Sixteen Songs About Regret by J.S. Cook eBook

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Destiny on the Tracks by Drake Braxton eBook

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Bendícenos con Alegría by Tinnean Spanish Translation

Bendícenos con Alegría by Tinnean Spanish Translation

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Description:

Ashton Laytham llegó a Fayerweather, el estado de su tío, como un huérfano de siete años. Familia y sirvientes por igual lo perciben como un niño antipático y lo rechazan. Como adulto, salvo algún encuentro ocasional, sigue solo y apartado. Cuando su tío muere, aún más peso cae sobre sus hombros: el estado está en bancarrota y debe saldar las deudas de juego de su tío.

Con el talismán familiar robado y los sospechosos fugados, Ashton se enfrenta a la total ruina hasta la llegada de Geo Stephenson, que posee todos los pagarés de Sir Laytham. Geo propone una solución: Ashton lo acomodará en su cama, pagando así la deuda. Atraído por Geo a pesar de todo, y desesperado por algo de cariño humano, Ashton acepta... sin esperar jamás perder su corazón por un hombre que asegura que nunca le entregará el suyo.

ISBN-13:  978-1-61372-907-6
Pages:  286
Cover Artist:  Paul Richmond
Translator:  Olga

Categories: Tinnean, Español - Spanish
Book Type: eBook
File Formats Available:.epub, .mobi, .prc, html, pdf
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Read an Excerpt:

Capítulo Uno


YO ERA un niño de siete años cuando vi la Residencia Laytham por primera vez, demasiado joven para darme cuenta de que el país lloraba por el fallecimiento de nuestro monarca, el Rey Jorge III. Pensaba que todos se lamentaban junto a mí por la pérdida de mis padres.


La Residencia Laytham era una enorme y extensa mole de piedra gris, con un pequeño pórtico escudando las puertas de dos hojas que daban paso al gran vestíbulo. Anidada en el corazón de Fayerweather, su sombría fachada estaba cubierta de hiedra y el sol invernal brillaba en la escarcha que recubría las numerosas ventanas acristaladas, pero por muy encantadora que fuera, en ese entonces no era mi hogar, y no quería estar allí.


La estirpe Laytham disminuyó junto a la fortuna familiar hasta que sólo quedaron tres hijos. Eustace, el mayor, heredaría algún día el rango de Baronet. Tenía un temperamento impredecible además de una tendencia a abusar de aquellos que no se atrevían a defenderse, no era muy querido por nadie, ni siquiera por sus propios padres.


Osburt era el más pequeño. De seguir el curso natural de los acontecimientos, habría sido su destino ingresar en la iglesia, pero fue acreditado como un salvaje sin remedio y el anterior Baronet lo desterró de la familia. Tras pasar muchos años sin saber palabra de él, se consideró que lo más probable fuera que su libertinaje lo hubiera llevado a la muerte.


Archibald, el hijo mediano, era mi padre. El abuelo le habría conseguido una plaza en las filas, pero el ejército no le atraía, y en su lugar, ya que su padrino le había dejado una suma considerable, se mudó a Londres y optó por pasar el tiempo tratando de imponer la moda más actual en pañuelos para el cuello y chaquetillas, y armar escándalo por la ciudad. Todavía quedaba una buena cantidad de su herencia cuando conoció a mamá al visitar los Cotswolds con unos amigos.


Mamá era la hija del vicario, de carácter dulce y una cara bonita con unos bellos ojos marrones, escondidos tristemente tras los armazones de sus gruesos anteojos, la última mujer sobre la tierra, pensarían algunos, en atraer a mi padre. La persuadió de fugarse juntos a Gretna Green , y mientras su hermano mayor Eustace, que por ese entonces se había convertido en el sexto Baronet y era el único miembro vivo de la familia, se encogió indiferentemente de hombros, el padre de mamá estaba lívido; el destino de ella era preocuparse por él, por la vicaría, y por su congregación, no casarse con un libertino, y así pronosticó oscuridad, muerte, y miseria para ella y su prole, y la desheredó.


Quedó muy sorprendido cuando no llegué al mundo hasta dos años después y a regañadientes trató de hacer las paces, pero para ese entonces el abismo entre él y mamá era demasiado profundo. Ella rechazaba sus intentos desganados, y así crecí sin contacto con él. Por eso, al ahogarse mis padres en un accidente de barca mientras cruzaban el Canal de la Mancha cuando yo tenía siete años, fui enviado a la Residencia Laytham.


