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Cabeza Caliente by Damon Suede Spanish Translation

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Description:

 

Por el humo se sabe dónde está el fuego...

 

Desde el 11-S el bombero de Brooklyn Griff Muir lucha contra lo que siente por su mejor amigo y compañero de trabajo en la Escala 181, Dante Anastagio. Desgraciadamente, a Dante sólo le interesan las mujeres, y el cuerpo de bomberos de Nueva York no es precisamente un colectivo que vea a los gays con buenos ojos. Griff lleva diez años escondiendo su corazón en una vida mediocre repleta de heroicidades públicas y de angustia personal.

 

La prudencia de Griff y la chulería de Dante les convierten en un equipo inmejorable. Para proteger a su compañero, Griff haría lo que fuera… hasta que un día, ante la quiebra económica total, Dante le propone la peor solución posible: cabezacaliente.com, una página web porno para gays en la que tíos buenos con uniforme se tocan y hacen guarradas. Y Dante quiere que ellos aparezcan allí—juntos. Griff tendrá que proteger su corazón y vivir sus fantasías más oscuras ante la cámara. ¿Será capaz de rescatar al hombre que ama sin echar por tierra sus carreras, sus familias, o su amistad?

 

ISBN-13:  978-1-61372-812-3
Pages:  219
Cover Artist:  Anne Cain
Translator:  Marta Urcelay Rodríguez de Quijano

Categories: Damon Suede, Español - Spanish
Book Type: eBook
File Formats Available:.epub, .mobi, .prc, html, pdf
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CAPÍTULO UNO


 


 


GRIFF vio toda la pelea desde antes de que cayera el primer puñetazo.


—¡Maricón!—, se oyó un grito procedente de la fiesta.


Odiaba esa maldita palabra.


¿Aquí dentro? Poco probable.


Griff tomó la Guinness y se acercó a sus compañeros. Estaba de pie en el Stone Bone y llevaba puesto el kilt, la falda escocesa, porque Dante y los demás chicos del parque de bomberos le habían traído a la fuerza. Él no había querido salir.


Normalmente el Bone abría sus puertas los domingos, y como esta noche era 11 de septiembre, no estaba de servicio. Una gran noche para un montón de bares de Brooklyn. Todos los años desde que cayeron las Torres Gemelas, los locales del barrio dejaban que los bomberos bebieran gratis esa noche. Por eso había venido todo el grupo del Camión 333/Escala 181; a comprobar qué tal andaba el bar de género femenino. 


El mejor amigo de Griff estaba sentado en la barra cantando al son de la máquina de discos, y utilizaba su jarra como si fuera el micrófono; su sonrisa resplandecía al contraste con las luces de neón de las estanterías donde se apilaban los licores. Dante tenía la típica mandíbula cincelada y una suave voz de barítono que les encantaba a las mujeres. En ese momento cantaba suavemente un dueto con Dean Martin:


—‘The world… still is the same… you’ll never change it…’—


Así era como Dante se aseguraba de que ninguno de sus amigos se encontrara solo esta noche; haciendo el papel de gondolero italiano como si fuera una Noche Chicas. Más o menos lo era.


—‘As sure… as the stars… shine abooove;’—


Con la música del Rat Pack, Dante hacía para sus amigos de gancho y anzuelo en el mar de la fiesta, y era el cebo fundamental para atraer chicas.


—‘You’re no-body till some-body looooves…’—


Griff echó una ojeada, y efectivamente, un grupo de conejitas se dirigía hacia su mejor amigo, ricas y calientes.


—‘You’re nooo-body till some-body cares….’—


Un altercado y otro grito enfadado procedente de la parte de atrás junto a los baños. 


—¡Puto maricón!—


No era broma. Esta vez Griff se giró para mirar por encima de las cabezas.


Otra pareja de chicos del parque de bomberos estaban cantando con Dante. No habían oído cómo se gestaba la bronca, pero si las cosas se ponían chungas, el bar perdería dinero. Griff no quería problemas. Sólo ejercía de gorila cuando estaba fuera de servicio, por dinero, pero el Bone era un gran antro del Brooklyn, de la vieja escuela, en un barrio que se estaba llenando de Starbucks hasta arriba.


Con su metro noventa y cinco, Griff era bastante más alto que todo el mundo. Pero, por muy grande que fuera, había sido precavido toda su vida. Tenía su gracia que un bombero que salvaba vidas fuera además un gorila que se dedicaba a ahorrar una fortuna a su jefe en reparaciones y multas.


Bajó la cerveza. Esos gritos de "maricón" habían venido de la parte de atrás, cerca de las máquinas recreativas, y Griff necesitó diez largos segundos para recorrer con la vista la sudorosa y ruidosa multitud congregada, y descubrir la fuente.


Allí.


Un portorriqueño con cresta había arrastrado a su chica detrás de él y estaba fulminando con la mirada a un tipo mayor que él con la cabeza rapada. Griff entrecerró los ojos tratando de entender la escena por encima del gentío de la noche de domingo. La chica era guapa, birracial, y parecía orgullosa de su enfadado ligue.


Vamos, tío. Esta noche no.


Griff puso su pinta encima de la barra y echó una mirada a la puerta. Los vigilantes de la puerta estaban atareados pidiendo carnets a varios adolescentes borrachos. De ningún modo podrían recorrer todo el camino para poner orden en cualquier cosa que estallara dentro. El camarero estaba sirviendo cervezas en el otro lado de la barra, y la clientela borracha que se agolpaba alrededor del conflicto tenía otros peces por pescar el 11 de septiembre.


