Capítulo Uno
EVAN salió del coche dejando atrás sus asientos de cuero y los ventiladores que lanzaban ráfagas de aire caliente y aroma a limpio. Pensó en mirar una vez más al conductor pero la verdad es que no importaba. Evan lo sabía... Por lo menos, ahora lo sabía. En la acera, casi resbalando en la nieve medio derretida, cerró la puerta y tuvo que dar un salto atrás cuando el Mercedes azul oscuro se marchó a toda prisa dejando atrás un remolino de agua, suciedad y nieve fangosa. Buscó con la mirada sus cosas en la penumbra de la primera hora de la mañana, las recogió y se retiró aún más del asfalto. En su camino tropezó con alguien que lo apartó con un gruñido. Con otro tropezón llegó a un edificio de ladrillos y se apoyó en él. Hizo inventario de lo que tenía y de dónde estaba, metiendo sus manos instintivamente en los bolsillos como si buscara calor. A lo que más costaba hacerse a la idea y acostumbrarse era al casi constante frío.
Sus manos se deslizaron por los billetes doblados y exhaló un suspiro de alivio. Esos pequeños pedazos de papel, imprescindibles para todo en la calle, eran un salvoconducto para una noche cálida y quizás incluso un baño o una ducha que arrastrara de él los olores de otros cuerpos en el suyo. Sacó los billetes. Se quitó entonces un desgastado zapato, se bajó el calcetín y metió bien los billetes con los otros, bajo la planta, antes de subírselo de nuevo. El sonido de tejido rasgado le hizo gemir. El calcetín se había roto en la parte de arriba, unos centímetros por encima de su tobillo, y Evan se había quedado con el pedazo en la mano. Se quitó de nuevo el zapato, colocó el trozo ajado sobre el tobillo para mantener el calor y dejó que el pantalón le cubriera de nuevo. Con el dinero ya escondido, se relajó un poco. Se puso a mirar a su alrededor buscando una señal, una mirada que indicara que otro hombre pudiera estar interesado en pagar por lo que él estaba vendiendo. Se acurrucó contra el edificio con su ligera chaqueta cruzada sobre su cuerpo. Tenía la carne de gallina, los brazos doloridos y las piernas le empezaban a temblar. Evan esperó mientras el frío se filtraba y llegaba a su fina camisa.
Observando a los viandantes, se fijó en un hombre que llevaba un traje y un abrigo largo de lana que se paseaba tranquilamente como si el mundo le perteneciera. Y para Evan, eso parecía. El hombre, que podía estar de camino al trabajo, pasó de largo y continuó andando antes de detenerse delante del escaparate de una tienda. Evan sabía que realmente no estaba mirando. Ese era uno de los rasgos que había aprendido a identificar. Nadie se acercaba nunca directamente. Los clientes eran, por lo general, tímidos o cautelosos. El hombre volvió sobre sus pasos y se detuvo cerca de él pero sin mirarle.
—Menudo frío hace —comentó, dejando vagar su mirada a un lado y otro de la calle.
—Sí —admitió Evan, que intentaba permanecer al abrigo del viento.
—Apuesto a que hace menos frío entre los edificios —añadió el hombre, indicando de una manera no muy sutil lo que quería.
Con recelo, Evan se separó del edificio, caminó unos pasos y paseó la vista a derecha e izquierda antes de ir hacia donde le había señalado sin decir nada más. Oyó los pasos que le seguían y se preparó. Lo odiaba, la verdad. Unos meses atrás era un chaval normal, con unos padres normales y una vida normal, y ni siquiera había pensado en lo que estaba a punto de hacer. Ahora casi lo hacía a diario para poder comer y quizás tener un sitio caliente donde dormir.
—Cincuenta —anunció Evan, y esperó a ver qué hacía el otro.
—Debes de estar de broma —protestó.
Evan empezó a volverse hacia la calle. Ya tenía algo de dinero y con él, sabía que comería. El hombre entonces se metió la mano en el bolsillo y sacó unos billetes arrugados. Evan los tomó y se los guardó bien en el suyo.
El hombre le empujó por los hombros hacia abajo. A Evan se le doblaron las rodillas y cuando chocaron contra el suelo, el dolor se extendió por sus piernas. El pavimento estaba cubierto de nieve medio derretida y aún más frío impregnó su piel. Sonó una cremallera y Evan empezó a refugiarse en su interior. Su mente consciente se alejaba protegiéndose de las implicaciones de lo que iba a suceder. Era lo único que impedía su nausea, su reflejo de morder, de apartarse e incluso de herir. Era la única manera con la que podía soportar la voz que le llamaba todo repugnante nombre habido y por haber. Aún así, Evan oía los nombres y penetraban sus defensas porque él mismo se los había dicho. Sabía que eran ciertos porque, después de todo, él era un “sucio jodido puto”.
Los ojos se le llenaron de lágrimas, como siempre pasaba, y parpadeó para contenerlas a la vez que la voz del hombre se hacía más urgente. No podía más y se separó. Se puso en pie y, con las piernas mojadas y dolorida por el frío, hizo un esfuerzo para alejarse mientras el hombre bramaba su frustración. Cuando fue a doblar la esquina, echó un vistazo atrás y, viéndole intentar acabar él mismo, siguió su camino con el corazón latiéndole fuertemente. Al darse cuenta de que no le seguía, aminoró el paso y se detuvo delante de los luminosos escaparates de unos grandes almacenes. Los charcos de agua brillaban con la luz y cuando Evan vio en ellos su propio reflejo, se miró por encima del hombro preguntándose si no habría nadie más detrás de él. Se dio cuenta de que la delgada, demacrada y envejecida cara que devolvía su mirada, era la suya.
Huyendo de la luz, se refugió bajo el toldo de un oscuro escaparate. Le dolían las rodillas y se dejó caer resbalando por la pared de mármol del establecimiento. Acurrucado con los brazos rodeando sus rodillas y la frente apoyada en ellas, Evan notó que se le agolpaban las lágrimas que en multitud de ocasiones habían amenazado con aflorar.
—Mamá... Papá... ¿Por qué me dejasteis? —se preguntaba por lo que parecía ser la millonésima vez, con un nudo en la garganta.
