-Los rehenes están a salvo, capitán. Todos presentes y contados. El perímetro ha sido rodeado.
El capitán John Rogers echó hacia atrás su casco y contempló a su subordinado.
-¿Bajas?
-Jamison recibió una balazo en la pantorilla, el doctor está con él en este momento. Aparte de eso, no hay bajas de nuestro lado. Hasta ahora hay tres muertos y doce heridos en el bando enemigo, sin contar al pobre bastardo que cuelga de la columna de azotes.
-¿Y entre los rehenes?¿Algún herido?
-Uno de los hombres podría tener un par de costillas rotas. El resto, moretones y un esguince de tobillo. Hemos tenido mucha suerte.
-Toda esta operación ha sido cuestión de buena suerte, teniente Pritzker -suspiró Rogers.
-No está bromeando, capitán, fue un milagro que uno de los holandeses tuviera implantado ese transmisor GPS experimental. Ha sido la mejor publicidad para el producto que se le pudo pedir… -El teniente presionó suavemente sus auriculares con los dedos-. Campamento asegurado. El último edificio parece ser el cuartel general del comandante. Antes recibimos disparos desde allí, pero ya han cesado. O el tirador está herido o huyó.
-O está preparando una resistencia más efectiva -dijo el capitán con cinismo-. Todo ha salido demasiado bien para mi gusto. Quiero que un grupo rodee el edificio y se acerque con extrema prudencia. No confío en la suerte.
El capitán observó a un grupo de combatientes enemigos. Estaban a pocos metros de allí y se arrodillaban con las manos sobre la cabeza.
-Pregúntele a uno de ellos dónde está el comandante del campamento.
Pritzger se paró delante de uno de los hombres, que había sido desarmado cuando lo capturaran.
-¿Cómo te llamas? -preguntó en español.
-Ernesto Camillo -dijo el hombre débilmente.
-¿Dónde está tu capitán?
El hombre señaló con la barbilla la lejana construcción.
-Ahí, la última vez que lo vi.
-¿Hay alguien más en ese edificio?
El hombre se rió con un ronquido breve y sin gracia.
-Solo su cachorro.
-¿Qué acaba de decir? -preguntó Rogers-. No entendí lo último.
-Cachorro -dijo Pritzger-. Significa perro pequeño.
-¿Tiene un perro ahí adentro?
-Si lo tiene, dudo que sea pequeño -dijo Pritzger con sequedad.
-El comandante de este campamento seguramente es del tipo al que le gustan los dóberman o los rottweiler. Estos paramilitares son así. -Señaló a la víctima azotada, que estaba siendo descolgada por un par de soldados supervisados por algunos integrantes de la fuerza holandoamericana que encabezaba la operación-. Maldito bastardo. Haga saber a los equipos que existe la posibilidad de que haya un perro guardián...
El hombrecillo se rió y dijo algo.
-¿Qué? No entiendo este dialecto -se quejó Rogers.
-Dijo “él no es un perro guardián” -contestó Pritzger.
-No importa - dijo Rogers.
Entraron después de aguardar que los equipos acabaron de asegurar el edificio. Era una estructura simple de dos habitaciones. La habitación principal donde se encontraban ahora era una oficina. A través de la puerta abierta de la otra habitación, Rogers pudo ver una cama prolijamente arreglada y otra puerta más, abierta. El mobiliario de la oficina estaba compuesto por un escritorio, un ordenador portátil, varios archivadores, una silla y una jaula… de las hechas para animales grandes, como había mencionado Pritzger. Estaba vacía.
Cerca de la ventana yacía un cuerpo que Rogers asumió que era el del comandante. Su uniforme tenía unas hombreras de oro falso, algo típico en esos tipos de paramilitares. Lo habían ahorcado con una fina tira de cuero que parecía ser una correa para perros.
-Nadie más en el edificio, capitán -dijo uno de los hombres que había entrado primero-. Quienquiera que hizo esto tiene que haber salido por la retagurdia antes de que llegáramos.
-Llévese el ordenador portátil y todo lo que pueda sacar de los archivadores -ordenó Rogers-. Deben tener todo tipo de datos sobre el financiamiento, actividades, vínculos con otros grupos, contactos... Los muchachos de Fort Bragg saltarán en una pata cuando vean esto. Aman que les llevemos papelerío.
Pritzger asintió y asignó a un par de sus hombres a los archivadores cercanos al escritorio. Luego, rodeó la jaula para dirigirse a los archivadores que se encontraban detrás…
Y se quedó estático.
Rogers lo vio y se puso alerta.
-¿Teniente?
-Shh -dijo Pritzger -. Todos... shh... -se movió con cautela, poniéndose en cuclillas.
Rogers apartó la jalua y vio lo que Pritzger estaba mirando. Levantó una mano para indicar a los demás que debían mantener sus posiciones.
Metida entre la parte más alejada de los archivadores y la pared, debajo de un estante, en un espacio que debería haberle quedado muy pequeño, se hallaba una figura humana, huesuda, desnuda y con una espesa mata de pelo negro enredado. Yacía encogida con la cara escondida, la espalda arqueada, la columna y las costillas profusamente delineadas y atravesadas por cicatrices. Era más que delgada, parecía un esqueleto con piel. Rogers se preguntó por cuánto tiempo había estado el cuerpo allí. No mucho, supuso, pues no había olor a descomposición...
Entonces vio cómo las costillas se ensanchaban en una débil respiración… y se dio cuenta de que la cosa estaba viva.
-Mierda -murmuró.
-¿Quién eres? Todo está bien… no vamos a lastimarte -dijo Pritzger en español.
La criatura profirió un sonido que sonó como el gemido de un perro. Un perro...
Rogers miró la jaula.
-Carajo -exhaló-. Carajo, teniente. El perro. El perro del comandante...
La enredada masa de pelo se alzó. Una cara pálida y demacrada miró hacia arriba y gimió de nuevo. Luego soltó un suave ladrido y trató de apretujarse aún más junto al rincón.
-Joder -murmuró Pritzger, y luego, todavía en español-. No te vamos a lastimar. ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? -acercó una mano hacia ella y la criatura se estremeció, pero no hizo ningún movimiento para morder o resistirse, ni siquiera cuando Pritzger apoyó la mano sobre su hombro.