—¡Oh, pobre niño! —La tía Cecily, la esposa del tío Eustace, no tenía hijos propios. Me envolvió en un fragante abrazo, pero no era el olor de mamá, y en vez de devolvérselo me mantuve tenso. Su entusiasmo menguó, me liberó, y yo no pude estar más aliviado.


—Vaya, tendrías reparos en llevarlo contigo —le gruñó el tío—. Mocoso maleducado. Tampoco es algo digno de admirar, ¿no es así? —Un ceño fruncía su frente, y pasó la yema del dedo por los anteojos que forzosamente llevaba puestos desde pequeño, cuando papá descubrió que no era mi torpeza lo que causaba que me cayera por las escaleras o que me golpeara con las paredes, sino la mala visión. La tía Cecily suspiró.


No, yo no era un niño apuesto, pero había sido amado. ¿Volvería a ser amado alguna vez?


El tío resopló.


—Si no fuera por la marca de los Laytham... —Tenía la forma y el tamaño de un penique y el color profundo y oscuro de la Llama, en mi antebrazo. Había levantado la manga de mi camisa con brusquedad, y entonces había retirado mi brazo de su lado con repugnancia, aunque no supe por qué—, habría apostado que Maria había engañado a mi hermano. Si debemos tener en nuestra casa a un mocoso que no es mío, al menos lo mantendrás fuera de mi vista.


El tío se complacía en culpar a la tía Cecily de que todavía no tuvieran hijos tras diez años de matrimonio.


Ella apretó los labios, pero no dijo nada. Mamá, tan dulce como era, habría reprendido severamente a papá por hablarle así. Mamá... Papá... Los echaba de menos y los quería de vuelta.


La tía Cecily tiró del tirador, y en cuestión de segundos, Colling, el mayordomo que había venido con ella a la Residencia Laytham por su matrimonio con el tío Eustace, entró en la habitación.


—¿Llamó, mi lady?


—Sí, Colling. El amo Ashton residirá con nosotros. La habitación infantil ya ha sido preparada. Asegúrate de que una de las sirvientas se ocupe de él hasta que podamos encontrar a una niñera o a una institutriz.


Yo me sentía demasiado infeliz para quejarme de que ya era demasiado mayor para una niñera y que preferiría mucho más un tutor que una institutriz.


Colling me miró desde su gran altura, y pude notar que no tenía interés en mí. Sin embargo, asintió.


—¿Si gusta venir conmigo, amo Ashton?


—Por favor. —Me volví hacia mi tío y mi tía, luchando por mantener firme mi labio superior—. Por favor, quiero irme a casa.


—¡No lloriquees, chico! Esta es tu casa ahora —gruñó el tío Eustace. Le tenía demasiado cariño a los gruñidos y yo me encogí—. No deseo verlo cuando yo esté en casa; ¿está claro, Colling? Informarás de este asunto al resto del personal.


—Sí, Sir Eustace, ¿Amo Ashton? —Tomó mi mano y trató de dirigirme al exterior de la habitación.


—¡No me iré contigo! —grité— ¡Quiero irme a casa! —Me liberé de un tirón y volví corriendo hasta la tía Cecily, aferrándome a su falda—. ¡Por favor, tía!


—¡Mocoso! —El tío Eustace soltó con fuerza mi agarre de su esposa, lastimándome en el proceso— ¿Debo hacerlo todo yo? —Su mano se cerró dolorosamente en mi muñeca y, a pesar de la forma en la que enterré los talones en el suelo, me arrastró con él.


—¡No! —Tiré de mi muñeca y, cuando no me liberó, enterré los dientes en su mano.


—¡Ya es suficiente! —Apretó los dientes y me golpeó con la suficiente fuerza como para torcer mis anteojos, yo le miré estupefacto. Nunca, jamás, me habían golpeado—. ¡Ahora, compórtate o te daré una azotaina que nunca olvidarás!


Aterrorizado, lo dejé agarrarme del brazo y llevarme consigo. Parecíamos subir y subir sin parar. Por fin, abrió una puerta y me arrojó dentro.


—Te quedarás aquí hasta que puedas comportarte como debes, ¿lo entiendes, crío miserable? —Bajó la mirada a su mano, que sangraba lentamente, y sacó un pañuelo para envolver la herida—. Colling, encárgate de él.