No pudiendo contener ya las emociones que había mantenido a raya durante meses, sus hombros se movieron con sus sollozos.
—Os echo de menos —murmuró con su rostro contorsionado en lo que es un gesto de dolor casi universal.
Podía ver a sus padres diciendo adiós aquel último sábado por la mañana mientras salían de casa para ir a comprar. Él había pedido quedarse. Con las lágrimas corriendo por sus mejillas, Evan deseaba con todas sus fuerzas que hubiera ido con ellos. De esa manera, el camión articulado que patinó en el hielo destruyendo la vida de sus padres y su mundo entero, también se lo hubiera llevado.
—Hijo —oyó que decía alguien.
Una mano tocó su hombro y Evan dio un salto poniéndose en pie con los brazos flexionados y las manos convertidas en puños. El hombre le miraba con el rostro tranquilo y el cuerpo relajado.
—No voy a hacerte daño —añadió sereno, sin alzar la voz.
Evan notó que le pesaban los brazos y los bajó manteniendo su cuerpo preparado para huir a la menor provocación.
—¿Qué es lo que quiere? —soltó Evan, que retrocedió un paso y se golpeó contra la pared—. No estoy interesado en ningún cliente así que puede marcharse.
Evan examinó el aspecto del recién llegado empezando por sus zapatos que eran sencillos y limpios. Llevaba unos pantalones negros y un abrigo liso que, abierto un poco, mostraba el borde de una camisa negra con un poco de cuello blanco.
—Oh —murmuró—, uno de esos.
Había estado antes con pastores y curas. Por lo menos habían sido más amables que muchos de los otros pero le usaban como hacía el resto. Evan suponía que el hombre era un sacerdote pero, por lo que él sabía, podía haberse tratado de cualquier otro religioso.
—Cincuenta —indicó en voz baja.
Y se dispuso a ir hacia la oscuridad que proporcionaba el lateral de la tienda ahora que las calles empezaban a llenarse.
—No, hijo —rechazó el hombre en tono amable—. No es eso lo que quiero.
Evan se relajó y le dio la espalda para irse. Si no era un cliente, tenía ya dinero y podía encontrar un sitio caliente donde pasar el día. Quizás también dormir un poco y llenar su vacio y rugiente estómago.
—Puedo ayudarte —oyó que le llamaba.
Lo hizo sin gritar, con una suavidad en la voz que Evan no había oído desde... Evan pestañeo y escondió su dolor y pena tras los muros que su mente estaba reconstruyendo después de que se resquebrajaran un rato antes. El hombre siguió hablando.
—No quiero nada de ti. Te lo prometo. ¿Puedo invitarte a desayunar? —ofreció señalando una pequeña cafetería justo en la acera de enfrente—. Te prometo que no te haré daño.
Vio cómo cruzaba la calle y se volvía hacia él antes de abrir la puerta del local y entrar. Evan estuvo dudando hasta que al final fueron los ruidos de su estómago los que tomaron la decisión por él. Bajó de la acera para cruzar y sonó la bocina de un taxi. Evan le dejó pasar haciéndole un gesto obsceno, sólo porque eso es lo que se le hacía a los taxistas, y con ello sintió desaparecer su espíritu de lucha y lo que le quedaba de energía en el cuerpo. En la otra acera, se detuvo un momento frente a la puerta de cristal antes de abrirla.
Evan captó la expresión despectiva en la cara de la mujer del mostrador. ¿Qué habría hecho él? No lo sabía, pero siempre había evitado ese local por ella y por la mirada desdeñosa que le dedicaba, como si fuera algo que hubiera limpiado de la suela de su zapato, aunque quizás él no era mejor que una de esas porquerías.
Mirando a su alrededor, vio al sacerdote sentado en una mesa, observándole, y al ver el gesto que le hacía con la cabeza, Evan fue hacia él lentamente, atento a cualquier reacción.
—Siéntate. No pasa nada —le tranquilizó el hombre.
Evan se sentó frente a él en el asiento tipo banco que había, buscando cualquier signo de engaño o subterfugio, pero su expresión parecía tan abierta y honesta como la que recordaba haber visto antes de acabar en la calle. Debía de haber algo que quisiera de él, nadie hacía nada por nada. Lo había descubierto cuando el hombre que le había ayudado la primera noche en la que se había encontrado solo, intentó tomar lo que quería. Evan había aprendido rápido y pronto; acabó desconfiando de todo y de todos.
Una camarera más vieja que Matusalén se acercó a su mesa. Sonrió al hombre pero frunció el ceño al muchacho. Antes de marcharse le dio un menú al sacerdote y dejó otro de malas maneras delante de Evan.
—¿Qué quiere? —espetó Evan, atravesando al hombre con su mirada y desafiándole a intentar mentirle.
La camarera volvió y el sacerdote pidió un enorme desayuno. Evan dijo que iba a tomar lo mismo pensando que por lo menos podría comer.
—¿Cómo te llamas, hijo? —le preguntó el sacerdote a su vez mientras esperaban a que la camarera les trajera las tazas de café.
Evan tomó la mano del hombre en las suyas dejando que el calor derritiera sus casi insensibles manos.
—¿Cómo quiere que me llame? —insinuó Evan.
Era una contestación típica. Además, Evan nunca decía su verdadero nombre. Le parecía que si lo hacía estaría dando lo último de sí, el resto de lo que aún quedaba de quién había sido antes de que todo cambiara.
—No juegues conmigo. Eso no lo tolero —le reprendió firmemente, apartando su mano, pero con un tono sin ninguna malicia.
Evan tragó saliva y bebió un poco de café que bajó caliente por su garganta hasta su estómago. Dejó la taza, alargó la mano para coger bolsitas de azúcar, abrió cuatro y las vertió en el negro líquido antes de beber de nuevo. El sacerdote no dijo nada más, pero sus ojos marrones y serios, matizados con ternura, aún lo miraban.
—Evan —declaró finalmente, casi en un susurro.
—Bien. Soy el padre Valentin y, como te he dicho antes, no te voy a hacer ningún daño —insistió, y después de probar el café, hizo una mueca y dejó la taza en la mesa—. ¿Puedes decirme cuántos años tienes?