El Bone estaba repleto de trabajadores sociales de fiesta: técnicos en emergencias sanitarias, y polis y bomberos. El aniversario de los ataques al World Trade Center siempre hacía que el cuerpo de bomberos de Nueva York y sus fans salieran en manada, para bien o para mal. Pero esta noche se celebraban los diez años desde que cayeron las Torres. La gente no estaba tan sombría como cuando las heridas estaban frescas.


Griff observó más detenidamente a los dos hombres tan diferentes entre sí. ¿Uno podía ser traficante de drogas? ¿Prestamista? Era calvo y llevaba un traje, de esos caros, y parecía de Manhattan; mayor, más alto, pero llevaba las de perder en cualquier lucha que el tipo pequeño pudiera empezar. Mierda.


El calvo sonreía mientras hablaba pausadamente al tío más joven. El latino agarraba su cerveza con fuerza, listo para rompérsela a alguien en la cabeza, y amenazaba con los ojos a todo el mundo que estuviera cerca. Quería ir a la cárcel por estar en estado de embriaguez y alterando el orden público, estaba claro.


Griff se alejó de la barra, irguiendo sus musculosos hombros para abrirse paso a través del gentío. Una rubia con el pelo rizado le silbó al pasar. Por el rabillo del ojo vio cómo la oscura cabeza de Dante se volvía mientras dejaba de cantar con el resto.


—¡Eh, G! ¿Dónde está el fuego?— Dante se rió.


Pero Griff negó con la cabeza. Sólo contaba con un par de segundos para cruzar la sala. Al pasar, una pareja de tíos le llamaron por su nombre y le dieron unas palmadas en sus hombros de acero, y él les saludó con la cabeza sin retirar los ojos de la pelea que estaba a punto de empezar. Ahora podía oírles, el suave acento del calvo, mientras trataba de calmar al chico… ¿Polaco? No, ruso.


Tal vez el señor Don Limpio era el ex de la chica, o algo así. ¿Un jugador que trataba de quitársela? ¿Un proxeneta? Pero, ¿por qué llamarle "maricón"? ¿Quizás había sobado al novio casualmente ó a propósito? El lenguaje corporal no suele equivocarse, pero con los rusos nunca se sabe.


Por fin, el pequeño portorriqueño saltó. El Rapadovich se dio cuenta de lo que le venía encima pero no tenía escapatoria posible; estaban rodeados de gente por todas partes. Griff se movió más rápido, empujando a los clientes fuera de su camino. El latino levantó la botella que tenía en la mano, y Griff vio como toda la noche se iba a la mierda en dos segundos: se iba a pasar el 11 de septiembre hablando con polis hasta las tres de la mañana.


Pero antes de que esa botella empezara a moverse, Griff ya tenía la muñeca del chico sujeta con su fuerte manaza, le retorció el brazo hasta hacer que hincara las rodillas y cayera en el suelo de hormigón. Los ojos de su novia estaban llenos de pánico bajo el denso maquillaje. La multitud que les rodeaba se retiró, y alguno que otro estiraba el cuello para fisgonear.


¡Maricón!—. Su brazo delgado y moreno se retorcía como una culebra tratando de liberarse de la mano de Griff que le agarraba fuertemente.


Griff apretó más. 


—Suélta la botella.


—Está bien. Lo siento.— El ruso sacudió su cabeza afeitada tratando de dejar que el chico saliera del atolladero, y siendo educado. ¿Qué le habría hecho a este gilipollas?


—He dicho que sueltes la botella.


Clinc. Griff sintió cómo el líquido se derramaba en su tobillo y retorció el brazo del portorriqueño entre sus omoplatos, haciendo que éste casi besara el suelo. 


—Ya basta.


El cabrón, delgado pero fibroso, se retorció en el suelo bajo la rodilla de Griff y refunfuñó algo desagradable en español.


—Sí, que te jodan a ti también. —Griff trató de hacer señas a los chicos de la puerta o al camarero, pero había demasiada gente. Los fines de semana de otoño eran los peores con los borrachos. Y esta noche era de locos.


El chico latino vibró con ira debajo de él. 


—¡Llevas una puta falda! Otro maricón que viene al rescate.— Empezó a forcejear, impotente en el suelo, muriéndose de la vergüenza delante de su chica. El amor era lo peor.


—Es un kilt, imbécil. —Griff suspiró y miró hacia abajo, a los pliegues que cubrían sus carnosos muslos. Estaba a punto de retirarse y dejar a esos estúpidos solos. —Sería una falda si llevara debajo ropa interior.


—No lo ha dicho en serio. —El hombre mayor inclinó su cabeza afeitada hacia Griff y le sonrió dándole las gracias, como en la peli El señor Don Limpio se va a Moscú. —Ha sido un malentendido.


—Ya vale de mierdas. Esta noche no. ¿Vale?— Griff señaló al suelo y a la avergonzada novia. —Vosotros dos ya podéis ir saliendo ahora mismo de este bar.


Ella asintió con la cabeza.


De repente el latino, histérico, echó casi a correr empujando a la chica hacia la salida. Ella se tropezó pero estaba demasiado muerta de la vergüenza como para pararse. Cuando el novio pasó a su lado, sujetó fuertemente el hombre del ruso, le hizo un gancho en el tobillo, y le tiró con su traje y su corbata al suelo. Casi sin parar, el chico se abrió camino a través de la multitud detrás de su novia, empujando a la gente y derramando bebidas, dejando tras él una estala de maldiciones y ceños fruncidos.