—Sí, Sir Eustace. —El mayordomo debió habernos seguido arriba con el pequeño baúl de viaje que contenía todas las pertenencias que me habían permitido empacar—. Me encargaré de que una de las sirvientas le traiga sus comidas. No obstante, si muerde no puedo garantizar...


—No, no. No esperaría que lo hicieras, Colling. Al diablo con él, puede costarme los sirvientes, y Dios sabe que Lady Laytham ya se queja lo suficiente sobre lo difícil que es conservarlos.


La cara de Colling parecía tallada en madera.


—Como usted diga, Sir Eustace.


—Si nadie le trae sus comidas, tendrá que pasar hambre. —Había satisfacción en sus palabras, y así, el tío se dio la vuelta y me dejó allí.


Colling me miró largamente, observando desapasionado la herida que podía sentir aflorando en mi mejilla.


—Enviaré a Jane con la bandeja de la cena. Haría bien en prestar atención a las palabras de Sir Eustace y no tratar de morderla. —Él también se fue y, cerrando la puerta tras de sí, escuché la llave en la cerradura.


Me puse en pie junto a la ventana y me mantuve de espaldas hacia la puerta cuando Jane entró.


—Le traigo su té, amo Ashton. Lo dejaré en esta pequeña mesa.


Avergonzado y mortificado por haber sido golpeado, rehusé a reconocer su presencia, y mientras, ella trataba de hacerme sentir bienvenido hasta cierto punto y parloteaba mientras encendía el fuego en la chimenea de esquina y desempacaba mis escasas pertenencias, hasta que por fin, quedó en silencio ante mi indiferencia.


—Bueno, he acabado. Toque la campana si necesita algo, amo Ashton. Pero no seré yo la que suba aquí otra vez —susurró mientras cerraba la puerta tras ella y, una vez más, la llave giró en la cerradura.


Vistas por nadie, las lágrimas bajaron por mis mejillas.


 


 


PRIMERAS impresiones. ¿Puede alguien sobreponerse a ellas?


Para cuando comencé a recuperarme de la pérdida de mis padres, el daño ya estaba hecho y me había ganado la reputación de niño ingrato, malhumorado y desobediente.


El tío Eustace raramente estaba en casa, cosa por la cual yo no era el único agradecido.


La tía Cecily estuvo confinada en su cama por alguna razón que no se hablaba en mi presencia, y cuando por fin salió, estaba pálida y macilenta, había una silenciosa y profunda pena en ella. Pasaba conmigo todo el tiempo que podía pero, antes de que pudiéramos desarrollar algún tipo de cercanía entre los dos, recibió una carta en el correo y la casa volvió a sumirse en la agitación.


—¡Oh, Dios santo! —murmuró rota la tía Cecily.


—¿Qué ocurre, tía?


Levantó la vista hacia mí, cegada con las lágrimas que bajaban por sus mejillas, y sus labios temblaron.


—¡Marian Hood ha muerto!


—Disculpa la indiscreción pero, ¿quién es Marian Hood?


—Ella es... era una querida amiga mía. Contrajimos matrimonio casi al mismo tiempo, aunque el suyo fue por amor. Siguieron los dictados de su corazón. La pérdida de su Robert fue un gran golpe para ella. Él era mayor de brigada del batallón_, y cayó en Waterloo, dejándola viuda, con tres hijos y sin forma de criarlos. Se volvió a casar, con Frederick Pettigrew, poco después. —La tía Cecily frunció el ceño—. No tuve muchas oportunidades de verla, aunque manteníamos levemente el contacto por correspondencia. El señor Pettigrew quería un hijo propio, y por fin lo consiguió, solo para perder al niño y a la madre en el parto.


Me di cuenta de lo afligida que debía sentirse para decir algo así en mi presencia.


—Lo siento mucho, tía —dije cortésmente, pero ella no pareció escucharme.


—Mi pobre y querida Marian. ¡Y esos pobres chicos! Han perdido a su madre y a su hermano pequeño, además de a su amado padre. Y en cuanto a su padrastro... —lloriqueó —. El señor Pettigrew bebe como para precipitarse a una muerte prematura y descuida vergonzosamente a los chicos. Su hermana Vivien me escribe para rogar por ayuda. Ella tiene seis hijos, y no puede encargarse de los pequeños Robert, John y William. Oh, ¡por supuesto que pueden venir a vivir conmigo! ¡Debo responder a Vivien de inmediato!