—Por supuesto. ¿Piensa que soy tonto o algo así? Tengo dieciséis y puedo cuidar de mí mismo —le replicó, y Evan le desafió con los ojos a contradecirle.
—Seguro que puedes —convino afable el sacerdote.
La camarera regresó y colocó un plato delante de cada uno. Evan tomó un pedazo de pan tostado y se lo metió entero en la boca, masticando y tragando antes de devorar otro. Tomó su tenedor, atacó los huevos y acabó con las resbaladizas patatas en tres bocados.
—Te prometo que nadie te quitará el plato —comentó con humor el padre Valentin.
Evan le ignoró. Engullía la comida tan deprisa como podía, con un brazo apoyado en la mesa como protegiendo su territorio mientras vigilaba. Sólo cuando el plato estuvo vacío, levantó la vista de nuevo y vio que el sacerdote estaba sonriendo. Una voz hacía tiempo olvidada pareció susurrarle a Evan lo que debía de hacer. La voz sonaba mucho como la de su madre.
—Gracias —musitó no sabiendo que más decir.
—¿Tienes todavía hambre?
Pero el hombre no esperó su respuesta e intercambió los platos. A Evan se le abrieron los ojos y empezó a comer de nuevo hasta que estaba a reventar. Era una sensación que no había experimentado desde que descubrió los frutales en el parque el último verano y comió de los árboles hasta hartarse, es decir, hasta que le descubrieron.
—Evan, ¿sabes dónde están tus padres?
Evan hizo un gesto afirmativo pero no pudo articular palabra. Era como decirles de nuevo adiós. Durante meses había tenido la esperanza de que todo fuera un error, pero no lo era, y aunque lo sabía, todavía no podía hablar de ello, al menos no a un extraño. La expresión de Evan pareció ser suficiente porque el hombre hizo un gesto pero no insistió en el tema.
—Evan, te puedo ayudar si me dejas. Dirijo un colegio para chicos y me gustaría llevarte allí.
¡Ahora lo entendía! El cura le llevaría a ese “colegio” y a cambió de un sitio donde dormir, Evan cuidaría de él. Había oído de lugares como ese a uno de los otros chicos que había conocido en verano. A Tom le había ofrecido algo así un viejo que merodeaba por el parque. La última vez que le había visto, aún estaba disfrutando de la situación y lo único que tenía que hacer era dejar que el viejales le follara de vez en cuando.
—¿Qué tengo que hacer? —inquirió, inclinándose hacia él y mirándole fijamente—. Quiere que se le chupe la polla, ¿verdad?
—No, Evan. Desde luego que no. Sólo quiero la verdad cuando te pregunte algo. Mi orden de sacerdotes y hermanos se dedica a la enseñanza, y creemos que todos los muchachos deben tener una educación y la oportunidad de tener una vida mejor. En el colegio tendrás deberes que cumplir y habrá cosas que todos esperemos de ti, como es un buen comportamiento, completar tus lecciones y mostrar respeto a tus profesores y compañeros.
—Buen discurso, padre, ¿pero qué es lo que realmente quiere?
—Darte una oportunidad de salir de las calles. Que tengas un sitio en el que estar a salvo y caliente con comida y sin necesidad de dormir en los callejones o venderte por dinero.
Intentando decidir si ese tipo iba en serio, Evan miró a los otros clientes de la cafetería. Quería preguntar a alguien, pero nadie les miraba.
—¿Quién eres? ¿Santa Claus? Porque dejé de creer en esa mierda hace mucho tiempo.
—No, y te aseguro que lo que te ofrezco es real. Creo que debemos ayudar a nuestro prójimo y yo quiero ayudarte. ¿Me dejarás? —le dijo, y cambiando de tema añadió—: Y no sueltes palabrotas, ni a mí ni a nadie más. Es otra de nuestras normas y parte del respeto a los demás.
¿Lo decía en serio? Evan le miraba fijamente intentando averiguarlo. Mientras, la camarera trajo la cuenta y el sacerdote pagó antes de levantarse. Parecía demasiado bueno para ser verdad pero algo dentro de él le decía que sería un tonto si no aceptaba. Si ese hombre terminaba siendo un mentiroso de mierda como él sospechaba, siempre podía irse.
—¿Vienes o no? —le preguntó el sacerdote.
Evan se deslizó fuera de su asiento y le siguió con las manos en los bolsillos, palpando los sucios billetes como si fueran amuletos. Ya fuera, el padre Valentin fue hasta donde estaba aparcada una vieja y anticuada furgoneta que tenía falsos adornos de madera. Abrió la puerta y la mantuvo abierta, esperando. Evan se subió al vehículo preguntándose de qué tenía miedo. Se había subido a coches de desconocidos antes y no precisamente con hombres que decían que querían ayudarle. ¿Quizás era por tanto pensar? Cuando se había subido antes a otros coches, sabía para qué lo hacía, pero ahora no tenía ni idea. El padre Valentin abrió la puerta del conductor, subió al coche y puso en marcha el viejo motor con oraciones y unos cuantos halagos.
—Ponte el cinturón. Bernardette sigue funcionando pero a veces es un poco impredecible —explicó.
Metió la marcha y, con una sacudida, el coche pareció saltar cuando inició su camino. Circularon durante un rato por la ciudad pasando luego por lo que parecía ser una vieja parte de Milwaukee. Bellas casas compartían su espacio con las que tenían el aspecto de ser destartaladas ruinas aunque casi todas ellas estaban cubiertas de andamios. Sin pensar en ello, Evan se fijaba en el camino memorizando lugares por si tenía que marcharse y encontrar el camino de vuelta. Se negaba a creer que alguien estuviera dispuesto a ayudarle pero parte de él, en el fondo, esperaba que quizás, quizás, el padre Valentin fuera en serio.
Pasaron por muchos sitios conocidos y Evan intentaba recordarlos todos pero se dio por vencido. Sabía que podía sobrevivir. Lo había hecho durante meses, y podía y lo haría de nuevo una vez averiguara exactamente qué es lo que quería ese hombre de él. Al pasar por las parcheadas calles, el viejo coche brincaba moviendo en vaivén a sus ocupantes. Los edificios eran más bajos, las fincas habían sido sustituidas por casas y la conducción empezó a ser más suave a medida que se hacían mayores. Y aún seguían en camino. Las casas se transformaron en campos con graneros y animales, nunca antes vistos por Evan, que pastoreaban y vagaban por ellos.