Griff ni se molestó en seguirles. Ayudó al calvo a que se pusiera de pie y le dio la mano, estrechándola. 


—Griffin Muir.


—Alek. La chica no me conocía. Y no toda la culpa ha sido de él. —Miraba casi pidiendo disculpas con sus ojos azules, grandes y acuosos.


—Nunca lo es. Hace diez años solía pelearme en los bares.


—Gracias, ¿sí? Él hizo un trabajo para mí e intentó ocultárselo a ella. Y ella…


—Quería ver una pelea. Ya. Estuve casado con una chica como ésa. Ese chico tiene un gusto pésimo para las mujeres. Al final pierdes el gusto.


 


 


DEAN MARTIN dejó de sonar. El coro de bomberos había conseguido reunir una gran cantidad de grupis.


Cuando Griff volvió donde tenía su bebida, Dante se la había robado y le saludó con fingidos aplausos. Pelo negro, ojos negros, sonrisa de pirata.


—Mi puto héroe. —Dante le sonrió, vaciando la jarra.


—Mi puta resaca. ¿Está buena?— Griff le dio un golpecito cariñoso en la cabeza y pidió un taburete.


—Sabe a carne. —Dante se relamió los labios. Volvió a relamerse y eructó como un niño de ocho años.


—¡Qué asco! — Aparentemente el grupo de bombones que estaban al lado habían echado el ojo al firme culo de Dante y a su negra melena ondulada. Las chicas no parecían de aquí. Iban mejor vestidas. Como universitarias de los suburbios. Tal vez eran de Manhattan.


Por alguna razón, Dante ignoraba a sus admiradoras. Retiró la brillante maraña de pelo de su cara. 


—Tengo hambre, G. ¿Quieres algo? Además, tengo que hablar contigo de algo.


—¿Estás bien?


—Sí. No. No mucho. Tengo que pedirte una cosa.


—Claro. Ya me he divertido bastante….— Griff miró al resto de la pandilla para decirles adiós. Desde el principio no había querido salir esta noche. La cena con Dante sonaba mucho mejor.


Su mejor amigo le guiñó el ojo y dejó de hablar cuando una mano delgada vino desde detrás enroscándose en las brillantes greñas cobrizas de Griff.


—¿Tu pelo es así de rojo por todas partes?— Una chica india curvilínea se había deslizado del club de fans de Dante para pasar a apretujarse contra la cadera de Griff y mirar sus piernas. —Bonita tela.


Llevar un kilt en Cobble Hill siempre era sinónimo de ir buscándo algo. A veces el "algo" era una pelea, y otras veces, una mamada. Con otros escoceses, garantizaba un par de rondas a cuenta de otro que se sintiera patriótico. Con los italianos significaba que alguien te iba a acusar de andar mirando a su chica. Los niños se reían y las ancianas siempre intentaban mirar por debajo con disimulo.


La boca de Dante se apretó mientras esperaba que Griff le diera a la chica una excusa. ¿De qué tendría que hablarle?


Por una vez, Griff deseó haberse puesto unos vaqueros. Intentó captar la mirada de Dante y sacudió la cabeza.


—Vaya culo tienes.— La chica india se inclinó hasta apretar su cadera. Llenaba completamente el pequeño vestido. —¡Vaya, es enorme! ¡Uf! ¿Eres un pura sangre escocés?


Griff se puso rojo, y sintió cómo el calor se extendía por sus mejillas y su cuello. La mano de ella seguía en su pelo. 


—Los pelirrojos son los que tienen el culo más redondo.— Dijo Dante, volviendo a guiñarle el ojo a Griff. —Y lo tiene duro como el acero. Griff es un hombre de más de 100 kilos, puro músculo.


La polla de Griff se movió bajo la falda plisada mientras Dante hablaba de él como si fuera un toro en venta. Trató de tragar saliva pero su boca se había convertido en el Gran Desierto.


Jesús.


Griff se sentía fatal y no le interesaba nada de lo que estaba ocurriendo. Estaba cansado y seguía nervioso del conato de pelea. Sin ninguna razón aparente, quería llevarse a su amigo y deshacerse de toda esa multitud, pero sabía que no era correcto. Se suponía que debía querer quedarse. Se suponía que tenía que emborracharse y pescar alguna nena. Esta noche las mujeres que estaban en la ciudad buscaban bomberos de Nueva York. Uf. El 11 de septiembre era lo peor.


Pilla un bombero, cualquier bombero.


Griff sonrió como disculpándose. 


—Lo siento. Justo nos estábamos marchando para ir a comer una pizza.


—Bah. Olvídalo, G.— Dante se mostraba comedido; sacudió la cabeza y dejó que una amplia sonrisa asomara demasiado rápidamente como para ser creíble. —Bah, vamos a quedarnos. Nos quedamos. Estoy bien.


—Venga, tío, que estoy hecho polvo.— Griff miró a su mejor amigo, que negaba con la cabeza, insistiendo. Por un segundo quiso decir sonriendo a su admiradora llena de curvas, "gracias, pero no, gracias," pasar un brazo alrededor del cuello de Dante y llevárselo a por unas porciones de pizza. Pero para cuando se quiso dar cuenta, las amigas de la chica se habían agolpado alrededor de Dante, empujándose las unas a las otras.