—¿Tres hijos? —Aquello despertó mi interés. No había chicos en la vecindad de Fayerweather; los hijos de Lord Hasbrouck eran adultos y se habían ido, y Squire Newbury solo tenía hijas, y aunque yo no objetaba entablar amistad con los chicos del establo, el tío Eustace y la tía Cecily sí que lo hacían.


—Colling, informa al cochero Thomas de que deseo que lleve el landó a Panton Square —ordenó al mayordomo—. Necesitarán la tierna presencia de una mujer —murmuró para sí—. ¡Mandaré a Flowers para que los traiga a casa! —Se alejó con prisas para hablar con su doncella.


Y así, sin importarle por vez primera las objeciones del tío Eustace, la tía Cecily trajo a los hermanos Hood a vivir en la Residencia Laytham.


Casi temblando con ansia, me rezagué en la suite de habitaciones que poseerían los hermanos mientras las criadas las preparaban. Por supuesto que me apenaba su pérdida, ¡pero tenía la oportunidad de hacer amigos con chicos de mi clase social!


Los sonidos de carruajes arrastrándose por el patio de entrada me hicieron bajar las escaleras a toda velocidad, pero me detuve al final y caminé con decoro hacia la entrada, esperando a que llegaran a la Residencia.


Los dos Hood mayores eran casi de la misma altura, unos centímetros más altos que yo, a pesar de que teníamos la misma edad, mientras que el más pequeño era unos centímetros más bajo. Sus cabellos variaban del castaño claro hasta el negro azabache, pero sus ojos eran del mismo azul brillante y extraordinario.


—¿Cómo estáis? —Ofrecí con timidez la mano a los hermanos—. Soy Ashton Laytham.


Ninguno de los dos hermanos mayores hizo el esfuerzo de estrechármela, y cuando el más pequeño trató de hacerlo, Robert lo detuvo.


—Eres el Horrible Ashton. Hemos oído hablar ti.


Me sentí palidecer y dejé caer la mano. Nunca antes había escuchado que me llamaran así.


—¿Qué? ¿Cómo...?


—Escuchamos hablar a la mujer que la tía Cecily envió con la ama de llaves de la tía Vivien mientras empacaban por nosotros. —Ambos intercambiaron una mirada y rieron en voz baja, entonces el tercero se les unió, aunque era evidente que no entendía la diversión de los otros dos—. Ni siquiera se dieron cuenta de que podíamos escucharlas. Los adultos no suelen prestar mucha atención a los niños, ¿o todavía no lo has aprendido, Horrible?


Ignoré eso último. ¿Así pensaban de mí bajo las escaleras? Me ardían los ojos, pero aprendí poco después de llegar a Fayerweather que las lágrimas ni solucionaban ni ayudaban en nada.


La tía Cecily llegó a la escena justo en ese momento y los arrastró a un abrazo grupal.


—¡Mis pobres chicos! Estaréis bien aquí, ¡yo velaré por vosotros! Ah, Ashton. Ya has conocido a Robert, John y William. Qué coincidencia. Puedes mostrarles sus habitaciones y ayudarlos a llevar sus baúles de viaje.


—No lo creo, tía. Tengo lecciones. —Me giré y los dejé solos. Era obvio que no necesitaban amigos, ya se tenían los unos a los otros.


Eran niños apuestos, todos lo decían, y la tía Cecily volcó su atención en ellos, adorándolos como nunca lo hizo conmigo.


Poco después, hubo un período de entusiasmo contenido.


—La tía Cecily está esperando —dijo Robert con inteligencia.


—¿Perdón?


—No eres muy inteligente, ¿no, Horrible? Está esperando un bebé.


—¿Un bebé?


Los tres hermanos explotaron en carcajadas y salieron de la habitación, negando con la cabeza y susurrando entre ellos sobre mi estupidez.


Pero ¿no nacían los bebés del amor? Y no había amor alguno entre mi tío y su esposa. Yo era consciente de ello, si bien los hermanos no.


La tía Cecily estuvo muy feliz durante una temporada, pero entonces se encerró en sus habitaciones por unas semanas, cuando salió estaba otra vez macilenta y melancólica, aunque los Hood consiguieron hacerla reír en alguna ocasión.


Dos años después llegó Arabella Marchand, otra huérfana e hija de un primo. La tía Cecily sonrió y tocó las palmas.


—¡Qué maravilloso! ¡Ahora tengo una hija, y la familia está al completo!


Arabella, una pequeña de aspecto angelical, tenía unos lustrosos tirabuzones dorados y ojos azul cerúleo, todos la adoraron a primera vista, malcriándola como nadie pensó en malcriarme a mí.


