Capítulo 1
HANK oyó la familiar voz de Brian antes de que le diera tiempo a salir por la puerta:
-¡Hank! Ven aquí un momento, ¿quieres? -gritó su jefe con su profunda voz de barítono.
Hank puso los ojos en blanco, pues sabía que iba a recibir otro sermón acerca de los peligros de beber la noche antes de trepar a los árboles, y cuadró los hombros intentando parecer arrepentido mientras se giraba lentamente.
-Claro, Bri, ¿qué ocurre?
-Sí, ya, como si no lo supieras. -Brian Allan separó la silla del improvisado escritorio situado en una esquina de la cabina de la barcaza y clavó en su más reciente trabajador una mirada de “jefe enfadadísimo”-. Tú y yo ya hemos tenido esta charla antes, así que dime por qué no debería despedirte.
Hank cambió la expresión de arrepentimiento por otra que le era más habitual y con la arrogancia por la que era conocido en el mundo de la explotación forestal, se encogió de hombros como si ni siquiera necesitara contestar.
-Porque soy el mejor hombre que tienes.
-Déjate de gilipolleces y permite que te explique las cosas como yo las veo, ¿de acuerdo? -Brian se levantó y con sus casi dos metros de altura se puso en dos zancadas frente al otro hombre-. Puedes creer que eres el mejor, pero déjame decirte que yo no voy a dudar en despedir a mi mejor hombre si no abandonas esta costumbre de venir a trabajar de resaca. -Y clavándole un dedo en la cara, añadió sonriendo-. ¿Entendido?
-¡Joder, Bri…
-No te estoy hablando como amigo, Hank. -Cruzó los brazos sobre el pecho, y se quedó mirando fijamente la expresión dubitativa del otro hombre, quien dado que sólo era unos cinco centímetros más bajo apenas tuvo que alzar la mirada. Hank sabía, tras muchas discusiones similares, que Brian podía enseñarle una lección que podía resultar necesaria, pero también era consciente de que no iba a meterse con el sindicato sólo para demostrar que tenía razón-. Pon la seguridad de alguien en peligro y estarás fuera de aquí más rápido de lo que tardas en pestañear. -Descruzó los brazos y volvió hacia el escritorio sin molestarse en volver a mirar a Hank-. Ahora coge tu equipo y prepárate para subir al helicóptero. Como tenemos un hombre menos, esta mañana yo también iré.
-Puedo subir a la copa de tantos árboles, si no más, como el resto de estos gilipollas todos juntos, y sin embargo me estoy llevando una bronca porque me gusta divertirme un poco al terminar el trabajo. ¡Que le den! -iba murmurando entre dientes al salir de la oficina y dirigirse hacia la pista del helicóptero.
Hank entró en la pista con un humor de perros, pero su ánimo empeoró todavía más cuando vio que Roddy se dirigía con rapidez hacia él.
-Escucha, Roddy. -Levantó la mano ante el segundo de Brian y sacudió la cabeza-. No quiero oírlo, ¿de acuerdo?
-Vale. -Roddy levantó las manos para aplacarlo-. Sólo venía a ver si necesitabas ayuda, que ya vamos con retraso.
-No importa. Tengo tiempo de sobra. -Hank señaló con la cabeza hacia la izquierda en dirección a la oficina de Brian-. El jefe viene con nosotros y todavía no ha preparado su equipo.
-En realidad ya se lo preparé yo -dijo el otro hombre sonriendo-, así que tienes cinco minutos. -Y levantó la mano con la palma abierta para enfatizar su última frase al tiempo que movía las cejas, claramente mofándose de Hank y de su último altercado con Brian, el mejor amigo de Roddy desde secundaria.
-Estoy jodido -siseó Hank en voz baja, contento de que no hubiera nadie más alrededor-. ¿Puede este día empeorar más?
Hank juntó sus herramientas, botas y chaleco de seguridad en tiempo récord y ya estaba en el helicóptero antes que Brian y Roddy. Cuando éstos subieron decidió mantener por una vez la boca cerrada y tratar de salvar algo de ese día, así no les proporcionaría más munición para usar contra él más tarde. Mientra Kari, la piloto del helicóptero, los guiaba hacia la parte más retirada del bosque de Vancouver Island, Hank trató de descubrir qué tenía Brian en contra de él. «¡Qué carajo! Trabajo bien, más que ningún otro. Trepo a los árboles que me tocan, mis cortes son siempre limpios y precisos y ayudo al tío a ganar millones de dólares al año».