-Ven, sal. No vamos a lastimarte.
- ¿Es eso un ser humano? -preguntó incrédulo uno de los hombres, desde detrás del escritorio.
Los ojos de la criatura giraron hacia él. En la penumbra, Rogers no podía ver de qué color eran, pero por su reacción, comprendió que había entendido las palabras.
-Habla inglés -dijo Rogers, convencido.
La criatura lo miró con una expresión extrañamente calma y vacía. Era la mirada de alguien que hace tiempo ha perdido las ganas de vivir.
-Entiende inglés y apostaría mi huevo izquierdo a que fue él quien mató al comandante.
-Dudo de que sea capaz de estrangular a una banana -objetó Pritzger.
-Nunca subestime el poder de la adrenalina alimentada por el odio, teniente.
La criatura suspiró y nuevamente apoyó la cabeza en el suelo. Rogers tocó sus auriculares.
-¿Randy? -le dijo al médico-. Te necesito aquí. ¿Jamison está bien?
-Sí -respondió Randy en su oído-. ¿Qué ha pasado allí adentro?
Rogers bajó la mirada hacia la figura que estaba en el suelo.
-No vas a creer esto...
Encontraron un par de chándals que se ajustaban con un cordón; las perneras eran muy cortas, pero, de cualquier manera, el hombre no podía permanecer de pie por más de un par de minutos. Se agachaba en el suelo de tierra del campamento, con los brazos rodeando sus rodillas y la mirada perdida. La camiseta que le había puesto el médico le colgaba alrededor de los brazos consumidos. Rogers había visto fotos de personas en su estado saliendo de Auschwitz o de Bergen-Belsen, después de la liberación de los campos de concentración durante los años cuarenta. Pritzger se arrodilló junto al muchacho y le cortó el collar de cuero con unas tijeras que alguien le había dado. La hebilla estaba soldada.
-Debe tener poco más de veinte años -dijo Randy Josten, mientras escribía en su anotador-. Estadounidense o europeo, buena nutrición durante la infancia, afortunadamente para él, huesos sanos, dientes flojos por la desnutrición, pero todavía siguen ahí, y hay signos de cuidados odontológicos en el pasado. Camillo dice que ha estado aquí alrededor de cinco años, más o menos. Cuando estemos de regreso en Fort Bragg, revisaremos los reportes de personas desaparecidas de aquel entonces para tratar de descubrir quién es.
-¿Sigue sin hablar?
-Ladra. Gime. -Randy frunció el ceño-. El muchacho está física y mentalmente traumatizado, capitán. Es un jodido caso perdido. Ha sido apaleado, tiene un par de costillas rotas que curaron mal. Hasta donde sé, no puede respirar profundamente sin que le duela. Tuvo rotos un par de dedos, la muñeca… sabe Dios que más. Y… -dijo inspirando-, ha sido violado. No sé con cuánta frecuencia, pero dado que la última vez fue hace aproximadamente una hora, me atrevo a decir que con mucha regularidad. Tiene las piernas y el culo cubiertos de cicatrices por el alambre de púas de esa maldita jaula… y puedes ver por ti mismo que ni siquiera puede ponerse de pie.
-Entonces calculo que ha estado en esa jaula demasiado tiempo durante los últimos cinco años. ¡Joder! -Rogers meneó la cabeza-. Lo llevaremos a Fort Bragg, allí los médicos se encargarán de él. Dejen que el contingente holandés se ocupe de la retirada del personal que queda. Ellos saben lo que ocurre y tienen mejores contactos locales que nosotros. Lleven al chico con los rehenes y metan todo en el primer helicóptero que salga de aquí: el ordenador y todas las cosas que tomamos de la oficina.
-Sí, señor -dijo Randy-. ¿Qué ocurre? -preguntó.
De repente, Rogers se había quedado perplejo.
-Creo… -dijo Rogers-. Ordenadores... ¿Dijiste cinco años?
-Sí, eso dijo Camillo.
Rogers atravesó el campamento hasta llegar junto al muchacho. Se agachó a su lado, entrecerró los ojos y le echó el rostro hacia atrás para examinarlo. Fuera de la penumbra del edificio donde había estado cautivo, los ojos que le devolvieron la mirada eran de un frío azul cristalino que reflejaban una expresión dura y cautelosa.
-¿Zach? -preguntó.
-¿Qué? -Randy lo había seguido-. ¿Sabes quién es?
-¿Zach? ¿Eres tú? -le preguntó Rogers otra vez-. ¿Zach Tyler?
El muchacho... ladró.
-Carajo -dijo Rogers-. Es Zach Tyler.
-¡Joder! -dijo Randy-. ¿Tyler Technologies? Pero el hijo de Tyler fue secuestrado en Costa Rica. Estamos en el este de Venezuela… ¡a más de tres mil kilometros!
-¿Y qué? ¿Los rehenes no pueden viajar? -preguntó Rogers con sarcasmo-. Es él. Recuerdo la descripción, las fotos. Demonios, su cara estaba en todos los canales de televisión, especialmente después de que pagaran el rescate y no lo liberaran. Cinco años. Mierda...
Zach gruñó. Rogers bajó la mirada hacia él y soltó su mentón.
-Tú lo has dicho, chico.
He olvidado lo que es la amabilidad. Sigo esperando que pase algo que me despierte de este sueño tan placentero, pero no ocurre nada. Esto no puede ser la realidad, la conozco demasiado bien. La realidad es una jaula, las sobras de la mesa, las palizas, el dolor, las violaciones y el hambre.
Durante estos años, he sabido qué esperar. He conservado la cordura endureciéndome por dentro, enfrentando crueldad con indiferencia cuando podía y con odio cuando no. No he tenido muchos motivos de orgullo, pero cada día de supervivencia después de cinco años con Esteban me dieron fuerza para seguir adelante. El odio puede hacerte fuerte, sé que a mí me hizo fuerte…
Pero las personas que me dan comida y agua, que son gentiles cuando me visten, que me levantan y me sientan en una silla cómoda, quienes me abrochan el cinturón de seguridad… esas personas me confunden. Y no sé cómo lidiar con ellas. Esto no es la realidad. Me asusta… aunque sea agradable.
Cuando me pusieron el chándal, no podía dejar de acariciar la tela. Froto las mejillas contra las rodillas. La tela es suave y está tan limpia. Huele tan bien.