Dolía, ya que añoraba el profundo afecto que mis padres me habían mostrado. Decidí que, ya que me habían adjudicado el apelativo de “Horrible”, les enseñaría lo horrible que podía llegar a ser, y así, en venganza, me convertí en la persona más odiosa que fui capaz.


Robert insistía en incluirme en sus juegos, después de todo, ¿quién sería el villano si no? Yo, como el heredero de Fayerweather, debí haber sido el líder. Pero Robert se guardaba para él el rol de Robin Hood. «¿No me llamo Robin?» Y vestía la gorra verde con la gran pluma de uno de los sombreros de la tía Cecily, a la que había convencido para dársela. Y por supuesto, John era Little John, mientras que William asumió el rol de Will Scarlet.


Yo, por otro lado, solo fui considerado digno de ser el Sheriff de Nottingham, o en ocasiones, Guy de Gisbourne. En cualquier caso, ninguno de los hermanos habría seguido mis órdenes de una forma u otra.


Ese día en particular, William, el más pequeño de los hermanos Hood, se había clavado en la pierna un feo trozo del palo que sustituía a mi espada, y Robert me había fulminado con la mirada.


—¡Ha sido culpa tuya! —gruñó—. Little John, ve a por algo para extraer la flecha.


John salió corriendo, y yo crucé los brazos y miré fijamente a Robert.


—Eso no es una flecha.


—¡Lo es si yo lo digo! —Se volvió hacia su hermano herido—. Ahora, Will Scarlet, ¡cortaré la flecha de tu pierna!


—Sí, Robin —El pequeño imbécil diría «Sí, Robin» sin dudar aunque su hermano le dijera «William, voy a cortarte la pierna».


John volvió no mucho después con un cortaplumas que reconocí como del tío Eustace.


—¡Se lo voy a decir a la tía Cecily! —declaré. Uno de nosotros necesitaba usar el sentido común. Además, si se daba por perdido, yo sería el que pagara las consecuencias.


—¿Nos amenazas? —La cara de Robert se oscureció, dio un paso hacia mí, amenazante. Yo me forcé a quedar inmóvil.


Arabella mostró su disgusto dándome una patada en la espinilla, y los tres hermanos se carcajearon.


Robert desestimó mi presencia y desdobló la hoja. William abrió los ojos desmesuradamente, y su labio inferior tembló, ya que parecía tan grande como el cuchillo de trinchar de la cocinera.


—Nada de eso, joven William. ¡Eres un Hood! Ten, coge este trozo de madera y muérdelo si el dolor es demasiado intenso. Aunque no debería.


—Sí, Robin. —William lo obedeció, y yo fruncí los labios con desdén.


Robert asintió satisfecho, y dijo:—Levanta la cabeza, robusto compañero. —Y comenzó a extraer el trozo.


Arabella aferró la mano de William.


—¡Estás siendo tan valiente, Will Scarlet!


—No... no duele mucho. De verdad, Bella. Quiero decir, Lady Marian. —Mordió con fuerza la madera, su faz se estaba volviendo verdosa.


—¡Tengo al indeseable! —exclamó Robert triunfante. Arabella se tapó las orejas, pero rió.


La sangre brotaba libremente, y me senté repentinamente al sentirme mareado.


Arabella arrancó una tira de su enagua, rodeó la herida con ella y la ató.


—¿Te sientes mejor, Will? —palmeó su brazo.


Él asintió, pero Robin Hood profirió un gemido dramático.


—¡No! ¡Es tarde! ¡Llegamos demasiado tarde! ¡La punta de la flecha debió estar untada en veneno! ¡Pagarás por esta traición, Sheriff, tú y tu vil Príncipe Juan! —Me amenazó con uno de sus puños y entonces se volvió a su hermano más pequeño—. Pero por ahora, Will Scarlet murió honorablemente. ¡Debemos celebrarle un funeral de héroe!


—¡Morir por una herida infectada no es heroico! —refunfuñé.


—¡Nada de eso, Sheriff! Por tus acciones... ¡Espera un momento! John, necesitamos... no, tú ya te arriesgaste a traer el cuchillo para la cirugía improvisada. ¡Yo iré en busca del valiente guerrero! ¡Los demás excavad la tumba!


—¡No veo por qué tengo que hacerlo! —Pateé una mata de hierba.


Pero Robert salió corriendo, como siempre, y los otros no me prestaron atención, sino que comenzaron a excavar un profundo hoyo cerca de la orilla del estanque.