Una colina, con un gran edificio en lo alto, surgió en el horizonte y se hizo cada vez mayor a medida que se acercaban.
—Esa es la escuela —anunció el padre Valentin señalando con la mano por encima del volante.
Evan sacó la cabeza por la ventanilla y vio cómo el edificio crecía ante ellos. Pensó que era como una casa encantada con sus grandes ventanas y torres que se erguían en el paisaje. Temblando ligeramente miró al conductor como esperando que se hubiera convertido en algún tipo de malvada criatura, pero el padre Valentin volvió la vista hacia él y esbozó una agradable sonrisa.
—Espero que te guste estar aquí. Es un buen sitio y cuidaremos de ti, te lo prometo. Parte de lo que hacemos es ayudar a los que nos necesitan y cuando te vi salir de aquel callejón, sabía que tenía que intentar ayudarte.
Evan bajo la mirada y estuvo moviendo sus pies dentro de los destrozados zapatos. No sabía por qué la idea del sacerdote viéndole en el callejón le preocupaba, pero así era. Hasta ahora el hombre había sido amable y, aunque Evan se negaba a bajar la guardia, algo dentro de él parecía más ligero. ¿Era esperanza? Evan no estaba muy seguro y prefirió ignorarlo. Cada vez que se había sentido así en los últimos meses, había acabado decepcionado.
El coche giró y entró en un largo camino de entrada bordeado de árboles. Subieron entonces por la carretera zigzagueando hasta detenerse en un aparcamiento. Evan seguía intentando ver el edificio con detalle pero se alzaba frente a ellos de tal manera que todo lo que podía ver era sus muros color mostaza y unos cuantos marcos de ventana color marrón.
—¿Qué es esto? —preguntó Evan en voz baja cuando se asomó y vio lo que parecía una iglesia entre los demás edificios, todos en la cima de la montaña.
—Éste es el Colegio de San Bartolomé —declaró orgulloso el padre Valentin.
El sacerdote abrió la puerta y salió del coche. Evan hizo lo mismo. Allí de pie, con el frío y limpio aire de la cumbre, se quedó rápidamente helado después de su cálido viaje.
—Padre, ya ha vuelto. ¿Cómo fue la reunión con el Obispo?
Quién hablaba era un hombre que se acercaba a ellos bien abrigado.
—Fructífera, hermano William. Hay que descargar el coche. ¿Puede hacerlo mientras llevo a Evan dentro para que entre en calor?
—Yo... Yo... puedo ayudar —ofreció Evan, con los dientes castañeando.
—No seas tonto, estás congelado —observó el padre Valentin.
Se dirigió entonces hacia las puertas y Evan le siguió sin saber qué más hacer. Estar dentro fue como entrar en otro mundo en el que fue rodeado por el calor en un instante.
—Mi despacho está por aquí —le informó el padre Valentin señalando, y Evan asintió lentamente y le siguió por el silencioso pasillo—. Los otros chicos están ahora en clase pero pronto harán ruido —le explicó mientras se acercaban a una gran puerta.
Cuando llegaron, abrió y le indicó que entrara. Evan echó un vistazo dentro antes de mirar de nuevo al pasillo. Parte de él quería salir corriendo. Ya había visto una estatua de un hombre sosteniendo su propia cabeza y una de otro atravesado por un puñado de flechas, y se preguntaba qué tipo de gente pasaba el tiempo en un sitio como éste. Dentro de lo que parecía ser el despacho había otra estatua, ésta de una linda señora con una capa azul, que parecía agradable, casi serena. Miró al padre Valentin que con gesto cordial le invitaba a entrar. Evan pasó dentro. ¿Así que había llegado el momento? Inspeccionó con la mirada la sala mientras el sacerdote cerraba la puerta e iba a su mesa.
—Siéntate, Evan —le invitó amablemente, y señaló una de las sillas—. Quiero hacerte algunas preguntas y quiero que me contestes honestamente. Eso es lo único que podemos pedir de los demás, que sean sinceros. Te prometo no juzgarte ni condenarte por tus respuestas. ¿Entiendes?
Aunque Evan no lo entendía, asintió de todas maneras esperando que el padre Valentin dijera ya lo que quería de él. El sacerdote se levantó de la mesa, fue a sentarse en una silla a su lado y siguió hablando.
—Sé que estás encontrando esto difícil de creer, así que quiero dedicar unos minutos a explicarte las cosas para que sepas lo que estoy ofreciendo y qué espero de ti —dijo, con una voz que sonaba tan gentil y bondadosa que por primera vez Evan empezó a pensar que esa vez era de verdad—. Ésta es una escuela religiosa. Te haremos una prueba para ver tu nivel académico y poder elaborar un horario apropiado. Además irás a misa todos los días con los demás chicos. En pocas palabras, este colegio será tu hogar, y yo, junto con los otros hermanos, seremos tu familia.
Evan levantó los ojos de la pequeña mancha en la alfombra que había estado mirando.
—¿Cuál es el precio? Yo sé que nadie hace nada gratis. ¿Qué es lo que quiere?
El padre Valentin movió su cabeza lentamente, sus ojos permaneciendo suaves y amables.
—El precio es tu educación. Todo lo que te pido es que te esfuerces todo lo que puedas en las clases para aprender y ser una persona buena y generosa. No quiero ni espero más de ti. Hay algunas normas que seguimos. Una de ellas es el respeto a tus profesores y compañeros. Otra es que el tipo de comportamiento que tenías antes de venir, no está permitido —sentenció con voz firme—. Comprendo que estuvieras intentando sobrevivir y puedo respetarlo, pero aquí intentamos seguir una vida grata a Dios y esa manera de obrar no es la adecuada.
Evan tragó saliva. ¿Era esto real? Era demasiado bueno para serlo.
—¿De verdad que no quiere nada de mí?
El padre Valentin negó lentamente.
—No. Bueno, no de la manera que estás pensando. Quiero cosas de ti. Quiero que seas un buen estudiante y te conviertas en un buen hombre con un brillante y prometedor futuro. Nada más. Pero —dijo levantando un dedo, y Evan se preparó para que lo dejaran de nuevo tirado—, me gustaría tener algunas respuestas.