No me gusta el viaje en helicóptero. No me gustan el ruido, las vibraciones, las sacudidas en el aire. Me asusta. No he estado asustado por un tiempo muy largo… Estoy desacostumbrado.
Hay otras personas en el helicóptero, los rehenes liberados y los soldados que los protegen. Pero ellos están emocionados, felices. No sé qué pensar de ellos y ellos tampoco saben qué pensar de mí. Algunos me miran fijamente, como si pensaran que soy alguna clase de animal. Les muestro los dientes y les gruño por lo bajo, para mostrarles que están en lo cierto.
Me siento como si hubiera nacido asustado. Finalmente, el helicóptero aterriza en el aeropuerto. Entonces hay más ruido y confusión, pero también más de esa delicadeza inesperada. De pronto, me encuentro sentado en la cabina de un avión.
Otra vez tengo miedo… pero no porque tenga miedo de volar. He estado en muchos aviones. Estoy asustado porque lo único que puedo recordar es ese último y terrible viaje a Costa Rica… aterrizando y saliendo del avión en busca del chofer que mi tía había enviado para que me recogiera. Luego, nada. Desperté con la mirada de Esteban sobre mí.
Comienzo a sentir escalofríos y uno de los soldados me pregunta si estoy bien. No le contesto.
No debería sentirme así, no debería estar recordando algo como eso. Estoy en un avión de transporte de tropas del ejército, no es precisamente la primera clase de un vuelo comercial. El resto de los rehenes no están en este avión. Aquí solo estamos algunos soldados y yo. No son los mismos de antes, salvo el teniente que cortó el collar para perros en el campamento. Él se encuentra en la parte delantera del avión, hablando con uno de los pilotos.
Me duelen las piernas y la espalda. Me froto los muslos por debajo del chándal gris. Duele y trato de contener un quejido. He tenido mucha práctica en quedarme callado, pero, por algún motivo, esta vez no lo consigo.
-Eh, teniente -dice el soldado que me preguntó si me encontraba bien-. Su pasajero parece incómodo.
El teniente se gira y se acerca. Me sonríe.
-¿Todo bien, Zach? -dice, dudando antes de pronunciar mi nombre, como si no estuviera seguro de si es el correcto. Yo tampoco estoy del todo seguro.
Me froto los muslos otra vez. Él frunce el ceño y dice:
-No estás cómodo en el asiento, ¿verdad, muchacho? -Parece más cómodo diciéndome muchacho-. Apuesto a que tus músculos están flojos después de estar en esa jaula. -Se endereza, mira a su alrededor y se dirige hacia la cola del avión, donde no puedo verlo. Un minuto más tarde, vuelve y me desabrocha el cinturón de seguridad-. No es protocolar, pero creo que te sentirás mejor aquí -dice, mientras me levanta del asiento-. Joder, muchacho, no pesas nada. -Me lleva hasta las filas de atrás. Veo que ha colocado en el suelo los cojines de los asientos vacíos… Me acomoda con cuidado sobre ellos-. Listo. ¿Estás más cómodo?
Levanto la vista y por primera vez lo miro a los ojos. Son marrones. Siento que mis labios se mueven, curvándose, y me doy cuenta de que estoy sonriendo. No creo que le haya mostrado los dientes…porque él me devuelve la sonrisa.
Me acurruco entre los almohadones, tan suaves y cómodos, y duermo durante el resto del viaje. Cuando abro los ojos, el teniente me sacude suavemente por el hombro.
-Estamos a punto de aterrizar, muchacho. Tienes que abrocharte el cinturón de seguridad. Lo siento.
Le sonrío de nuevo y levanto los brazos para que él pueda alzarme. Lo hace, riéndose.
-Tengo un sobrinito que hace lo mismo, pero él tiene tres años. ¿Cuál es tu excusa?
Apoyo la cabeza en su hombro. Él es gentil y huele bien, no me importa que me haya despertado del primer buen descanso que he tenido en cinco años. No sabía que podía soñar que dormía.
Me abrocha el cinturón de seguridad y espero que el avión aterrice, se detenga y que vuelva a buscarme. Pero esta vez solo me lleva hacia la parte delantera del avión, donde un par de hombres vestidos de blanco aguardan junto a camilla. Me colocan sobre ella, pero cuando comienzan a llevarme, extiendo la mano para tomarlo por la manga y gimo. Él me da unos golpecitos en el hombro y me dice:
-Te veré en el hospital, muchacho, no te preocupes.
Su sonrisa es cálida, me hace desear confiar en él. Dejo que los camilleros me lleven a la ambulancia, pero ahora estoy asustado de nuevo. Ya no sé qué me aguarda. Con Esteban, sabía lo que me esperaba; ahora no lo sé y eso me asusta. Recuerdo un viejo dicho: Mejor malo conocido…pero Estaban no era mejor, era solamente... familiar.
Pero ya nada es familiar… y por eso tengo miedo.
Sobre el escritorio de su oficina, el teléfono de Richard Tyler comenzó a sonar. El número que mostraba la pantalla era el de la recepcionista.
-Tyler -dijo distraído, concentrado en el ordenador que tenía delante.
-Rich, un par de personas del Departamento de Estado quieren verte. -dijo Abby con voz temblorosa.
El estómago de Richard dio un vuelco. Este era el momento, las noticias que había estado esperando desde que el rescate de diez millones de dólares se desvaneciera en las junglas de América Central hacía cinco años.
-Llévalos a la sala de conferencias pequeña, los veré de inmediato -respondió, nervioso. Dejó el teléfono y se quedó contemplando el aparato, ensimismado.
Quizá solo fuera una entrevista más. Había pasado por tantas interminables entrevistas durante el último lustro. Agentes del Departamento de Estado que buscaban pistas que sirvieran para hallar a los terroristas que habían secuestrado a Zach en el aeropuerto de Costa Rica, supuestamente uno de los lugares más seguros de América Central. El secuestro había sacudido al mundo de los negocios y había endurecido la seguridad de ese pequeño país turístico, pero ya era demasiado tarde para Zachary.
Richard se frotó la frente y respiró hondo. Esta vez, sin embargo, se sentía diferente. Temió que sabía por qué. Era el final. El fin de una larga espera. Cerró el programa en que estaba trabajando y abandonó su oficina.