Diez segundos antes y podríamos habernos marchado.


La chica india les miraba mientras continuaba dando palmaditas al culo redondo de Griff. Pum pum. Como si él fuera un San Bernardo a dos patas.


—Tu culo es tan… mmm… viril…— Agarró la cadera de Griff a través del kilt, presionando los pliegues contra su piel sudada. Se relamió el labio inferior. Arqueó las cejas. —Dios mío, ¡de verdad vas en comando ahí abajo!


A unos pocos pasos, a Dante se le salía la cerveza por la nariz de la risa. Las otras chicas aullaban y gruñían, y se secaban los labios con las servilletas de papel.


Griff miró a la atractiva cara de Dante con el ceño fruncido. Volvió a inclinar la cabeza hacia la puerta sugiriendo en silencio: Vámonos.


En medio de las chicas, Dante le guiñaba el ojo –con sus ojos sonrientes, tan oscuros– mientras  negaba con la cabeza. 


—No importa. Estoy bien.— Se volvió para susurrarle algo a una morena esbelta que le hizo reír y ponerse colorada.


Mierda.


Griff se giró e intentó oír lo que decía la chica india. Algo acerca de un concierto que habían visto en el BAM. Él asintió como si estuviera escuchando. Por encima de su hombro veía cómo Dante extendía sus brazos por detrás de dos de sus amiguitas, mostrándose encantador. Su mano izquierda tenía un corte bastante feo a la altura de los nudillos.


Eso necesita una venda.


Griff siempre había tenido muchas chicas, incluso cuando no las buscaba. Siempre había sido ancho de hombros y de pecho. Brazos macizos, piernas como árboles. Su nariz, grande y rota, era una bendición en su cara de niño. Y para burla de Dante, la pálida piel de Griff y su pelo canela destacaban en los bares donde la mayoría de la clientela era italiana y latina. Cuando todos tus vecinos están morenos todo el año, la piel lechosa resulta exótica. A las mujeres les encantaba marcar su blanca piel, y su carne, gorda y sonrosada no pesaba en contra de sus posibilidades. Dante le solía llamar el Follador Ballena.


La chica india estaba decidida y era bastante guapa… si tan solo él pudiera meterse la idea en la cabeza. 


—¿Quieres…? —Preguntó ella.


No, no quiero. Pero debería.


Griff sonrió de manera mecánica a su curvilínea admiradora. Ella le devolvió la sonrisa. Sus labios estaban pintados con un rojo intenso, que debería haberle parecido sexy. Su espeso cabello tenía casi el mismo brillo de medianoche que el de su mejor amigo.


Dante les estaba mirando de nuevo, mordiéndose el labio y transmitiéndole ánimo. Sus ojos negros resplandecían.


La polla de Griff dio una sacudida, y tuvo que mantenerla pegada contra su muslo mientras la chica le arrastraba a los baños.


Recuerda: esto es lo que quieres.


Para un bombero de Nueva York el 11 de septiembre sólo estaba bien para echar un polvo sin más y para beber gratis. ¡A pasarlo bien! La chica le ofrecía sexo agradable en el bar. Griff Muir no tenía valor para resistirse.


 


 


EL BAÑO de los empleados estaba abierto y Griff tenía su llave, pero cuando los dos cerraron la puerta todo el plan de sexo en el bar se fue a la porra.


Ella empezó a trepar por él como si estuviera en los columpios y su boca le provocaba buenas sensaciones, pero su corazón no estaba en ello. Su larga cabellera era sedosa pero quedaba falsa al contraste con la piel de Griff. Él estaba apuntalado contra el lavabo y seguía pensando en los indescifrables ojos de Dante.


¿Qué le preocupará?


Tal vez si pudiera acabar con esto en un par de minutos, todavía podrían marcharse a tomar esa pizza. Griff puso su cara bajo la cortina negra como el azabache del cabello de la chica y chupó su suave garganta morena mientras ella buscaba a tientas su paquete bajo el kilt. Sin embargo, él no se excitaba.


Nada.


Ella tomó nota de su desgana y dejó de intentarlo, besó su cuello. La boca le olía a mentol. Sus enormes ojos exóticos interrogaban a los suyos.


Él hizo una mueca y sacudió la cabeza. 


—Lo siento. Hoy es un día duro para mí. Eres preciosa, pero…


—Eres un bombero de Nueva York,— dijo ella con compasión. Una sonrisa dulce iluminaba su rostro moreno. 


Griff asintió, sintiéndose como un estúpido.


—Estuviste allí cuando las Torres...


Él tragó saliva mirando al suelo.


—Lo entiendo. Mi punto débil son los bomberos. Es como una manía.— Se bajó de su regazo.


—Perdona… Me encanta que seamos tu punto débil.— Quería ser amable con ella pero también quería irse. Su voz sonó con eco contra los azulejos mugrientos y el techo lleno de moho.


Ella le apretó a través del kilt. 


—Eres tan duro. ¿Estás seguro de que no quieres intentarlo?


Griff se sentó en la tapa del inodoro, juntando sus pulgares. 


—No. Debería irme a casa.


—Tal vez otra noche. Eres tan guapo. Con ese pelo como el carbón ardiendo.— Ella acarició su cabeza y frunció ligeramente el ceño. —Tengo que encontrar a mis amigas.


—Bueno… no creo que mi amigo las haya dejado escapar. ¿Tienes cómo ir a casa?