—¿Qué tipo de respuestas? —preguntó Evan vacilando.
—Empecemos por tu nombre completo —indicó cogiendo un bloc.
—Evan Donalson —declaró, diciéndolo por primera vez en voz alta desde la muerte de sus padres.
El padre Valentin escribió durante algunos segundos y entonces se inclinó en la silla hacia delante, con expresión serena y sosegada.
—¿Qué pasó con tu familia?
Evan sabía que en algún momento tendría que hablar de ello, pero no tenía ganas y moviendo la cabeza apartó la mirada. El padre Valentin insistió.
—Te estoy pidiendo que confíes en mí, Evan. No haré nada para herirte pero tengo que saber qué te pasó para intentar ayudarte.
—Murieron en un accidente la primavera pasada —dijo al fin Evan mirando al suelo—. Desearía haber estado con ellos —añadió tragando saliva, manteniendo a duras penas el control de sus emociones.
—¿No tienes más familia? —preguntó entonces el sacerdote.
Evan negó con la cabeza no atreviéndose a hablar.
—¿Te enviaron a una casa de acogida? —sugirió el padre Valentin con delicadeza.
Y Evan asintió.
—¿Te hicieron daño? —añadió por último.
Evan negó de nuevo, completamente incapaz de explicar que seguramente los padres de acogida eran buenas personas, pero que no eran sus padres y eso mismo hacía que en su mente fueran los peores del mundo.
—Me marché. De todas maneras no me querían —explicó Evan.
Era la contestación más sencilla que más se acercaba a lo que pensaba. No era su hijo y ellos no eran sus padres, así que no podían quererle y él, desde luego, no les quería. Evan levantó sus ojos de la alfombra y vio que el padre Valentin le estaba mirando nerviosamente.
—No voy a volver allí —le aseguró Evan antes de mirar otra vez al suelo.
—No te enviaré de vuelta. ¿Pero recuerdas que te dije que tenías que ser sincero? Eso sirve para los dos —indicó, y Evan se preguntó a dónde quería ir a parar—. Tengo que llamar a las autoridades y decirles que estás aquí. Puedo convertirme en tu tutor legal aunque sólo si tú me lo permites.
—¿Me da elección? —explotó Evan con ojos asombrados—. La trabajadora social nunca lo hizo. ¡Esa perra! ¡Me cogió y me dejó con unos extraños!
Evan se sorprendió al darse cuenta de que no estaba considerando al padre Valentin como a un extraño. La verdad es que todavía no sabía qué le consideraba pero pensó que, de alguna manera, podía confiar en él.
—Sí, puedes elegir —confirmó el padre Valentin, y acortando la distancia entre los dos y tocando su hombro, añadió—: Una de nuestras normas es que todo tipo de insultos es una ofensa a Dios. La trabajadora social puede haber sido una “perra” pero no lo decimos de esa manera —le indicó rotundamente, y luego le guiñó un ojo con expresión cómplice.
—Está bien —admitió Evan, y pensó durante un momento—. ¿Qué tal “pera con dos erres”? —sugirió con un nudo en su garganta, recordando que eso era lo que su madre solía decir.
—Si insistes —claudicó el sacerdote, y sonrió, pero luego la sonrisa se desvaneció—. ¿Hace cuánto dejaste la casa de acogida?
Evan se encogió de hombros. Hacía calor cuando se fue y los primeros meses habían sido más fáciles, al menos para encontrar un sitio para dormir.
—Primavera, supongo —contestó intentando recordar.
Parecía muy lejano. Siendo cada día una lucha por sobrevivir, el tiempo no tenía mucho uso excepto relacionado con la temperatura y el clima. Una suave llamada a la puerta les interrumpió y Evan se hundió en su silla mientras el padre Valentin le decía que entrase a quienquiera que estuviera fuera.
—Siento molestarle, padre, pero es casi la hora de misa y...
El padre Valentin se levantó de su asiento y Evan oyó el crujir de sus rodillas.
—Gracias, hermano, por recordármelo —agradeció, y la puerta se cerró de nuevo—. Debemos de prepararnos. Ven, te mostraré el camino.
El padre Valentin fue hasta la puerta del despacho, la abrió y le guió por el ahora ruidoso corredor lleno de muchachos, unos más jóvenes que Evan, otros más mayores. Evan, que seguía al sacerdote, mantuvo los ojos bajos con cuidado de no cruzar la mirada con nadie.
—La capilla está justo ahí. Necesito cambiarme. Ve dentro y siéntate.
El padre Valentin se apresuró a marcharse y Evan fue hacia donde le había indicado. Entró en el edificio y entonces, a través de otras puertas, a una sala más grande con un elevado techo. Sus padres y él no habían ido mucho a la iglesia pero algo de ese lugar le llegaba a su interior. Evan acabó sentado atrás en una esquina cerca de las columnas. Desde allí estuvo observando cómo era la capilla. Dobló el cuello para mirar hacia arriba y se puso a admirar el techo pintado. Se quedó con la boca abierta, nunca había visto algo tan hermoso.
Las puertas se abrieron y el sonido de voces superpuestas le trajo de vuelta a la realidad. Bajó los ojos de nuevo. Todos los chicos encontraron sitios donde sentarse y sus voces cesaron. Lentamente, Evan alzó la mirada. Vio al padre Valentin salir y cuando levantó las manos, todos se pusieron en pie. El sacerdote se puso a cantar y los otros cantaron entonces como respuesta. Evan no entendía en realidad muchas de las palabras pero hizo lo posible por atender.
La puerta trasera de la iglesia se abrió y entró otro muchacho que miró a su alrededor antes de cerrar con cuidado y deslizarse en el banco, a su lado.
Todos los alumnos llevaban pantalones grises, camisas blancas y chaquetas azules. El chico que había entrado le tocó el brazo y le dio una chaqueta azul, haciéndole señas de que se la pusiera. Evan lo hizo y, cuando se volvió hacia él e intentó preguntarle qué pasaba, el muchacho moreno le sonrió y se puso a atender a la ceremonia.
