NECESITABA el trabajo, tan simple como eso.
Había trabajado en supermercados e incluso de camarero, aunque no era demasiado bueno, pero un trabajo como este parecía estar hecho expresamente para él.
SE NECESITA: mano de obra para rancho, capaz de trabajar con caballos jóvenes y sin entrenar, que no tenga miedo de limpiar establos o de reparar vallas.
Había crecido entre caballos, viviendo toda su vida en una granja de sementales, así que podía hacer ese trabajo con los ojos cerrados. Ofrecían poco más que alojamiento y comida, que no es que fuera gran cosa pero, por supuesto, el anuncio también decía que habría un plus cuando se vendieran los caballos, y eso sería en la subasta local en unas seis semanas, según le contó el dependiente solitario de la oficina de correos. No tenía ningún sitio al que ir, así que seis semanas de trabajo con alojamiento y comida era algo que podía soportar. No era un gran fan del frío invierno de Idaho, pero se imaginó que al cabo de seis semanas podría marcharse a la costa, donde hacía mejor tiempo justo antes de que llegaran las nieves.
El cartero lo dejó en la entrada principal del Rancho Blackwater al comenzar su ronda, y Flynn se cargó la bolsa sobre los hombros antes de empezar a caminar por la polvorienta carretera que se dirigía a la casa. Esta parecía desierta, aunque había una pequeña camioneta verde oscura y sucia, aparcada bajo un árbol; aún así, cuando llamó a la puerta de la casa, nadie contestó. Decidido a encontrar al dueño, ya que no quería hacer andando el camino de vuelta al pueblo, se dirigió al granero, pasando junto a un par de caballos sin atar en un pequeño corral. Comprobó que había un par de potreras a lo lejos, pero aparte de eso, todo estaba inquietantemente tranquilo.
Las puertas dobles del granero estaban abiertas, así que entró y una gran cabeza marrón lo recibió asomándose desde su cajón. Flynn levantó la mano para que el animal la oliera, y después le acarició el parche blanco que el caballo tenía entre los ojos.
- ¿Está tu jefe por aquí, preciosidad? -le preguntó al caballo, sonriéndole cuando obviamente no le contestó. Tampoco lo hizo nadie más, así que Flynn caminó hacia el final del granero, mirando en los boxes de los caballos por los que pasaba pero sin encontrar a nadie.
-Supongo que estará trabajando en algún otro lado. -Se dijo a sí mismo justo en el instante en el que una voz lo sobresaltó.
- ¿Puedo ayudarte?
Flynn se giró y vio a un hombre de pelo rubio, vestido con vaqueros y una camiseta, estaba junto a la puerta de una de las caballerizas por la que había pasado antes y en compañía de un perro ovejero negro de hocico blanco que estaba sentado junto a él.
-Sí, ehm, vengo por lo del trabajo.
-Debes estar muy desesperado si estás dispuesto a aceptar un trabajo en el que te pagan menos del salario mínimo. ¿Qué pasa? ¿Has estado en la cárcel o algo así? -El hombre preguntó a Flynn bruscamente.
-Me crié en un rancho de caballos, -dijo Flynn mientras negaba con la cabeza, -así que estoy seguro de que este trabajo es mejor que apilar cajas en el supermercado.
- ¿En qué rancho? -El hombre continuó con la misma falta de afecto que había usado antes.
-Hacia el Este. -Contestó Flynn, siendo impreciso apropósito. -En Canadá. -Admitió finalmente. -Mis padres se mudaron allí unos meses después de que naciera yo, con la idea de ganar más dinero criando caballos allí que quedándose en Inglaterra.
-Así que entonces no trabajas para el rancho de tu familia.
Flynn tenía miedo de no contestar a esas preguntas, así que se limitó a responder.
-Soy el más joven de cinco chicos. No hay nada para mi allí, la verdad.
GABLE no contestó inmediatamente, en lugar de eso, se quedó observando al joven. Estaba seguro de que había mucho más en aquella historia y lo averiguaría si lo contrataba. La verdad era que no tenía muchas más opciones, ya que los chicos del pueblo encontraban trabajos mejor pagados en los ranchos de mayor extensión, y por allí no pasaban muchos extraños. Si no le decía que sí a ese tipo, tendría que trabajar él solo toda la temporada, y hasta el momento no le estaba yendo demasiado bien.
-Bueno, ¿qué sabes hacer? -preguntó, a pesar de que ya había decidido que aunque aquel crío no supiera moverse entre caballos, al menos tendría un par de manos extra para el trabajo duro.
-Casi cualquier cosa que los caballos puedan necesitar. -Contestó devolviéndole la mirada con sus ojos marrones. -Cepillarles, darles de beber, limpiar los establos, hacer que hagan ejercicio, enseñarles a aceptar la brida y la silla, amaestrarlos, usted diga lo que quiere y seguro que lo he hecho.