Cuando el helicóptero se aproximó al lugar de aterrizaje, una zona rodeada de enormes cedros canadienses y cipreses, algunos que ya habían dejado marcados ayer, Hank admitió para sí que le gustaba beber, perseguir a las chicas e incluso tomarles el pelo a los otros hombres diciéndoles cuánto más lentos eran para todo. Pero nunca había salido nadie lastimado ni le había costado a la compañía ni un centavo con lo que hacía fuera de las horas de trabajo. «¡Joder, ni siquiera he estado ni un día de baja!». Incluso con su sensibilidad a las temperaturas de más de 40º que había en verano, los pequeños episodios de insolación que sufría nunca entorpecían su ritmo de trabajo: bajaba durante unos veinte minutos más o menos, descansaba a la sombra y después volvía a trepar a los árboles y seguía trabajando al lado de los demás.
Hank sacudió la cabeza, bajó del helicóptero y se dirigió a su sección del bosque, parando sólo cuando Brian lo llamó. Cuando se dio la vuelta sintió un cierto alivio ante la sonrisa que le ofreció el otro hombre y su gesto con el pulgar hacia arriba. «Tal vez no estoy metido en ningún lío, como había pensado». Así que se alejó silbando hacia el norte para terminar los árboles que le habían quedado sin acabar el día anterior. Según sus cuentas, aún le quedaban diez y entonces ya habría acabado por hoy, y no sólo tendría el fin de semana libre, sino que no debería volver al trabajo hasta el jueves.
«Casi una semana entera», pensó para sí, «para buscar una chica, o dos, con unas buenas curvas que me mantengan en horizontal hasta el jueves».
Se aproximó a su primer árbol, y al recordar la advertencia de Brian sobre meteduras de pata, repasó mentalmente los pasos a seguir. Ató los trepadores a las botas, asegurándose de que las correas estuvieran bien tensas alrededor de sus pantorrillas, comprobó que el cinturón de seguridad estaba bien ajustado y entonces empezó a inspeccionar su equipo: necesitaría remplazar la cuerda dentro de poco, tenía demasiadas zonas desgastadas, pero aún le podía durar una o dos temporadas más; el chaleco de seguridad era nuevo y no le impedía alcanzar el silbato de rescate que llevaba en el hombro; e incluso el casco, que definitivamente había conocido días mejores, aún podía aguantar varias temporadas más.
Sujetó un extremo de la eslinga a la cintura del arnés que llevaba y echando el brazo hacia atrás como si fuese a lanzar una pelota de béisbol, lanzó el otro extremo alrededor del tronco del árbol para recogerlo al salir por el otro lado. Lo asió con facilidad y lo enganchó en el otro lado del arnés. Puso un pie en la base del tronco, agarró ambos extremos de la eslinga y alternando un movimiento rápido con cada muñeca comenzó a trepar. Había olvidado introducir los datos relativos al “Diámetro a la Altura del Pecho” de este tronco en particular en la calculadora, pero años de experiencia le dijeron que la medida era correcta para asegurarse de que su peso entraba dentro de los límites permitidos, así que decidió seguir subiendo. Era en momentos como éste cuando se sentía más agradecido de no tener que hacer el trabajo de Brian.
Gracias a su experta técnica de trepa, en pocos minutos llegó a una altura de más de quince metros, donde se detuvo a disfrutar de la espectacular vista que se podía entrever entre los pequeños penachos de niebla que había. Nunca había entendido cómo alguien podía estar encerrado entre paredes de hormigón todo el día, contento con ver un poco de hierba entre las baldosas de cemento o unas pocas plantas en esos enormes edificios de oficinas. Antes incluso de ir al colegio, su madre ya tenía que arrancarlo literalmente de los árboles que había en el vecindario. Le encantaba trepar tan alto como pudiera y ver todo lo que no se podía ver desde el suelo, y aún hoy le seguía gustando. Nunca lo admitiría en voz alta, pero allí arriba se sentía libre. Y otra cosa que nunca admitiría ante nadie era por qué: no sabía muy bien el motivo, pero allí arriba se sentía más como en casa que en ningún otro lugar del mundo.