Evan seguía lo que estaba pasando intentando fijarse pero sus ojos volvían una y otra vez al chico que estaba a su lado en aquel largo y duro banco de madera. Evan no conocía su nombre pero sabía que tenía unos brillantes ojos marrones y un rostro abierto que le hacía sentir raro por dentro cuando le sonreía. Disimuló el bulto en sus pantalones y se ajustó la chaqueta. Además de mantenerle más caliente, la prenda ocultaba otras cosas que no quería que viera su compañero. Durante todo el servicio mantuvo un ojo en el chico de pelo negro azabache.
“Amen”, resonó en el voluminoso espacio el fin de la misa, todos cantando al unísono. Entonces, durante medio segundo, se hizo el silencio. Fue roto por los muchachos que empezaron a hablar a la vez que se dirigían hacia la puerta. Evan intentó seguir a su compañero andando entre los bancos pero éste pareció ser arrastrado por los otros alumnos al unirse a ellos. No sabiendo a dónde ir, Evan se detuvo donde estaba hasta que vio al padre Valentin andar hacia él.
—Bien, veo que tienes una chaqueta. Excelente —aprobó al detenerse a su lado—. Creo que tenemos que darte de comer. Entonces te puedes asear y luego te buscaremos una habitación.
Evan asintió y le siguió, preguntándose por millonésima vez que estaba haciendo en ese lugar y por qué ese hombre en particular estaba siendo tan bueno con él. El padre Valentin le llevó de nuevo a su despacho, donde hizo que uno de los hermanos les trajera comida, y entonces acompañó a Evan a un pequeño cuarto de baño privado.
—Haré que te traigan unos uniformes y veré qué puedo hacer para encontrar ropa que puedas llevar los fines de semana.
—No puedo pagar por todo esto —indicó Evan que se dio la vuelta para mirarle.
Buscando en sus bolsillos, sus manos resbalaron sobre los billetes por un segundo antes de sacarlos y dárselos al padre Valentin sin decir nada. Antes de cerrar la puerta del baño, Evan vio la cara de sorpresa del sacerdote y cómo su boca se curvaba en una sonrisa.
Empezó a quitarse sus sucias ropas y al tirar de los calcetines, los billetes cayeron al suelo revoloteando. Colocó todo en un montón dejando el dinero escondido en uno de los calcetines y entonces se metió desnudo en la ducha y abrió el grifo. El agua arrastraba la suciedad y la mugre por el desagüe. Encontró una botella de champú en la esquina y se lavó su pelo largo y rubio. No se podía acordar de cuándo fue la última vez que se lo había cortado.
Evan se sobresaltó cuando oyó la puerta abrirse y se preparó poniendo las manos contra la pared de azulejos. ¿Así que era eso? Había jugado a eso antes, muchas veces. Muchos tíos que lo llevaban a casa preferían que se aseara antes de ir a por él en la ducha.
—El padre Valentin me pidió que te trajera ropa —dijo la voz sosegada de una figura que no podía ver.
Evan oyó a alguien moverse al otro lado de la cortina. Echando un vistazo, vio a un hombre dejar un montón en la repisa antes de irse. Con el pelo mojado cayendo sobre sus hombros, sacudió la cabeza, terminó la ducha y salió. Al lado de la ropa limpia había también unas toallas y un pequeño neceser con artículos de aseo. Sus pocas posesiones estaban aún donde las había dejado. Se secó, se puso las prendas nuevas e intentó no mirarse mientras se peinaba. Luego se calzó sus propios zapatos, recogió sus prendas viejas y salió del cuarto de baño sin saber muy bien a dónde tenía que ir.
—¿Estás preparado? —preguntó la misma voz.
Evan se sobresaltó al oírla.
—Lo siento —se disculpó un joven—, han llamado al padre Val y me ha dicho que te acompañe a ver a tu evaluador.
—¿Qué es eso? —inquirió Evan en voz baja.
—El hermano Benedict te hará unas pruebas para ver tu nivel académico y así poder ponerte en la clase adecuada —le aclaró el joven que se dirigió entonces hacia la puerta.
—¿Quién eres tú? —le preguntó curioso, ya que no parecía mucho más mayor que él.
—¡Oh! —exclamó y, para sorpresa de Evan, rió tontamente—. Soy el hermano Timothy, el miembro más reciente de la Orden. Vamos, no debemos de hacer esperar al hermano.
Evan lo siguió por pasillos y dos tramos de escaleras hasta llegar a una pequeña habitación donde pasó las horas siguientes resolviendo problemas, leyendo en voz alta y haciendo todo tipo de pruebas antes de que el hermano Timothy regresara.
—Vamos a acomodarte.
Evan le siguió fuera del edificio y a través de corredores cubiertos llegaron a otro edificio. Dentro, fueron por otras escaleras y otro largo y recto pasillo. Algunas cabezas se volvían al pasar por las habitaciones que tenían puertas abiertas y algunos murmuraban. Evan sabía que estaban hablando de él. Como iba con los ojos bajos, casi tropezó con el hermano Timothy cuando éste se detuvo delante de una de las puertas.
—¿Qué hay aquí?
—Aquí —empezó a decir el hermano abriendo la puerta—, está tu habitación. La compartirás con otro estudiante.
Evan avanzó y entró. El chico de pelo negro de la capilla levantó la vista de un libro, sonriéndole. Evan parpadeo varias veces, el estómago se le encogió, y por un momento pensó que iba a vomitar. Luego la molestia se convirtió en un dolor sordo. No sabía qué quería decir pero estaba bastante convencido de que tenía algo que ver con esos grandes ojos que le miraban. Evan se fijó en el hermano Timothy para ver si él sentía lo mismo, pero su expresión no había cambiado.
—Hola —saludó el muchacho que se levantó y extendió la mano—. Soy Clay Mueller. Y tú debes de ser Evan.
No sabiendo que hacer, Evan alargó también su mano y la ropa vieja se le escapó de la otra y acabó en un montón en el suelo.
—Me llevaré esto a la lavandería —se ofreció el hermano Timothy, y recogió las prendas.