Aunque parecía que Gable se había muerto y había ido a un paraíso de caballos, sabía que tenía que haber algún inconveniente. Si ese crio era tan bueno como decía ser, ¿por qué no estaba trabajando para las granjas grandes, ganando más dinero del que él podía ofrecerle? No iba a indagar ahora. Si no hacía algo pronto, no quedaría nada del rancho y realmente necesitaba un par de manos más.
-Me vale. -Dijo. -No puedo pagarte nada ahora. Tan pronto como se vendan los caballos, te lo compensaré. Por ahora solo te puedo dar alojamiento y comida.
-Eso es lo que decía en el papel de la oficina de correos. -Dijo el joven, con aire resignado.
-Soy el dueño del rancho, me llamo Gable Stutton. -contestó Gable; pensando "de momento", pero no dijo nada.
-Flynn Tomlison, -contestó el joven, y dando dos pasos hacia delante tomó la mano ofrecida en saludo, -y trabajo aquí.
La sonrisa que acompañó aquel comentario final golpeó a Gable directamente en la entrepierna. Cualquier idea que hubiera tenido de trabajar cerca de Flynn para echarle un ojo se desvaneció, porque sabía que no iba a trabajar mucho si tenía que estar mirando al joven todo el día. Le echó un vistazo a su culito prieto mientras salía del granero, admirando las piernas largas y la delgada espalda. Por supuesto esto último solo lo imaginó, porque estaba escondida bajo una camisa y una chaqueta, pero cuando se giró, el cuerpo de Gable prácticamente había silbado de admiración. Sacudió la cabeza intentando deshacerse de aquellos pensamientos, ya que tenía trabajo que hacer.
-Vamos a por algo de comer, y te enseñaré la casa para que nos pongamos a trabajar enseguida.
FLYNN observó a su nuevo jefe bajar los dos escalones que les sacaban del granero y le siguió a través de las puertas. No era difícil adivinar cuánto esfuerzo ponía el hombre en caminar. Si la pronunciada cojera no lo delataba, la respiración laboriosa mostraba que no se trataba solo de un problema físico. A ese hombre le dolía cada paso que daba.
-Deberías dejar que un doctor te mirara esa pierna, -dijo, intentando dismular preocupación por el asunto. -Si fueras un caballo, te pondría en la potrera y llamaría al veterinario.
-El doctor ya la ha visto. -Gable contestó gruñón. -Me ha dicho que sobreviviré.
El tono de Gable sugería que era mejor que se mantuviese callado, y le dio al joven una justificación sobre por qué los establos estaban tan mal atendidos y por qué el rancho, en general, era un desastre. Si Gable lo había estado haciendo todo él solo, con la clase de herida que su cojera indicaba, el resultado no podía ser otro. Flynn solo podía imaginar qué era lo que iba mal con la pierna de su nuevo jefe, ya que parecía algo más serio que un tobillo torcido. Supuso que por lo menos, no tendría que preguntarle qué era lo que tenía que hacer, era obvio que había mucho trabajo.
Mientras se acercaban a la casa, una camioneta blanca se detuvo junto a la verde y una mujer alta y delgada con una coleta rubia salió del interior. El perro corrió disparado a saludarla mientras ella abría la parte de atrás y sacaba una caja de cartón. Flynn, al que le habían enseñado a ayudar siempre a las mujeres, corrió a su lado y tomó la caja.
- ¡Muchas gracias! -le sonrió y después miró a Gable. -Veo que has encontrado a alguien que ayude.
-Hola Calley, -Gable la saludó con una inclinación de cabeza. -Calley, quiero que conozcas a Flynn. Me va a ayudar con los caballos. Flynn, ella es Calley, la propietaria de la única tienda decente del pueblo, y es la mejor mitad de la pareja que hace con Bill Haines, el único veterinario decente de todo el estado. Nos trae la comida para que no muramos de hambre y por lo que se ve sabes que hay que ser agradable con la mano que te da de comer.
-Oh, Gabe, siempre tan encantador. -Calley sonrió sin coquetería, aunque Flynn no pudo ver la cara de burla que puso cuando se giró. -Supongo que tendré que traer algo más de comida a lo largo de la semana. -Flynn se dio cuenta de que no era una pregunta, lo que se sumó al presentimiento de que Calley y Gable se conocían bien.