Barry Genelli, su vicepresidente, a cargo del Departamento de Investigación y Desarrollo, se encontraba en la oficina de al lado. Todos trabajaban en la misma planta; en Tyler Technologies no había oficinas con vistas privilegiadas. Era una de las empresas de mayores ingresos a nivel mundial, pero una de las más pequeñas en términos de ventajas adicionales no remunerativas para sus ejecutivos. Berry Genelli levantó la vista cuando Richard pasó junto a él.
-¿Qué ocurre, Rich?
-Otra visita del Departamento de Estado… algo sobre Zach, seguramente -dijo Richard con voz débil.
-Quizá no, tal vez estén a la caza del chip localizador que diseñó Davey, que compró esa compañía holandesa. Debe haber al menos treinta mil empleados en el Departamento de Estado, sería un negocio extraordinario.
-Excepto que esa compañía compró los derechos de fabricación, Barry. Tendrán que tratar con ellos.
Barry se encogió de hombros.
-Las patentes siguen siendo nuestras. Aun así, haríamos una fortuna con las regalías.
-Sí -asintió Richard, sin darle demasiada importancia.
Se pasó la mano por el cabello encanecido y caminó a través del laberinto de cubículos hasta el área de recepción y las salas de conferencias.
Los hombres que lo esperaban no eran los típicos empleados del Departamento de Estado. Uno de ellos lo era, con su infaltable maletín en la mano; pero el otro vestía un uniforme del ejército con la insignia de capitán. Richard, con un nudo en el estómago, se detuvo en la entrada. El momento había llegado.
-Caballeros -dijo, cerrando la puerta detrás de sí. Se recostó sobre ella con las manos en los bolsillos traseros de los vaqueros.
-¿Señor Richard Tyler?
-El mismo. ¿Qué puedo hacer por ustedes?
-Es sobre su hijo, Zachary.
-Sí, me lo imaginaba. -Richard atravesó la sala y se dirigió hacia los ventanales, que desde el suelo hasta el techo enmarcaban una espectacular vista de las Montañas Rocosas-. Lo han encontrado, ¿verdad?
En el reflejo de la ventana, los hombres se miraron. El hombre dijo:
-Sí, señor. ¿Ha oído algo acerca del rescate realizado la semana pasada por las fuerzas unificadas holandoamericanas? ¿De diez rehenes que estaban en manos de un grupo paramilitar venezolano?
-Sí… ¿Allí terminó él? ¿En Venezuela?
-Sí, señor.
Richard soltó un suspiro. No podía lidiar con esto, no ahora. Pensaba que lo lograría, pero al parecer estaba equivocado.
-Supongo que ha sido… positivamente identificado -dijo con dureza.
-Sí, señor -dijo el capitán-. Algunos años atrás usted había registrado sus huellas digitales en la base de datos de esa organización de protección de niños...
-Joder -dijo Richard. ¿Comparar sus huellas? ¿Quedaba suficiente de él después de cinco años?-. No. -levantó la mano para detener cualquier respuesta-. No puedo con los detalles ahora mismo. Solo dígame… ¿Cuándo podremos traerlo a casa? -No se atrevió a decir los restos, pero era eso a lo que se refería. Excepto que se trataba de Zachary. Su orgullo, su inteligente muchacho, su cariñoso hijo. No unos horrorosos restos.
-Bien, hay algunos problemas de salud que necesitan tratamiento, tanto físicos como emocionales. Necesitará un buen fisioterapeuta y...
Richard se giró de golpe y contempló al capitán fijamente.
-Fisiote... ¿Me está diciendo que Zach está vivo?
-Sí, señor -dijo el capitán, sorprendido-. Lo encontramos en Venezuela, prisionero del mismo grupo paramilitar que había secuestrado al grupo de Surinam... ¿Señor...?
Para evitar desplomarse, Richard tuvo que apoyarse sobre la mesa de conferencias. Luchó para mantener el ritmo de su respiración, para detener la hiperventilación que se había vuelto común en los últimos cinco años. Pero esta vez... realmente era el final. El verdadero final de toda aquella pesadilla.
-Dios mío -dijo sollozando, pasándose las manos por el rostro para enjugarse las lágrimas-. Mi Zachary, mi muchacho....
-Señor, por favor, siéntese -dijo el hombre vestido de civil-. ¿Quiere un vaso de agua?
-No, no, gracias -respondió Richard, limpiándose la cara-. Dios, tengo que decírselo a su madre... ¿Cómo se encuentra? Ha dicho que necesita fisioterapia… ¿Estaba herido? -Sus ojos fueron desde la cara del hombre de traje hasta la del capitán. Le estaban ocultando algo....
-Salió del campamento por sus propios medios -dijo el capitán-, pero no le mentiré diciéndole que está bien. Lo he visto y está en muy mala forma, señor. Además, sufrió algunas lesiones que se curaron bastante mal.
Richard se sentó.
-¿Qué clase de lesiones?
-No conozco todos los detalles, creo que lo mejor será que hable directamente con el doctor que atiende su caso. Zach se encuentra en el hospital de Fayatteville, cerca de Fort Bragg. Todavía le están haciendo exámenes, queremos aseguranos de que no tenga algún microbio o virus desconocido. Después de todo, ha estado durante cinco años en la selva en condiciones miserables, cosa que hace su organismo un territorio fértil para la reproducción de todo tipo de enfermedades. También hay psicólogos trabajando con él, ya que pasó por situaciones muy difíciles. -El capitán tomó aliento-. Mi nombre es John Rogers, yo fui el oficial al mando del equipo holandoamericano que rescató a los rehenes. Mis hombres fueron los que encontraron a Zach.
-El capitán Rogers -dijo el otro funcionario- reconoció a su hijo e hizo que lo enviaran a Fort Bragg, donde fue positivamente identificado por la base de datos. Encontraron su pasaporte y su identificación personal entre los archivos que se obtuvieron. El gobierno de Venezuela, aunque en este momento no se encuentra en muy buenos términos con los Estados Unidos, nos fue de mucha ayuda para rastrear a los secuestradores....
-Pero, irónicamente -dijo el capitán Rogers-, lo que en verdad nos ayudó fue que uno de los empresarios holandeses secuestrados tenía implantado uno de los GPS que usted diseñó.