—Sí. Vivo en las colinas. Estoy casada.— Abrió la polvera y se miró la cara.


—Bien.


Griff estaba empezando a no entender el matrimonio. Hacía que las mujeres se echaran a perder y que los hombres se convirtieran en matones. La muerte de su madre había destrozado a su padre. Y sólo Dios sabía cómo Griff había jodido su propio matrimonio. 


—¿Cómo sabías que era bombero? —Preguntó él, mirando a la mujer en el oscuro cuarto de baño.


Ella se rio tontamente. 


—Os reconocería en cualquier sitio. Con o sin los pantalones de trabajo. Por cierto, no voy a… decir nada sobre…— Ella hablaba de haber perdido la oportunidad de… —Bueno, les mentiré a mis amigas y les diré que lo hemos hecho dos veces.


—¿Y qué tal te he parecido…?— Él se rio y se puso rojo hasta que sus orejas le empezaron a arder.


Ella se pasó la lengua por el labio superior y abrió sus enormes ojos de par en par. 


—¡Alucinante!


—Gracias.— Griff se dio cuenta de que se iba a convertir en una historia que ella iba a contar: el gigante pelirrojo de la fiesta del 11-S con su falda escocesa. Muy bien; convertirse en una anécdota sucia era un buen plan.


Bueno, era casi todo verdad. Casi la podía ver contando la historia a sus amigas mientras tomaban un café o una ensalada, fanfarroneando y exagerándolo todo un poquito más cada vez, hasta que él se convirtiera en un tío de más de dos metros que le enviaba cartas de amor. Deseó que realmente pudiera ser el semental en el que ella le convertiría, haciendo que el fracasado del baño pareciera más sexy, más guay, más atrevido.


Soy un gilipollas.


Ella se pintó de nuevo los labios y pasó la mano por su brillante cabello. 


—Simplemente cumplo con mis obligaciones como ciudadana.— Me guiñó un ojo, se contoneó para ponerse derecha la falda y salió por la puerta.


Griff se puso de pie y se giró hacia el grifo. Se mojó la cara y se quedó mirando fijamente en el espejo sus llorosos ojos grises.


Un perdedor. Un idiota. Mierda.


Los chicos estarían horrorizados si le hubieran visto rechazar a una tía tan buena. Estarían todavía más horrorizados si supieran el por qué. Bajo el kilt, seguía teniendo una gruesa erección que le presionaba en los pliegues de la falda, pero no era por la chica. Ahora tenía un gran problema. Si salía ahí afuera así, todo el mundo lo vería. Apretó su miembro hinchado a través de la lana y jadeó.


Cerró la puerta con pestillo y buscó bajo los pliegues de la falda. Encontró su pene tieso y lo envolvió con su mano.


Tardo dos minutos, máximo.


Griff se volvió a sentar en la taza, cerró los ojos y dejó de luchar contra sus propias fantasías.


 


 


UNOS MINUTOS más tarde, Griff se sintió como si acabara de desayunar y darse una ducha. Bueno… un sándwich de huevo y un enjabonado rápido. Nada complicado.


Para cuando salió del baño, sus huevos por fin habían dejado de pegarsele a las ingles y colgaban hacia abajo. Se había limpiado con una toallita de papel pero podía sentir un poco de semen secándose en la parte interna de sus muslos.


El Bone se había llenado aún más. Habían llegado otros bomberos que llevaban puestas camisetas del cuerpo de bomberos como cebo para las chicas. Sus mujeres estaban lejos, muy lejos. Todos a una levantaron los codos y los vasos mientras el camarrero, pequeño y cubano, limpiaba con un trapo grisáceo la vieja superficie con inscripciones del tipo: el gran follador y Shasta quiere a Ronnie y un juego de tres en raya.


—¡343! ¡343!— Al fondo de la barra, un grupo de bomberos de Brooklyn gritaban un brindis, con las cervezas en alto. Los civiles aplaudían y elevaban sus vasos alrededor suyo. En 2001, 343 miembros de los bomberos de Nueva York habían dado sus vidas en el Nivel Cero y Nueva York seguía estándoles agradecida. Eso estaba bien. Era lo correcto, que la ciudad recordase diez años más tarde, incluso después de que el Agujero hubiera sido pavimentado y las Torres Gemelas no fueran ya más que otra estatua hortera que los turistas se llevaban a casa a Pennsyltucky.


Griff condujo su enorme cuerpo hasta la barra. Con la cabeza y los hombros por encima de la multitud, se acercó a la camarera tetuda, y gritó por encima de los Doors. 


—¿Has visto a Anastagio?


La camarera se encogió de hombros y paseó sus ojos por el local lleno de gente. Griff se rio y le dio las gracias con una sonrisa. ¿Adónde se había ido Dante? Griff suspiró, y de repente sintió hambre de verdad. La idea de Dante de ir a comer una pizza sonaba aún mejor ahora. Su estómago rugió mostrándose de acuerdo.


Entonces, como si su mente le hubiera mandado llamar, apareció su mejor amigo, con su pelo negro todo sudado y enmarañado alrededor del cuello, y posó la mano en el hombro de Griff.


—¡Aquí está mi hombre! ¡El gran G!— Dante se quedó de pie apachurrado contra la barra, haciendo estallar un chicle con esa sonrisa de pirata que seguía dibujada en su cara.