Parecía que Robert se había ido hacía tres cuartos de hora, pero quizás me equivocaba. Me aburrí y quise visitar el establo, donde al menos los caballerizos me trataban bien y uno de los mozos era simpático conmigo, pero me abuchearon.


Finalmente, Robert salió trotando de la Residencia.


—Lo siento, chicos. Tuve que ir a... esto... una búsqueda. ¡Mirad lo que he encontrado! —Era un soldado de plomo con el casco Tarleton de la Caballería Ligera, el abrigo estaba pintado de rojo profundo y el cuello de un azul rey.


—Yo digo que eso es... ¡que eso me pertenece! —Un amigo de tía Cecily me había regalado el set una Navidad, antes de que los Hood llegaran y se diera cuenta de que los prefería a ellos.


Robert me miró con desdén, no fue una expresión placentera, y colocó al soldado en la “tumba” y le echó un montón de tierra encima.


—Yo soy la resurrección y la vida, dijo el Señor... —entonó con fervor. Sus ojos parecieron desenfocarse y fruncí los labios con desdén, pero él estaba tan distraído en sus visiones de nobleza que no lo vio—. Cenizas a las cenizas, polvo al polvo. Sí, aunque pase por el valle de la sombra de la muerte...


Arabella sollozó. Sin ser capaz de estar en pie, William se sentó para prestar atención. John estaba de pie a su lado, corneta en mano.


Me enfurruñé. Después de todo, era mi soldado, y se habían apropiado de él sin siquiera un «con tu permiso».


Al otro lado de William estaba Robert, sus ojos brillaban con fervor casi militar.


—Muchachos, ¿no sería maravilloso enzarzarnos en una batalla final desesperada contra los elementos?


—¿Cómo lo hizo padre, Robin?


—¡Sí, igual que padre! —Su expresión se tornó melancólica—. Padre... está enterrado en una fosa común en el cruce de caminos de Quatre Bras. Cuando yo caiga...


—¡Me aseguraré de que tengas una despedida heroica, Robin! —John posó una mano en el hombro de su hermano.


—¡Yo también! —replicó William.


—¿E imagino que visitaréis su tumba cada año en el aniversario de su caída para dejar flores? —Puse mala cara, encogí un hombro y me di la vuelta para irme—. ¡Qué desperdicio!


Podría haberme ahorrado el aliento.


—Gracias, muchachos —Robert se aclaró la garganta—. Ahora, corneta, ¿si gustas?


John colocó la corneta contra sus labios y comenzó a tocar Last Post, me detuve indeciso, prendado de las inquietantes notas a pesar de todo. Tomó aliento y sopló, tomó aliento y volvió a soplar, y lo hizo con una seriedad enorme, sin tocar ni una sola vez una nota errónea.


Él había jugado de vez en cuando con esa corneta, pero esta vez... Me di cuenta de lo bello que era, con su grueso pelo castaño cayendo desafortunadamente sobre sus increíbles ojos azules, y entonces fue cuando caí irremediable y completamente enamorado de él.


Pero no fue hasta seis años más tarde, en mi decimoséptimo cumpleaños, cuando todos habíamos vuelto de la escuela, que le hice el am... que tuve a John Hood por primera vez.

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Reviews and Ratings Reviews
by Rocío P. Date Added: Friday 22 March, 2013
Adoré la historia, de esas que quieres seguir leyendo para ver cómo siguen sus vidas. Y la traducción muy buena. Ojalá el resto de editoriales fueran tan serias como Dreamspinner a la hora de vender productos de calidad en sus traducciones...

Rating: 4 of 5 Stars [4 of 5 Stars]
by Mariana A. Date Added: Monday 11 March, 2013
Me encantó la historia, y a mi parecer la traducción fue buena.

Rating: 5 of 5 Stars [5 of 5 Stars]
by MARIANA G. Date Added: Friday 15 February, 2013
Ame esta historia, es lo primero que leo de Tinnean, pero me enamoré completamente de los protagonistas. Espero puedan seguir traduciendo trabajos de este autor...

Rating: 4 of 5 Stars [4 of 5 Stars]
by Selena P. Date Added: Sunday 10 March, 2013
La historia interesante. La traducción horrenda, ¿cómo es posible que se traduzca en ese contesto state por estado? Sería propiedad, fundo, mayorazgo, finca...

Rating: 3 of 5 Stars [3 of 5 Stars]