-Yo no lo diseñé -dijo Richard, con la voz entrecortada- Fue David Evans, el hijo de mi ama de llaves. Él trabajaba para nosotros cuando Zach fue raptado. Lo diseñó por Zach, trabajó en él durante todo el verano después de que... Estaba obsesionado. Decía que si Zach hubiese llevado algo como eso... -Richard se detuvo. A fin de cuentas, había sido David quien había marcado la diferencia-. Él lo salvó. David. David salvó a Zach…
-Yo diría que sí -coincidió el capitán Rogers-. O al menos lo hizo posible para nosotros. Fuimos muy afortunados con esta misión.
-Capitán. -llamó Richard-. Rezaré para que siempre sea así de afortunado.
-¿Señor y señora Tyler? Soy el doctor Duffey.
El hombre le tendió la mano a Richard. Él la estrechó, seguido de Jane. Duffey lucía competente, era un hombre de baja estatura con una rebelde mata de cabello castaño demasiado gruesa para someterse a un peine.
-He estado trabajando con Zach desde que llegó hace cinco días. Más que nada tratando que se relaje un poco. Pasó los primeros dos días en posición fetal, aterrorizado. Pero ha mostrado un gran avance en los últimos días.
-¿Usted es el psicólogo?
-Psiquiatra, sí. Me especializo en víctimas de trauma. El doctor McKinnon ha estado trabajando en la condición física de Zach. Él se encuentra en muy mala forma, a grandes rasgos se trata de un caso de desnutrición severa. Ahora nos encontramos más preocupados por su estado psicológico. Conocerán al doctor McKinnon por la tarde.
-¿Cuándo podremos ver a nuestro hijo? -preguntó Jane, ansiosa. Duffey le sonrió.
-Pronto -respondió, para tranquilizarla-. Pero, antes de que lo vean, necesito decirles algunas cosas que deben saber. Para prepararlos.
-¿Prepararnos para qué? -demandó Richard.
El doctor se frotó la frente.
-No les dijeron nada, ¿verdad?
-No hicieron más que decirnos que debíamos hablar con usted. ¿Qué le ocurre a Zach?
-Además de estar muy consumido por la desnutrición, está severamente traumatizado y no habla.
-¿A qué se refiere con eso? -preguntó Jane.
-Simplemente no habla.
-Sabemos lo que significa no habla -dijo Richard con impaciencia-. Pero ¿en el caso de Zach? ¿Tiene algún problema en la garganta? ¿Lo ignora cuando le habla? ¿Hace sonidos extraños? ¿No hace ningún sonido en absoluto?
-Ladra.
Un silencio reinó en la pequeña sala de espera. Luego, Richard dijo en voz baja:
-¿Qué carajo significa que ladra?
-Ladra. Gruñe, ocasionalmente gime. Responde como si fuera un perro. -El doctor Duffey meneó la cabeza-. Por lo que dice el teniente que lo trajo, fue tratado como a un perro durante los últimos cinco años. Mantenido en una jaula, con un collar, alimentado con sobras, a veces caminaba con una correa, pero no muy seguido… Los músculos de sus piernas están atrofiados y necesitará fisioterapia por un largo tiempo antes de que sea capaz de caminar más que unos pocos pasos sin ayuda.
-¡Dios! -dijo Jane, tapándose la boca con la mano.
-Joder -dijo Richard por lo bajo.
-Es peor aún -sentenció Duffey. Richard y Jane lo miraron-. Les sugeriría que se sentaran.
-Joder -repitió Richard.
Ambos obedecieron. Richard tomó la mano de Jane y la sostuvo con fuerza.
-Fue violado, ¿verdad? -preguntó Jane. Richard parpadeó y la miró. Ella le devolvió la mirada y dijo simplemente-: Zach es bello, Richard. La gente malvada quiere dañar la belleza… no la entienden.
-Sí. Los indicios físicos nos dicen que fue sexualmente abusado por un largo período de tiempo. Tiene cicatrices en las áreas genitales y en las anales. Sin embargo, no hay nada que indique daños permanentes. No hay rastros de enfermedades de transmisión sexual. Una vez que se recupere, no debería tener problemas.
-Es la recuperación la parte difícil, ¿no? -bufó Richard-. ¿Cómo se recuperará de algo así?
-Lentamente, me temo. -El doctor Duffey meneó la cabeza-. El hecho de que él todavía no hable después de cinco días de cuidados no es buena señal. Espero que ahora que ustedes están aquí, su condición mejore un poco.
-Lo dudo -dijo Richard con ferocidad, mientras se enderezaba y se alejaba de el doctor y de Jane. Se detuvo junto a la ventana, tal como había hecho en la sala de conferencias, en las afueras de Colorado Springs. Aquí la vista era menos tranquilizadora... tanto como puede serlo el estacionamiento de un hospital.
-Richard -murmuró Jane.
-Es la verdad, Jenny. Él no tiene motivos para querernos. Estaba enamorado por primera vez en su vida, ¿y qué hicimos? Lo pusimos en un avión y lo enviamos a las manos de ese bastardo que lo violó y lo arruinó… Todo para mantenerlo fuera del alcance de alguien que lo amaba. De alguien que… maldita sea… alguien que lo salvó. Joder, Jenny, deberíamos haberlo dejado estar con David… al menos habría sido feliz y no le habría ocurrido nada.
-Asumo que Zach es gay -dijo el doctor con delicadeza.
-Pensábamos que era un capricho de quinceañero -dijo Richard, abatido-. David también. Dijo que estaba interesado en él, pero que Zach era muy joven para una relación. Le había dicho a Zach que tendrían que esperar. Yo pensé que era... una cuestión de hormonas, o algo así… que era un enamoramiento pasajero. Él conocía a David de toda la vida. Era algo mayor, más maduro... David acababa de salir de la secundaria, estaba trabajando en mi empresa para ahorrar dinero para la universidad. Pero es el hijo de mi ama de llaves y vivía en la propiedad, se veían todos los días. David solía llevarlo en su coche, porque Zach aún era muy joven para tener licencia de conducir... Cielos, ni siquiera tiene una licencia de conducir... -Richard enterró el rostro en sus manos y se largó a llorar.
Jane se le acercó y, apoyando la mejilla en su hombro, lo abrazó.