—Eh, enano.— Griff se acercó más a él y respiró el profundo olor penetrante tan particular de Dante: dulce y duro, anticuado, como de vestuario limpio. Griff sonrió; reconocería ese aroma en cualquier sitio.


—¡Eh! Que un metro ochenta es normal. Lo que pasa es que tú eres un mutante.— Dante estaba despegando la etiqueta de su cuarta cerveza, las otras tres estaban apiladas enfrente suyo en la barra. No se había afeitado desde hacía un par de días, y la sombra de la barba incipiente en su perfil de romano cincelado le hacía parecer un matón de dibujos animados. Dio otro trago largo a la botella dejando al descubierto cómo trabajaban los músculos de su larga garganta.


—¿Salimos de aquí?— Griff sacudió la cabeza hacia la puerta.


—Te lo estás pasando bien. Y parece que todos hemos encontrado compañía.— Dante sonaba un poco borracho. Escudriñó la fiesta donde el resto de los chicos chapoteaban en grupos de fans femeninas. 


—Venga, vamos a movernos. Me muero de hambre. Y tú querías hablar…— Griff buscó los ojos de Dante tratando de leer en ellos el asunto en cuestión. Él casi nunca pedía nada a nadie.


Dante chasqueó los dedos como si él no hubiera querido pedir nada. 


—Pizza para llevar. ¿Por qué no volvemos a mi casa y te quedas a dormir?— Siempre le invitaba y Griff siempre decía que no.


Mala idea.


Griff negó con la cabeza disculpándose. 


—Tengo que levantarme temprano. Debería irme a casa.


—¿Y mis relojes no funcionan?— Dante puso la cara de tonto de pueblo, poniéndose bizco y sacando la lengua hacia los lados.


—No quepo en ninguna de tus camas. Pero la pizza, vale. Podemos charlar de camino, si estás listo...— Griff se quedó de pie a su lado como los vagabundos que se acurrucan junto a las fogatas de los contenedores de basura e intentó captar sus ojos grisáceos.


Dante le miró un instante. Después examinó el suelo, donde las enormes pantorrillas de Griff se elevaban por encima de las medias y las botas.


Griff las flexionó de manera involuntaria.


—¿Estás seguro?— Dante se balanceó sobre sus pies y le miró de reojo con los ojos entrecerrados.


—Sí, D.— Empezó a girar hacia la puerta. —¿De qué coño tienes que hablar?


—Aquí no.


—Vale. Vale.— Griff se rio. —Podríamos ir a Lucali’s. Si no te importa coger el metro.


—Uy. No tengo suelto.— Algo oscuro se movió en los ojos de Dante. Griff no dudó en ofrecérle dinero a su amigo. 


—Yo invito. Venga.


¿Es el dinero lo que le tiene tan preocupado?


Dante sacudió la cabeza señalando la puerta. Estaba casi vibrando. 


—Verás, este es el problema...


Griff dio un paso atrás y le dio un codazo. 


—Anastagio, puedo echarte un cable. ¿Necesitas un préstamo hasta que cobremos? Puedo cubrirte en lo que necesites.


Podía arreglarlo. Además de hacer de gorila en este antro, Griff también trabajaba para un contratista local que siempre estaba a la búsqueda de manos hábiles. Todos los chicos trabajaban en otras cosas aparte de en el cuerpo. Los bomberos de Nueva York se caracterizaban por pagar unos salarios de mierda a los idiotas chiflados que se metían en edificios en llamas mientras todos los demás se escapaban de ellos.


Dante sacudió los hombros y le dio un suave codazo a Griff empujándole hacia la salida. El Bone estaba tan abarrotado ahora que moverse significaba deslizarse entre los cuerpos de todo el mundo, en un contacto total. Dante estaba prácticamente pegado a su espalda, sus músculos abdominales contra el culo de Griff. Gracias a Dios él era bastante más bajo, así que no había peligro de que se alinearan cosas peligrosas.


Griff se giró cuando alguien le tocó el hombro.


—Señor Muir.— Alek levantó su vaso a modo de despedida. Al parecer, el hábil ruso se había hecho un hueco entre la multitud de bomberos, y se le veía un poco fuera de sitio con su traje, gesticulando como un vendedor de coches mientras charlaba con un par de trabajadores de emergencias sanitarias de Queens.


Griff le saludó con la cabeza pero sin dejar de avanzar hacia la salida. Sólo quería salir de esta muchedumbre y dejar atrás el ruido y descubrir qué pasaba. Venir aquí esta noche había sido una idea horrorosa. ¿No habían muerto 343 bomberos? ¿Por qué quería la gente celebrar una tragedia?


Ya casi estaban en la puerta cuando Griff sintió que Dante dejaba de moverse detrás de él.


¿Qué pasaba ahora?


—Mierda,— refunfuñó Dante. Griff se volvió para mirar por encima de las cabezas que no paraban de cotorrear.


—¡Anastagio! ¿Estás intentando escaparte?— Una morena llamativa que estaba junto a la barra le dio un golpecito a Dante en el pecho (probablemente sería el Plan B de esta noche): falda ajustada, tetas suaves bajo el vestido, gran furgón de cola, boca abierta tras haber besado a alguien, probablemente a él.


Dante soltó una risa breve y entrecerró los ojos, como si estuviera tratando de recordar su nombre. 


—Uy, no… éste es mi amigo Griff.


Ella ni siquiera le miró. 


—Dante, he estado intentando dar contigo desde hace como dos años. Teníamos algo… y ahora quieres dejarme plantada.


