado en una cola de caballo demasiado apretada, un peinado que no le favorecía demasiado con su cara ancha. Aún así, ella era quien era: una chica de campo ruidosa y amante del jolgorio a la que le importaba un comino lo que los demás pensaran de ella. Chip admiraba esto. Katie era más baja que la mayoría de sus atletas y parecía más una competidora de lucha libre que una amante del atletismo. Chip se lo había comentado una vez en un bar cuando ambos estaban muy borrachos. Por poco le rompe la nariz.
—Hola, Katie. ¿Cómo va todo, Pimpollo?
—¿Te vienes a comer algo? Invito yo.
—Siento tener que decírtelo, pero tenemos la comida gratis.
—Bueno, mejor para mí entonces, ¿no? ¿Qué me dices?
—preguntó mientras gesticulaba impaciente, como si quisiera dirigirlo hacia la puerta.
—No puedo. Prometí ayudar a colocar los nuevos bancos en la capilla. Pero, si no te molesta, puedes llevarme hasta allí en tu carrito de golf. —Chip estaba echando la llave a su oficina mientras decía estas palabras.
—Será un placer. —Katie lo cogió del brazo—. Acercándote a Dios, ¿eh?
—No, sólo a sus bancos. Alguien los dejó fuera de la capilla.
—Malditos idiotas.
El carrito de golf de Katie era un capricho que se había pagado de su propio bolsillo. La universidad le había dado permiso para utilizarlo en los paseos y calles del campus después que les dijo que sus rodillas estaban demasiado hechas polvo por culpa de todos los años que había estado compitiendo y llevando a la Universidad de Verona a la victoria, y que ahora le era imposible caminar largas distancias sin experimentar un dolor insoportable. No era cierto. Era sólo que realmente quería tener un carrito de golf, y el campus era un buen sitio para sacarle partido.
Chip se agarró al techo del vehículo tan pronto como arrancaron. Había montado suficientes veces con ella como para saber que no agarrarse significaba terminar en la enfermería. Katie conducía cómo debería hacerlo cualquiera que llevase un carrito de golf por un pequeño campus universitario: alocada y peligrosamente. Su razonamiento era que, si eras lo suficientemente listo como para estar estudiando en la Universidad de Verona, también deberías de serlo como para quitarte de en medio cuando hacía sonar el claxon. Había recibido quejas por parte del profesorado en varias ocasiones... bueno, al menos de aquellos profesores que ella se había fijado como objetivo. Y chico, ¡cómo iba a por ellos! Había algunos profesores que la sacaban tanto de quicio que, cuando los veía caminando entre clase y clase, iba a por ellos, acelerando el motor hasta que les pisaba los talones y ellos huían maldiciendo. Incluso había llegado a perseguir a algunos alrededor de la explanada central animada por los estudiantes. Chip nunca lo admitiría en voz alta, pero le encantaba estar presente cuando esto ocurría. Una vez incluso había estado montado con ella en el carrito cuando había estado persiguiendo a una de sus presas. ¡Había sido fantástico! El momento álgido de la semana.
«Son las marchas» decía ella siempre. «Las malditas marchas se quedan encalladas. Es un carrito viejo. Todo lo que me pude permitir. Un día de estos voy a llevarlo para que lo arreglen.»
Si alguien la creía, no debería de estar enseñando en una universidad. Pero era una gran entrenadora, la que tenía los mayores triunfos en todo el estado. La universidad no podía permitirse perderla ante algún competidor. Además, estaban asustados de lo que les haría si algún día llegaran a despedirla.
—Por cierto —le dijo a Chip mientras avanzaban a la carrera entre desconfiados profesores y estudiantes—. ¿Ya conoces al nuevo reverendo? —Había una nota de misterio en su voz, como si supiera algo que él no sabía.
—No. Es un amigo de Lynn del instituto.
—¿Algún ex? —Le echó de soslayo una mirada de fingida cautela.
—No sé. No lo creo. Quiero decir, es un reverendo, ¿no? ¿No están todos casados con la Iglesia o algo así?
—Demonios, quien sabe en los tiempos que corren. —Y luego —. ¡Ah!
—¿Qué? ¿Qué es lo que pasa?
—¡Ahí está esa zorra de la profesora Monjita! Justo me acabo de quedar sin frenos…
FOSTER estaba barriendo los escalones mientras esperaba la ayuda prometida. Había terminado de barrer el interior de la capilla, echando toda la tierra y demás restos hacia fuera, aunque el suelo estaba tan viejo y manchado que uno casi no veía la diferencia. ¿Quién sabe desde cuando estaría allí? Estaba barriendo polvo de tiempos antiguos. Casi parecía incorrecto sacarlo al aire limpio del campus.
Algunos estudiantes y profesores se habían parado a saludar y a presentarse. Había respondido a sus saludos con varios grados de gracia y torpeza. Había gente que no sabía cómo comportarse delante de los demás. Otros simplemente no se sentían cómodos en público y tenían que empujarse y hacer un esfuerzo para socializar. Foster era de los últimos, pero se esforzaban tanto como podía.