-Mi hermana vive en Costa Rica y nos pidió que Zach fuera a visitarla. Pensamos que era buena idea que pasara algún tiempo alejado de David. Él estuvo de acuerdo. Dijo que Zach necesitaba saber qué quería de verdad, crecer un poco y así estar preparado para una relación con quien fuera, hombre o mujer. Lo apartamos de nosotros. Es nuestra responsabilidad. Richard se culpa a sí mismo, pero es culpa de todos nosotros -le dijo Jane al doctor.
-De ninguna manera es su culpa -dijo el doctor Duffey-. Pongamos la culpa donde corresponde, sobre los hombres del autoproclamado general Benito Esteban.
-¿Lo han capturado? ¿Está preso ese bastardo? -demandó Richard, limpiándose el rostro-. Quiero tener a ese inmundo desgraciado frente a mí.
-Está muerto -dijo el doctor, sorprendido-. ¿No les informaron?
-No... ¿Murió en el asalto?
-No. Zach lo mató.
La puerta de la habitación del hospital se abre y me sobresalto. Debería estar acostumbrado a las abruptas idas y venidas de los doctores, pero después de vivir tanto tiempo sólo con sonidos de voces humanas y de bichos en los árboles (sin mencionar los disparos ocasionales), los golpes, zumbidos, chirridos y pitidos me desconciertan. No, mejor dicho, los encuentro molestos, irritantes, espeluznantes...
Es Fluffy Duffey, mi loquero personal. Es pequeño y nada intimidante, tiene el pelo castaño y desordenado, unos ojos agradables y pacientes.
-Hola Zach -me dice-. ¿Cómo te sientes esta tarde?
Como siempre, Fluffy.
-¿Cómo estuvo tu almuerzo? La enfermera dijo que dejaste el plato completamente limpio.
Y me hubiera comido la bandeja también, si hubiera sido orgánica. Mi estómago se encogió, me dicen, por lo que no tengo mucho lugar para la comida. Sin embargo, ahora estoy hambriento. No lo estaba los primeros días, pero estoy recuperando el tiempo perdido.
Fluffy toma mi mano y me revisa el pulso. Es un loquero, pero aparentemente es un doctor de verdad. Entiende los monitores, los gráficos y toda esa parafernalia. Lo que sea que haya notado en mi muñeca, le ha satisfecho-. Tienes visitas -dice.
Parpadeo, sin entender.
-Tus padres están aquí.
Por un momento, no comprendo a qué se refiere. ¿Padres? ¿Qué es eso? Entonces mi corazón comienza a latir con fuerza y el terror me asfixia otra vez. No, ellos no. Esteban me dijo que yo ya no les importaba, que nunca habían enviado el rescate, que habían respondido que les daba igual lo que hiciera conmigo, que me habían enviado con él a propósito... Comienzo a hiperventilar y Fluffy me coloca una máscara de oxígeno.
-Respira lento -me dice, por encima del siseo del oxígeno.
No puedo respirar. Tengo demasiado miedo. Esto es un sueño y sé qué sucederá a continuación: ellos entrarán, pero desde sus rostros me observarán dos monstruos. Asesinarán a Fluffy. Luego, se lanzarán hacia mí. Entonces despertaré y me encontraré de nuevo junto a Esteban. Él sabrá lo que he estado soñando y comenzará a contarme más historias sobre mis padres… Lo crueles que son, cómo han asesinado a todas las personas que alguna vez amé…
Estoy sollozando de miedo, a pesar de que no he llorado en años. No puedo recuperar el aliento y Fluffy está preocupado, aunque no tanto como lo estará cuando ellos entren y le desgarren la garganta…
Entran. Y resultan ser dos seres humanos. Extraños con caras asustadas. Contengo la respiración y espero que se conviertan en monstruos, pero solo se quedan allí, quietos. La mujer está llorando y el hombre la rodea con un brazo. Él tiene el pelo negro y rizado como el mío, con algunas hebras plateadas. Sus ojos son oscuros y hay algunas arrugas en su rostro, que se marcan profundamente cuando me observa. La mujer tiene el pelo rubio, recogido con un elaborado nudo del que solía saber el nombre, algo francés, creo. No puedo ver su cara porque está apoyada en el hombro del hombre.
-Jane -dice él, y entonces lo reconozco. Las canas y las arrugas me confunden, porque mi padre no tenía ni arrugas, ni canas en su cabello. Ahora las tiene.
Dejo de hiperventilar… Sigo llorando, pero solo son lágrimas, los sollozos se detuvieron. Tomo aire un par de veces y tiro de la máscara de oxígeno. Fluffy me la quita.
-¿Estás bien? -pregunta en voz baja.
Lo miro, luego miro a las dos personas. Mis padres. Dick y Jane. Me enjugo la cara. Ahora estoy más tranquilo, sumergido en esa vacía y fría calma a la que estoy acostumbrado. Puedo mirarlos a la cara y saber que, al menos por esta vez, no se convertirán en los monstruos de mis pesadillas.
-¿Zach? -dice papá, inseguro.
No contesto, pero lo miro a los ojos. Están rojos y lucen cansados, pero, a pesar de todo, él me sonrié. Me duele. Algún sitio de mi interior ha comenzado a dolerme. Pensaba que estaba acostumbrado a sufrir, pero este dolor es diferente y no tengo idea de cómo manejarlo.
La mujer se gira y la observo. Tiene los ojos azules como los míos, pero los suyos también se ven rojos y afligidos, como los de él. En este momento, ellos dos tienen más parecidos entre sí que conmigo. Ambos cansados, viejos y tristes. Yo también me siento viejo, cansado y triste. Suspiro y cierro los ojos.
Algo me toca la mano y abro los ojos de nuevo. Es mamá. La Jane de Dick y Jane. Ella se enojaba tanto cuando los llamaba así. Diviértete con Dick y Jane (o algo por el estilo) era un viejo libro para niños que leí en la escuela... Sin embargo, el perro de la historia se llamaba Spot, no Zach. La mano de mamá es pequeña y fría. Puedo sentir sus frágiles huesecillos. Podría aplastarlos sin ningún esfuerzo, incluso estando tan agotado. Después de unos días de descanso y comida, me estoy sintiendo mucho más fuerte, más fuerte de lo que me sentía cuando estrangulé a Esteban. Si pude hacer eso, un par de huesos no serían nada. Pero no le hago daño. Ella es tan pequeña y frágil, mucho más pequeña de lo que recuerdo. Gimo, consternado, y sus ojos se estrechan. No dice nada, simplemente me mira horrorizada, como si yo mismo me hubiese convertido en un monstruo. Quizá sea así. Quizá el monstruo sea yo. Después de todo, he estrangulado a un hombre.