—No, nena.— Dante habló suavemente y se inclinó hacia adelante.


De repente Griff ya no sentía tanto calor.


Dante se desplazó a la esquina de la barra hasta ponerse al lado de la chica y puso una mano sobre la ajada madera. Murmuró una excusa. 


—Tenemos que levantarnos muy pronto. Y Griff no ha cenado. Tengo que darle de comer.


Incluso en un bar de Brooklyn lleno de gente hasta los topes, se podía ver cómo sus ojos de Dalila se deslizaban entre ellos, enfadados por el intento de escaqueo. Le puso mala cara. 


—¿Vivís juntos?


—No.— Griff se acercó aún más a la barra, simplemente para salir del tumulto.


—Bueno, prácticamente. Es como mi hermano.— Dante se retiró el pelo de la cara. —Y tiene que levantarse dentro de un par de horas.— Dante le acarició la pierna justo por debajo de la falda. —Podemos retomar esto más tarde. Vamos. Tengo que cuidar de él.


—¿Y qué pasa conmigo?— Ella se conocía este número de memoria.


Griff se dio cuenta de que la cabeza pelada de Alek se movía cerca de ellos, y de que estaba escuchando las sandeces que decía Dante con su sonrisa torcida. En la máquina de discos los Rolling Stones se lamentaban de bestias y de cargas mientras la gente cantaba desafinando entre 343 fantasmas.


La chica pegó un chillido. Por la expresión de su cara y por la posición de Dante, Griff estaba casi seguro de que él tenía un par de dedos dentro de ella, justo ahí.


Jesús. Dante siempre les pedía a las tías que hicieran locuras con él, cosas semi ilegales, a poder ser en público, y preferentemente delante de Griff para que se pusiera rojo. Griff se pondría a sudar y farfullaría algo mientras se quedaba mirando fijamente al suelo, y Dante siempre iba demasiado lejos. Y lo raro del tema era que las mujeres por lo general le daban las gracias a Dante después, le acosaban sexualmente y le mandaban mensajitos durante meses.


Griff resopló y le lanzó una mirada a su mejor amigo. A Dante le encantaba hacerle pasar vergüenza, le encantaba verle ponerse rojo. Dios, Griffin podía sentir cómo el rubor se extendía por cada centímetro de su cuerpo ante la mirada de chulo de su amigo. Seguramente hasta sus piernas estarían poniéndose coloradas bajo el kilt. Estubo a punto de mirar abajo para comprobarlo, pero logró mantener su mirada fija en el abarrotado bar.


Contra la madera húmeda, el corte que atravesaba los nudillos de Dante se veía alargado y salvaje. Probablemente necesitara puntos y no una venda.


—¿Qué te ha pasado en la mano, D?


—Nada de tu incumbencia.— La sonrisa de Dante se hizo más amplia pero sus ojos parecían apagados mientras miraba fijamente a Griff como si quisiese estar en otro sitio. Los músculos de su bronceado antebrazo se tensaron ante la mirada de Griff. La chica gimió por algo que estaba haciendo la mano oculta de Dante.


—No, me refería a…. No importa.


Griff se frotó la barba, deseando que los dos estuvieran en otro lugar. Quería un trozo de pizza de pepperoni picante, quería cualquier cosa menos un bar de Brooklyn petado de gente diez años después del 11S. De repente ser una anécdota inventada calificada X por una mujer casada, le parecía más real que lo que sentía. Como si él fuera el fantasma número 344. Algo se extendía dentro de su amplio pecho y no le dejaba espacio para respirar, aplastándole desde dentro.


—¿Griffin?— preguntó Dante suavemente cuando paró y se alejó un poco de la chica. Su mano callosa se posó en el fornido antebrazo de Griff y le hizo cobrar de nuevo consciencia del local.


Griff se estremeció y recorrió con su mirada gris los cientos de kilómetros que le separaban de los ojos de Dante, hasta que se encontraron. 


—Tengo que irme.


—Tenemos que irnos,— dijo Dante a la chica, cortando su protesta con un breve beso en la boca. —A menos que quieras venirte con nosotros, nena. Juntos, quiero decir. Griff también es bombero...


¡Joder!


La música sonaba a tope y la gente se agolpaba, los unos contra los otros, y Griffin seguía hay de pie, solo dentro de una burbuja asfixiante llena de ruido blanco, mirando el aire mientras contaba hasta cero. ¿Por qué estaba así? Resopló y miró a todas partes menos al rostro preocupado y tan atractivo de su mejor amigo.


Ella miró a los dos hombres, sus músculos, sus cuerpos, e hizo la suma: una cama redonda con dos bomberos el 11 de septiembre.


Griff podía ver cómo la chica iba cambiando de marcha mientras se mordía el labio, entrecerrando los ojos para calcular las posibilidades geométricas.


A ella le encantaba la idea. A él no. 


—No me apetece, Dante. Necesito comer algo e irme a la cama.


—De eso se trata, G. Tú y yo no nos hemos ido de fiesta juntos desde hace un montón de tiempo.


Griff sabía exactamente lo que estaba sugiriendo su mejor amigo; él simplemente no confiaba en sí mismo lo suficiente como para decir sí. Sabía que Dante quería ayudarle pero negó con la cabeza. No.