Cuando Foster estaba terminando de barrer los últimos restos de polvo de las escaleras, el rector de la Universidad de Verona, Wendell Hall, anunció su presencia con un cordial «¡Hola!». Wendell se desplazaba a pasitos más que a zancadas. Era un tipo corpulento y con muchas peculiaridades. La que Foster encontraba más interesante y graciosa era la manera en que el hombre repetía reiteradamente la palabra “bueno” cuando estaba nervioso o lo cogían por sorpresa. «Bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, no estoy seguro de que esta sea una buena idea», o bien «Bueno, bueno, bueno, bueno, bueno, ¿estamos seguros de querer invitar a este grupo en particular para que actúe en las jornada de puertas abiertas?».
—Que tenga un buen día, señor —respondió Foster, dejando la escoba apoyada en una columna—. Parece que va a llover, ¿eh?
El hombre mayor miró hacia el cielo como si justo entonces se acabara de percatar de ello.
—Bueno, sí. Puede que tengas razón. ¿Cómo te estás adaptando? —De pie ante el reverendo, se balanceaba sobre sus talones con las manos en el fondo de sus bolsillos. Respiraba como una tubería obstruida.
—Bien. Justo ahora estoy esperando a algunos ayudantes para entrar los bancos.
Wendell pareció sorprendido al ver los bancos, como si acabaran de aparecer de la nada.
—Sí, sí. Probablemente lo mejor sería entrarlos. —Con una sonrisa, se acercó un poco más y dijo—: No quieres tener a estos malditos administradores detrás de ti por no cuidar adecuadamente aquello por lo que tuvieron que gastar dinero para proporcionártelo.
Pausa.
—Acabo de decir “maldito” a un hombre de Dios. ¡Soy un maldito idiota!
Foster no pudo evitar reírse de la candidez del hombre.
—Está bien. No hay nada malo en algún juramento bien utilizado de vez en cuando. —Esto hizo sonreír a Wendell.
—Es cierto, ¡maldita sea! Eres un buen hombre.
—Quería agradecerle de nuevo que me ofreciera esta plaza. No sé donde me habría tenido que ir de no ser así.
—Bueno, venías altamente recomendado. La profesora Hewes habla muy bien de ti. —Sus ojos se desviaron hacia el suelo, frunció el ceño concentrándose—. ¿Vosotros dos sois?, ah… Quiero decir… Bueno, bueno, bueno…
—No señor. No lo somos.
Wendell soltó un gruñido y asintió. Ese fue el final de esa línea de conversación.
Una voz, no lo suficientemente fuerte como para perder su elegancia, llamó la atención de ambos. «¡Foster!» gritaba. La profesora Lynn Hewes estaba atravesando por el césped de la explanada central hacia ellos. Tenía suerte de que no hubiera llovido aún, sino la tierra húmeda se habría tragado sus tacones.
—Esto solía ser ilegal —le dijo Wendell al reverendo en confidencia.
—¿Disculpe?
—Cortar por el césped. Esto no estaba permitido cuando la universidad abrió sus puertas. Era una de las reglas impuestas por esos malditos administradores.
Lynn era una mujer adorable, de aspecto juvenil y sonriente. Tenía ojos grandes y brillantes y a Foster le recordaba a las actrices que había visto en viejas películas mudas. Sus ojos eran muy expresivos. En el pasado los había visto llorar a mares. Llevaba su melena rojiza peinada en un estilo chic retro. Llevaba la cartera en una mano y el bolso en el hombro opuesto. Sus tacones ahora sí que se hundían en el césped mientras se afanaba en llegar.
—¡Foster! ¿No estás emocionado? Este domingo va a ser tu primer sermón en la Universidad de Verona. —Era una pregunta retórica. Lynn miró al rector—. Buenas tardes, Wendell.
—Profesora Hewes —farfulló en reconocimiento.
—Wendell me estaba acompañando mientras esperaba la llegada de la ayuda —dijo Foster.
—Deben de estar por llegar —dijo Lynn—. Le pedí ayuda al entrenador Arnold. Va a traer a algunos de sus jugadores.
—Bueno, pues, realmente deberían entrar estos bancos lo más rápidamente posible —dijo el rector—. Debo regresar a mi despacho. Estoy seguro que me han traído cosas que hacer. —Con esto, se excusó educadamente y se marchó con su peculiar forma de andar, con las manos aún hundidas en los bolsillos, de forma que parecía un pato muy grande.
Foster y Lynn se sentaron en las escaleras de la capilla.
—¿Es éste el mismo entrenador con el que te estás viendo?
—preguntó Foster.
—Sí, estamos saliendo. Pero no sé si va a durar mucho más.
—Lynn se colocó la cartera en el regazo a modo de escritorio.
—¿Quieres hablar de ello?
Ella inclinó la cabeza y se mordió el labio, como si estuviera reflexionando intensamente sobre cómo responder.
—Es un hombre agradable. Muy dulce. Pero falta algo.
—¿El sexo no está bien? ¿No es tan salido como pensabas?
—Lynn se rió falsamente escandalizada mientras le daba a Foster una palmada en el brazo.