Ella comienza a llorar de nuevo.
-Oh, Zach, mi niño -solloza, y me rodea con sus brazos delicadamente, como temiendo que pueda romperme. Su mano está fría, pero sus brazos son cálidos. Me siento como un pájaro en su nido.
Dios mío, ojalá que no se trate de un sueño.
Conozco la realidad y no se parece a esto.
La realidad es fría y dura. La realidad es un lugar donde reinan el dolor y el odio.
La realidad es ese sitio que me recibirá cuando despierte.
Las personas que despiertan de sus pesadillas suspiran aliviadas. Pero cuando la realidad es una pesadilla, no puede haber paz. No duermo bien, solo unas pocas horas. No hago ningún ejercicio que me agote. Además, cuando estoy dormido no puedo saber qué me aguarda cuando abra los ojos. No es que importe, yo ya sé lo que me espera. Él está allí, detrás de la puerta.
Es temprano, aún no hay suficiente luz y Esteban todavía no se ha levantado. Me arrastro hasta los barrotes y orino en el balde que está en el suelo, fuera de la jaula. No tengo que hacer nada más y eso es bueno. A pesar de que el alambre que forma la base de esta jaula está un par de centímetros por encima del suelo, pueden pasar una o dos horas hasta que el ordenanza de Esteban venga a limpiarlo. Eso no es ningún problema, no hay muchas fibras en mi dieta. Sin embargo, no me gusta recordar que eso es otra cosa sobre las que no tengo ningún control. Solía ser un chico realmente limpio y me molesta haber dejado de serlo.
El ordenanza y yo nos profesamos un sincero y casi cordial odio. Él odia limpiar lo que yo ensucio, y yo lo odio porque él puede ponerse de pie. No he estado parado en probablemente tres o cuatro meses, desde la última vez que Esteban me sacó para caminar alrededor del campamento.
Cuando nadie me ve, trato de elongar las piernas para mantener los músculos tonificados… tal como estoy haciendo en este momento. Me inclino para tocarme los dedos de los pies, tiro hacia atrás, estiro los tendones y los músculos de la espalda, las piernas, los hombros y los brazos. Duele. Siempre duele. Los músculos me arden y las barras de la base de la jaula se clavan contra mi trasero desnudo, mis muslos y mis pantorrillas. Pero sigo pensando que algún día tendré la oportunidad de matar a Esteban y debo ser lo suficientemente fuerte.
¿A quién estoy engañando?
El ordenanza entra primero. A veces ocurre: cuando Esteban está fuera violando niños o asesinando ancianas o arrancándoles las alas a las moscas. Hace un par de días hubo algo de alboroto. O tal vez fue hace semanas. Creo que algo está pasando. Esteban ha estado muy contento últimamente. Odio cuando está contento y es mi maldito culo el que recibe los dudosos beneficios. Aunque peor es que esté malhumorado… entonces todo mi cuerpo los recibe.
El nombre del ordenanza es Ernesto. Suelo llamarlo Che para adentros, pero es tan estúpido que no creo que entenda a quién me refiero si lo dijera en voz alta. Él me llama perro, como todo el mundo. Eso es lo que soy: el perro de Esteban. Fue culpa mía. Cuando llegué era el chico respondón y lo llamé jodeperros. Él decidió tomarlo literalmente.
Che introduce un pequeño balde con agua a través de la diminuta puerta. El balde es rosa, otro de sus bonitos detalles. Como siempre, hay una hojilla de afeitar desechable y un trapo en el balde, aunque no hay jabón. Creo recordar el jabón. Deslizo la hojilla por mi cara, afeitándome la barba rala. Calculo que debo tener veinte años, más o menos, pero a pesar de que tengo el pelo negro, no tengo la barba tupida. No me molesta, realmente… no podría afeitarme una barba dura solo con agua y una maquinilla para damas. El ordenanza me da maquinillas de mujer porque tienen el filo menos expuesto. Hace unos años traté de cortarme las muñecas con una para hombres y Esteban le dio una tremenda paliza.
A Esteban no le gusta que las demás personas lleven barba. Ninguno de sus hombres tiene barba, a pesar de que él sí. Una gilipollada de machos. Para un tipo que jode culos diariamente, creo tiene un gran problema con su hombría. Supongo que un psiquiatra se divertiría a lo grande con él.
Me afeito y me limpio con el trapo, intento usar la menor cantidad de agua posible. Lo que reste será lo que me quede para beber durante el resto del día, y prefiero estar desnudo y mugriento que desnudo y sediento. Luego, le arrojo la hojilla a Che, por mera costumbre. El trapo queda en una pequeña pila que se encuentra en la esquina de la jaula. Coleccionar trapos, un pasatiempo. Algún día me haré una colcha con ellos. Pero a veces, cada tanto, cuando Esteban me inclina sobre su escritorio con su polla en mi culo, Che se desliza y se lleva los trapos. Creo que eso me molesta más que la jodienda. Esos son mis malditos trapos, pendejo.
No hablo con Che. No hablo con nadie. No hay nadie aquí con quien quiera hablar.
Escucho a Esteban gritándole a alguien y luego escucho el chasquido de su látigo. No es frecuente (Esteban no es estúpido), pero tampoco inusual. Es simplemente parte de la vida en la selva. A Esteban le gusta su látigo y también la disciplina. Pero sus hombres están bien alimentados. Yo no, yo solo soy un perro. La paliza me deprime… a Esteban le gusta su látigo (¿ya lo había mencionado?). Usarlo le hace feliz y cuando está feliz....
Llega un rato después, con manchas de sudor en su uniforme militar, una sonrisa en el rostro y la polla formando una carpa en su entrepierna. Abre la jaula, se inclina y me agarra por el collar, arrojándome al suelo.