Evan se dejó llevar por el pánico cuando vio que se llevaba sus calcetines con todo el dinero. Ese montón de billetes era todo lo que tenía en el mundo y si las cosas no iban bien... Reaccionó rápidamente y fue tras el hermano y recuperó los calcetines justo cuando llegaba a la puerta. Palpó con sus dedos los billetes y se dio cuenta de que Clay le observaba. Evan apretó contra él los calcetines. Agarraba los trozos de tejido como si en ello le fuera la vida intentando que su corazón no latiera tan deprisa. El hermano Timothy desapareció de su vista.
—Parece que esos calcetines son especiales —comentó Clay.
Evan se volvió hacia él y bajó una vez más la mirada, todavía sosteniendo los calcetines con todo lo que poseía dentro.
—Lo siento —se disculpó Clay al ver su reacción.
Evan se sentó en el borde de lo que imaginaba era su cama, dado que era la única que estaba hecha y que ese lado de la habitación estaba vacío. El colchón se hundió bajo su peso y aprovechó para echar un vistazo a la habitación que consistía en dos camas, dos cómodas pintadas de blanco, dos mesas de estudio y un armario, además de la ventana.
—El padre Val dijo que lo has pasado mal —comentó su compañero.
Evan le miró y Clay le devolvió la mirada. A Evan esa afirmación le parecía quedarse más que corto pero no tenía ganas de hacer ningún comentario. Estaba todavía intentando dilucidar quién o qué le había llevado hasta allí.
—¿No hablas mucho? No pasa nada. Mi madre dice que hablo por ocho así que nos llevaremos bien —continuó, y Evan notó el movimiento en la cama cuando se sentó a su lado—. Esta es tu cama —indicó su compañero—. Probablemente ya lo sabes. Y ésta es tu cómoda. He puesto los uniformes y la ropa que trajo el hermano Timothy en los cajones. Y esta mesa es tuya. Y tienes la mitad del armario, aunque tengo que advertirte que es algo así como un cuarto porque mi madre no hace más que mandar más cosas y se me está acabando el espacio.
Evan dejó de mirarse los zapatos y dirigió su mirada al otro muchacho. No estaba seguro si hablaba con él o si lo hacía solo.
—De acuerdo —accedió Evan, sin realmente importarle, ya que sus escasas pertenencias probablemente cabrían en uno de los cajones.
—Hey, Clay —saludó otro chico que apareció de repente en la habitación y que se puso a mirar a los dos fijamente—. ¿Cuánto vas a tardar en ahuyentar a éste? Clay odia tener a alguien en la habitación y siempre encuentra la manera de espantarlos —explicó el recién llegado que tenía pelo castaño y ondulado, y una nariz grande.
—Déjalo ya, Bryson —protestó Clay que saltó de la cama y agarró al crío por el cuello antes de darle con los nudillos en la cabeza.
Los dos se echaron a reír y Evan se puso en pie.
—Me voy —declaró sin alzar la voz.
Debería de haber sabido que aquello era demasiado bonito. No iba a irle bien, no aquí. Como el puto que era, el único sitio en donde encajaba era en las calles. Al menos allí sabía qué esperar y podía ver venir las cosas. Aquí nunca lo sabría. Con los calcetines aún en las manos, salió de la habitación y fue por el pasillo hacia la puerta del fondo esperando poder encontrar al hermano Timothy y pedirle que le devolviera la ropa. Tenía algo de dinero y podía usarlo para volver a donde debía estar.
—Hey —oyó decir a alguien corriendo detrás—. Evan, espera —insistió la voz, pero él siguió andando hasta que notó que le tiraban de la manga—. ¿A dónde vas?
Esa era una buena pregunta. Podía haber contestado que a casa pero no tenía. Se había pasado meses deambulando y durmiendo en el primer sitio que podía encontrar.
—Vamos —dijo Clay tirando de él hacia la habitación—. No le hagas caso a Bryson. Es un imbécil total.
Ya de vuelta, Clay cerró la puerta como para evitar que su nuevo compañero se escapara.
—¿Quieres hablar de lo que te pasó?
—La verdad es que no.
—Está bien. No tienes que decírmelo, ¿sabes? —concedió Clay mientras revoloteaba por la habitación recogiendo algunas de las prendas diseminadas y estirando la ropa de su cama—. ¿Sabes lo que creo? —añadió mientras seguía moviéndose—. Creo que vamos a ser buenos amigos.
Un timbre sonó fuera del cuarto y Clay empezó a colocarse bien lo que llevaba puesto.
—La cena es en cinco minutos —anunció Clay—. Deberías de guardar tus cosas y así podremos irnos.
Lo único que tenía que guardar Evan eran sus calcetines. Abrió el cajón de arriba, los puso bajo las otras ropas y cerró de nuevo. Se oyeron pasos en el pasillo y Clay abrió la puerta mientras le esperaba.
—No te preocupes, todo irá bien —le tranquilizó Clay ya en el corredor.
Evan lo siguió uniéndose al tropel de chicos que se dirigían a las escaleras. En un momento dado perdió de vista a su compañero y, como todos vestían igual, no pudo localizarle. Evan continuó con los otros alumnos hasta llegar a un gran comedor. Se pusieron en fila y parecían estar esperando. Notó un suave codazo en su brazo y vio que Clay, sonriendo, estaba de pie a su lado. Mirando a los otros muchachos se dio cuenta de que, vestidos de la misma manera, todos tenían el mismo aspecto, y de que él, con las nuevas ropas, parecía uno más... Bueno, casi.
Los chicos inclinaron la cabeza, en silencio, y Evan hizo lo mismo. El padre Valentin que estaba también allí de pie, pronunció lo que parecía una oración. Tan pronto como hubo acabado, se abrieron unas puertas y todos se pusieron a hablar a la vez. Bueno, todos menos él. Siguió a Clay, tomó una bandeja y fue haciendo lo que el otro hacía. Llevó su bandeja llena fuera de la sala y se sentó junto a Clay en una mesa. Pronto otros alumnos se unieron a ellos.
—Chicos, éste es mi nuevo compañero de cuarto. Evan, éste es Pete —dijo Clay señalando—, Patrick, Wilbur, Dex y el tipo del final es Frankie.
Evan se sintió un poco abrumado. ¿Les caería bien o le odiarían a primera vista? A veces le parecía que debía tener la palabra puto bordada en la frente y que todos sabían lo que había estado haciendo para sobrevivir.