—El sexo es fantástico… bueno, está bien. No está mal. El sexo no está mal. Probablemente sería fantástico si yo fuera otra mujer. Es sólo que no estoy muy segura de que estemos muy interesados el uno en el otro. Pero tiene unas piernas como tenazas de acero, eso sí.
—¡Bueno, esto ya es algo! Algo para ponerte a cien.
—Ya. Pero no es bastante. Además, mira mi cara.
Foster no podía ver nada raro en su cara, excepto una leve rojez alrededor de la boca. Prácticamente imperceptible.
—Es tan adorable como siempre.
—Son unas rozaduras horribles. Cada vez que empezamos a enrollarnos, acabo rehuyendo sus besos. Él araña y mi piel es sensible. Eso es una señal.
—¿Dosis extra de crema hidratante?
—Me pongo crema diez veces al día. Casi soy un bote de crema andante. —Lynn suspiró—. ¿Y tú qué? ¿Nadie nuevo?
—No. No, desde hace un tiempo. Ni siquiera una cita. Estuve a punto de entrar en un monasterio.
—Bueno, a lo mejor te podemos encontrar a alguien por aquí. —El tono de duda no se podía ocultar.
—No estoy buscando. —Foster se preguntaba si no sería una buena idea lo de ser célibe durante el resto de sus días. Las relaciones llevaban tantos problemas. Si entraba en algún monasterio, podría poner todo su amor en hacer miel o pan. Sería el panadero más apasionado del mundo.
—¿Dónde se habrán metido esos jugadores?
SÓLO a Brad se le podía ocurrir que fueran entonando cánticos de camino a la capilla. A Jason la idea le pareció desternillante y convenció a los otros tres jugadores para unirse al coro. Incluso Trevor Moor. (Bueno, no tanto convencer como amenazar.) Así que se pusieron a cantar. Con todas sus fuerzas. No siendo ninguno de risa fácil, pasaban junto a los demás estudiantes, que se reían a carcajadas, cantando Aleluya totalmente fuera de tono. Hacían palmas y gritaban la letra a todos los que pasaban. Esto era lo que Jason adoraba de Brad: su habilidad de atrapar cualquier momento y exprimir de él hasta la última gota de diversión posible.
—Bien hecho, hermanos —dijo Brad, finalmente cansado de gritar—. Creo que acabamos de cambiar algunas vidas hoy. ¡Alabado sea el Señor!
—¡Alabado sea el Señor! —repitió Jason.
Trevor Moor, no queriendo parar con las alabanzas, empezó a entonar Chapel of Love que fue implacablemente acallada con una mirada de Brad.
—Tío, tú eres gilipollas —dijo Brad.
—¿Qué? ¿Aún no estás preparado para contar a todo el mundo sobre tu inminente boda con Jason? —Trevor no estaba mal en pequeñas dosis (que es lo mismo que la mayoría de gente opinaba de Brad), pero la mayor parte del tiempo Brad no lo veía como nada más que un seguidor. Y los seguidores no estaban mal, siempre y cuando supieran cual era su sitio: siguiendo al líder. Cualquier cosa más allá de eso era simple gilipollez, según el modo de pensar de Brad.
Brad dio un puñetazo a Trevor en el hombro. Era en broma, pero una broma teñida de advertencia.
—¡Joder, eso ha dolido! —chilló Trevor. Los demás se echaron a reír.
—Cuanto lo siento, tío —respondió Brad sarcásticamente.
—No era más que un golpecito cariñoso, nena.
—¿Es esto lo que te da cada noche, Jason? —Trevor se estaba frotando el hombro—. ¿Golpecitos cariñosos? Seguro que a ti te da bien duro, ¿eh?
Esta declaración pretendía ser una broma, y todos la rieron. Pero a Jason le dio algo en lo que pensar. La verdad era que Brad nunca llegaba a hacerle daño de verdad. El resto de chicos del campus había recibido al menos una vez algún moratón de su parte, pero Jason nunca. Era un pensamiento pasajero, probablemente sin ninguna importancia. Aún así, cuando miró a Brad después de las palabras de Trevor había cierto destello de vergüenza en su mirada, como si acabara de ser descubierto.
Para salvar su reputación, Brad fue a por Trevor, quien, al ser menos corpulento, lo esquivó moviéndose más rápido que él.
—¡Para, tío! ¡Para! Lo siento. ¡Joder!
Esto fue suficiente por el momento, aunque Brad añadió otro “gilipollas” solo para reiterarlo y dejar claro de una vez por todas que Trevor realmente era gilipollas.
El ruido familiar (y para algunos, temible) del carrito de golf de la entrenadora Katie atrajo la atención de todos. El sonido nasal del claxon del carrito del terror anunció su presencia mientras ella aceleraba al pasar entre el grupo de chicos, que se dispersaron como pájaros histéricos.
—Moveos o ateneos a las consecuencias, chicos —les dijo mientras se abría paso entre ellos con el entrenador Arnold en el asiento del acompañante.
—¡Seguidnos, chicos! —dijo en entrenador Arnold.
—¡Qué bonito! —les gritó Jason—. ¿Dónde está nuestro transporte?