-Aquí está mi lindo perrito... -canturrea-. Aquí está mi cachorrito… -Me acaricia el pelo mientras me pone la correa-. El cachorro tiene el pelo más largo -observa-. Ernesto, recuérdame que lo lleve al peluquero canino. -Y se ríe como si hubiera dicho algo condenadamente gracioso.
Todo un cómico, Benito Esteban. No es gordo, pero es grandote, musculoso, con un cuello grueso. Al lado de los suyos, mis esqueléticos brazos parecen ramitas. Me empuja el rostro contra el suelo y giro la cabeza justo a tiempo para evitar que me rompa la nariz… Pero mi pómulo cruje contra la madera y me hace daño
-Abajo, perro -dice.
Me apoyo sobre las rodillas, con los brazos doblados bajo mi pecho y mi trasero flacucho al aire. La imagen de la sumisión canina. Esteban me deja así mientras trata con el ordenanza, dándole indicaciones a las que ya no presto atención. Dice algo acerca de unos rehenes, pero no oigo qué. No es difícil descubrir qué puede tenerlo tan alegre, salvo la diversión de arrancarle la piel a latigazos a un pobre idiota. Tiene rehenes, lo cual implica rescates: más fondos para su pequeño ejército. Todo es felicidad en Villa Esteban.
Che recibe sus últimas órdenes del día y Esteban se sienta detrás de su escritorio. Tironea de la correa y chasquea los dedos. Gateo a través de la habitación y me siento en cuclillas a su lado, esperando sus órdenes. Me pregunto si los perros de verdad odian a sus amos tanto como yo.
-Arriba -dice, haciendo sonar los dedos de nuevo.
Si yo fuera un perro de verdad, se los arrancaría de un mordisco. Pero no lo soy. Me levanto medio agachado, con las rodillas flexionadas y los codos sobre el escritorio. Allí hay algunos papeles, pero no puedo leerlos porque están en español y con su letra. Nunca aprendí español y, además, su letra es una mierda. Oigo el crujido de su ropa mientras se desnuda detrás de mí y luego siento la contundente presión de su polla en mi agujero… Empieza a empujar hacia adentro, tarareando alegremente. Ni saliva, ni lubricante, apenas esa polla gorda. Por suerte, ya no siento demasiado. Mis músculos están desgarrados, muertos, llenos de cicatrices, y una vez que él ha traspasado la entrada, no siento más que el movimiento hacia adentro y hacia afuera. Él aumenta el ritmo y entonces solo es cuestión de esperar que se corra. Un par de veces, años atrás, reaccioné a él físicamente, pero mi polla ya no se pone dura, ni siquiera si juega conmigo. Él dice que estoy castrado. Podría ser. ¿Importa, acaso?
Sin embargo, mientras me folla, evito pensar. Algunas veces sospecho que puede leerme la mente y cuando me está follando soy vulnerable. Él tiene un don para encontrar las cosas que lastiman, para destrozar buenos recuerdos: recuerdos de mi vida anterior, de mis padres, de cualquier cosa. Tengo especial cuidado de no pensar nunca sobre Taff. Taff fue la única persona que me besó y deseo que su recuerdo permanezca limpio. Por eso, nunca pienso en él cuando Esteban está cerca. El recuerdo del beso de Taff es lo único que permanece impoluto. Algunas veces tengo pesadillas con él, pero cuando uno no habla, tampoco llora dormido. Además, Esteban nunca duerme aquí y Che nunca dijo nada al respecto.
Esteban no me besa; ocasionalmente me obliga a hacerle una mamada, pero, por alguna razón, no es especialmente fanático del sexo oral. Quizá sea porque, a pesar de tenerle un miedo de los mil demonios, todavía conservo los dientes. No he tenido cojones para morderlo, pero tal vez él esté un poco inseguro. Si algo me hace feliz, es eso.
Mientras Esteban me folla, ese maldito Che se roba mis trapos. Bastardo.
Esteban se corre con fuerza, gruñendo y golpeando el escritorio. Por eso, al principio no escucho los ruidos.
Pero luego los oigo: sonidos de estallidos, gritos. Esteban se aparta de golpe, me arrastra de la correa y me arroja a la jaula. Se acomoda, se cierra los pantalones y saca el revólver de la funda que lleva en la cintura. Siempre la deja fuera de mi alcance. Después, se agacha junto a la ventana. Maldiciendo, la abre un poco, asoma el revólver y comienza a disparar. Che no está por aquí.
Levanto las manos y desabrocho la correa del collar. Cuando alzo la mirada, me doy cuenta de que, si bien Esteban cerró la jaula, se olvidó de echarle llave. Con muchísimo cuidado, abro la puerta. Él sigue disparando. Me quedo quieto cuando se detiene para tirar el cartucho vacío y colocar uno nuevo… pero simplemente se ha olvidado de que existo.
Solo debo tomar la correa por los extremos y pasarla sobre la cabeza de Esteban. Y tirar. Con fuerza. No puedo erguirme del todo, pero con él estando agachado se me hace más fácil saltar sobre él.
Suelta la pistola y le doy una patada, dejándola fuera de su alcance. Entonces, lo derribo y me coloco sobre su espalda, tirando de la correa como un jinete montando a pelo. No sé de dónde saco la fuerza. Esteban debe pesar cincuenta kilos más que yo, pero él está en el suelo y la correa de cuero, aunque es fuerte, también es bastante angosta. Hago acopio de todas mis fuerzas... y tiro… hasta que deja de resistirse. Hasta que yace completamente quieto. Hasta que el hedor a orina y excrementos llega a mi nariz y me doy cuenta de que está muerto. Entonces, lo suelto y me alejo de él tambaléandome. Exhausto, caigo sobre mis rodillas.
Los disparos se detienen. No sé quién puede estar allí afuera, pero imagino que seguramente se trata un grupo paramilitar rival. Esteban se había quejado de unos grupos locales. No habrá más quejas, pienso, y me largo a reír como un histérico. No importa quién gane la batalla ahí afuera. Ya me puedo dar por muerto. Los hombres de Esteban me matarán cuando vean lo que he hecho, o un grupo enemigo me matará por estar aquí. En realidad, no me importa. Sin embargo, algo me hace soltar la correa y gatear hacia la esquina opuesta a la de la jaula para perros. Allí me oculto, tratando de ocupar la menor cantidad de espacio posible. Luego, me acurruco sobre mí mismo y espero morir.