—Hola —saludó vacilando.
—El padre Val también ayudó a Frankie —aclaró Clay, y Evan miró al otro chico que estaba sentado en el extremo de la mesa.
—Mis padres no podían pagarme el colegio y el padre Val me consiguió una beca —explicó Frankie con una sonrisa satisfecha—. El padre Val ayuda a todo el que puede. Aquí hay también otros chicos a los que ha ayudado —continuó, señalando a su alrededor—. Uno tarda un poco en acostumbrarse pero es un buen colegio y muchos de nosotros podemos ir luego a buenas universidades.
Para Evan ir a la universidad estaba fuera de cuestión. Le era suficiente vivir día a día. Las calles le habían enseñado a no pensar en el mañana, a vivir cada día como venía.
—¿Así que esto es real? —preguntó Evan directamente a Frankie—. ¿De verdad es tan buena persona y no quiere nada a cambio?
Todos los de la mesa se volvieron hacia donde estaba el padre Valentin andando entre las mesas. Se detenía en casi todas ellas, hablaba con los alumnos, reía con unos y compartía un abrazo con otros, especialmente con los que parecían más jóvenes. Se aproximó entonces a donde estaban ellos sentados.
—Buenas tardes, chicos —saludó alegremente.
—Hola, padre Val —se oyó como una sola voz.
Parecían realmente contentos de verle.
—¿Conocéis todos a Evan? —les preguntó, y ellos asintieron—. Excelente. Os agradecería que le enseñarais las cosas. Clay, le hemos puesto en muchas de tus clases —comentó a su compañero, y sacó una hoja impresa que dio a Evan—. Clay te ayudará a ir a las aulas mañana —le dijo, y añadió para los demás—: Bueno, chicos, sé que estoy pidiendo mucho pero, ¿podríais prescindir de las habituales novatadas? Evan necesita adaptarse y agradecería que pudiéramos dejarlas al menos hasta que se sienta uno de nosotros.
Todos ellos asintieron aunque a algunos se les borraron las sonrisas.
—Gracias chicos. A alguno de vosotros os veré en la ronda antes de dormir —dijo alegremente a modo de despedida.
Evan notó una mano apoyarse en su hombro, los dedos apretando levemente, y al alzar la mirada vio que el padre Val le sonreía con sinceridad. Evan se quedó sin respiración. No había visto nada así desde que su padre le deseo buenas noches el día antes de... Volvió su mirada a la bandeja no queriendo que los otros se dieran cuenta de lo que sentía.
La risa a su alrededor interrumpió sus pensamientos. A Frankie le caía leche por la cara y otro de los chicos le golpeaba en la espalda. Evan no pudo evitar sonreír recordando entonces cómo se sentía haciéndolo. Tomó un bocado de su plato y ahuyentó alguno de sus sentimientos mientras escuchaba a los demás divertirse. No le excluían. Cuando contaban sus chistes, esperaban a que él también se riera. Uno de ellos se tiró un sonoro pedo antes de decir algo sobre un pato bajo la mesa. Evan se sonrió y acabó echándose a reír, con una risa fuerte y poderosa, sintiendo que parte de sus preocupaciones desaparecía un poco Y cuando le llegó el turno, echó un chiste que recordaba que su padre contaba sobre un vendedor de cepillos de dientes. Los otros le escucharon y se echaron a reír cuando llegó a la frase clave.
Uno de los hermanos se dirigió hacia su mesa con gesto adusto y Evan volvió la vista a la bandeja. Cuando ya estaba cerca, el padre Valentin lo alejó de allí haciendo que fuera hacia otra mesa. Evan no estaba seguro de que los otros se hubieran dado cuenta pero hubiera podido jurar que al hacerlo, el sacerdote le había guiñado el ojo.
Cuando acabaron, limpiaron las bandejas antes de irse. Evan hizo de nuevo todo lo que hacía su compañero y regresó con él a su habitación. Clay encendió la luz, se quitó el uniforme y se puso un pantalón de chándal y una camiseta. Luego se echó en la cama con un libro.
—¿Quieres? —preguntó, lanzándole uno—. Ésta es la primera clase de mañana —explicó antes de indicarle lo que tenía que hacer.
Evan se sentó en su mesa vacía y abrió el libro. Clay le pasó una hoja de papel y él empezó a hacer los problemas. Las mates siempre le habían resultado fáciles y lo que leía le sonaba. De vez en cuando acababa mirando a hurtadillas al otro muchacho. Cuando acabó los problemas, Evan se giró hacia Clay para hacerle una pregunta y le vio bostezar, estirando sus brazos por encima de la cabeza, con la camiseta un poco subida y un pedazo de abdomen ligeramente bronceado asomando por encima de los pantalones. Evan apartó la mirada notándose reaccionar. Sabía qué era lo que sentía. Se había ocupado de muchos hombres con esa reacción pero ninguno le había afectado así. Clay le dio otro libro y le explicó los ejercicios de la lectura y él trabajó laboriosamente en ellos hasta que se puso a bostezar.
—Es casi la hora de la ronda —anunció Clay.
Salió de la habitación y no volvió hasta unos minutos más tarde.
—El cuarto de baño está dos puertas más abajo a la izquierda. Más vale que te des prisa o tendrás que esperar mucho.
Evan tomó la pequeña bolsa de aseo que le habían dado y se dirigió a los baños. Se oían risas en alguno de los cuartos. En los aseos otros chicos se apresuraban a lavarse y ocuparse de otras cosas, casi todos listos para ir a dormir. Hizo lo posible para ignorarlos y se lavó los dientes antes de volver a su habitación. Clay ya estaba acostado y Evan se quitó sus ropas y las dejó doblándolas cuidadosamente.
Se deslizó entre las sábanas y apagó la luz. Hubo una suave llamada a la puerta y ésta se abrió. El padre Val entró deseando buenas noches a Clay antes de dirigirse a Evan que, al mirar su amable rostro, sonrió, finalmente admitiendo que todo aquello era real. El sacerdote le devolvió la sonrisa antes de darle un golpecito en el hombro y salir de la habitación.
—Buenas noches, Evan —oyó que le decía Clay mientras se daba la vuelta.
—Buenas noches —contestó él en voz baja con una sonrisa.