Se dirigieron a la casa y Calley le dijo a Flynn dónde podía dejar las cajas con comida, mientras Gable se dejaba caer en un sillón viejo que había en una esquina de la cocina. Colocó la pierna en una banqueta que estaba en frente y exhaló con fuerza. Flynn se dio cuenta de la mirada preocupada que Calley le dirigía, aunque fuera fugaz, antes de que se pusiera a desempacar las cosas y a guardarlas como si viviera allí. Aunque si eso hubiera sido así, la casa estaría mejor, y parecería que una mujer la limpiaba de vez en cuando. Los cacharros apilados en el fregadero y el frigorífico vacío salvo por las cosas que Calley estaba poniendo dentro, delataban que allí no vivía ninguna mujer.
Aunque intentó ser discreta, Flynn vio a Calley tirar algo que casi salió del frigorífico por su propio pie, y en cuanto Gable comenzó a protestar, ella fue franca.
-No me importa si te quieres envenenar, Gable, pero este joven se merece que le des bien de comer. Está aquí para ayudarte, así que más te vale que cuides de él.
Gable gruñó algo para el cuello de su camisa y Flynn observó la conversación, divertido. No sabía muy bien qué pensar de todo aquello. ¿Calley era la ex de Gable? ¿Por eso sabía dónde estaba todo en la casa, y se sentía con libertad para regañarle delante de un extraño? No iba a cuestionarlo, presentía que Gable no estaba de humor para charlar de tonterías. Quizá algún día satisfaría su curiosidad, pero siendo sinceros, tampoco era asunto suyo.
-Bueno, Flynn. Espero que sepas cocinar. -Calley le dedicó una mirada preocupada y Flynn sonrió.
-Claro que sé. Crecí en una casa llena de chicos. ¡Era eso o comer pan duro!
-Entonces estoy segura de que aquí te sentirás como en casa. -Le respondió Calley giñándole un ojo antes de tomar la caja vacía y salir de la casa.
Cuando se hubo marchado, el silencio se hizo incómodo.
-Podría hacer unas tortillas para comer. -Sugirió Flynn.
-Tomé huevos para desayunar, así que paso. -Contestó Gable y relajó la cabeza hacia atrás en el sillón. -Gracias, -añadió después, como si se le acabara de ocurrir.
Flynn dudó de que hubiera comido algo, al ver el estado de la cocina, así que no lo iba a dejar así. Había visto a Calley desempacar todo tipo de cosas y estaba seguro de que podía cocinar algo rico para comer, así que abrió la nevera y sacó una lechuga, un tomate y un pepino, además de jamón y queso que también había traído, y preparó unos sándwiches. Abrió un par de armarios, pero al final se decidió por fregar algunos platos y cuchillos para ponerlos sin tener que llevar la tabla de cortar. El perro estuvo todo el tiempo junto a su amo. Se lamía los labios, pero estaba claro que le habían enseñado a no pedir.
-Ven aquí, chico. -Flynn llamó al perro.
-Es una chica y se llama Bridget, -Gable le corrigió. -Y no le damos sobras de nuestra comida. Tiene un tazón en la entrada.
Flynn levantó una pieza de jamón en el aire y observó a la perra dividida entre aceptarla y la lealtad a su amo, así que Flynn dejó el jamón en la tabla y la perra se relajó. Dividió los sándwiches en dos platos y le acercó uno a Gable, que abrió los ojos ante el olor de la comida.
Un poco desconfiado, tomó el plato que Flynn le ofrecía y miró su contenido.
-Gracias. -Murmuró mientras inspeccionaba lo que había entre las dos rebanadas de pan, y una sonrisa forzada apareció en su cara.
Flynn pasó un mal rato intentando no reírse. Casi nunca se había sentido incómodo entre extraños, y menos ahora que llevaba en la carretera más de tres años, pero este hombre tenía algo diferente. Esperaba que los silencios incómodos se esfumaran pasado un tiempo, o al menos que el hombre le dejara trabajar solo, para que no le molestara mucho. De cualquier modo, no podía saber qué era exactamente lo que hacía tan difícil estar en la misma habitación que Gable. Al menos la comida estaba buena. Mucho mejor que cualquier cosa que Flynn se hubiera podido permitir en las cafeterías por las que había pasado. Gable parecía estar de acuerdo, aunque Flynn intentó no sonreír cuando comprobó que intentaba sacar con cuidado el pepino de su sándwich sin que él se diera cuenta. Finalmente Flynn le ofreció la piel del jamón a Bridget mientras fregaba los platos, todos, no solo los que habían usado.
Para cuando salió fuera a atender a los caballos, la cocina se veía mucho mejor que cuando había entrado hacía tan solo una hora.
FLYNN realmente disfrutaba de su trabajo, principalmente porque era su propio jefe, Gable no interfería en lo que estuviera haciendo, y a pesar de su gruñón exterior, era un hombre tranquilo y callado. Se dividieron las tareas casi sin hablar. Gable hacía todas las cosas que se pudieran hacer estando sentado o a caballo. Se encargaba de las sillas y las bridas, de arreglar una bisagra en la puerta o de cabalgar por los potreros asegurándose de que no hubiera vallas caídas. Reunía a los caballos cuando había que moverlos y Flynn sujetaba las puertas abiertas para asegurarse de que se cerraban cuando todos hubieran pasado. Al parecer hacían un buen equipo.