Dante tiró de Griff hacia abajo. Sus labios casi rozaban la oreja de Griff y susurró, 


—Dame... —Griff se estremeció y asintió con la cabeza antes incluso de que hablara su mejor amigo. Estaba sudando y el semen que tenía pegado a las ingles volvía a estar pegajoso. —¿Puedes darme un segundo? Te veo a la salida.— Una disculpa resonó en las palabras de Dante.


Griff volvió a asentir y continuó dirigiéndose hacia la puerta, deslizándose a través de la multitud bulliciosa.


Cuando llegó, la abrió pero no salió afuera sino que se detuvo justo en el umbral de aquel sitio donde no quería estar. La fiesta continuaba en plena ebullición.


No vio la suave mano color oliva de Dante quitándole de encima a todos los pesados para que pudieran escapar. No vio la fuerte espalda de Dante ni sus robustas piernas abriéndose paso entre el gentío y dirigiéndose hacia él como si llevara un machete en alto. No vio cómo la cuadrada mandíbula de Dante y su pelo negro captaban la luz cuando llegó a la entrada sonriendo con alivio y le guiñó un ojo.


No vio nada de eso.


 

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Reviews and Ratings Reviews
by Marta U. Date Added: Friday 24 February, 2012
Quería poner 5 stars, pero no sé por qué no me sale!!

Rating: 5 of 5 Stars [5 of 5 Stars]
by Selena P. Date Added: Monday 17 December, 2012
La historia muy buena, el libro parece bastante bien escrito, pero el problema es la traducción y la correción, que es bastante mala; me he molestado en contar los "a sí mismo" que sobran a lo largo del texto y creo que son ¡unos 300! Además hay faltas de ortografía, aliteraciones, etc. Por otra parte, conviene recordar que "Eventually" se traduce por "finalmente", no eventualmente, que tiene un sentido diferente en español. Falta profesionalidad en la traducción y correción, los libros no los regalan...

Rating: 3 of 5 Stars [3 of 5 Stars]
by gabriela L. Date Added: Wednesday 22 February, 2012
Dios, amé esta novela. Me ha parecido adictiva. Tiene unas 378 paginas de hermosa narratica y diálogos muy ingeniosos. Amé a Griff, las situaciones que se le presentan y el humor del autor para describir sus pensamientos verdaderos me han hecho reir muchas veces. el capitulo 8 es uno de mis favoritos y los pensamientos de Griff son geniales. Por menionar uno está el que transcribo cuando la madre de dante le pregunta por qué no trajo a la chica de la que ellos suponen Griff está enamorado: "Ufff. No. Creo que tal vez sea gay, y lo más seguro es que esté enamorado de su hijo heterosexual que se ha follado a medio Brooklyn, y, ah sí, que ahora se dedica al porno por Internet y quiere que vaya con él a la siguiente fiesta mundial de las pajas." Frases como "La casa estaba en la veta situada entre la mierda que era Brooklyn y donde Brooklyn acumulaba su mierda. Griff vivía con su padre a dos manzanas de ellos en el mismo distrito de mierda." describen una situación deprimente de forma graciosa haciendo muy llevadera una lectura larga. La descripción de la escena de Dante en su primer corto en cabezacaloiente es estupenda. Esta novela sobrepasa las espectativas en cuanto a trama. Tiene drama, humor, genialidad y la temática si bien no es original (hombres hetero que se dan cuenta que se aman y ¿son gays?) está tan bien escrita que no importa. Si debo hacer una critica constructiva es que ha faltado un poco de pulido en la corrección de la traducción y que me pareció muy castilla, y para mi gusto sería más leible si estuviera un poco más en neutro...

Rating: 5 of 5 Stars [5 of 5 Stars]
by claudia a. Date Added: Tuesday 28 February, 2012
Les cuento que con esta historia fuí al cielo y volví, me encantó un monton, pero concuerdo con gabriela el español sería mejor mas neutro, utilizan muchas palabras en castellano y algunas me tocó buscarlas en google porque no entendía. Es que los modismos es acorde con cada país, pero igual la disfruté al maximo. Felicitaciones fue una buena elección...

Rating: 5 of 5 Stars [5 of 5 Stars]
by Dolores F. Date Added: Friday 23 March, 2012
Me ha gustado muchísimo este libro. Creo que es una historia sobre todo de amistad y lo que una persona puede llegar a hacer por el amor hacia otra. Los personajes están muy bien escogidos y no lo digo sólo por ser bomberos sino porque se complementan. Este libro es altamente recomendable...

Rating: 5 of 5 Stars [5 of 5 Stars]
by LeDómina M. Date Added: Monday 26 March, 2012
Lo acabo de comprar del kindle store y aunque la historia está readictiva no puedo dejar de decir que el trabajo de corrección del libro a sido pobre. Hay ciertas reglas de ortografía, concretamente con la colocación de los guiones — que no se han respetado. Ejemplos en el mismo fragmento colocado acá: —‘The world... still is the same... you’ll never change it.— (este guion no debería ir) —¡Puto maricón!— (acá tb) .... Incorrecto: —¡Eh, G! ¿Dónde está el fuego?— Dante se rió. Correcto: —¡Eh, G! ¿Dónde está el fuego? —Dante se rió. ----- Quizá para algunos sea nimiedades, mas para mí no lo son, en especial siendo un producto por el que he pagado, si se tratara de alguna traducción hecha por fans, se podría disculpar, empero sois un empresa (pequeña, mediana, grande, como quieran) y deberían prestar más cuidado a ello...

Rating: 4 of 5 Stars [4 of 5 Stars]
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