Un par más de movimientos de muñeca lo llevaron cerca de las primeras ramas que tendría que cortar antes de seguir hasta la copa del árbol. Levantó con cuidado la motosierra que llevaba colgada de una cuerda y tiró de la manecilla de arranque para encenderla, asegurándose de ajustar el estárter. Una vez que comenzó el estruendo, bajó la visera del casco y empezó a cortar. No había muchas ramas para talar, pero estaba seguro de que había visto un poco más arriba una de esas peligrosas ramas secas que podían desprenderse en cualquier momento. Bueno, ya se encargaría de ella cuando llegara; no es que estuviera siendo descuidado, pero no quería perder la concentración allí tan arriba. Podía oír a Brian en su cabeza diciéndole una y otra vez: “tienes que mantenerte concentrado cuando subes a un árbol, no tiene sentido planear lo que vas a hacer tres metros más arriba cuando algo te puede matar un metro antes de llegar allí”. Y a pesar del altercado de esa mañana, Hank estaba más que dispuesto a admitir que ese consejo le había salvado la vida en muchas ocasiones.
Tras subir otros tres metros, ya estaba preparado para enfrentarse a la rama seca que sobresalía detrás de otra rama especialmente grande. La estudió durante unos momentos, llamándole la atención que estas ramas grandes y frondosas que sobresalían del lado del árbol y crecían hacia el sol una vez hubieran sido unos pequeños y tiernos vástagos. «Pues ahora ya le falta muy poco para ser tan ancho como su padre». Agarró la motosierra y comenzó a cortarle trozos para reducir su tamaño, y cada vez que caía uno al suelo, haciendo un ruido que le provocaba un ramalazo de excitación por todo el cuerpo, lanzaba un grito de aviso. Se apartó antes de realizar el último corte y gritó tan fuerte como pudo que iba a caer una rama seca. Durante los años que llevaba trabajando como leñador había conocido a varios leñadores que habían resultado lastimados o incluso habían muerto debido a estas incontrolables ramas, tan grandes y gruesas que casi eran como pequeños árboles, y que se precipitaban desde la copa con fuerza letal.
Exhaló un suspiro de alivio cuando por fin se situó para cortar la copa del árbol. No necesitaba desprender la cookie, ese pequeño trozo de la copa que mostraba sus cortes y su técnica, así que a casi cuarenta y cinco metros de altura comenzó a serrar y se recostó sobre su arnés para ver cómo la copa del árbol caía al suelo. «No hay nada mejor que esta sensación» se recordó a sí mismo. «¡Qué coloque más cojonudo!».
Colocó alrededor y encima del corte una cinta roja, la marca que señalaba al piloto del helicóptero que éste era un árbol listo para transportar, y se deslizó hasta el suelo, porque desde donde se encontraba no alcanzaba con el garfio el siguiente árbol al que tenía que trepar y mucho menos podía saltar hasta él, pero si bajaba podía fijar la guía al pie del tronco con su palo de agarre de dos centímetros y medio de longitud y seguir sin necesidad de tener que volver para hacerlo más tarde.
No fue hasta que se encontraba en su décimo árbol que comenzó a sentir el calor. Se había mantenido callado la mayor parte del día, hablando poco en respuesta a las bromas que se gritaban los otros trabajadores y que el viento le hacía llegar o que se filtraban ocasionalmente por su walkie-talkie, así que no sabía cuál era la temperatura y tampoco recordaba si alguien había mencionado algo al respecto.
«Debe haber casi cuarenta grados» pensó mientras seguía subiendo, deteniéndose cada vez con más frecuencia para recuperar el aliento o simplemente apoyarse, al no saber si el calor era lo suficientemente fuerte para hacerle vomitar el pequeño desayuno que había tomado por la mañana. Nunca les había hecho caso a los comentarios de Brian y Roddy sobre que el alcohol siempre hacía que las insolaciones fueran peores, pero en momentos como éste, cuando sentía que las tripas se le iban a salir por la boca cada vez que respiraba, se preguntaba si no tendrían razón.