Flynn sabía que si querían vender algún caballo en la subasta, necesitaban entrenarlos, ya que algunos jamás habían usado una silla o una brida, ni si quiera durante la semana que llevaba allí. Algunas veces había visto a Gable cabalgar entre la manada de las potreras más alejadas, incluso hablar con ellos, pero nunca le había visto trabajar con un caballo individualmente, y esto le preocupaba. Aún así, no sabía cómo hablar con él sobre el tema.
La cojera de Gable no mejoraba; de hecho, Flynn se temía que cada vez iba a peor. Sugirió una nueva visita al doctor y fue mandado a callar rudamente, después, dado el tratamiento de silencio al que lo sometió durante el resto del día como oferta de paz, decidió terminar sus tareas temprano para poder correr a la casa y hacer la cena. Todavía tenía que conocer al hombre que pudiera resistirse a su lasaña vegetal, ni si quiera lo habían conseguido aquellos que pensaban que una comida sin carne no estaba completa.
-Ve a ducharte primero, la comida no estará hasta dentro de veinte minutos, -dijo Flynn a Gable cuando el hombre entró en la casa. Gable no contestó, simplemente asintió utilizando su cara menos impresionada mientras iba hacia la parte de atrás.
Flynn sabía que prefería la ducha al descubierto que había en la parte de atrás, principalmente porque le evitaba tener que subir por las escaleras. Por la tarde, el agua estaba a la temperatura perfecta, ya que se calentaba con el sol de todo el día, pero incluso en los días nublados, la usaba. Se trataba de una alcachofa de ducha apoyada en la pared de la casa, con arbustos plantados alrededor para que nadie pudiera ver, al menos no desde el exterior de la casa, ya que desde el interior, era fácil observarlo duchándose, si uno se escondía en las sombras de la puerta de atrás.
En el segundo día de convivencia Flynn había visto la espalda de Gable mientras se desnudaba para ducharse, inclinándose para colocar unos plásticos en su pierna herida, pero no fue eso lo que llamó su atención, sino el cuerpo nervudo de espalda limpia y fuerte. Cuando el hombre se giró bajo el chorro de agua, con los ojos cerrados disfrutando de su ducha, sintió cómo sus vaqueros comenzaban a apretarle, minetras observaba la mano de este frotarse el pelo del pecho y bajar por su estómago hacia su entrepierna.
Este era exactamente el tipo de cuerpo que excitaba a Flynn, y había tenido muy pocos entre sus manos últimamente. Aquel día fue el primero en el que tuvo que correr al pequeño cuarto de baño que había en la planta baja para aliviar su tensión. Pero ahora ya no lo hacía. Ahora sabía cuál era el ritual de ducha de Gable y cuánto tardaba en secarse y volver a vestirse. Nadie iba nunca al rancho, y desde donde Flynn lo miraba Gable no podía verlo, así que se sentía confiado para meterse la mano en los pantalones y masturbarse. Cuando veía a Gable escurrirse la espuma de entre las piernas y repetir la acción unas cuantas veces, parecía sorprendido de excitarse nuevamente y tomaba su miembro, un suave gemido escapó de los labios de Flynn. Oh, lo que haría si tuviera permiso para tocar aquel cuerpo, ser esa mano que acariciaba la polla de Gable. Flynn casi ni se atrevía a tocarse, temeroso de correrse al instante. Observó cómo Gable se apoyaba contra la pared de la casa, un brazo estirado para mantenerse erguido, sosteniéndose sobre su pierna sana mientras se daba placer a sí mismo. Flynn podía imaginarse fácilmente la cara de Gable si le permitiera ayudarlo y de repente se dio cuenta de algo. ¿Cuánto tiempo habría pasado desde que otra mano lo hubiera tocado? No parecía que saliera mucho. Quizá le permitiría ser bueno con él algún día. Quizás.
Flynn vio a Gable apretar contra su mano y correrse, gruesas hebras de crema blanca saliendo disparadas de su polla. Sin embargo, no había éxtasis en su rostro; simplemente Gable continuó lavándose. Flynn cerró los ojos, imaginándose cómo sería el otro hombre cuando lo estuvieran tratando bien, siendo mimado y cuidado. Le llevó tan solo un par de movimientos de su mano sentir el orgasmo recorrerle la ingle, mientras se imaginaba a Gable diciendo su nombre. Cuando abrió los ojos, un momento después, vio que Gable lo miraba mientras se secaba. El corazón se le paró, nunca había pensado en qué haría si Gable lo pillaba.