Arrancó la motosierra y terminó de podar el décimo árbol, con la intención de bajar y dormir una siestecilla a la sombra hasta que se le asentara el estómago. Oyendo el aviso de Brian en la cabeza por enésima vez, fue terminando muy despacio lo que le faltaba. «¡Diablos, si con éste ya he acabado! No hay necesidad de correr». La cuña estaba bien colocada, impidiendo que le cayera encima. Disfrutó de la familiar excitación una última vez, grapó la cinta alrededor y sobre la cima del árbol, ahora libre de su copa, y comenzó a descender.
«¡Gracias a Dios! Por fin podré encontrar una sombrita y tomar un poco de agua». Comunicó por radio a los leñadores cercanos que había terminado sus diez árboles y que iría hacia el norte para buscar una zona a la sombra, lejos de los otros trabajadores, para descansar un rato. No recibió ninguna respuesta, pero se imaginó que Brian y los demás aún estarían enfadados con él, así que se deslizó hacia abajo, enrolló la cuerda y partió hacia la sombra.
Hank ya estaba profundamente dormido cuando Brian llegó cerca de su sección y trepó a su último árbol del día. Ahora era propietario de la empresa que había pertenecido a su padre y, aunque disfrutaba de la parte en la que tenía que subir a los árboles, no le gustaba mucho el aspecto administrativo del negocio: contratar y en algunos casos sancionar a sus hombres, preocuparse de si ganaban lo suficiente para mantener a sus familias y tener que contratar helicópteros, que suponían unos quince mil dólares al día. Todo ello era mucho más de lo que se había imaginado. Pero no tenía mucha elección, con su ex, Jennifer, quejándose y lloriqueando por la pensión cada vez que conseguía que su abogado se pusiera al teléfono. A pesar de todo, estos días se sentía más animado, y es que Jennifer volvía a casarse, con lo cual se terminaría la dichosa pensión, y Kari, la piloto del helicóptero, flirteaba con él como loca. No estaba seguro de si le iba a seguir el juego o no, pero era agradable saber que, con cuarenta años, todavía era capaz de conseguir que una mujer hermosa volviera la cabeza a su paso.
Cuando ya había subido hasta la mitad del árbol notó algo raro a su derecha. «¡Joder!» y comenzó a gritarle a Hank. «¡Pero si dijo que iba más al norte!». Continuó gritando, pero el otro hombre ni se movió. «Si tengo que bajar para despertarlo, ¡va a cagar virutas un mes entero! ¡Estoy subido a más de cinco metros, me cago en la puta, y tengo que abandonar el árbol porque él no aguanta un poco de calor!».
Brian se encontraba a sólo tres metros del suelo, pensando que ahora estaba suficientemente cerca para que el otro hombre pudiera oírlo, cuando oyó el inconfundible zumbido de las aspas del Chinook. «¡Cojonudo!». Como no tenía ninguna otra opción y quería asegurarse de que Hank estaba fuera del alcance de cualquier rama que la estela del helicóptero pudiera hacer caer, decidió abrirse paso hasta el siguiente árbol. «Puedo llegar hasta allí y al estar por lo menos seis metros más cerca, quizás pueda deslizarme hasta abajo y sacarlo de ahí». Agarró el garfio de acero de tres puntas y comenzó a soltar más o menos hasta metro y medio de cuerda para balancearlo adelante y atrás hasta finalmente lanzarlo, tratando de que se enganchara en una de las ramas más fuertes que había visto en un árbol situado a unos cinco metros del lugar donde se encontraba.
«¡Sí!» pensó cuando sintió que el garfio se enganchaba en la rama. Descolgó la correa de seguridad del arnés e intentó llamar a Hank una última vez. Nada, ni un movimiento. «¡Cabrón!» maldijo al empezar a deslizarse hacia el otro árbol. A medio camino sintió que algo se aflojaba, miró hacia arriba y se dio cuenta de que no había asegurado el garfio lo suficientemente fuerte, así que cogió su walkie-talkie. Llamó a Hank una última vez, y cuando no consiguió respuesta, acercó el transmisor a la boca justo en el momento en que el garfio comenzaba a soltarse, haciendo que su cuerpo se precipitara hacia el árbol del que acababa de venir. Su último pensamiento consciente fue para su hermano pequeño Scott: «Ahora se va a quedar solo».